La tentación y la fe

Fragmento de novela homónima publicada por Ilíada Ediciones en 2021

Antonio Álvarez Gil


Antonio Álvarez Gil (Cuba, 1947). Sin dudas, una de las voces imprescindibles de la literatura cubana. Autor de una prolífica y multipremiada obra narrativa, entre la que se incluyen cuatro libros de cuentos y las novelas Las largas horas de la nocheNaufragios (Premio de Novela Ciudad de Badajoz), Delirio nórdico (Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid), Concierto para una violinista muerta (Premio de Novela Kutxa Ciudad de Irún), Después de CubaPerdido en Buenos Aires (Premio Vargas Llosa de Novela), Callejones de Arbat, Annika desnuda y Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver. Su más reciente novela es A las puertas de Europa (Huso Editorial, 2018). Luego de largas estancias en Cuba, Rusia y Suecia, reside en Guardamar del Segura, Alicante, España.

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–***–

La muerte llega al monasterio

¿Qué habrá sentido Elisenda de Sentfores aquella madrugada de principios de julio de 985, cuando supo que las huestes de Almanzor se hallaban acampadas a unas pocas leguas de Barcelona? Conscientes de la precariedad de su situación, ella y sus compañeras de claustro pasaban las horas rezando, haciendo lo que estaba en sus manos para conjurar el mal que parecía venírseles irremediablemente encima. Por desgracia, el monasterio donde Elisenda y las otras monjas de su comunidad vivían consagradas a Dios se hallaba ubicado extramuros, lo cual incrementaba más aún el peligro que se ceñía sobre ellas. La tarde anterior, el vizconde Edalard había tratado de convencerlas para que abandonaran el monasterio y marcharan con él al interior de la muralla que rodeaba la ciudad. La madre superiora, la abadesa Na Maltruyt, se opuso de forma tal que, finalmente, el vizconde dio por buenos sus argumentos y dejó de insistir. Elisenda sabía que era una locura, que los cordobeses, camino a Barcelona, arrasarían con todo lo que encontraran ante sí, incluido el monasterio de Sant Pere de les Puel-les y las pobres religiosas que vivían y trabajaban allí.

Después de haber pasado la noche sin dormir, Elisenda se levantó a la hora de maitines, fue hasta el oratorio en la capilla de la Virgen y rezó por la salvación de su alma, ya que la del cuerpo parecía estarle negada de antemano. Acababa de terminar la oración del Dios te salve María, cuando sintió una presencia a su espalda y, tras persignarse y ponerse de pie, se dio la vuelta y descubrió la figura de Na Maltruyt, aparecida de repente allí. En la suave penumbra de la estancia, la madre superiora la observaba con su habitual expresión de paz y tranquilidad reflejada en el rostro.

─Buenos días, hija ─dijo la abadesa, con voz templada─. ¿Has podido dormir?

Elisenda negó con la cabeza.

─He rezado, madre. Es la mejor manera de vencer las dudas.

─¿Dudas? ¿Es que tienes miedo?

La muchacha volvió a mover la cabeza en señal de negación.

─No ─afirmó, pero enseguida se corrigió a sí misma─. Es decir, sí, tengo miedo de Dios, de no ser digna de Él. Espero, pese a todo, que Su misericordia descienda hasta nosotras, pobres servidoras de la Santa Iglesia, y nos conceda una muerte feliz.

─Muy bien dicho, hija. Lo único que podemos hacer es rezar y confiar en el Señor. Somos parte del rebaño, insignificantes ovejas descarriadas en los prados de este mundo y a Él nos debemos, hasta que tenga a bien llamarnos a su vera. Él dispondrá, determinará nuestro destino. A nosotros solo nos queda asumirlo y obedecer.

Elisenda suspiró profundo. Sus pechos de mujer joven y hermosa se hincharon bajo la túnica. Y enseguida, sobreponiéndose al miedo y al enorme respeto que sentía por la madre superiora, preguntó con voz suave pero firme.

─¿Puedo hacerle una pregunta, madre?

La abadesa la miró con una ligera inclinación de cabeza.

─Por supuesto, hija ─dijo con voz queda─. Siempre te he tenido por una joven inteligente y temerosa de Dios. Claro que puedes hablar y preguntarme lo que quieras.

─Madre ─articuló la monja y se detuvo un instante para tragar en seco─, he estado pensando si no será una torpeza permanecer aquí, sin defensa alguna, ante la llegada de esos salvajes que avanzan destruyendo y saqueando todo lo que encuentran a su paso. Tal vez, si nos retiramos tras la muralla de la ciudad, tendríamos oportunidad de salvarnos y continuar sirviendo a Dios.

─¡Hija! ─susurró la abadesa y a Elisenda le pareció que el viento de su voz hacía temblar la llama del cirio que ardía ante la imagen de la Virgen─. Hija mía, niña que te he visto crecer y volverte mujer entre estas santas paredes, ¿cómo te atreves a poner en duda la palabra del Señor?

─Perdone, madre; pero ¿cómo sabe usted que Él quiere que muramos a manos de esos infieles? Tal vez podríamos vivir un poco más y seguir difundiendo la palabra de Cristo, estudiando y dando a conocer su obra a quienes aún no han abrazado la fe.

Un chispazo de ira pareció encender la mirada de la abadesa. Al instante, sin embargo, sus ojos volvieron a llenarse de paz.

─Te perdono, Elisenda ─dijo con voz dulce─, porque sé que estás hablando desde el egoísmo por tu propia vida. Todos, salvo Él ─aquí la religiosa se volvió hacia el altar principal de la parroquia, fijó la vista en la imagen de Jesucristo y se santiguó rápidamente─, hemos pensado alguna vez en nuestra propia salvación. Pero ahora, dime tú: ¿Tenemos derecho a traicionar, a abandonar esta iglesia, a dejar en manos de los infieles las imágenes de nuestra amada Virgen María, de nuestros santos y santas, la venerada cruz donde Jesús ofrendó su vida por sus semejantes? ¿Puede acaso pasar por la cabeza de una buena cristiana, como tú, la idea de abrirles las puertas del templo a esas huestes de infieles? ¿Quién, si no lo hacemos nosotras, defenderá este sagrado recinto ante aquellos que pretenden destruirlo?

Aquí Na Maltruyt hizo una pausa para tomar aire, y Elisenda se atrevió a hablar de nuevo.

─Perdón, madre. Le pido perdón por esta debilidad mía. Se lo pido a usted y a nuestro Padre y Señor, Jesucristo.

Dicho esto, la muchacha desvió un instante la mirada hacia la imagen de Cristo en la cruz y se persignó de nuevo.

─Estás perdonada, hija mía ─dijo la abadesa en tono magnánimo─. Como te dije antes, todos tenemos momentos de debilidad. Lo importante es rectificar a tiempo. Eres una buena sierva de Dios y sé que el Señor te perdona. Pero, insisto: si nosotras no defendemos este santo lugar, quién lo hará por nosotras? Tú sabes que el conde salió a presentar batalla a los sarracenos lejos de la ciudad, y que, desgraciadamente, no pudo contener las hordas de esa gente; sabes también que el vizconde está organizando la defensa de Barcelona, que ha reforzado la muralla y prepara al pueblo para el asedio que sufrirá. ¿Y nosotras? ¿Podemos acaso abandonar el templo y defraudar la confianza de nuestro señor Jesucristo? Pensarás seguramente que no tenemos armas para defender este convento y esta iglesia. Pero sí, tenemos la palabra de Dios, la fuerza de la fe. Si Él quiere que vivamos, viviremos; si no, pues que se haga su voluntad. Todos estamos en las manos de Dios y a Él nos debemos, querida Elisenda. ¿Has entendido?

La muchacha escuchaba a la abadesa con la cabeza baja, la vista clavada en las losas del suelo. Se sentía molesta consigo misma por haber dudado de su madre superiora. Una incómoda sensación de vergüenza la invadía como una ola de aceite hirviendo. Pensó en los tormentos del infierno, que sin duda merecía por su debilidad y su falta de fe. Finalmente, levantó de nuevo los ojos y dijo:

─Sí, madre, entiendo. Y le ruego otra vez que perdone a esta humilde pecadora por esta grave falta. Rezaré por la salvación de mi alma.

─Haces bien, hija ─respondió la abadesa e inició un movimiento de retirada. Sin embargo, de repente pareció recordar algo y, mirando a su pupila a los ojos, agregó─: Hoy la misa del Ángelus estará a cargo del arcediano de la catedral de Barcelona. Ayer hablé con él para que viniera a insuflar un poco de fe en nuestra congregación. Creo que hace falta. Dijo que si el vizconde no disponía otra cosa, vendrá a decir la misa y apoyarnos.

Dicho esto, Na Maltruyt, abadesa del monasterio de Sant Pere de les Puel-les, le dio la espalda a la hermana Elisenda y salió de la capilla, dejando a la joven sola ante la efigie de la Virgen María con el Niño Jesús en brazos. Los ojos de la monja se elevaron hasta el rostro de la Madre de Dios, que parecía enviarle una mirada de reproche; luego bajaron de nuevo a la parpadeante llamita de la vela, la cual se consumía suavemente en el pequeño altar.

Esa misma mañana, Elisenda sufrió en primera persona y compartió el pánico de sus pobres compañeras de clausura cuando, en medio de la misa del Ángelus, las campanas de la iglesia comenzaron a tocar a rebato. Al oír su tañido, la joven monja miró a la madre superiora, y esta al sacerdote, que en aquel instante hablaba desde el púlpito. Imaginaba que el niño Pau ─hijo de un labriego de las tierras del conde Borrell y encargado de tocar las campanas─ había visto a la tropa sarracena acercarse al monasterio y decidió avisar a todos sobre el peligro. Pronto el repique sonó más alto y se tornó inquietante. Y enseguida se oyó el terrible estruendo de los guerreros cordobeses rompiendo las puertas del convento y penetrando en el claustro. Casi inmediatamente, aquellos hombres armados y ataviados para el combate aparecieron como demonios en el templo, lanzando horribles gritos, destruyendo el ornamento y las imágenes sagradas que presidían las capillas y oratorios y golpeando con fustas y mandobles a las monjas que se interponían en su camino. Dos de ellas quedaron tendidas en el suelo.

En el momento de la irrupción, el padre Armand, que había sido en definitiva el designado por el arcediano para celebrar la misa del Ángelus, pronunciaba una homilía en la que hablaba, precisamente, del amor y la paz entre todas las criaturas de Dios. Tras unos primeros momentos de confusión, el sacerdote, que era un anciano de grandes cualidades humanas pero también de mucho temperamento, detuvo la misa, bajó rápidamente del púlpito y se movió hacia la mesa del altar. Al llegar a ella, recorrió con una rápida mirada la terrible escena que se desarrollaba ante sus ojos. Y con otro gesto enérgico, desencajó de su pequeña base una cruz de oro que lucía sobre la mesa, entre un cirio encendido, un cáliz de plata y un viejo misal. Hecho esto, levantó la voz por sobre el sonido de las campanas y el ruido de los sables y mandobles, por sobre la algarabía de los agresores y los gritos y quejidos de las monjas, y enarboló el símbolo sagrado ante los ojos incrédulos del grupo de asaltantes. Entonces, aprovechando su momentáneo desconcierto, el padre Armand se irguió desafiante ante ellos y, en un alto y claro idioma árabe, les gritó con fuerza:

─¡Deteneos, hijos de Satanás! ¿Qué hacéis? ¿Cómo os atrevéis a entrar en el templo de Dios, vociferando y profanando nuestras imágenes sagradas?

Sus palabras habían sido pronunciadas con tal ímpetu que los invasores de la iglesia quedaron de repente inmóviles, como si hubieran sido alcanzados por el rayo divino. Entonces el tañido de las campanas llegó con más potencia que nunca. Durante unos segundos que parecieron eternos, el brillo de la cruz iluminó con una deslumbrante luz dorada todo el espacio del pequeño templo. Cuando pasó el efecto, y con los combatientes aún en plena confusión, se oyeron los pasos de quien parecía comandar la cuadrilla. Era un hombre alto, de barba espesa, piel atezada y atuendo de guerra, incluidos un casco de metal en la cabeza y una cota de malla que le cubría el tórax. Llevaba una enorme cimitarra en la mano derecha. Tras llegar hasta el sitio donde se había detenido el padre Armand, el jefe andalusí bajó el arma y miró a los ojos del cura. Entonces, con una voz vibrante y aguda que resonó por todo el recinto, exclamó:

─¡Hay un solo Dios, y Muhammad es su profeta! Alláh es el más grande. ¿Cómo te atreves a decir, pérfido infiel, que esta inmunda pocilga es un lugar sagrado? ─Y ante la estupefacción del padre Armand, el guerrero sarraceno se volvió hacia sus hombres y les dijo─: ¡Haced callar las campanas y continuad destruyendo el templo de los infieles! Pero no toquéis a las mujeres.

Tras la orden del capitán, uno de los hombres desapareció por la puerta que conducía al campanario. Al mismo tiempo, la destrucción de la parroquia continuó con un ruido terrible de figuras de yeso o madera destrozadas y metales caídos sobre el piso. Cuando las campanas dejaron de tañer, se escuchó con mayor nitidez el ruido de los candelabros que iban a dar al suelo, igual que los iconos de santos que adornaban las paredes y la efigie de la Virgen María, que presidía la capilla más hermosa de la nave. Durante varios minutos, el caos reinó de nuevo en la iglesia del monasterio.

De repente, el padre Armand se acercó lleno de resolución al jefe musulmán, y poniéndole la cruz directamente ante los ojos, le espetó en la cara:

─¡En nombre de Dios y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo; en nombre de la cruz donde ofrendó su vida por sus semejantes, te condeno por los siglos de los siglos. Las blasfemias y profanaciones cometidas en este templo, los crímenes que habéis consumado ante los ojos del Altísimo, no quedarán impunes. Tú y tus descendientes recibiréis el castigo de manos de Dios, del verdadero Dios. La desgracia te golpeará una y otra vez. Y después de muerto sufrirás los peores tormentos del infierno. El Todopoderoso, a través de esta sagrada cruz, velará por que se cumpla la condena.

Al oír las palabras del cura, el sarraceno blandió la cimitarra y la descargó sobre el hombro del religioso, que cayó al suelo y se llevó la mano a la herida. Elisenda y la madre superiora, que habían estado sentadas en la primera fila y quedaron próximas al sitio donde se desarrollaban los hechos, acudieron en ayuda del herido. No pudieron, sin embargo, hacer nada, pues el jefe andalusí ordenó sujetarlas, dejando que la sangre corriera por el piso y que el cura se retorciera él solo en su mortal agonía. Entonces el padre Armand se irguió levemente sobre sus codos, volvió a blandir la reliquia dorada ante la mirada de su verdugo y dijo antes de expirar:

─¡Hágase la voluntad de Dios!

Tras las palabras del sacerdote, las campanas de la torre doblaron con un tañido breve, de lamento. Luego volvieron a callar, definitivamente.

Cuando todo hubo acabado, Elisenda paseó la mirada en derredor. Empezando por el cuerpo del padre Armand, que yacía inerte sobre el suelo ensangrentado, el cuadro de destrucción, dolor y muerte que se observaba por toda la iglesia resultaba sobrecogedor. Entonces se volvió hacia el altar, donde Cristo parecía haber sido crucificado de nuevo, y se persignó con movimientos suaves y temblorosos. Dios mío, pidió para sí, perdónalos Tú si puedes. Tú, porque yo nunca podré hacerlo, y perdóname por ello. Mientras, el jefe árabe, a quien sus subalternos se dirigían con el nombre de Abdelazim, hablaba con su lugarteniente, que enseguida procedió a rematar a las dos monjas heridas y alinear a las demás en una fila, en el espacio entre la primera hilera de bancos y la mesa del altar. Luego el hombre, seguido de su segundo, recorrió la formación, observando atentamente el rostro y la figura de las monjas. Cuando pasó junto a Elisenda, el capitán sarraceno se detuvo y ordenó al otro que la sacara de la fila y la pusiera en un rincón de la nave, bajo custodia de dos soldados. Elisenda entendía bastante bien la lengua árabe, que era la que usaban los asaltantes. Cuando hubieron terminado aquella suerte de elección, el primer jefe le indicó al otro que encadenara a las monjas, incluida la abadesa Na Maltruyt y excluida ella, es decir, la joven Elisenda.

Acto seguido, como si quisiera poner el punto final a la actuación de su tropa, el militar se acercó al cadáver del padre Armand y lo despojó de la cruz de oro que el sacerdote aún mantenía agarrada en su mano sin vida. El hombre la estuvo observando un instante, y luego se abrió la chilaba y la guardó en algún lugar de su interior. Finalmente, ordenó a todos salir de la parroquia y abandonar el monasterio.

Una vez fuera, Elisenda elevó la vista al campanario y, llena de dolor, pensó en el niño Pau, en el padre Armand y en sus compañeras muertas. Entretanto, las demás hermanas estaban siendo encadenadas para, según entendió ella de la conversación entre el jefe de la cuadrilla y su segundo, acompañar a este último a la isla de Mallorca, de donde procedía el individuo y donde las monjas, incluida la abadesa, serían vendidas como esclavas. En cuanto a ella, Elisenda, pronto supo que Abdelazim la había elegido para formar parte de su serrallo personal. No fue encadenada; pero sí mantenida siempre bajo la custodia de dos de los hombres del jefe andalusí. Cuando le asignaron un caballo para que montara y siguiera a su nuevo dueño, Elisenda comprendió que su vida estaba dando un giro que la alejaría definitivamente de todo lo que formaba parte de su mundo de entonces. Presumía que jamás volvería ver a su familia. En aquellos momentos, su padre, el señor de Sentfores, estaría seguramente en el castillo, acompañado de su guarnición y cumpliendo con su deber de descubrir y cerrar el paso a cualquier tropa enemiga que se acercara a Vich. Así lo había hecho su abuelo y el padre de su abuelo, desde que el conde Sunjer lo destacara en aquel puesto de avanzada. Más tarde, el abuelo había sido gratificado con el título de señor de Sentfores, con sus tierras y sus habitantes. Y en aquel castillo, dos generaciones después, había nacido y vivido ella hasta el día en que su padre, bajo la influencia del obispo de Vich y del entonces conde de Osona, Armengol I, decidió llevarla al monasterio de Sant Pere de les Puel-les para que abrazara la vida monacal. Elisenda estaba segura de que, cuando se enterara del asalto al monasterio y la captura de las monjas, él se pondría inmediatamente a buscarla. Pero imaginaba que seguiría la falsa pista de Mallorca y nunca la encontraría. ¿Adónde iría ella? ¿A qué lugar de Al-Ándalus la llevaría aquel guerrero sarraceno? Desgraciadamente, no era la única cristiana de procedencia noble que iba a parar al harén y el lecho de algún jefe andalusí. Sí, Dios, su Dios, no había oído sus ruegos. Y si los oyó, era evidente que la estaba sometiendo a nuevas y severas pruebas. ¿Sería capaz de vencerlas? La vida lo diría.