
«Nuestra ruta se ceñía al valle del Rímac, a lo largo del río del mismo nombre que atraviesa Lima y en su curso irriga todo el territorio adyacente. El verdor y la frescura de la vegetación en la vecindad de sus riberas, y las muchas arboledas hermosas que diversifican el paisaje, ofrecían un agradable contraste con los estériles y rocosos cerros que nos rodeaban por todas partes. Sin embargo, mientras pasábamos ningún signo de cultivos o de habitantes alegró la vista o contentó el corazón, y el escenario estaba fiado solo a la mano de la naturaleza, por su belleza y efectos pintorescos. Al ascender las alturas captamos una vista de las torres y cúpulas de Lima, y del distante océano al fondo…»
Narrative of a visit to Brasil, Chile, Peru [Londres 1825]1
Gilbert F. Mathison
El río Nilo es a la cultura egipcia lo que los Andes a la peruana, escribió una vez el crítico literario y ferviente político del siglo XX Luis Alberto Sánchez. Y yo digo, reduciendo, que el río Rímac es al principio milenario y paradójico de la ciudad de Lima. De la confusión en torno a los orígenes del nombre de la capital del Perú, tomado del valle, que se remite al río que lo riega, aclaró ya hacia 1609 el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales: «Porque no sea menester repetirlo muchas veces, diremos aquí lo que en particular hay que decir del valle de Pachacámac y de otro valle, llamado Rímac, al cual los españoles, corrompiendo el nombre, llaman Lima. […] El valle de Rímac está a cuatro leguas al norte de Pachacámac. El nombre Rímac es participio de presente, quiere decir: el que habla. Llamaron así al valle por un ídolo que en él hubo en figura de hombre, que hablaba y respondía a lo que le preguntaban, como el oráculo de Apolo Délfico y otros muchos que hubo en la gentilidad antigua; y porque hablaba, le llamaban ‘el que habla’, y también al valle donde estaba«.
En efecto, y de manera muy personal, ese río, uno de los tres que atraviesa la urbe limeña de hoy, resultó para mí un dador de ideas y un lugar de inspiración artística, a pesar de que su sola contemplación puede dejarla a una sin palabras. No se piense que estamos hablando de un enorme afluente de aguas turquesas y ensoñadoras, sobre el que circulan embarcaciones turísticas a todo dar, como por el Siena, el Rin, o el Danubio; no. Todo lo contrario: los relaves mineros andinos, las desembocaduras de desagües urbanos ilegales y el malsano status quo, de agarrarlo de vertedero de basuras en varios de sus tramos, trazan su actual perfil hidrográfico incluso al atravesar la urbe capitalina. No obstante, y desde una óptica más ancestralmente supersticiosa, el Rímac resultó también para mí un oráculo y un destapador de misterios. Por lo menos así fue como lo presenté en una novela mía en la que la protagonista, una mujer enamorada de un religioso franciscano, en medio de un encuentro carnal clandestino en un motel con vista al río, recibía como una luz al contemplar las aguas del Rímac y ponía sobre la mesa diegética de la novela todas las cartas, para que el lector avispado terminara de atar los últimos cabos de la misteriosa historia, contando: «Entonces, al apoyar mis manos sobre la pequeña mesa que ahí había, descubrí el Index Librorum Prohibitorum: Año del señor 1609, Lima, que reconocí en seguida por su estado, que era tal y como lo había visto la primera vez: deteriorado por la humedad, con roturas y quemaduras por acidez de la tinta; y lo que es más increíble todavía: junto a ese material identifiqué la letra del novicio fugitivo en unos escritos que eran del Arte de los Quipus. Recuerdo que en el momento preciso del hallazgo me enceguecí al ver por la minúscula ventana con qué tamaña intensidad brillaba afuera el sol. Era como un incendio, o quizás era el fuego del infierno, cuyas ascuas se reflejaban sobre la corriente del Rímac, en acuáticas estrellitas doradas que titilaban en la noche de nuestras vidas. Allí fue que sentí claramente que en la habitación de nuestro mundo ya no cabía nadie más«.
En la actualidad el Parque de la Muralla de Lima, un lugar rescatado para espacio público de esparcimiento y que rinde culto a la que fuera muralla limeña colonial detrás del Palacio de Gobierno, colinda con la rivera de este histórico río, que del mismo modo baña a unos pocos metros de distancia la terraza-cafetería-biblioteca de la Casa de la Literatura Peruana, otrora Estación Central de Ferrocarriles, en pleno centro histórico. Si sus aguas, a ratos claras, a ratos turbulentas, alzadas y terrosas, según las épocas de lluvia, sirven de inspiración o desesperación ante la página en blanco, de vaticinio o de predicción esotérica ante el nacimiento de un personaje literario, será cosa de quienes vean una fuente de ideas o un oráculo artístico en ellas, pues podrá no haber poetas, pero siempre habrá río Rímac.