José Martí y el fracaso del proyecto libertario de la nación cubana

Fragmento del libro inédito El Pacto Social Posmoderno

Faisel Iglesias


(Fragmento de la obra en preparación: “El Pacto Social Posmoderno”)

Es necesario bajar a José Martí de las estatuas y pararlo como hombre frente al fracaso histórico del proyecto libertario de la Nación Cubana. Poco tiempo después del Pacto del Zanjón –que más que paz fue encono, según el propio Martí-, cuando los cubanos debimos hacer una valoración crítica de la guerra en el propio escenario de los sacrificios supremos, el Capitán General Martínez Campos (“El Pacificador”), descubrió una transitoria válvula de escape a la crisis; el puente de plata para los adversarios políticos; el exilio.

José Martí, futuro líder de la independencia y de la espiritualidad de la nación, la figura más relevante del periodo de transición del modernismo, que en América también significó la llegada de nuevos ideales artísticas, a quien Rubén Darío llamaba Maestro, apenas un niño en tiempos de la Guerra Grande, mientras más de doscientos cincuenta mil cubanos entregaron la vida a la causa por la independencia, periodo en que no había podido hacer más que escribir ardientes manifiestos contra la tiranía colonial y tirarle una cáscara de naranja a un soldado español, por lo que había ido a la cárcel y escrito allí bellos versos y estremecedores relatos, andaba por el mundo cargado de nostalgia, soñando la patria – ¡vivir por Cuba en cuerpo y alma no es lo mismo que sobrevivir en Cuba en carne viva! – con la fuerza de un creador divino, se lanzó, cargado de ideales a entrelazar las ramas de los pinos nuevos con los viejos robles a fin de hacer la que él llamara “la guerra necesaria” por la independencia de Cuba, como paso previo a la liberación de los cubanos.

Cuando Martí llegó a Estados Unidos se impresionó con el desarrollo económico y el sistema político existentes. No hacía mucho que Edison había brindado una nueva luz al mundo con su lámpara eléctrica; Graham Bell había conseguido trasmitir la voz humana a través del espacio y de los mares. Sus habitantes eran hombres de diferentes razas, religiones, naciones, pero todos tenían un espíritu común vertebrado por un documento trascendental: la Constitución Norteamericana. En The Hour de Nueva York, del 10 de julio de 1880, expreso: “Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo, esencia de la vida […] Nunca sentí sorpresa en ningún país del mundo que visité. Aquí quedé sorprendido […]”1

Martí vivió la mayor parte de su vida creadora en New York, en momentos que la ciudad conformaba una nueva visión de sociabilidad, de vida en común, donde el individuo era el protagonista, y a partir de su plenitud, su trascendencia. Época de grandes contradicciones económicas, políticas y sociales por la expansión y concentración económica que lo llevo a decir: “viví en el monstruo y le conozco sus entrañas”. Momento en que se promulgaron las primeras leyes antimonopolio, de las que José Martí, envuelto ya en la etapa final de los preparativos de la guerra, no llego a pronunciarse, pero que dieron lugar a que aun en estos tiempos, sean las pequeñas y medianas empresas la mayor fuente de empleo de la Nación. Fue el periodo más fecundo de su existencia.

Allí José Martí escribió: “Haremos los cubanos una revolución por el derecho, por la persona del hombre y su derecho total, que es lo único que justifica el sacrificio a que se convida a todo un pueblo.”2 “O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, – o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños”3 … “Que cada opinión esté representada en el gobierno… que no se vea obligada a ser la oposición … ni influir en el gobierno como enemiga obligada, y por residencia, sino de cerca, con su opinión diaria, y por derecho reconocido. Garantía para todos. Poder para todos.”4

Máximo Gómez, Generalísimo en jefe del Ejército Libertador, sin embargo, cree en la centralización del poder, sin que tenga cabida ninguna institución civil: “Acaso se puede citar una revolución en el mundo que no tenga un dictador”, exclamaba. “Martí, limítese Ud. a lo que digan las instrucciones, y lo demás, el general Maceo (Su Lugarteniente) hará lo que debe hacerse”, le ordenó al “Delegado”, cuando lo comisionó a procurar el apoyo del Presidente de México. Por su parte, Antonio Maceo, ya en campaña, trató de mantener alejada la tropa del verbo elocuente del que ya los soldados revolucionarios, reconocían como “¡El presidente!”, con el propósito de que no fueran convencidos por la lengua liberal del “Capitán Araña”, como despectivamente llamaban algunos caudillos al líder liberal.

José Martí, consiente de “que la tiranía es una misma en sus variables formas”5, que el Gobierno debe ser la mayor reflexión sobre la imperfecta naturaleza humana”6, viendo el sable en el puño de los militares y las órdenes brotando, como fallos inapelables, de sus discursos políticos, le había escrito a Máximo Gómez: “No se funda, General, un pueblo como se manda un campamento”7. Y más adelante escribió: “Gobierno no es, sino la dirección de las fuerzas nacionales de manera que la persona humana pueda cumplir dignamente sus fines.”8 Y el 5 de mayo de 1895, catorce días antes de caer en combate dijo en tono herido al ver cómo Gómez y Maceo hablaban a solas, bajito, a sus espaldas: “Va a caer la noche sobre Cuba!”.9  Y aún no ha amanecido.

“Juntarse es la palabra de orden.” exhortó José Martí a los patriotas cubanos cuando los estaba convocando a la guerra de 1895. Juntarse es acercarse, arrimarse, acompañarse de alguien en el andar… Permite en consecuencia la autonomía de cada elemento. Por eso, el Partido Revolucionario Cubano, que fundara para organizar la “guerra necesaria”, estaba constituido por “clubes independientes.”

Sin embargo, históricamente los lideres cubanos, desde Gómez y Maceo hasta Fidel Castro, han interpretado la palabra “juntarse” del Maestro de modo restrictivo, significando solo una de sus acepciones: “unidad”. Según la real Academia de la Lengua Española, “unidad” significa propiedad de todo ser, en virtud de la cual no se puede dividirse. Singularidad en número. Conformidad en la que solo hay un asunto. Lazo de unión en todo lo que ocurre.

En consecuencia, el “juntarse” de José Martí, no es la “unidad” que procuran y que tan bien le ha convenido a los sucesivos dictadores de la Perla de las Antillas. La unidad que han procurado los revolucionarios cubanos no nos ha permitido alcanzar el proyecto libertario de José Martí. Significativamente los Padres Fundadores de la Constitución Norteamericana defendieron la diversidad y el derecho de las minorías a ser tratados igual y triunfaron.

Los norteamericanos hicieron la guerra para consagrar su Constitución. Los franceses hicieron una Constitución para consagrar su Revolución. Parece una logomaquia. Pero no lo es. Encierra un concepto metodológico. No se puede disparar sin antes haber avistado el blanco. No debemos echarnos andar sino sabemos adónde vamos. Sin embargo, Martí creyó que la guerra era la paz del futuro. Desde el exilio veía la independencia de Cuba como el objetivo inmediato y los sacrificios de la guerra como un proceso de purificación, donde todas las miserias y conceptos equivocados serian sanadas.

De nada vale la independencia de Cuba sin la liberación de los cubanos. La unidad política de todos los elementos ignora el peligro de que cuando la “unidad” adquiere forma de gobierno, al presuponer un mando centralizado, obediencia ciega, el sometimiento a la idea única, limita contornos, fija posiciones dogmáticas, no admite discrepancias y, a fin de cuentas, elimina la palabra libertad, el respeto a la diversidad y a las minorías, a los derechos humanos, en fin, la dignidad humana.

La diversidad, por el contrario, jamás define bordes, no completa las ideas, para siempre volver a ellas con nuevos bríos, porque es de pensamiento abierto. El respeto a la minoría significa darle a un elemento el valor del todo, oponerse a la dictadura de la mayoría, porque el bien supremo es la persona humana, su dignidad, su plenitud, no el poder. De ahí el hecho trascendente de que los funcionarios públicos en Norteamérica sean considerados meros “servidores públicos”, mientras en los países de la que Martí llamara “Nuestra América”, se les identifica con el “ejercicio del poder”

José Martí tenía un ideal, pero no tenía un sistema filosófico (el sistema lo tenía Ignacio Agramonte, pero lo mataron). Tener un ideario no significa tener un sistema de pensamiento, una clara concepción del estado y el derecho para una Cuba futura. Le faltó, además, el marco apropiado: un “pacto social”, propio de la Era Moderna, donde se consagrarán, como ley primera, los derechos inalienables del ciudadano, la soberanía de los ciudadanos, como primera ultima fuente de poder, porque en definitiva Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y se constituyeran los poderes del Estado de manera independiente, separada y dividida, como si lo pudo hacer Ignacio Agramonte en Guáimaro. Y, en su defecto, se encontró en La Mejorana con un Máximo Gómez y un Antonio Maceo que pretendía un mando vertical a la revolución que andando el tiempo ha devenido en sucesivos gobiernos dictatoriales.

José Martí, si bien es cierto que encontró un novedoso discurso político, lo concretó en un lenguaje metafórico, capaz de ser utilizado por unos y por otros.

El día 16 de agosto de 2015, a la salida del Encuentro Nacional Cubano, en San Juan, Puerto Rico, donde la oposición interna al castrismo y el exilio se reunieron para trazar estrategia de luchas para el futuro, el joven escritor Orlando Luis Pardo Lazo, conociendo el borrador de esta obra me escribió:

“La historiadora Marial Iglesias se refiere a “[l]as múltiples y a menudo contrapuestas interpretaciones acumuladas a lo largo de casi cien años de esfuerzos hermenéuticos,” cuya sedimentación creó “la muralla infranqueable que separa al Martí autor/actor del lector/receptor de estos tiempos.” “La imposibilidad de leer a Martí se origina entonces, primero que todo, en las diversas y contrapuestas lecturas de sus intérpretes. Santí pone el énfasis en la obra; Marial Iglesias en los lectores, invirtiendo así análisis del primero: la producción hermenéutica ha creado tantos Martí que ha vuelto imposible comprenderlo a cabalidad. O dicho de otra manera: la multiplicación de los lectores, y por supuesto de las lecturas, han alejado a Martí, volviéndolo inaccesible. Con lo cual la crítica crea su propia encerrona. Notemos que es solo después que la falta les es imputada a los lectores que aparece para ella el segundo problema, el que había comentado Santí: Si se intenta salvar este obstáculo escapando de esa intrincada maraña discursiva al situarse en el contexto interior de la propia obra martiana, hay que enfrentar entonces una gran masa de textos de muy difícil temática y factura, unidos entre sí por un estilo esplendoroso, pero a menudo oscuro, lleno de metáforas crípticas, donde las fronteras de la prosa y la poesía se confunden. Haciendo política también con poesía, sus discursos y artículos políticos están plagados de metáforas tan vívidas y complejas que es casi una quimera dar con la clave última de su verbo (“José Martí”)”.

Y, horas después recibía otro email de Pardo Lazo:

¿Conoces este libro del cubano Francisco Morán sobre una relectura radical de Martí?: «En un artículo publicado en la revista Vuelta en 1986, Enrico Mario Santí mencionaba “el carácter ambiguo, literario y, por tanto, abierto, de la prosa de Martí,” y lo que, según él, “explica, al menos en parte, el por qué su obra se lee, entre nosotros, un poco como la Biblia: es todo para todos. Fijémonos en que ese carácter ambiguo y literario parece clausurar las posibilidades de arribar a cualquier lectura conclusiva del texto martiano. El ejemplo de los Estados Unidos es revelador porque trae a la palestra el problema de los debates en torno a Martí: se lo usa como arma para atacar y defender a la nación norteamericana. Aquello que cierra las posibilidades interpretativas, las mantiene abiertas.»

De modo que, una de las grandes virtudes de José Martí, paradójicamente puede haber sido una de las causas del fracaso de su proyecto libertario; su lenguaje poético. Es decir, el discurso político de José Martí está cargado de metáforas. Y la metáfora ilumina el camino, pero no hace el sendero. Las metáforas se prestan para muchas lecturas. Las ideas deben concretarse en resultados.

La historia cubana del desatino no comenzó, con José Martí. Céspedes se autoproclamo Capitán General del Ejercito Libertador, es decir, dándole la continuidad a una estructura institucional, por la que, paradójicamente se había levantado en armas para destruirla, como si quisiera que “la colonia siguiera viviendo en la república.”

Lograda la independencia, la Constituyente de 1902, se realizó bajo la ocupación norteamericana. Solo en 1940 se procuró una Ley Suprema sin la injerencia foránea, pero Félix Varela, Ignacio Agramonte y José Martí estaban muertos. Generales y Doctores, los nuevos dueños de Cuba, se dieron una “constitución política”, expresión de la voluntad de los vencedores de la revolución del 33, donde consagraron su programa político, dentro de un texto codificado, que exige una interpretación unitaria, donde se hizo soberano al estado, la nación y dice que se “reside” en el pueblo. En realidad, fue letra muerta. En consecuencia, se acumularon los conflictos sociales y en 1952 el dictador Fulgencio Batista rompió la institucionalidad con el golpe de estado del 10 de marzo.

Por último, el triunfo de la Revolución cubana de 1959, en medio de la Tercera Guerra Mundial, conocida como la Guerra Fría, época en la ha humanidad vivía en medio de la paz del miedo nuclear, condiciono el alineamiento de Cuba al Campo Socialista, el cual tenía una concepción monista del Estado y consideraba al derecho un instrumento del poder político.  Concepción impuesta por la Unión Soviética, que tenía su raíz en la Revolución Rusa de 19917, la Rusia Feudal en pleno siglo XX, la Rusia que aun no conocía de los avances de la Revolución Norteamericana, de la Revolución Francesa, ni del Movimiento Enciclopédico, ni de la Ilustración, La Rusia que estaba entrando a la modernidad cuando ya occidente se estaba saliendo de ella.

Así las cosas, ni los revolucionarios, ni los políticos, ni los estadistas cubanos nunca han tenido una concepción autóctona de lo que debería ser el estado y el derecho cubanos. Este déficit de originalidad en el discurso histórico cubano, no solo se observa en cuanto a la concepción del estado y el derecho. Alexis Jardines, en su obra Filosofía Cubana in nuce, expresa:

“A pesar de que la versión oficial, presupone sin más, la existencia de un pensamiento filosófico bien definido, con su tradición, su historia y su originalidad, los historiadores de las ideas son muy cuidadosos a la hora de hablar de “filosofía cubana”. Siguiendo a Medardo Vitier, la expresión habitual en estos casos es “la filosofía en Cuba.” Lo cual denota la estancia de la Filosofía entre nosotros. Si exceptuamos algún que otro artículo menor, como el de Waldo Ross – y puede verificarse el dato – todas las obras de historia de las ideas en Cuba que se centran en el tema de la filosofía cubana evitan, en sus títulos, el reconocimiento tácito de una filosofía cubana (a pesar de que no dudan en admitir su existencia toda vez que pasan al desenvolvimiento del contenido). La utilización del giro “la filosofía en Cuba” en vez de “la filosofía cubana” hace patente que de lo que se trata en realidad es de la recepción de la filosofía en Cuba y nunca de una filosofía autóctona” … “de una filosofía cubana, en rigor, solo puede hablarse hacia la década de los 40 – 50 del siglo XX, justo el periodo más olvidado y subvalorado por nuestra historia filosófica”.10

Por tanto, Cuba necesita, de cara al siglo XXI, un discurso ideo estético autóctono. Instituciones y aptitud intelectual que nos permita viabilizar la plenitud de cada ciudadano en particular y de la sociedad En general. Es necesario estar a las alturas de las circunstancias. Ese es el reto para el siglo XXI, un nuevo Pacto Social Posmoderno

Notas del artículo

  1. José Martí. Obras Completas. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1975, t 19, pág. 106-107.
  2. Roberto Agramonte. Ob. Cit.
  3. José Martí. Discurso pronunciado en la ciudad de Tampa, el día 26 de noviembre de 1891.
  4. José Martí. Fragmentos de apuntes. Nueva York (entre 1885 y 1885). Obras Completas. T.22, pág. 108-109
  5. Carlos Ripol. José Martí y las huellas desconocidas. Pág. 97, Elise Torres & Sons. Ne York 1976.
  6. Madison. Ensayo 51. El federalista.
  7. José Martí. Carta al General Máximo Gómez de fecha 20 de octubre de 1884.
  8. José Martí. Artículo “La próxima exposición de New Orleans.” La América. New York, mayo de 1884. Tomo 8, pág. 369.
  9. Roberto D Agramonte. Martí y su concepción de la sociedad. Editorial de la Universidad de Puerto Rico 1984. Tomo 2, pag.97.
  10. Alexis Jardines. Filosofía cubana in nuce. Ensayo de historia intelectual. Editorial Colibrí. Madrid, España. Pag 11-12.

Del Autor

Faisel Iglesias
(Pilotos, Pinar del Río, 1953) es graduado de Derecho en la Universidad de La Habana. Ha publicado las novelas El olor de la tierra (2006) y Qué bueno baila usted (2009), así como el ensayo El soberano es el ciudadano (2017) y artículos periodísticos en varios países. Fundador de la Corriente Agramontista, en 2015 participó en el Congreso Mundial de Elites y Jefes de Estado, en la Universidad de Salamanca, con su ponencia 'Por una nueva concepción del Estado y el Derecho cubanos ante la posmodernidad'. En 2016 fue elegido coordinador de la Comisión Jurídica del Encuentro Nacional Cubano. Reside en Puerto Rico.