Alguien cruza el espejo

Sobre Los ojos fríos del vals, de Marina Casado

Jorge de Arco


Los ojos fríos del vals
Marina Casado
BajAmar Editores. Gijón. Asturias, 2022

 

Es este el quinto libro de Marina Casado (1989) y, desde él, se vislumbra una poesía de acentuada claridad expresiva, de creciente madurez verbal. Con un decir muy bien modulado y apoyado en un preciso ritmo versal, la autora madrileña apuesta sin ambages por “…resucitar al cisne, devolverlo a la vida para no olvidar la noche. Y no cortar más alas”, tal y como anota en su confesión previa. Y sobre ello, incide también Andrés París, quien anota en su prefacio podría ser este poemario “el comienzo de una ignota variedad del neomodernismo urbano”.

Las tres secciones que conforman el volumen, “La memoria”, “Estampas para Odile” e “Historia de la noche”, se aúnan en el propósito de trascender las emociones, de reidentificar los sentimientos, en una suerte de necesaria sucesión de azares. Los únicos, al cabo, capaces de hacer más vívida y solidaria la existencia. Sin embargo, dicho acontecer, se postula también como único y múltiple, íntimo y común, porque el sujeto lírico que memora y nombra estos versos busca más allá de lo propio para reconocerse plural: “Alguien cruza el espejo cuando lloro/ y se detiene aquí a mi lado/ para hablarme de sueños envejecidos/ y de ciudades rotas cerca del mar (…) Después alza la voz,/ se ríe gravemente de la muerte,/ me canta una canción/ que nos pertenecía/ y queremos marcharnos/ pero nunca sé a dónde”.

Lo pretérito –“la flor azul de mis veinte años”-, lo presente –“escribo la palabra soledad en un cuaderno”- y lo futuro –“algún día delataremos a la madrugada”-, se funden entre estas páginas donde la pureza del verbo se hace aire y azul y corazón y amor y lumbre y alba. Porque al deshojar los días, al poblarlos de vuelos y esperanzas, se conforma un poderoso afán junto al cual desdibujar la tristura, espantar el temor que surge, en ocasiones, frente al azogue: “Ahora/ despeino con un gesto de cansancio/ los cabellos del miedo”.

Al cabo, un poemario tocado por el bordón de lo estatuario, por la emergente luz de su semántica, por las encendidas promesas de lo finito: “Mirarnos a los ojos mientras se acaba el mundo./ Tu amor impronunciable, mis cadenas”: