En el 2013 enseñé por última vez lo que se llama en la academia norteamericana un “curso de contenido”, es decir una clase de español para estudiantes de nivel avanzado. En aquel momento yo estaba trabajando en un proyecto de historias de vida sobre las primeras organizaciones LGBTQ+ en las comunidades latinas de Estados Unidos, y acariciaba la idea de adaptar esa experiencia al salón de clase. El curso se llamó “Memoirs as Political Texts” y evolucionó bastante hasta tomar su forma definitiva. Por ejemplo, pasé de incluir libros de hombres y mujeres a dejar solamente una selección de autoras. Mi hipótesis era que las mujeres en sus libros de memorias tendían a hablar de un nosotras mientras que los hombres invariablemente le daban preferencia a un yo individual y masculino. También tuve la oportunidad de incluir un amplio abanico de escritoras, como Nellie Campobello o Susana Chávez Silverman. De Campobello leímos “Cartucho”, ese libro terrible y maravilloso en el que la crueldad de la revolución mexicana es vista a través de los ojos de una niña. Chávez Silverman –californiana de padres latinos cuya escritura no es ni en español ni en inglés sino en Spanglish– tuvo la gentileza de venir a mi clase a conversar sobre su libro “Killer crónicas”.
Como proyecto final, mis estudiantes tenían que escribir un breve texto memorialístico a partir de las teorías y las obras estudiadas en clase. ¿Pero cómo podían hacer ese ejercicio de reflexión, de sacar cosas de dentro e incluir el entorno? ¿Cómo escribir a partir de teoría algo que es fundamentalmente vivencial? La solución la encontré en incorporar un componente de servicio a la comunidad. No iba a ser la primera vez, pues parte de mi filosofía educativa radica la intersección entre lo que pasa en el salón de clase y lo que hay allá afuera, en el mundo real. Para este curso, sin embargo, quería encontrar proyectos en la comunidad que realmente impactaran a mis estudiantes, que les permitieran –incluso obligaran– a ver y escuchar a otros. De este modo, algunas de las estudiantes trabajaron en un refugio para indigentes –de hecho, el único chico en la clase llegó por primera vez al refugio y, para su consternación, lo confundieron con un indigente y lo mandaron a hacer fila–, otras prestaron servicios de compañía a ancianos que vivían solos en sus casas, y unas más en un refugio para mujeres trans afectadas por el VIH. Dos muchachas manifestaron su interés en trabajar conmigo en alguno de mis proyectos.
Desde cierto tiempo atrás yo estaba en contacto con una ONG local llamada La cooperativa. Este grupo tenía su base en un edificio de madera de dos pisos. En el primero había una lavandería y en el segundo una casa estrecha, a la que se accedía por una escalera empinada que impedía ver la lavandería desde la calle. Había también algunos árboles, por lo que de noche el área era muy oscura. El lugar era, por lo tanto, discreto y uno no se daba cuenta del ir y venir de personas hasta que encontraba esa casa oculta en el paisaje urbano. En La Cooperativa se daban clases gratuitas de inglés como segundo idioma y se ofrecían servicios de apoyo en distintas áreas. Además había una pequeña despensa con víveres a precios reducidos, aunque creo que en algunos casos la personas los recibían gratuitamente. La cooperativa había sido fundada por unas jóvenes de origen latino, cuyas familias habían hecho trabajo misionero en América Central. Su español a veces resultaba trabajoso, y tanto ellas como el pequeño grupo de voluntarios que las seguían preferían hablar en inglés. No recuerdo bien cómo las conocí, pero en aquellas épocas yo estaba involucrado en varias organizaciones y es probable que nuestra conexión viniera de alguna actividad dirigida a activistas.
Las líderes querían que yo me hiciera cargo de un proyecto un tanto confuso: saber a profundidad sobre las personas que frecuentaban La cooperativa –a quienes llamaban los clientes–, y a la vez evaluar la calidad de los servicios que se estaban prestando. Para ello me propusieron hacer una historia de vida (el equivalente en español de los oral history americanos) que comprendiera desde los orígenes de los entrevistados, su llegada a Estados Unidos y a la ciudad de Nueva Orleans hasta la forma en que se enteraron de la existencia de La cooperativa y sus experiencias con los voluntarios. Hacer historias de vida representa para mí una forma de justicia social, un esfuerzo de preservar voces y eventos que, de otra manera, se perderían. Es, por así decirlo, una oportunidad para reconstruir la Historia desde abajo, desde la gente que no tiene poder y cuyas vivencias personales son fundamentales para entender movimientos culturales y sociales. Empecé a involucrarme en este tipo de actividad cuando vivía en Baltimore a finales de la primera década del siglo XXI. Una vez vi un aviso en un periódico gay de Washington DC en el que se invitaba a participar en el Latino/a History Project. Washington es un hervidero de activistas, y muchas organizaciones se dedican a la preservación histórica, incluyendo grupos LGBTQ+. Gracias al Latino/a History Project aprendí de primera mano las técnicas básicas de las historias orales: un cuestionario, una buena grabadora y los documentos legales que autorizan la preservación y difusión de las conversaciones que se sostuvieran con cada individuo. También conocí las redes que permiten el archivo y resguardo de voces y documentos. Pero lo más importante fue la gente, los activistas que, en muchas ocasiones, prácticamente dedicaban su vida una causa. Recuerdo uno en particular que vivía en un apartamento minúsculo, en el que todos los espacios estaban tomados por cajas y carpetas que contenían desde documentos y volantes hasta tiaras y zapatos de tacón adornados con falsos brillantes. Otros activistas estaban inmersos aliviar problemas inmediatos, como una hondureña que había fundado una organización para ayudar a inmigrantes LGBTQ+ centroamericanos con sus trámites de asilo político. Por su trabajo aprendí mucho, y supe del alto costo que pagan los asilados, pues cada año debían comparecer ante un juez, contar de nuevo las razones por las que habían abandonado su país y mostrar evidencia de que su vida todavía corría peligro y que no había esperanza de un cambio. Yo no podía concebir que un asilado tuviera que contar una y otra vez las vejaciones de que fue objeto, y que tuviera que hacerlo de un modo convincente, de tal manera que pudiera convencer a un juez, un extraño investido de poder, ajeno a los sufrimientos, al peligro, al desgarramiento de haberse marchado de su país para proteger la vida. Sobre todo al principio de mi relación con esos grupos y activistas me costaba admitir que la memoria –a través de objetos o testimonios– fuera fundamentalmente una memoria del horror, la exclusión y el trauma. Pero esa amalgama de personas y organizaciones hacía de Washington DC un lugar de esperanza. Uno entraba a un mundo que no estaba expuesto a simple vista, y a través de retos y logros, de alianzas y conflictos, se podía poner en la balanza nuestra propia humanidad, nuestro sentido de la justicia y nuestras posibilidades para contribuir a un mundo un poco mejor.
Washington DC significó también amigos, colaboradores en proyectos, mentores, figuras a quienes seguir y admirar. Gracias a esa experiencia publiqué en el 2015 un libro en colaboración. Se tituló Queer Brown Voices y trataba sobre las primeras organizaciones latinas de derechos LGBTQ+. Casi en forma paralela a la escritura de Queer Brown Voices, trabajé en un proyecto sobre disidencia política y arte público en Costa Rica. Tal vez por eso me sentí cómodo cuando La Cooperativa me pidió ayuda. Pero el trabajo en La Cooperativa me enseñó que estaba pecando de exceso de confianza, y que había dejado de lado aspectos esenciales del proceso migratorio como un acto que puede ser narrado y preservado. Aunque mis estudiantes y yo logramos dos entrevistas, el proyecto fracasó en su propósito original de ofrecer un retrato de comunidad, en este caso la de los migrantes que aprendían inglés y recibían otros servicios en La cooperativa. Diría ahora que el proyecto cojeó desde el principio, cuando fui invitado a asistir a las clases de inglés y me presentaron como “el profesor que va a hacer un trabajo para nosotros”. Aunque hice lo mejor posible para borrar ese calificativo de “profesor” –uno meramente de autoridad, no de solidaridad– ya la cartas estaban echadas. Quienes estaban en el salón de clase me miraron sin comprender por qué yo quería saber de sus vidas. Ellos tenían todo tipo de ocupación –principalmente de bajas cualificaciones–, la mayoría debía transportarse en autobús hasta la casa en el segundo piso de la lavandería y avanzaba con dificultad en las clases de idioma, quizás porque su nivel de escolaridad era también bajo. La Cooperativa, además, se ofrecía como un lugar seguro para trabajadores indocumentados. Ese “profesor” que era yo, por lo tanto, podía ser una amenaza, alguien lejano con acceso a ámbitos de poder que eran desconocidos. Yo expliqué los propósitos de las historias orales, reiteré el carácter anónimo de las entrevistas y sus posibles beneficios, pero cuando pedí comentarios o preguntas recibí solo silencio y fallé en entender que mis explicaciones carecían de sentido. Aun así, varios anotaron su nombre y su teléfono en una lista hice circular. Lo que pasó después debió ser previsible. Algunos números “estaban equivocados”, o quienes contestaron mi llamada dijeron que no eran las personas que yo buscaba. Unos pocos que sí se identificaron como alguien de la lista me dieron excusas para no participar –no tener tiempo era la más común–, o aceptaron asistir a la entrevista pero nunca llegaron. Solamente dos mujeres se sentaron con mis estudiantes y conmigo, una de Guatemala y una de Honduras. Gracias a ellas todo el esfuerzo valió la pena. Sus historias eran poderosas y fueron compartidas con gran generosidad. Quisiera, por lo tanto, honrarlas con una sucinta versión de una de las historias orales:
Pa’tras ni pa’ coger impulso
Yo no nací en San Pedro Sula, pero crecí en esa bella ciudad. A mis catorce años murieron mis padres, mi mamá de una enfermedad que nunca entendimos y mi papá de un balazo que le metió su hermano. De repente nos quedamos solos. Éramos cuatro hijas y dos hijos, aunque el mayor había desaparecido y nunca más supimos de él. El segundo varón se hizo cargo de nosotras, pero no por mucho tiempo. A los meses de quedar huérfanos se juntó con una muchacha y nos dejó. Nosotras las hermanas no podíamos trabajar porque éramos menores de edad, pero nos consiguieron papeles falsos para poder entrar a una maquiladora. No era seguro estar solas. Los mareros se llevaban a las niñas, y mis hermanas y yo huíamos al monte a escondernos. De todas maneras, cada una de nosotras consiguió un compañero y se fue a vivir con él. Hasta la menor de todas, de apenas doce años, se juntó con un pandillero.
Yo quedé embarazada a los quince de un muchacho que trabaja en la maquila. Nació nuestro hijo y mi compañero decidió migrar a los Estados Unidos, pero antes nos construyó una casa en un solar. Aunque tuvo que hacer varios intentos, ya cuando logró quedarse en Estados Unidos consiguió trabajo en construcción y todas las semanas nos mandaba dinero para la comida y para pagar cuentas. Pero eso no era suficiente para vivir tranquila. Yo tenía una enfermedad en la piel, me salían manchas. A pesar de haber visitado algunos doctores en Honduras, ninguno me dijo qué tenía. Eso me deprimía mucho. Pero lo peor era la violencia en el barrio. Una noche entraron seis delincuentes a la casa y me sacaron del pelo. Querían violarme, pero un vecino que era vigilante y tenía armas estaba despierto. Salió a disparar y los delincuentes huyeron. Había mucha gente mala y pobreza, por eso me vine a Estados Unidos yo también, aunque aquí también he encontrado mucha maldad.
Cuando se fue mi compañero, conocí a Misael, un pandillero muy malo que dominaba la colonia e imponía orden. Me hice su amiga, le daba comida, lo ocultaba cuando estaba en problemas, le escondía armas. Lo mataron frente a mí, en la calle. Por Misael conocí a otros pandilleros. Todos se estaban matando en la colonia. Yo me se tatué una calavera en llamas, quería buscar venganza… hice muchas cosas de las que no quiero hablar… Una vez conocí a tipo, él abusaba de mí, me robaba, me pegaba. Entonces lo mandé a golpear, y poco después lo mataron porque él no había entregado su parte del botín de algún robo. Así estuve hasta que llegaron los cristianos. Antes renegaba de Dios, lo insultaba. Luego lo busqué, crecí espiritualmente, salí a evangelizar en el barrio. Me borré los tatuajes, ya no me emborrachaba ni tomaba droga.
Me vine a Estados Unidos por la violencia y para curarme las manchas en la piel. Dejé a mi hijo con una de mis hermanas y me vine con una coyota a México, primero en bus, después en tren. Durante el viaje a otros migrantes y a mí nos atacaron unas abejas, y a un muchacho lo botaron unas ramas del tren. No supimos siquiera si había sobrevivido a la caída. Nos asaltaron en Tabasco y en Piedras Negras, donde estaban los Zetas, estuvimos dos meses secuestrados. Los Zetas les pidieron dinero a nuestros familiares en Estados Unidos y nos amenazaron con matarnos. Una noche nos anunciaron que nos iban a matar a la mañana siguiente, pero trajeron a un nuevo rehén y no se dieron cuenta que él tenía un teléfono. Ese muchacho logró contactarse con la Marina Mexicana y nos rescataron. Yo creía que me iban a deportar, pero me dejaron ir. Llegué a Monterrey, a Reynosa y después a McAllen, ya en Texas. Allí me volvieron a robar, pero una mujer me ayudó. Con un nuevo coyote caminé con otros migrantes hasta San Antonio, donde nos subieron en un truck y nos llevaron a Houston y finalmente a Nueva Orleans.
Aquí he trabajo en hoteles, pero es muy duro porque todos te hablan en inglés. Por eso estoy en clases. Hoy fui a la clínica a verme lo de las manchas, pero salí llorando porque no tienen a nadie que hable español y me piden que vaya con un traductor. Una persona de La Cooperativa va a ir conmigo la próxima vez. Tampoco tengo seguro de salud, así que no sé.
Lo bueno es que mi hijo ya está conmigo y le va muy bien en la escuela. No tengo realmente amistades, pero acompaño a mi marido a partidos de futbol. El juega en un equipo con gente de muchos países. En los partidos he conocido a las esposas de los jugadores. Unas son de El Salvador, otras de Guatemala y unas pocas de México. ¿Volver a Honduras? No volvería. Aquí todo es difícil, pero no hay vuelta, no se compara con allá. Como dice el dicho, pa’tras ni pa’ coger impulso.
Mis estudiantes produjeron un podcast sobre las entrevistas. Para ellas, las dos entrevistadas no solamente les ofrecieron un momento único para interactuar con inmigrantes indocumentados, sino también un motivo para reflexionar sobre asuntos de privilegio, violencia y clase social. Para mí fue una lección de empatía y de respeto por los demás.
La cooperativa no sobrevivió mucho tiempo. Luchas internas dieron al traste con el proyecto. Se acabaron las clases de inglés, la despensa y los servicios de ayuda. No supe más de las personas que lideraban la organización, aunque alguna vez oí que una de ellas pensaba crear una nueva entidad inspirada en La cooperativa. Hasta donde sé, eso nunca ocurrió. Aun así, me gustaría pensar que otro grupo de voluntarios llenó el vacío dejado por La cooperativa. Espero que cada uno de los que asistían a la casa en el segundo piso haya encontrado su camino, otro espacio seguro, una nueva oportunidad.
