La otra historia de Joel Merlín

Fragmento de novela homónima publicada por Ilíada Ediciones en 2022

Manuel Gayol Mecías


MANUEL GAYOL MECÍAS. Escritor y periodista cubano. Director y editor de la revista y editorial Palabra Abierta. Desde que ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1992, ha consolidado una reconocida trayectoria literaria y publicado una veintena de libros, entre los que destacan su ensayo 1959. Cuba, el ser diverso y la isla imaginada (2018) y su saga narrativa titulada Crónicas Marjianas, integrada por La noche del Gran Godo (cuentos, 2012), Ojos de Godo rojo (novela, 2012), Marja y el ojo del Hacedor (novela, 2013), Los artificios del fuego (cuentos, 2015), y a la cual pertenece también la novela La otra historia de Joel Merlín.

Puede adquirir el libro a través de este link: La otra historia de Joel Merlín, Manuel Gayol Mecías, Colección Caribdis de narrativa, Ilíada Ediciones 2021

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I

Fábula de la noche

El cielo tronaba y caía en rojo… aunque también el cielo nos cubría con pespuntes violáceos, porque el violeta cedía por el lado oeste con aparente serenidad, o más bien se resistía con lentitud, mientras embriagaba al rojo oscuro que antes ya había saltado fuerte desde la cima de una montaña (el smog, bondadoso, aún la dejaba percibir a lo lejos). Pero, en seguida, veíamos cómo el violeta era violado por el rojo. Así, el crepúsculo se iba quedando sin paz y se desvanecía con rapidez. Detrás de la mezcla nubosa de ambos colores, avanzaba el agujero negro de una noche tormentosa, que nos venía envolviendo, rotundo, y lo deglutía todo con el sino preciso de lo irremediable… En lo más mínimo aquello parecía ser una noche de California.

Serían alrededor de las 7:00, con un vientecillo que había comenzado suave, un tanto frío entre otoño e invierno, pero que con premura se fue convirtiendo en el vendaval de una noche que no era exclusivamente negra, sino además rojiza y de cierta oscuridad agrisada, pero también traía las luces de las bombillas en las calles y las casas; una noche de desierto que ahora no era nada seca, sino que se presentaba con la humedad de un diluvio.

El viento venía así haciéndose cada vez más espinoso y cortante, ráfagas como de escalofríos, hasta que llegó un momento en que empezó a descargar ramalazos de lluvia oblicua. Realmente era una noche rara, porque en California no se acostumbra a sentir este tipo de tormenta trepidante, que se mostraba como en el trópico, en la misma forma ciega de la oscuridad, pero también empastada, a lo lejos, en un supuesto púrpura, violeta y gris acuoso; una acuarela distante que ya no era tal, porque al cabo de unos minutos se perdió y se transformó en un aguacero cerrado, de anchas gotas, que caía encima de nuestras cabezas; una lluvia fuerte y estacionaria, con perdigones de granizos, que se hacía insinuante para una trama.

En la mayoría de las ocasiones las historias comienzan a contarse de noche, y mucho más si hay tormenta y el viento choca contra los cristales de las ventanas, como creando una atmósfera de lo que está por decirse y no se sabe, porque las fábulas, en buena parte, pertenecen al sugerente mundo de los gatos, que cuando los miras, los ojos les relucen como cargados de asombros vividos.

El caso es que esa vez, de diluvio, centellas y gatos, a mi amigo y vecino Joel Merlín (a quien también le decían el “Estudiante” porque había hecho la carrera de letras en la universidad) se le avivó la necesidad de empezar a contarme el viaje de su vida, que fue el hecho de cómo, después de tantos años, pudo salir de la Isla, pasar por España y llegar hasta aquí.

En esa ocasión, los gatos nos observaban desde el muro de bloques que rodeaba el apartamento. Eran unos cuantos pequeños felinos bajo la lluvia, con silenciosas miradas, aclaro, con el resplandor de los ojos y la elasticidad de sus sombras mojadas, que al pasar detrás de las cortinas creaban una atmósfera que se acoplaba al temperamento imaginativo de Joel.

Debido a ese temperamento, que cuenta con cierta dosis de romanticismo, el “Estudiante” siempre ha tenido la manía o maña de agonizar por todo, y en sus temporadas de depresión se dejaba una barba rala que le salía un poco jaspeada de blanco. Por otra parte, no es alto ni delgado, sino de una estatura mediana, parecida a la del padre, a quien nunca le importó su estatura (la de ambos). En aquel tiempo —cuando salió solo de la Isla para España, y después vino para acá— el Estudiante contaba con 33 años (la edad que siempre me ha gustado tener, digo), ahora tiene 58, el cabello lacio, un poco largo, de canas grises y blancas, y por otro lado siempre ha sido de una forma de contar insistente y hasta obsesiva.

Así y animado de ganas de contar, entró en mi apartamento, seguido de mí, rápido, como si un segundo antes hubiéramos presentido el fogonazo de un relámpago que al caer calcinó el entorno por medio segundo. Busqué entonces la grabadora y nos acomodamos en la sala. De hecho, pensé que su testimonio sería el recuerdo de cómo fue la despedida, los últimos momentos que vivió en la Isla 10 años atrás. En seguida, me declaró que era eso, sí, naturalmente, pero asimismo hablaría de España y algo más. Entonces le propuse que me permitiera dar mi punto de vista y me dejara hacer la estructura de la narración. Lo aceptó, y me añadió que le gustaría poner la historia en mis manos, porque yo vivía solo desde hace un tiempo y tendría la posibilidad de concentrarme más. De esta manera, él hablando y yo escribiendo, podríamos crear esta fábula sabiéndonos personajes —me dijo, y quizás intentar descubrir por qué la vida era tan impredecible.

Sin más, nos dimos a celebrar los años de haber escapado de la Isla, y acordamos hacer varios encuentros con nuevos dictados… Sin embargo, no pudimos evitar hablar antes de nuestro amigo Dobliu Vi (WV), quien era un escritor y profesor universitario que en una de sus novelas decía escribir como “un perro sarnoso” —y Joel me comentó que a él le gustaba esa frase, porque le hacía imaginar a un escritor con la paranoia de la persecución, con una barba de años, alguien que dejaba escapar el brillo terco de sus ojillos, cubriendo con su cuerpo un pedazo de papel (como si fuera un hueso), al que se pone a garabatear a escondidas, para evitar que algún vigilante de un comité se lo fuera a arrebatar (se refiere al Comité de Defensa, que el Gobierno mantiene en cada barrio; los ojos del Big Brother, digamos), porque la Seguridad del Estado estuvo espiando a WV bien de cerca para saber qué se traía con sus novelitas sediciosas, con sus lecturas prohibidas de Vargas Llosa, de Paz, de Borges y de Lezama, y que por eso le pasó lo que le pasó, “por hacer diversionismo ideológico en las escuelas de la Isla”, decían ellos.

A los dos nos gustaba la frase de “escribir como perro sarnoso”. Al mismo tiempo de volver a pronunciarla tuvimos el chispazo de otro relámpago que se filtró por el resquicio de la puerta, y esperamos unos segundos a que se escuchara el trueno que debió resquebrajar el cielo por un instante. De inmediato nos volvimos a acomodar y continuamos compartiendo algunas ideas más sobre nuestro amigo, y fue cuando Joel me aclaró que no entendía por qué WV se había dejado arrastrar por la paranoia de la persecución, pero le aclaré que en verdad no fue tal paranoia, sino pura realidad concreta, porque en ocasiones los hermanitos del Minint le hicieron advertencias y la Seguridad del Estado (que es lo mismo) le controlaba las llamadas por teléfono, el comité de vigilancia informaba de la gente que entraba y salía de su casa y por eso se la revisaron varias veces hasta que la Seguridad emitió el informe…

Y ¡shas!, de nuevo el destello de otro rayo y más atrás el trueno, el apartamento se estremeció, y nos volvimos a mirar como preguntándonos si esta tormenta se habría equivocado de latitud… Cerré las cortinas de una de las ventanas en el instante mismo en que pasaban las sombras, enormes, de dos gatos. Entonces proseguí hablándole de WV, con el propósito de hacerle ver que este no había sido ningún paranoico, sino una víctima de la persecución compulsiva de los segurosos desconfiando siempre de la buena literatura, que cuando a WV le dio por hablar de Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, fue cuando la Seguridad hizo el informe a la filial universitaria y lo expulsaron; pero salió bien, sabes, porque por un pelo no le echaron cuatro años de prisión por revisionista y sospechoso de estar metiéndose en la contra; en fin, que la paranoia no la había tenido WV sino el Gobierno…

De modo que hicimos una pausa y me di a buscar, además de la grabadora, una botella de Napoleón y los quesitos con jalapeño, las aceitunas, los jamoncitos y las anchoas que me encantan, y nos tomamos un trago a la salud de los dos, pero de inmediato brindamos por el recuerdo de sus padres, que no podía faltar —me dijo, aunque la madre ya hacía un tiempo que se encontraba con él aquí, por eso ahora le interesaba más hablar del viejo Joel Merlín, quien se había quedado allá, para siempre, porque en realidad nunca quiso volver a emigrar. Esto se le había quedado muy adentro al Estudiante. Sentimiento que nunca ha podido superar —me comentó, ni aun cuando recuerda la confesión secreta que le concedió el padre. Pienso que esas palabras Joel me las dirá alguna vez, porque de seguro significan mucho para su propio relato. No sé si fue una confesión quemante o alentadora del viejo Merlín, pero sí resultó decisiva en la vida del Estudiante. Lo que puedo afirmar es que Joel, además del significado de esas palabras, trajo la característica mueca con la lengua y las frases ocurrentes del viejo, que se le habían quedado grabadas junto a las descripciones del barrio de Piñera, el pueblo de Castropol y la ciudad de Oviedo que el padre recordaba, aún a los 85 años, sin casi perder su acento asturiano. Otra cosa fue que el viejo Merlín le enseñó la ética de la palabra empeñada: “‘Le doy mi palabra’, así se decía en la Isla durante mi juventud, y ¿sabes?, el acuerdo era sagrado”, le insistía el padre, una palabra incluso por encima de documentos o contratos. Con el viejo, el Estudiante aprendió así la ética de aquella época, al menos de unas cuantas gentes que creían en la amistad. Por estas razones, Joel se trajo los ojos y la voz del padre; esa voz rotunda, sí; y esos ojos pardos, fuertes y a veces llenos de dudas, pero, al mismo tiempo, tan francos, tan profundos y tan tristes.

En ese momento, nos volvimos a dar otro trago y también brindamos por WV, y fue el deseo mutuo de sentirnos orgullosos de nuestro origen… No obstante, en seguida me dijo que no se arrepentía de haber dado el viaje para comenzar el riesgo de otra vida, recalcó… cuando lo dejó todo en busca de recuperarlo todo.

–***–

II

Crónica de la partida

Y así las cosas, Joel empezó por decirme que como buen agonista nunca podrá olvidar el momento de su partida, el 29 de mayo de 1994, cuando miraba los ojos de su esposa (y rechina los dientes), de su hija, de su madre y de su padre, y no quería llorar ni podía, no se imaginaba en una escena de “llantén” y “tragiquismo”, como dicen, y  se hizo a la idea de que el viaje de verdad lo iba a hacer con el objetivo del regreso, como lo piensa siempre todo el que pretende ir a buscar fortuna y retornar después al punto de partida, pero este es un viaje sin presentir (…¿o sí? …) que más que al extranjero era rumbo a su esencia de ser quien siempre quiso ser, como diría Herman Hesse: “Hacia sí mismo”, para verse libre, o al menos, más libre de lo que era en aquellos tiempos que desde hacía tantos años envolvían su Isla en la festiva oscuridad de un laberinto (esa manía de hablar siempre de los laberintos se me pegó de Borges, digo).

El caso es que el viaje que tantos años estuvo anhelando el ansioso Joel esa vez sí estaba a punto de realizarse. El viaje para la mayoría de nosotros siempre ha sido algo compulsivo, como un sueño por cumplirse para que la identidad tuviera su posibilidad de realización; nosotros, en buena parte de nuestra historia, hemos estado ligados al sentido del escape, de la fuga, del exilio, eso de sentir también el sentido vital del viaje. Sin embargo, en casi toda la primera parte del siglo XX la Isla recibió a los inmigrantes del mundo, sin duda, principalmente españoles, pero también tuvo chinos, haitianos, franceses y hasta norteamericanos, y a todos les dio cabida, calidez, los acogió y les otorgó las posibilidades de hacer sus paraísos o infiernos particulares. Sin embargo, no fue así con los judíos. En esto Cuba pareció hacerse cómplice de los nazis1. No pudiera decir otra cosa, pues fue un hecho histórico. Para mí, este hecho fue algo inaudito, pues la Isla fue muy acogedora con otros tipos de inmigrantes. Como si todos no fuéramos humanos, o unos resultaran ser más humanos que otros.

La Isla misma (antes del Gran Encantamiento, que comenzó en el último año de la década del 50 y que a más tardar al año se dio a convertirse en el Gran Estancamiento) fue una confluencia de viajeros, un cruce internacional de un mundo a otro y un sólido lugar que valoraba a los inmigrantes; excepto con los judíos, como dije. No obstante, muchos extranjeros vieron en la Isla sus sueños realizados, o al menos realizándose, como le pasó a mi padre hasta llegar la debacle, el aluvión, la degeneración y el desmadre.

Pero bueno, desde hace muchísimos años en la Isla nadie dice que el viaje se le cumple hasta no hacerlo de verdad, porque incluso estando ya en el aeropuerto si te pones fatal, si no has sido lo suficientemente previsor, por cualquier tontería te viran: no puedes salir, no te dejan; los hermanitos del Minint te pueden decir que falta un papel (tenías que haber previsto ese papel), ¿que no tienes el permiso de tu trabajo? (tenías que haber previsto ese permiso), porque el ministerio adonde pertenezca tu centro laboral tiene la obligación de darte la autorización, y, además de la visa del país al que vas, necesitas, como es natural, un pasaporte que a veces te demoran porque no hay papel para fabricarlo, y esto también en la Isla es tan natural como meterse el dedo en la nariz, y un documento llamado “la tarjeta blanca”, que es el permiso del Minint o de Inmigración (¿no será Emigración?), o de la Seguridad del Estado, que todo es lo mismo… Porque la Isla se encuentra dentro de la mera onda kafkiana (nada con la entrada, todo con la salida).

Ahora Joel ha logrado ese permiso, y se va, y me dijo que aquella vez veía los ojos de su mujer, de su hija, de sus padres, de su primo y del hermano (el Flautista y el Genético, respectivamente), los ojos de su cuñada Ethel y de su suegra Nora, los ojos de su otra cuñada, Marialis, la esposa de Alberto Lu, los ojos pequeños de su sobrina Dany asomada detrás de un mueble, los ojos de su amiga llamada Marja, la “Seráfica” (quien vivía con el Flautista y quien estaba como ordenando sus memorias de jinetera para después contarlas), los ojos de sus amigos que le envidiaban y le extrañaban debido a que ya olía a extranjero, y hasta le temían porque también olía a disidente declarado. Y él miraba las paredes, las puertas y las ventanas de su casa, y las tocaba, y hasta pegaba su rostro a alguna de las paredes, y todo él era un único ojo y una sola pupila hasta empatarse con el camino largo, diminuto y rarísimo de sus neuronas que estaban a mil, como desquiciadas y empapadas de adrenalina, de vibraciones, de escalofríos y de pavor, un miedo casi pánico que lo estaba sofocando y haciéndole sentir que todo le caía encima, o que el piso se abría y él se hundía y se desmoronaba… Y de pronto Joel me empezó a hablar y a mirar, en el presente de nuestra conversación, no como si estuviéramos en California, sino allá, y sus ojos me regresaban a su casa de la Isla, en el momento de la despedida, invisible, pero allí, a su lado, metido en su mente, en su alma y en su drama, dándome la mayor participación posible, y me encierra en el baño junto con él para que nadie le vea (me vea) y se acuclilla (me acuclillo) dentro de la bañadera rosada, casi en posición fetal y se queda (me quedo) contemplando las rayas de las baldosas y azulejos (los tiles, por ejemplo), donde entonces descubro la araña, que ya me extrañaba que no hubiera aparecido —me dice Joel—, y yo le creo porque también la veo, grande, enorme, nada negra y sí de color brown, que está frente a mí, señala, haciéndome sudar, como recordándome que el miedo se encuentra dentro de él, y de mí y de todos; que ella, la araña, se va a ir con él (conmigo) para siempre, para que sepamos bien lo que va a ser el frío y la soledad; y en un repentino movimiento de ocho patas perfectamente articuladas cruza las baldosas y pasa al lavabo y se pierde por el hueco del tragante; y él la ha observado atónito, aterrorizado, pero incluso con el deseo de fijar los rincones de la casa manteniendo aquella acción estúpida en medio de una bañadera, alberca o tina; que Joel se levanta entonces y se mira en el espejo, se sacude y se desprende de mí, me echa a un lado, me deja y yo me esfumo para seguir narrando, ante ya su único ojo que está rojo, irritado; y su boca es una mueca, un rictus, una cara viejísima, a lo Dorian Gray, de repente arrugada, como desvencijada en el espejo, que es su propio cuadro, su retrato, y que ha pensado en su madre y en su padre que se encuentran ancianos y que no sabe cómo los va a dejar; la madre casi no ha hablado y solo lo observa como cuando él era el niño que nunca creció, y su padre haciéndose el desentendido, sabiendo que nunca lo volverá a ver… Y es su hija quien abre de pronto la puerta del baño y se le abraza y lloran y lloran, y salen, y todo el mundo llora, y abraza a uno por uno, y aprieta fuerte a su madre que la ve como que se encuentra ida, confundida, pasmada, derrumbada y no se atreve a ir al aeropuerto; y todos continúan llorando, como que el llanto no se acaba; y yo me escabullo y regreso a mi papel de narrador llorón, entristecido, recordando, y veo que desde aquel momento los días de su vida podrían ser un llanto eterno, el llanto del que se va y el llanto de los que se quedan; y Joel ya no puede más, y llegó la hora, respira hondo, lo más profundo posible, y se marcha en el elevador… Bueno, me marché —me dice dándose un trago amplio, un trago como queriéndose arrancar la garganta o las entrañas, qué sé yo—, y me deja saber que ya estaba en la calle, frente al edificio, saludando a otros convertido en un apabullado como su madre, montándose en el auto destartalado, antiguo, que hacía ¡rom rom rom! con su motor antiguo y emparchado y a Joel se le veía hecho trizas, qué dije, peor que el cacharro que de repente aumenta el rugir de su ruido y parece que va a despegar gruñendo como el Agonista rumbo al aeropuerto dejando una estela de humo detrás de su escape.

Notas del artículo

  1. “El 13 de mayo de 1939, el trasatlántico alemán St. Louis zarpó de Hamburgo (Alemania) con destino a La Habana (Cuba). A bordo viajaban 937 pasajeros; casi todos eran refugiados judíos. El gobierno cubano se rehusó a permitir que el barco atracara, y los Estados Unidos y Canadá se negaron a admitir a los pasajeros. Al final de la odisea, se autorizó a los pasajeros del St. Louis para que desembarcaran en países de Europa occidental en lugar de regresar a la Alemania nazi. De los pasajeros del St. Louis, 254 fueron asesinados durante el Holocausto”. Tomado de United States Holocaust Memorial Museum: “El viaje del St. Louis” [Enciclopedia del Holocausto]: https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/voyage-of-the-st-louis