Enhebrar una vida

Sobre En Estado de gracia, de Carmelo Guillén

Jorge de Arco


En Estado de gracia
Carmelo Guillén
Renacimiento. Col. Calle del Aire. Sevilla, 2021

 

En su anterior poemario, Las redenciones (2017), Carmelo Guillén dejaba evidencia de cómo la muerte no era accidente sino ley, y ofrecía, al hilo de sus versos, un hímnico clamor que lo llevaba hasta el bordón de una lumbre indulgente: “Yo mismo lo he vivido:/ desde la placidez y el asombro de verme/ inundado de paz,/ supe cómo la paz abrasaba mi alma,/ y me hacía sanar,/ y me dejaba un poso de presencia divina”.

Ahora, en Estado de gracia, su mirada es amplia, serena, y desde esa propia  actitud contemplativa divisa lo humilde y lo sublime, lo cotidiano y lo trascendente. Porque su verso, se convierte en prolongación de sus pupilas y avanza en pos de una reafirmación de su voluntad más humana: “Ante este espectáculo de ascensión de la tierra;/ ante esta mañana, tan mía y tan fecunda/ de gente que al unísono la acoge dando gracias,/ o ante este misterio de ver cómo la luz/ se adueña de las vidas de cuantos existimos (…) no cabe otra actitud que darse a lo inmediato;/ hacerse a que va a ser así siempre: el triunfo”.

En la sucesiva mística que baña el poemario de gozo y de amor, hay espacio también para el dolor, para el desconsuelo que asalta el espíritu y absorbe, en ocasiones, el brillo de ser. “De vez en cuando ocurre: el dolor da bocados,/ se encara sigiloso conmigo hasta vaciarme,/ de lo que, asiduamente, es mi vida ordinaria”. Claro que, el poeta sevillano, sabe servirse de esas cosas pequeñas, de esos detalles minúsculos que tiene el diario acontecer para hacer del desamparo, dicha presente y futura: “Vamos a vivir de sencillez,/ que importa esto de ahora, lo de aquí:/ lo que hay, lo que hubo, y por qué no,/ lo que siempre queremos que suceda”.

El yo que retrata y relata esta vívida existencia, conoce bien que la felicidad anida en la verdad de lo ajeno, que el júbilo llega también desde el hálito de lo común (“Lo mejor de mi vida lo descubro en los otros”) y, por eso, se afana en aprehender cada instante con intensidad, sin ceder a ninguna otra vana tentación que no sea la de compartir “su hogaza de cariño”, y continuar “volcando en los demás lo mejor de mí mismo”.

Las tres partes que dividen el volumen convergen, en suma, hacia el anhelo de alcanzar la eternidad de un latido propio y universal. O, tal vez, de obtener un verbo eterno y confortador. El mismo que Carmelo Guillén entrega al par de este volumen de íntimos testimonios, de  amatoria y desbordante bondad: “Da igual como la llames. Es la palabra viva/ con la que identificas tu afán de compromiso,/ tu acostumbrado vínculo con aquellas rutinas/ que son tu inmediatez, tu fecundo presente;/ la palabra que asignas a cualquier menudencia/ y que enhebra una vida en estado de gracia”.