Es elocuente que, en un pasaje del Apocalipsis de Juan, casi llegando al final de aquella visión del futuro final, los primeros en ser echados al “lago de fuego” sean los cobardes. Ni siquiera los incrédulos, esos van los segundos, ni los de peor calaña (que mira que hay maldades), no, los cobardes son los primeros en ser echados a aquella muerte definitiva.
En estos tiempos recios, en los que no nos debemos permitir tibiezas, ¿a qué teme un escritor? Cada vez son más las voces que se alzan contra el pensamiento único, la cancelación, y denuncian la mediopatía que sufren cada vez más escritores, males que ponen el riesgo algo que va mucho más allá de nuestro oficio: la memoria.
Ante la cancelación, el escritor cede, miedoso, por no ser linchado en la plaza pública (y virtual) y ver peligrar su “lugar” en el mundo de un montón de desconocidos a los que, contra su propia conciencia, cede para contentarlos y “aparecer” lo más “amigable” (frendly, dicen ahora) que pueda. Lo que se arriesga aquí es un sesgo que se va escorando hacia la mentira de lo que fuimos, y abona muy bien el terreno para volver a serlo.
¿Debe darle una bofetada a su hijo un padre de los años ochenta en una novela de aquella época? ¿Debemos, al ambientar el Panamá de los setenta, procurar que parezca un paraíso de paz y libertad, de respeto y de concordia simplemente para que no se ofendan los de piel blanda? La consecuencia de esa cancelación absurda no es otra que la de la auto censura, que terminará arrastrándonos a contar sólo nuestras historias y protagonizar nuestros propios dramas. Con ello, destruimos la capacidad de nombrar lo que fuimos para no volver a ello.
Los escritores que ceden la memoria sólo quieren salir bien en la foto, sólo aspiran caer bien al mayor número de desconocidos posibles y alimentar una imagen de sí mismos buenista, positiva y muy cercana al pueblo, no se vayan a convertir en populacho ávido de carne virtual para linchar. Sus novelas, poemas y cuentos o ensayos, se generan en un olvido autoimpuesto que los convierte en peligrosos por estar vacíos del mal de entonces.
Lo que escribimos, grande o pequeño, no es otra cosa que una gota de memoria que se queda varada en un ensayo, en un microrrelato, en un haiku: alguien será capaz de reconstruir, con las variantes que dan las miradas diversas sobre quienes fuimos, la memoria que debemos defender y no permitir que se falsee. El cobarde escritor que sólo piensa en su derecho de salir bien en las fotos, cede algo más grande que él mismo. Pero ese es su derecho, ¿no?, faltaría más, pero no por eso menos cobarde.
Que cada uno se exponga como quiera, pero lo que nos jugamos es mucho más complejo. Se van sentando, poco a poco, las bases de una sociedad que sólo sospechará que hubo pasado, que volverá a sufrir la peor versión del ser humano por haber olvidado cómo era. Cuando cedemos el derecho a pensar fuera del tiesto, o a narrar personajes y situaciones con los mimbres más obtusos, o transigimos con que se nos diga desde arriba o desde abajo o desde el centro, qué, cómo y cuándo pensar, estamos comprometiendo la memoria de nuestra raza. Y cuando eso sucede, los entusiastas de la ignorancia vienen dispuestos a pensarnos como ellos quieren para esclavizarnos mejor.
