Galina Álvarez nace en Moscú. Tras graduarse de ingeniería química en la Universidad Politécnica Mendeleev se radica en Cuba durante 22 años y ejerce su profesión en diferentes industrias cubanas. Luego labora en la organización internacional COMECON en Moscú. Tras salir de Cuba vive en Estocolmo, Suecia, donde trabaja como ingeniera en investigaciones de la química de superficie. Desde 2014 reside en España. Ha publicado Prefiero que me pongan a volar (cuentos, 2016), Aventuras de una estrella perdida (cuentos para niños, 2016, Premio Círculo Rojo del mejor libro del año 2017), Los difuntos inocentes (novela, 2018), Ana y las páginas perdidas (cuentos, 2019) y Mediterráneo (novela, 2021). Actualmente reside en Guardamar del Segura.
Puede adquirir el libro a través de este link: Una mujer no propensa a las aventuras, Galina Álvarez, Colección Caribdis de narrativa, Ilíada Ediciones 2021
–***–
Capítulo 8
Irina recordaba cómo empezó su carrera de traductora. Hacía ocho años, llegó a Moscú como acompañante de su esposo, que estrenaba un cargo de experto en el Instituto Internacional de Finanzas. Él tenía un empleo excelente; sin embargo, ella no tenía nada, ni siquiera esperanzas de trabajar. La aguardaba la triste perspectiva de convertirse en un ama de casa. De todos modos, se sentía feliz; estaba en su patria, en su querida Moscú, mucho más cerca de la familia, de su madre. Las niñas eran todavía pequeñas: Sonia tenía solo siete años y Tania, diez. Después de estar un mes en casa sin hacer otra cosa que tareas domésticas, Irina se sintió aburrida, pues no estaba acostumbrada a llevar aquel estilo de vida. Quería ejercer su profesión, pero no sabía cómo conseguirlo. Era ciudadana soviética, aunque no residente permanente en el país, por lo que todas las puertas se cerraban para ella, como si realmente fuera una extranjera.
Un día, un conocido de su esposo que trabajaba en la Oficina Comercial de Cuba, le preguntó a Bruno si Irina podía acompañarlos a Bulgaria, a una reunión para discutir los detalles de un contrato de colaboración. Su traductora se había enfermado y necesitaban a alguien que pudiera interpretar las conversaciones con los colegas búlgaros, que se llevarían a cabo en ruso. Irina dudó. Pero su esposo le dijo:
─Probablemente, esta es tu oportunidad. No tengas miedo, te perdonarán las faltas. Saben que se trata de una emergencia. En esta reunión podrás probar tus fuerzas, así que aprovéchalo.
Lo escuchó y aceptó. Su madre, que estaba pasando una temporada con ellos, se ofreció para ayudar con las niñas, y por eso la ausencia de Irina apenas se sintió en casa.
Para ella aquel trabajo en la reunión no fue fácil, pues no dominaba bien la terminología del campo que se discutía, ni siquiera en ruso que era su idioma materno. Aún menos en español. Se trataba de la industria ligera, un tema muy alejado de la economía en cuanto a la traducción. Pero los compañeros fueron comprensivos y, después de todo, le fue bastante bien. Una experiencia muy bonita y útil. Más tarde pudo sustituir a otra traductora, esta vez, en la misma Oficina Comercial, y el empleo duró cuatro meses. La muchacha tenía una baja por maternidad. En los cuatro meses que estuvo allí, Irina aprendió muchísimo. Incluso, llegó a dominar el lenguaje jurídico de los contratos comerciales. Felizmente, tuvo suerte de nuevo, porque surgió una vacante de traductora en el instituto de Bruno. En los momentos difíciles, cuando el trabajo se acumulaba, la oficina empleaba a alguna que otra de las esposas rusas de los funcionarios cubanos, para ayudar a salir del atolladero. Este trabajo sí le vino como anillo al dedo: ella era economista, y las reuniones trataban de ese tema, igual que los documentos. En pocos meses se convirtió en una traductora de primera.
Precisamente en este tiempo, ella se hizo muy amiga de Pepe, que trabajaba en la administración general del departamento cubano. Era un muchacho joven, de algo más de veinte años. Siendo todavía escolar, había venido a Moscú con sus padres, que eran diplomáticos. Cuando la misión de estos finalizó, ellos se fueron, pero Pepe, que ya era un veinteañero, se quedó: se había casado con una muchacha rusa. No había terminado ninguna carrera universitaria, por eso las autoridades cubanas no se opusieron a que se quedara en Moscú con su mujer, un caso rarísimo en el procedimiento de la embajada. Aquel joven bondadoso y muy amable en el trato le cayó bien desde el primer momento. Puesto que su mujer era rusa, Pepe se había solidarizado mucho con ella; le prestaba su apoyo a diario y le ayudaba en lo que podía. Cada tarde, los dos se reunían en la cafetería del Instituto para tomar café. Y siempre que sus obligaciones le permitían hacerlo, Bruno los acompañaba. Irina valoraba mucho la ayuda y compañía de Pepe, ya que al principio ella no se sentía muy cómoda con sus compañeras de trabajo, a pesar de que eran sus compatriotas.
Sus dos colegas rusas, ambas especialistas tituladas y con cierta experiencia en la rama, en los primeros meses se habían comportado con arrogancia. Irina lo sentía a diario. Incluso podía percibir sus pensamientos. ¿Quién era ella para sus colegas? Una simple acompañante de su marido cubano, que no tenía ni idea de la complejidad del trabajo. No era la primera, ni sería la última. Por allí habían pasado varias «traductoras accidentales», y pasarían otras tantas. Por eso ni siquiera merecía su atención. Quizás fuese una buena economista, pero no tenía estudios universitarios de idiomas y, por tanto, no era una profesional.
Irina sentía con cada poro de su piel aquella visión negativa de su rendimiento laboral, pero eso no la hizo rendirse. Todo lo contrario; la obligó a movilizarse y aprender. Ella no quería competir con nadie, no era su intención; pero tenía orgullo y amor propio suficientes para demostrar que podía hacer traducciones con calidad. No tenía título, pero hablaba muy bien, tenía una gran capacidad de aprendizaje y una fuerza de voluntad de hierro. Cada noche, frente a la pantalla del televisor, interpretaba en silencio los noticieros y otros programas trasmitidos; interpretaba incluso sus propios pensamientos cuando estaba en cama, intentando a dormir. Lo hacía hasta en sus sueños. Así que, al pasar un tiempo, sus compañeras se dieron cuenta de lo equivocadas que habían estado. Las muchachas vieron pronto sus logros y le cogieron respeto. Se hicieron incluso sus amigas, lo que ya era mucho decir. Por otra parte, los jefes también habían notado su progreso y la dejaron con un contrato de varios años. Al final de su estancia en el Instituto, Irina se había convertido en una traductora e intérprete simultanea de primera. Prácticamente, había hecho otra carrera. Al terminar, le pidió al director del departamento una carta de recomendación, por si acaso, pues nadie sabía qué podía pasar en la vida. ¿Y si un día decidía cambiar de profesión? Entonces no imaginaba que, pasados varios años, aquella carta la ayudaría a competir por un buen empleo en Moscú.
–***–
El examen tenía lugar en la filial moscovita de la compañía IBM, ubicada cerca de la estación de metro «Paveletskaya». A pesar de vivir muy lejos del lugar, Irina se presentó quince minutos antes del tiempo indicado. Estaba acostumbrada a no llegar tarde a ninguna cita. No le fue difícil encontrar el sitio, pues hizo su proyecto de máster en una empresa de transporte ferroviario que se ubicaba en la zona.
Irina se acercó al edificio de la famosa compañía donde, si tenía suerte, iba a trabajar. Jamás hubiese pensado que la vida de nuevo la traería a aquel barrio, aunque ahora lo hacía para entrar en una de las dependencias del gigante informático. Por una puerta abierta en la verja metálica accedió al patio del complejo, pero de allí no pudo pasar; un guardia de seguridad la detuvo en el portón del edificio. No tenía pase. Se alejó y se dispuso a esperar a los jefes. Casi enseguida aparecieron las otras candidatas. Se dio cuenta de que eran ellas. Parecía que las tres se conocían bien, porque conversaban animadamente. Hablaban, precisamente, del examen. La observaban de soslayo, y en sus miradas se percibía cierta hostilidad. «Claro, se trata de una competición y yo soy su adversaria. Es más fácil perder el combate ante una amiga que ante una extraña de otra categoría de edad», pensó. Pues las muchachas eran bastante jóvenes: ninguna parecía sobrepasar los veinticinco años. Así que Irina, con sus cuarenta y cuatro ya cumplidos, y con su cara demacrada por el malvivir de los últimos años, debía parecerles una persona de otra generación.
Exactamente a las nueve llegaron los jefes y saludaron a Irina y a las muchachas. Todos entraron al edificio, y esta vez el vigilante se mostró más amable. Las condujeron por un largo pasillo hasta una habitación apartada, y todos se acomodaron alrededor de una larga mesa. Antes de empezar, los participantes se presentaron. Irina escuchó que las tres muchachas eran graduadas de la Escuela Superior de Idiomas Extranjeros. Ya poseían cierta experiencia laboral: una había sido traductora en la Oficina Comercial de Colombia en Moscú, y las otras dos traducían seriales mexicanos, los cuales se habían vuelto muy populares en la televisión del país. De hecho, todavía estaban realizando aquel trabajo. Cuando llegó su turno, Irina también se presentó y contó su trayectoria laboral. Enseguida vio cómo las chicas intercambiaban miradas. Probablemente, no esperaban que ella tuviera un historial tan imponente y se sintieron amenazadas.
Terminada la presentación, Vadim explicó el contenido de las pruebas y, acto seguido, comenzó el examen. En primer lugar hicieron una traducción por escrito. Un texto que para Irina no representó ninguna dificultad. Terminó su faena y les dedicó una mirada a las otras. Las muchachas no se quedaron atrás y, también ellas, entregaron rápidamente sus trabajos. Irina quedó impresionada con su rapidez, pues el texto tenía varias palabras de carácter especializado. ¿Se habrían preparado a conciencia, o su escuela era tan buena? Aparentemente, todo el mundo salió bien. Les entregaron otro texto, y de nuevo todas lo hicieron sin dificultades. Irina empezó a preocuparse. Con cada nueva tarea, la seguridad que sentía al principio iba disminuyendo, hasta llegar al nivel del suelo.
Cuando llegó la hora de la comida, los jefes las llevaron al restaurante de la organización. Era un salón espacioso y acogedor, con varias mesas, donde ya estaban comiendo unas veinte personas. Algunos, evidentemente extranjeros, hablaban en inglés. Las chicas siguieron charlando entre sí, pero Vadim, para darle un impulso a la conversación, empiezo a preguntar a Irina sobre Cuba, donde había estado en dos ocasiones. Las jóvenes escucharon con interés esta información del jefe y revelaron que todas ellas, de estudiantes, habían hecho en Cuba sus prácticas de idioma. La charla se hizo más animada y, poco a poco, las chicas dejaron de ignorar a Irina. Una de ellas, rubia de cabello corto y de ojos claros y redondos, se mostró especialmente amable. Parecía una muñequita y se llamaba Katia. A Irina le gustó la chica y también su nombre, tan arraigado en la cultura del país. Parecía buena gente. «Ojalá que gane la competencia», pensó. «Que ganemos las dos, ella y yo; podríamos llevarnos bien». Las otras, Svetlana y Zoya, eran más reservadas y hablaban poco con Irina. De todas formas, la comida resultó muy agradable; además, los platos estaban muy sabrosos, parecían hechos en casa.
Por la tarde, Irina no se sentía tan nerviosa como en la sesión de la mañana. Las muchachas estaban bien preparadas, era verdad. Pero ella disponía de una base más sólida en economía y tenía más práctica en la traducción; y eso era algo para tomar en cuenta. Además, estaba dispuesta a luchar por el puesto. Ellas, como lo habían dicho, tenían sus vías para buscar trabajo; quizás sus empleos no eran los mejores del mundo y no se pagaban igual de bien, pero esas chicas vivían en su casa y en su propio país. Sin embargo, ella… ella no tenía nada, estaba en una especie de limbo. Y no sabía si le tocaba subir al paraíso o caer en el infierno. Necesitaba ganar esa guerra. Con espíritu combativo, Irina entró en el local para seguir con la segunda etapa del examen.
Al final de la tarde se sentía agotada, pero satisfecha. No había cometido errores. Acababan de hacer las pruebas orales, en esa ocasión por separado, y ella creía que había quedado muy bien. Los jefes revisaron su dominio del vocabulario especializado, con unas listas interminables de palabras, cuyas traducciones tenían anotadas. Irina no sabía cómo habían quedado las otras traductoras; nadie comentaba nada.
Al día siguiente, antes de seguir con el examen, Vadim y Oleg la llamaron aparte para hablar. El corazón se le salía del pecho y se le doblaban las rodillas mientras pensaba: «¿Querrán eliminarme ya?». Vadim, con una cara seria que no prometía nada bueno, anunció algo sorprendente:
─Irina, hemos terminado con la primera parte del examen, pero ya hicimos nuestra elección. Por lo menos sabemos quién será la primera persona con la que nos quedamos.
El corazón de Irina empezó a latir con una fuerza terrible. «¡Me van a echar! Porque si no, ¿para qué me han llamado ahora?».
─Y esa persona es usted.
Irina abrió los ojos muy grandes y aspiró aire. Parecía que el pecho se le iba a explotar de la emoción. Después expiró con alivio y, sin poder ocultar su alegría, sonrió de oreja a oreja.
─¡Gracias! ─dijo─. Gracias por elegirme. Les prometo que voy a hacer un buen trabajo.
─No lo dudamos ─intervino su compañero─; ha mostrado usted conocimientos sólidos del lenguaje especializado. Lo entendimos ya durante la mañana del primer día. ¡Felicidades!
─Y ahora ─dijo Vadim─ queremos saber su opinión. De las tres traductoras que quedan, ¿a quién escogería usted?
─¿Yo? ─se asombró Irina─. A la que sepa más.
─Es que las tres son prácticamente iguales. La pregunta que he hecho trata más bien de las cualidades personales. Durante los próximos seis meses tendrán que trabajar una al lado de la otra y cooperar. ¿Con quién de las tres le gustaría quedarse? ¿Qué opina usted?
─Con Katia. ─No pensó ni un segundo, el nombre se le fue de la boca por sí solo.
─Bien ─dijo Vadim─. Tomaremos en cuenta su criterio, y si todo va bien, lo haremos así. Y usted, tranquila. No se ponga nerviosa.
─Necesito aclarar una cosa ─dijo Irina─. Llevo tres años sin ejercer el oficio de traductora. Aunque la parte teórica la domino muy bien, he perdido un poco la práctica con el teclado de cirílica. Y el ordenador…
─No tiene importancia, recupera la velocidad en una semana. Y en cuanto al ordenador, no tiene por qué preocuparse tampoco. Los ordenadores instalados aquí son especiales, son más potentes, por eso se usan más bien en los departamentos económicos. Así que las dos van a tener que aprender su manejo. Oleg les enseñará la máquina y les mostrará el programa de traducción; en informática él es más experto que yo.
Irina se calmó y sintió un júbilo absoluto. «¡Lo logré! Es increíble, pero he logrado sobrepasar a esas muchachas que son traductoras tituladas. Y me van a dar el empleo, a pesar de mi situación tan frágil. Ni siquiera estoy empadronada en Moscú». Irina levantó los ojos hacia arriba. Quería mirar al cielo, pero era imposible dentro de la oficina. «Dios existe, porque si no, ¿cómo ha podido ocurrir este milagro?». No era creyente, pero en aquel momento estaba convencida de que había sido Dios quien le tendió la mano: «Me vio tan desesperada y dispuesta a lo que fuera para salir adelante que seguramente se dijo: “Voy a ayudar a esta pobre infeliz Se lo merece, por todo lo que ha sufrido”».
