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ILVIA BURUNAT. Ph.D., Centro de Graduados, CUNY, Profesora de Español. Es autora de varios libros, reseñas y artículos, y coeditora de Veinte años de literatura cubano-americana (1988). Sus últimos libros son El español y su evolución (2ª Ed., 2014), El español y su sintaxis (2ª Ed., 2010), El español y su estructura (4ª Ed., 2020), Jornada de amor y lágrimas (2006), Josefa y Josefina (2007), Monólogos dialogados (2008), Autobiografía póstuma (2009), Fantasías reales (2010) y Danny y Danielle y otras historietas (2017). Una de sus más destacadas contribuciones como docente es la creación de nuevos cursos de literatura: Literatura de Memorias, Literatura Terapéutica, Literatura de Viajes y Viajeros, y Eros y Cupido en el Cine Español Contemporáneo.
Puede adquirir el libro a través de este link: Diario de una psicoterapeuta, Silvia Burunat, Colección Caribdis de narrativa, Ilíada Ediciones 2021
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Me parece que estoy viendo algo distinto, especial pues de una ojeada creo que hay alguien llamado o llamada Pat, pudiera ser Patricio o su equivalente femenino. Continúo de izquierda a derecha y hoja tras hoja, llegando a la conclusión que Patricia es madrileña, no he podido encontrar su edad exacta, pero parece tener algunos más de 25. Ha vivido siempre con su familia en un piso en la Calle Atocha y se interesa mucho en hablar del portero de las mañanas, el que trabaja desde las 7 hasta las 15 horas de martes a sábado, se llama Mario y es gay. Todos lo saben, él no se oculta y tiene pareja desde hace bastante tiempo, desde que se conocieron en la universidad cuando tenían 18 años y ahora Mario tiene 35.
Aunque parezca difícil de creer, Mario tiene un Máster en Historia Europea y después de un par de cursos de haber fungido de auxiliar de un catedrático por lo que le pagaban un sueldo miserable, decidió ser portero, como lo habían sido su padre y su abuelo. Según la descripción de Pat, es un hombre alto, de cabellos negros rizados que ya muestran algunas canas, una sonrisa perenne de poderosos dientes blancos y parejos y modales muy masculinos, incluyendo la voz de resonancias profundas. Pero una vez establecido el trasfondo de la situación, le doy voz a Patricia.
¡Ay, doctora X, este hombre está de infarto! Mire que en la uni sobran ejemplares masculinos, pero yo nunca me he topado con nadie como Mario. A veces pienso que, el hecho de ser gay, en mi caso le añade un no sé qué de atractivo. Es como si yo tuviera que luchar contra un dragón para ganarme a mi príncipe azul. He visto a su pareja dos o tres veces y, bueno, no está mal, claro, tampoco sé qué pasa exactamente entre ellos en la intimidad, pero algo me dice que yo puedo encontrar las fuerzas necesarias para tener un “resbalón” con Mario. Siempre estamos coqueteando y, para ser sincera, también lo hace con otras, es como parte de su naturaleza. Igualmente puede ser parte de vanidad pues él sabe cómo se ve y qué impresión deja en otros y, lógico, se aprovecha de ello. Lo conozco desde que era muy jovencita, ya lleva más de diez años de portero aquí, lo de flirtear se ha vuelto como un juego. Pero sí me he fijado en un par de cosillas, una, que a él le llaman la atención los culos, musculosos, sobre lo grandes, eso se puede notar cuando llevamos ropa del gimnasio o vaqueros ajustados. Es que se le van los ojos hacia las nalgas, no lo puede evitar.
Más adelante, los folios dan un salto y resulta que me encuentro ya en pleno ROMANCE, por llamarlo de alguna forma. No quiero ser yo quien les cuente, sino ella misma.
Cada vez que me detengo en la portería para preguntar por un paquete, por ejemplo, enseguida viene y me toma de la mano. Lo que yo siento, al menos, son caricias muy suaves y con el dedo pulgar, me dibuja un corazón en la palma. Todo eso me estremece. Nadie se da cuenta, la portería está hacia un lado y es difícil captar todos los detalles desde el punto de vista de las personas que entran y salen. Siempre ha recordado mi cumpleaños y ese día me envía a uno de los chicos de la limpieza a mi puerta con una tarta de limón y merengue, algo que me encanta, o con una selección de hojaldres. Mi familia ha sido muy generosa con todos los empleados de la finca y al llegar las fiestas navideñas, siempre reciben un cheque dentro de la tarjeta pascual. Por lo tanto, no parecía tan raro que alguien como Mario, un hombre educado y que ya llevaba un tiempo trabajando allí, se acordase de santos y otras fechas destacadas, etc. Ah, se me olvidaba decirle que, casualmente, él y yo tenemos el mismo día y mes de cumpleaños, ambos del signo del Escorpión. Bueno, los creyentes dirán que no en balde aquella relación iba creciendo como espuma de champaña.
Las cosas iban a todo tren y un día, para mi sorpresa, Mario me preguntó si iba a estar libre esa tarde. Le respondí afirmativamente y quedamos en encontrarnos en una esquina a dos calles de la finca donde él trabajaba y yo residía. Yo estaba acelerada, el corazón se me salía del pecho, las piernas se me doblaban. Llegué a la mentada esquina y allí estaba, con su gabardina gris pues amenazaba lluvia, algo raro en Madrid en el mes de agosto que, por cierto, nunca llegó a materializarse. Pero no quiero perder el tiempo, doctora, me tomó de la mano y me besó en las dos mejillas. Con aquella voz melodiosa y resonante a la vez, me dijo: -Vámonos a El Retiro. No creo que llueva hoy. Por supuesto, aunque hubiese estado cayendo el diluvio universal no me habría negado. Y hacia allá nos dirigimos.
No quiero prolongar el relato. Nos sentamos en un banco y él me besó en los labios, primero delicadamente, como si no quisiese marchitar los pétalos de una flor. Después, de forma tan ardiente, que mi cerebro daba vueltas y no llegaba a atinar qué sucedía. No sigo. Apretó mis labios entre los suyos y, despacio, fue soltándolos. Su aliento era fresco, con un olor y sabor indescriptibles. Todo es una repetición de lo mismo, apenas hablamos, él sabía que yo sabía lo que todos sabían en la finca, y perdone el juego de palabras. Más adelante, años después, llegó a mis oídos que había habido otras mujeres en su vida, pocas, pero era obvia su preferencia por los hombres. Sin embargo, me sentí elegida entre muchas, precisamente por saber que de esas acciones no íbamos a pasar.
Para darle un final a mis confesiones, hubo tres ocasiones más, una igual a esta en El Retiro, otra en un cine de la localidad y la última fue la que más perturbada me dejó. Mario me dijo que los padres de su pareja tenían un pisito en la Costa Brava donde los dos solían acompañarlos, pero a Mario aún no le correspondían sus días de vacaciones, así que le insistió al otro que fuese y él iría siete días después, mientras tanto se iba a quedar solo en su casa. Me invitó una tarde. Dije que iría y antes de salir, despojé mi mente de toda clase de ideas y anticipaciones. Llegué, me abrió la puerta y me señaló el sofá para sentarme en una esquina. Así lo hice, se desapareció unos momentos y llegó con un vaso de gaseosa. Él sabía que, debido a un padecimiento intestinal, yo no podía tomar bebidas alcohólicas. Se sentó a su vez con una copa de vino blanco, me puso el brazo por la espalda y atrajo mi cabeza hacia su hombro. No pude decir ni una palabra. Así estuvimos en silencio unos minutos que tal parecían horas. Muy suavemente, puso su mano derecha en mi mejilla y me volteó el rostro hasta alcanzar mis labios.
Aquellos besos han sido inolvidables. No se necesitaban frases ni suspiros ni exclamaciones, nada, solo el rumor casi imperceptible de los labios que se unían y se separaban para volver a unirse una vez más. No había nada salvaje ni brusco, al contrario, eran caricias labiales y algunas con la lengua, tan sutiles que me hacían trepidar de gusto. Yo podía oír los latidos de su corazón y él seguramente oía los míos. No sé exactamente cuánto tiempo pasó, no llegó a una hora cuando Mario, con gran delicadeza, levantó su brazo de mi espalda, me miró a los ojos y me dijo: “Vámonos, es mejor que nos vayamos ya”. Doctora, eso es todo. No hubo manoseos ni jadeos ni revolcones. Hubo lo que le acabo de contar. Punto final.
Lamentablemente, los comentarios de la psicoterapeuta no aparecieron por ninguna parte, pero supongo que cada lector puede alcanzar sus propias conclusiones. En mi opinión, esta relación es de las más románticas que he conocido, en mi vida personal y con amistades que me han contado las suyas. Creo que, en algún momento, he escrito que no soy inclinada al romanticismo, me refiero al que nos tratan de vender algunos folletines y telenovelas para mujeres. Pero, en este caso, se trata de un romanticismo erótico y, al fin y al cabo, termina, (si es que, efectivamente, sucedió de la forma explicada en el último párrafo de los apuntes de la protagonista) desde mi punto de vista en condiciones razonables, aunque no necesariamente obligatorias. Mario era gay y también se puede asegurar que entre él y Patricia existía una atracción sexual que va más allá de una simple apreciación estética. Hubo sentimientos libidinosos innegables, románticos tal vez, pero Mario tuvo la prudencia de ponerles riendas a tiempo.
ILVIA BURUNAT