Provincia del dolor
Silvia Rodríguez
Biblioteca Básica Canaria.
Vice Consejería de Cultura del Gobierno de Canarias, 2021
Con una decena de poemarios ya editados, Silvia Rodríguez vuelve con un libro que recupera “la experiencia infantil del dolor, pero reconvertida y amalgamada con esa otra experiencia de la mujer más madura ante similares circunstancias”, según afirma en su prefacio Pedro Flores.
La autora canaria traza, sí, un itinerario de lo complejo del sufrimiento, de lo amargo de la pesadumbre. Su verso se torna empírico y, por ende, íntimo, dador de una realidad palpable, sostenida en el tiempo: “Alguien viste de verde a una niña y le rasura el alma,/ poco queda para que unas manos de látex/ desprendan la modesta nostalgia del cuerpo airado./ En una bandeja metálica depositan su tristeza tibia”.
Inevitable resulta no caer en la tentación darle palabra a cuanto cerca a la muerte, si bien, Silvia Rodríguez prefiere no nombrarla sino con la determinación de otros símbolos que intuyan su imagen. Porque en el afán de darle sentido y pálpito a la vida, se mantiene la voracidad de perdurar, de ser más allá de un simple presagio, materia futura de redención: “Una niña con tranzas despierta de un extraño sueño:/ ha estado en el corredor níveo con las aves del tiempo/ y ha visto a lo lejos una madona triste que la llamaba,/ que quería comprobar si resistía por fin al poder invisible”.
Con un verso firme, que descarga ininterrumpidamente todo el peso de su semántica, este yo lírico va deshojando sus deshoras y sintiendo las agujas, las huellas, las cicatrices…, que han ido modelando su espíritu. Y desde él, trata de aprehender cuanto la existencia ha ido enseñándole para hacer de su alma, escudo, de su angustia, olvido. Claro que no es sencillo desafiar lo acontecido, adivinarse ajena a aflicción: “Te señalas el abdomen, la hendidura que te cose,/ para que alguien te lama la herida imperfecta/ y vuelva la carne a entretejer algo de tu alma”.
Un poemario clarividente, al cabo, que a través la sensitiva libertad de su escritura halla la luz de la inmanencia “con el alfabeto del cuerpo”.