RENÉ FUENTES. Poeta, narrador y dramaturgo. Ha obtenido importantes premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Premio Onetti de Poesía en 2013 y 2016, el Premio Internacional de Poesía Blas de Otero-Villa de Bilbao, por Guitarra del mesón (poesía, 2017); el Premio Nacional de Literatura en Uruguay, por Caballo que ladra; el VI Premio Internacional de Novela Fundación MonteLeón, España, por el libro La mano que el perro llevaba en la boca y el Premio Iberoamericano de Poesía Marosa di Giorgio, por el libro Hidalgos, ambos en 2017. Ha publicado, además, Los gallinazos (poesía, 1995), La bufanda (teatro, 1995), Las trampas del paraíso (novela, 1996), La ida por la vuelta (novela, 1998), Una oscura pradera va pasando (poesía, 2000), Postales que nadie pedía (poesía, 2004), El mar escrito (novela, 2006), Silbidos dispersos (poesía, 2009), Noveno círculo (novela, 2011), Caballo que ladra (poesía, 2013) y Periplo cerrado (poesía, 2017).
Puede adquirir el libro a través de este link: Los mares que me nombran, René Fuentes, Colección Marejadas de poesía, Ilíada Ediciones 2022
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Leyenda
En mi pueblo no se conoce otro milagro que las flores.
Por todas partes flores, flores, flores, flores…
Allá los puntos cardinales no importan.
Cada flor en la brevedad de su vida
deja correr un ovillo en el viento
hasta llegar al recóndito corazón de un jardinero.
Entonces la hebra se transforma en una mariposa de luz
y todos los jardineros dicen en un lenguaje común,
hecho de saliva y aromas:
Ya no hay tiempo ni lugar en la memoria
donde guardar los rastros.
Un hombre y su flor se aman, eso es lo que importa.
Así la flor, indistinguible en la multitud, comienza a morir
y al jardinero se le apaga otra semilla
de ese puñado de piedras preciosas
que la sombra de los niños toman de la tierra
cuando descubren con sus propios ojos
que han nacido en el pueblo de las flores,
un lugar donde toda criatura es una ilusión
que sólo a sí misma puede probar su existencia.
Quizás por eso los niños
no se equivocan al tomar la cantidad hechizada,
sus manos son los resortes de una espiga
que enseña sus granos como ellos su figura.
Mas he aquí la mayor prueba de los hombres de mi pueblo:
saben que guardan una espiga
y no se permiten la gracia de cultivarla.
La tierra de estos parajes no sirve para el trigo,
así está escrito en la sangre.
Ellos se abrazan
y un inmenso trigal se deja ver
a ambos lados del viento. Ellos se aman
y ya el grano se muele, la harina se cuece
y el pan es apetitosamente comido.
Pero si los hombres de mi pueblo
hubiesen podido saciar el hambre entre ellos,
las flores no esconderían los conjuros de su milagro
y el amor sería otro modo tenue de jugar al silencio.
Gracias a las primeras flores,
a las remotas flores que nacieron una vez
en la oscura plenitud de aquellas tierras,
los hacedores de mi pueblo se quedaron
aprendiendo de las flores un modo inocente de morir,
escarbando en la sangre cada estación,
cada oficio de la lejanía.
Y mientras los pájaros se rompan en los recodos del cielo,
ellos fabularán en el cansancio de cada noche
otra migaja de la mano helada que escribe la leyenda.
De: Los gallinazos, Editora Abril, Cuba, 1995
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Escena familiar
Todos los días mi madre
nos sirve un plato de soledad.
Mi padre y mis hermanos
lo devoran como ricos frijoles,
huevos, arroz blanco
y una que otra vez
la joya de la carne.
Pero mi madre y yo comemos mesuradamente,
temerosos de atragantarnos
con las ilusiones que se alojan
en el hondón monumental de la codicia.
“Hay que comerse este animal con mucho cuidado”.
Así me dijo mi madre hace muchos años,
mientras cortaba un pedazo de la noche
para cocinarlo después en las cavernas del odio.
Ahora tenemos un corazón común,
los mismos abrojos, la misma fe.
Mi madre y yo comemos en silencio,
sin levantar la cabeza.
De: Una oscura pradera va pasando, Vintén Editor, Uruguay, 2000
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El ojo del amo
No hay patria, Borges.
Apenas esa mala conciencia
que a veces justificamos
para que no digan que el motivo de la pedrada
fue el miedo a mirarnos.
Otra cosa sería
si nos creyéramos agradecidos o deudores
y tuviéramos una barriga que acariciar.
Pero la patria la hicimos nosotros.
Nada que no sea
nuestro esfuerzo y nuestro dolor
puede ser la patria.
Nada que no nos mate de añoranza
realmente nos pertenece.
La patria es el gusto innato de la saliva,
lo que somos a pesar de nosotros,
lo que nadie nos dio ni pueden quitarnos.
La patria, Borges, la verdadera patria
son argumentos que no se dicen.
Cualquier tierra es buena
para sembrar un pasado,
engendrar una familia,
enrolarse en una causa
y perecer.
De: Silbidos dispersos, Estuario, Uruguay, 2009
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Rusia
Mi Rusia no es de Pushkin
aunque amo la suya y amé a Pushkin
perdido en traducciones censuradas
por el hábito de censurar
y donde la belleza de sus abedules
no pudieron superarla
los abedules que he conocido
en la discreta verdad.
Tampoco mi Rusia es la Ucrania,
los cafés ni los teatros de Bulgakov.
Aunque nada conozco fuera de El maestro y Margarita,
y si lo hubo entonces, lo filmó Tarkovski,
lo compuso Stravinski o lo pintó Chagall.
Pero mi Rusia no es
ninguna de aquéllas,
tampoco la de ahora.
Mi Rusia es la que decían
los revolucionarios cubanos que venían de Rusia,
y a Rusia pedían y a Rusia daban
todo y todo, o sea, todo lo que Rusia
nunca podrá entender en una calle de Guanabacoa;
como tampoco cruzando el puente de Río Cauto
se puede soñar o lamer un abeto de la taiga
o taigá, como le decíamos,
acostumbrados y perdidos en las traducciones
de los dibujos animados, los frascos de compota
o mermelada, del futuro que nos esperaba,
nos convidaba, nos sumergía y teníamos que nadar
en la voz caudalosa de los revolucionarios cubanos
que venían de Rusia para darnos Rusia y a Rusia.
A Rusia fuimos todos, vivos o muertos, fuimos todos.
Y de Rusia volvimos cuando Rusia volvió a ser Rusia.
En Rusia naufragó mi niñez.
En Rusia se comieron la alegría de padre.
En Rusia, en aquella Rusia, mi Rusia.
Rigurosa y fantasmal
como los revolucionarios que vienen y van
eternamente.
De: Hebras del adiós, 2007
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En blanco y negro
Me perturba la mirada de los héroes.
Esa manera de sonreír en las fotos,
cuando todavía no ocupaban un lugar
en la lista interminable de los muertos.
Me perturban, me cuestionan
esas fotos en blanco y negro.
Cuando eran Quijotes y Dulcineas,
ahora humus y nosotros árboles
de otra raíz sin lugar, sin abrigo.
Me perturban esas voces, esos ecos.
Yo apenas veo fotos en blanco y negro,
restos de otro tiempo, cuando un amigo
a otro poeta amigo se atrevía a decirle:
te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
pensando que soy bueno.
Yo del canto apenas tengo la moldura;
del ritmo, sus ruidos; del poema, esta jaula.
Ahora soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,
soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,
soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante…
Eso, todo eso que Gabriel cantaba
ahora yo no puedo.
Quisiera
como Gabriel Celaya
quisiera cantar
pero no puedo.
Soy otro árbol del silencio
en la arboleda del olvido.
De: Hidalgos, Marosa Di Giorgio, 2017.
