Conocí a Rolando el 11 de julio del 2021 en la Puerta de Brandemburgo. Nuestro grupo, Berlín Opus Cuba, se había lanzado a la emblemática plaza berlinesa para seguir desde allí las protestas masivas que se produjeron en la isla aquel día inolvidable.
La simpatía fue inmediata, es cierto eso que dicen de la “química” entre cierta gente. Así, en las semanas subsiguientes, nuestra amistad se fue entretejiendo al calor de largas horas de conversación acerca de nuestras vidas, de la pasión por el arte, del exilio y otros temas afines que emergían de la narración como joyas de una caja de sorpresas.
Una de esas noches en que la contingencia se impuso como anfitriona, vi el primer cuadro de Rolando: “Unterwürfig” –“Sumiso”. Algo inusitado se disparó en mi interior. Sería el título, la impronta toda, el contraste de la figura de una mujer con adiposis extrema sometiendo a un pájaro gigante a sostenerla, en vuelo. Cada trazo me conmocionó… Al tiempo que mi vista escudriñaba los detalles, la mente daba rienda suelta a un imaginario de plausibles explicaciones. Me sumergí, más y más, en el maremágnum de interrogantes que con ansia forzosa pretendían descodificar cada pátina, cada luz y sombra.. En ese letargo las imágenes cobraron movimiento. ¿O eso me pareció a mí?
En exposiciones de Rolando, he sido testigo de exclamaciones, silogismos y percepciones similares de amigos y espectadores que articulan frases como: – ¡telúrico! – ¡impresionante! -¡tremebundo! – ¡profuso!– ¡epatante! lo que me hace aseverar que su obra no deja indiferente a nadie. Ya desde los sugerentes títulos se enciende la antena de la curiosidad: “Isla” (cuadro del corazón sangrante), “El Muro de La Habana”; “Tentáculos ominosos” o la serie “Cubanos” a la que yo llamo “El vuelo de la abeja”. Rolando me promete que en esa serie aparecerán laboriosas hormigas. La espero expectante, porque lo cierto es que en todo lo ya visto hay una intención marcada de confrontar al espectador con un entorno hiper-dimensionado, contradictorio, cargado de señales que la cotidianidad hace que pasemos por alto. La obra de mi amigo Isse es una obra llena de capas y tejido que hay que diseccionar. A veces hay realismo e hiperrealismo en un mismo cuadro, al tiempo, franca guerra con la sugerencia de la abstracción, y esa misma hibridación, esa ruptura, deviene en armonía. Sigamos esa huella que nos deja sedientos. A nadie quepa duda, ¡eso es Arte!
Descubro rabia y ternura, denuncia, crueldad, bofetada que despierta, desgarro, tanto como lo experimento ante cuadros de Otto Dix… o ante los Caprichos de Goya. No comparo; sería incapaz de mutilar lo magnánimo que cada artista tiene para dar: sus penas y alegrías, su quehacer como testigo de su tiempo.
La cronología de más de quince exposiciones personales, a dúo y colectivas ha despertado el interés de la prensa y la TV. No siempre se tiene el privilegio de conversar con un autor que nos ha epatado, así que intentaré dar un orden a toda esta emoción que es “despiezar” sus composiciones, hacer una disección para entender mejor el alma de este artista, en tanto Rolando me lo permita.
OtroLunes ofrece esta historia de pasión por la pintura, nada exenta de vericuetos y enrevesados caminos y anima al lector a seguir de cerca las creaciones del pintor, pues al decir del propio Isse: “…debe llegar a la gente porque estoy convencido de que un pincel sobre un lienzo significa una bala menos. Un lápiz sobre un papel es un arma que no mata, sino que da vida”.
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Rolando, me llamó la atención cuando me comentaste la edad con la que comenzaste a pintar. ¿Hay algún suceso por el cual lo recuerdas con tanta nitidez?
Es un placer y agradezco que OtroLunes se interese por mi trabajo. Soy Rolando Isse González. Nací el 2 de julio de 1984, en Ciudad de La Habana, Cuba, en el barrio “Los Sitios”. Quien conoce mi ciudad sabe que es una barriada donde ni la misma policía se atreve a entrar, es un sitio marcado por la miseria y la criminalidad. Un entorno grave para el desarrollo de cualquier humano. A pesar del escenario nada amable, mejor decir cruel, descubrí, a la edad de tres años, lo que iría a salvarme de caer en la centrífuga de la delincuencia, en el declive de una vida marcada por la guapería, la promiscuidad, el vacío, la cárcel, o de morir en una riña callejera, como otros del guetto que yo conocí. En esos barrios (no hay pocos en la isla) gobierna la ley del más fuerte. Encontrar allí un espacio para la creación es un milagro, pero allí descubrí el arte, era inevitable. A esa edad quedé hipnotizado por los dibujos, estampas, figuras, efigies impresas en los libros de mi abuelo, libros viejos y raídos que reposaban en anaqueles, en cajones, por doquier. Fue un flechazo. Pasaba horas reproduciendo los trazos, cambiando contornos, complexiones de humanos, mezclándolas con las de los dinosaurios, reproducía las ilustraciones anatómicas, corcheas, caligrafía sánscrita, avances tecnológicos, ¡todo! Era un maravilloso descubrimiento. Claro que, como niño pequeño lo hacía instintivamente, pero eso generaba un deseo insaciable por más y más. Dibujar marcó toda mi vida, el contraste de la destrucción afuera y las paredes de ese hogar que era tibio gracias a la presencia y la personalidad de mi abuelo. Mis únicos recuerdos claros de entonces son esos: papeles, lápices y paredes pintadas. Bueno, es que hay una “memorable” anécdota. Ocurrió un día en que mi madre acababa de pintar la casa de mi abuela. No tengo que explicarte lo difícil que es en Cuba conseguir pintura. Yo, en mi inocencia infantil, simplemente quería pintar, siempre pintar y qué mejor superficie que aquellas paredes impolutas, perfectas para garabatear mis cohetes y dinosaurios… Debieron transcurrir horas antes de que mi silencio llamase la atención de mi madre. No la sentí llegar, pero un grito desgarrador, un alarido de decibelios inmedibles, me sacó del letargo. La rabia de aquella mujer cubana decidida a educarme para que nunca más volviera a pintar paredes, me dejó moretones en la piel… Por desgracia, nada entra con golpes. Seguí pintando paredes…, pero hoy sé que todo valió la pena. Todo acontecía de manera orgánica, natural. Desde entonces, sé que el arte es el único lenguaje que expresa de manera genuina, sincera y exacta mis principios, mis pesares, mis recuerdos, mi historia, mi raza, mi Patria, quién soy.
¿Dónde y cómo se produjo tu formación académica?
No tengo eso que llaman “formación académica” al modo ortodoxo de asistir a una escuela y seguir escalonadamente los niveles de aprendizaje establecidos en las academias de arte. Las razones conforman toda una historia, que es precisamente la que hace que nunca interrumpa mi formación. Esa sed del niño que fui está hoy más viva que nunca. Ser un discípulo es un placer. Aprender y brindar lo que he aprendido, son normas de mi existencia.
A los once años se produjo mi primer intento de ingresar a una escuela de arte. Comenzaba la Enseñanza Media, pero la economía familiar era tan precaria, que obligó a mi madre a enviarme a una “escuela al campo”, esos internados adonde iba la mayoría de los niños cubanos, con un sistema de media jornada de escolaridad y media jornada de trabajo obligatorio en la agricultura. Éramos forzados a cumplir metas de esclavos, impropias para niños de esas edades. Fue una experiencia desgarradora, terrible. Ser apartado del entorno familiar de sopetón, sin poder evitarlo, con un regreso a casa de fin de semana que se iba en un santiamén… Tuve que posponer mis anhelos. Allí me hice “hombre” en medio de peleas, violencia en los albergues, abusos por parte de profesores que jamás podía denunciar, pasando hambre debido a la alimentación deficitaria, todo muy deprimente. Pero tenía que adaptarme. Si no eres fuerte, pereces. Fue la malformación que bajo ese sistema dieron en llamar el “Hombre Nuevo” revolucionario. Se ha hablado y escrito bastante sobre esto. Yo lo he plasmado en imágenes. Mi obra se nutre de muchos recuerdos.
Al concluir el nivel medio en aquel antro, me presenté otra vez para ingresar a la Enseñanza Artística, pero fue otro intento fallido. El “responsable” de admitir a los alumnos, pidió a mi madre la suma de 400 dólares. Era un chantaje, pues la entrada a esos planteles dependía de un examen de aptitud. Ya desde aquella época tener dólares en Cuba no era un lujo, sino una necesidad. Para conseguir algo tenías que sobornar al que tuviera el poder de “resolverte”. Así que, como no teníamos ese dinero, no fui admitido. Simple. Y te lo cuento sin autocompasión. Tuve que volver a una escuela en el campo, esta vez a cursar el nivel de preuniversitario.
Como adolescente que había acumulado mucha rabia, ya no podía callarme y me convertí en un rebelde contestatario. Fui sancionado muchas veces por “desobediencia política”. Eso ocurrió más de una vez, pero en esta ocasión, me sancionaron con la privación del “Pase” de los fines de semana. El castigo duró ¡seis meses! Fue una especie de encarcelamiento, durante esos fines de semana nunca me visitó nadie. Eso me enseñó el significado de la palabra soledad. Aprendí a verlo como algo natural. La naturaleza fue una gran compañera, aprendieron a llevarse bien soledad y rabia. Uno mismo tiene que tomar las riendas de su vida en las manos…, esa fue la moraleja. Pero este segmento de mi vida termina con una sanción mayor, porque ya nadie pudo ensillar al potro en mí. Me convertí en un “inadaptado”, como dicen ellos a quien se atreve a expresar la opinión propia. Como te digo, la sanción capital fue expulsarme de la enseñanza escolar convencional mediante una resolución que rezaba: “Expulsión del Ministerio de Educación”. Tenía sólo quince años. Entonces comenzó ese bregar de andar por instituciones alternativas. Había decidido no cejar en mi empeño de aprender lo único que me resultaba amable y me extrapolaba fuera de aquella pesadilla: pintar, crear, revivir la hipnosis de la infancia, aquel deseo de garabatear, de vomitar todo lo que llevaba por dentro. Así conocí el Centro Experimental de Artes Visuales José Antonio Díaz Peláez, en el corazón del Vedado, pero de allí también fui expulsado por desobediencia, crítica a los métodos de enseñanza, al favoritismo, al desorden en el funcionamiento… ¡qué se yo! Si esperaban mi agradecimiento y devoción, se equivocaban, no era, no fue mi estilo en ese contexto. Paradójicamente, hoy siento que esas vivencias me salvaron, por lo mucho que aprendí. Cada barrera que pude sortear me hizo más capaz, aunque el trayecto dejara un sabor amargo.
En el 2000, el azar quiso que conociera a mi primer maestro y gran amigo Alejandro Montesinos, un heredero de la estética de Servando Cabrera. Mi madre lo había contactado en un taller de cerámica y le convenció para que me acogiera como discípulo. Él fue quien domó a la Bestia, porque fue una época en que yo quería “acabar con todo” si he de parafrasear al gran Octavio Paz. Más que un gran Maestro, fue un padre. Me instruyó de manera inmejorable en la técnica del dibujo, en la observación, en la percepción de mí mismo, pero sobre todo, en el arte de vivir. Su incidencia en mi vida hizo que reafirmara ese estilo de vida que hasta hoy defiendo: asumir de manera independiente y responsable mi propio desarrollo, mi propia carrera. Es algo que transmito a mis hijos a pesar de su corta edad, que se esfuercen, que sean independientes.
Luego vino Rafael, un conocido maestro de la ENA que mi ex suegro conectó conmigo. Pero en esa época tenía yo 20 años. Rafael era un hombre excepcional. Le habían enseñado unos trabajos míos que fueron parte de una exposición de barrio. Nunca supe bien cuál, pero ese encuentro produjo uno de los giros más importantes en mi vida, porque al ver esos dibujos, él fue quien se propuso encontrarme… Fue un privilegio y un honor escucharlo el día que apareció, para mi gran sorpresa, delante de la puerta de mi casa. Fue el inicio de otro largo y enriquecedor proceso.
En este es el momento en que debo decir que mi vida no se redujo a la pintura. Posteriormente se sumarían la cerámica, en un taller de cerámica del Fondo de Bienes Culturales, arte que también me fascinó, pero ese mismo año mi formación se vio nuevamente truncada… Esta vez por el Servicio Militar, el Ejército, otra institución desastre para los jóvenes varones en Cuba, otro antro de arbitrariedad y violencia. Fue un capítulo donde incluso llegué a sobrevivir una huelga de hambre de una semana. Sí, como lo oyes. Dos años entre acciones extremas y artimañas que te contaré en otra ocasión, de lo contrario se haría demasiado extensa esta publicación.
Corría el 2002. Al salvarme de esa repugnante vivencia militar, retomé la cerámica y paralelamente incursioné en la Danza. Aprendí bailes populares y en el 2007 me enrolé en un proyecto llamado “Neotango”, una compañía de Tango y Danza Moderna, la relación con el cuerpo, el movimiento, exponerse en un escenario… Fue algo que también marcó mi formación y luego me abriría puertas.
La expulsión está a lo largo de la historia de mi vida. Por ahí anda una entrevista para la TV que hizo que me expulsaran del taller del conocido artista “revolucionario” Nelson Domínguez, pero por encima de mi rebeldía está el hecho de que fui ayudante en serigrafía, descubrí el apasionante mundo del grabado, adquirí conocimientos en Serigrafía, Xilografía, Litografía y Calcografía. Es la vida, con todas sus aristas, la vida con lo bueno y lo malo.
¿Cómo se produce tu salida de Cuba?
En el 2014 logré finalmente huir de Cuba. Sí, porque salí de allí con esa sensación de que había que huir de tanta fealdad, infelicidad, escapar de aquella cárcel donde nada era prometedor, donde todo era pobreza, destrucción, donde cualquier paisaje urbano era una evocación a la guerra, como si hubiéramos pasado una de verdad. Así nos fabricaron en la mente esas ideas del enemigo monstruoso del Norte, que los americanos vendrían a invadir, que había que aprender a defenderse. Mi salida de Cuba no es precisamente una narración con elementos de novelas policiales. Fue, y sigue siendo un acto horrible, tener que dejar tu casa, entiéndase familia, amigos, seres queridos, a sabiendas de que no habría retorno.
En tu obra hay una irreverencia inusual, un grito, produce incomodidad, abofetea, linda muchas veces con la crueldad, con lo desgarrador de la vida. Vuelvo al hecho de que no deja a nadie indiferente. Si se me permite evaluar desde mi mirada muy personal, en tus imágenes me reencuentro, incluso, con mi propia poesía. Es decir, en tus imágenes hay poesía.
Soy un narrador, pero no tengo el don de la palabra. Sin embargo, siento que en cada propuesta hay una historia que se cuenta, y aunque no sé exactamente cuál es, de qué segmento de mi imaginación o de mi propia vida se trata, está ahí. A veces resumo el arte de una manera simple: Arte es contar una historia. Eso es la vida.
Quisiera volver a ese cuadro de “Unterwürfig” – “Sumisión” ese dibujo de la mujer sobre el pájaro, cuya adiposidad descansa con terror, mirando agonizante e inquisitiva, sosteniendo ¿un candil, una jaula? ¿Quién dijo Botero? ¡No! Las figuras magistrales de Botero pasean entre sus marcos con otras exigencias. En este cuadro, donde las proporciones lógicas se ignoran, se sobredimensionan, se está hablando de cosas que, querías contar?… Es un cuadro que habla sobre esta época, que dinamita los cánones de cuerpos esbeltos, que juega con el concepto de belleza que ha mutado (como en otros de tus trabajos) apela al rostro del dolor que produce la adicción, el peso de la vida, la imposibilidad de valerse por sí mismo, el sometimiento a otro ser que es obligado a gravitar con una carga ajena. Interpretaciones aparte, en lo que todos coincidimos, reitero, lo hablaba ayer con unos amigos, es que es un dibujo estremecedor, es dinamita, te pone a prueba con su irreverencia, te enciende el bombillo, “¡te pone a pensar! Y ya que hablo de “bombillo” quiero sugerir que se den un paseo por esa otra serie… Dentro de las paredes de una bombilla apagada se incrusta la imagen de un bebé. Lleva un pincel en las manos, pero su derredor es un vacuum (¿lo asfixia?) no hay un útero protector. Al fondo resaltan líneas metálicas amenazantes… El bebé con los ojos cerrados… Es la estampa de la aflicción. Y me pregunto si no temes a causar pavor a tus espectadores.
Dentro de otro bombillo has pintado el tiempo, cuajado en forma de colillas de cigarrillos. Sí, el tiempo consumido, el papel consumido, la nicotina aspirada, el tabaco macilento y la energía consumida… Es el tiempo agotado, extinguido, esmirriado dentro del finísimo y endeble cristal de un bombillo. El tiempo que ya no corre, escuálido, que no puede ser ni Chronos ni Cairós… En uno, el tiempo de la infancia, de abrir los ojos, de explorar los talentos, (pero el personaje es un bebé sumergido en la angustia) en el otro, objetos que retratan la omnipresencia humana conturbada, otra vez víctima de una/otra adicción. Tus trabajos evaden la trivialización: bajo el cristal todo está abrasado, no hay oxigenación, bajo el cristal la prisión y la fragilidad. ¡Qué parábola sobre todo lo que ocurre hoy en Cuba! Cada segundo, sin que aparezca un reloj. Bueno… ahí hay que dar otro salto. ¿Qué decir de la apropiación que haces de “Los relojes blandos”. Una osadía eso de retomar la “Persistencia de la Memoria” como referencia?. El tiempo es, en tu obra otro elemento recurrente. Evocar a Dalí, ¿qué significa? Sé que es una interrogante inclemente.
¡Oh! Cuántas preguntas de una sola tirada… Cuando uno pinta y termina, el cuadro deja de ser tuyo. Digo, la propiedad del objeto puede seguir siendo mía, pero lo que cada cual siente, interpreta, en eso no intervengo. Ya lo ves en tus apreciaciones, más que preguntas, percibo tus respuestas. Y te agradezco. Veo que te has sumergido apasionadamente en mis trabajos. Ya eso es para mí un trofeo ganado. Si consigo que la gente se haga tantas preguntas, se impresione y conmocione, creo que no necesito nada más. Es como comunicarme con los demás a un nivel telepático, el de las emociones, donde no se necesitan palabras ni explicaciones…, porque las emociones es lo mejor que tenemos los humanos.
Aunque la pintura no precisa del idioma, ¿necesita un pintor acá dominar la lengua alemana para promoverse? ¿Crees que ser un artista cubano en Alemania tiene ventajas?
Mira, yo creo que más que la promoción, cosa que voy aprendiendo a la par de tantas otras que ocurren cuando uno vive la hibridación en otra cultura, el alma se va impregnando de tantas vivencias que, al menos en mi caso, más que promoción, lo llamaría sumergirme en la vida de esta ciudad, percibir el pulso de lo que acontece, conocer su historia, explorarla. Mi esposa es alemana, mis hijos han nacido y crecen aquí, alimentándose de ambas culturas. Lo digo en el sentido más literario, comiéndose un plátano y una malanga, lo mismo que una Rouladen con Semmel-Klöße. Idiomáticamente, artísticamente, ocurre lo mismo. Uno es un todo. Yo me transformo permanentemente cada vez que emito esas onomatopeyas en lengua alemana, que intento articular. La vida nos lleva a reinventarnos, a enraizarnos en otra parte. Esos atributos se han imbricado a los de la cultura caribeña que distinguen o están tan presentes en mis trabajos. Puede que aquí sea una ventaja a la hora de promover mi obra, pero como yo hay cientos de otros pintores, venidos de inimaginables rincones del mundo. La promoción de mi trabajo no es lo que está ahora mismo en la línea de prioridad, dominar la lengua sí. Vivo en el minuto presente. El Universo es sabio.
En Alemania he descubierto y experimentado cómo se siente la libertad, eso se ha convertido en el centro de mis movimientos. Una cosa no excluye la otra… Ambos elementos, el pasado marcado por el horror de un sistema dictatorial y las libertades de una democracia se entrelazan, son un tema que siempre aflora en mis cuadros.
Como sabemos, el espectro de oferta cultural en Berlín es inmenso. No sé si ser cubano, por ser cubano simplemente puede ser una ventaja para mi obra, no lo creo. Con buena suerte, quizás el modo peculiar de manifestar lo que sale en ella, porque la cultura cubana es un ajiaco de muchas cosas. Que mi obra guste y tenga éxito, es siempre un misterio, que ni siquiera depende del talento.
¿Hay alguna cronología que permita ordenar tu obra en etapas? ¿Es importante para ti?
Seguramente existe una especie de cronología en mi obra; uno pinta un cuadro primero y otro después, claro está, pero no doy relevancia a eso, porque no soy crítico de arte. No observo mi propio desarrollo intencionalmente, plasmo lo que siento. El desarrollo se produce casi ¿inconscientemente? En cuanto a contenido, siempre voy y vuelvo en el tiempo. Sin nostálgicas razones. En ese proceso de aprendizaje siempre hay revisión. Un proceso similar al que hace un escritor con su literatura, ¿no?
¿Cuáles son los motivos que te inspiran? Observo algunos recurrentes: la guerra, la pobreza, la pátina que apunta al desgajamiento de la vida, “bohíos”; “calderos vacíos” “árboles volando atravesados por coches viejos”. ¿Esa evocación de una realidad que ya no es la tuya, es tu forma de expresar el desarraigo o la raíz? ¿Haces bocetos donde se imbrican las ideas, esos complejos conceptos? Cuéntanos un poco de cómo se produce el proceso creativo, la selección de la técnica, los materiales… Cada inspiración trae su lenguaje y sus caminos de expresarlo, no sólo técnicamente.
¿Desarraigo, raíz? Cuando emigras, desaparece el límite entre ambas. Si te soy sincero, me resultaría difícil poner en palabras los motivos que me inspiran. Las imágenes no me impulsan o me catapultan de antemano, más bien van apareciendo cuando pongo el lápiz sobre la cartulina, o el pincel sobre el lienzo. Suceden y yo me siento como en trance, por decirlo de algún modo, al tiempo que sincronizadamente las (re)represento. “La herramienta, usando herramientas”. Es decir, el instrumento, que en ese momento soy yo mismo convertido en intermediario de algo “superior” (que escapa a mi entendimiento) usando aparejos, utensilios diversos, que convierten ese mundo interior en imagen. El cuadro dirá y se develará por sí mismo. Saldrá lo importante y nada más. No hay elección premeditada de técnica, tema, estilo u objetivo. Es un momento limpio, ese momento es el refugio, el arte es el “Yabé” y yo, el chamán que descubrí en mi infancia y que permanece intacto. A solas, en un silencio fecundo.
Sobre esa preocupación tuya de cómo concibo los cuadros: no recurro a bocetos, salvo que se trate de proyectos grandes. Por lo regular, aplico el método de escritura automática, lo prefiero. La obra se transforma así en un ente vivo, con desarrollo intrínseco, movimiento, evolución. La técnica, estilos, simbología etc, emergen del pincel y no de pautas a las que deba someterme. Me imagino que es como la música, que antes de ser pautada, inscrita en un pentagrama, brota, se hace escuchar en el oído del compositor. Recuerda el clásico ejemplo de Beethoven, sordo. Así deslizo el pincel, que se encarga de transmutar sensaciones tumultuosas en líneas, rasgos, formas polícromas…, esos contornos que ves ahí.
Otras veces, desde una perspectiva más racional, asumo el acto de creación como un arma frente a lo que considero incorrecto. Eso que llaman denuncia social, o condena a tanta maldad que hay en el mundo. Todo artista, sin importar su formación o trayectoria, imprime un grado de referencia de la obra de otro autor, del pasado o del presente, pero es, sobre todo, testigo de su propio tiempo. Mi obra deja clara mi posición política. Puede estar en algún segmento de un cuadro, o incluso ser un cuadro completo. A veces pienso sobre mí mismo en tercera persona, por eso, quiero que mi pintura sea la bala que mata la idea mala y salva al portador y su entorno… o sea a mí mismo. Pintar es para mí un proceso de sanación.
¿Por qué la recurrencia de las figuras del reino animal: pájaros, abejas, peces, pulpos, gorilas? ¿Tiene carácter místico, infligen cualidades especiales a tus cuadros, a la narración? Como por ejemplo, protección, sanación, guía, mal augurio…
En toda la cultura cubana existen estas referencias. Somos una isla con una fuerte, fortísima presencia del clima del Caribe, la flora y la fauna exuberante. Ser cubano y haber nacido en esa isla hizo que tuviese contacto muy directo con la naturaleza, con el mar, con todo lo que refiere y contiene el mismo. Durante mi niñez y mi juventud, incluso en las becas que estuve, la naturaleza fue un refugio en el que pasaba horas. El mar, caminar por las rocas, por los montes…, hablar con los animales, aunque fuera telepáticamente. El uso de la simbología es a lo que recurro. No solamente al vínculo estrecho que se tiene con la naturaleza. Los colores de Cuba eran parte de esa fascinación que uno experimenta, pero concientizarlo de verdad, se produce cuando no lo tienes a mano. Y eso emerge cuando pintas, sale, lo llevas dentro y lo expulsas de todas las formas posibles. Quizás para dotar los elementos grises de color, porque si no, es triste, no encaja, va en contra de mi propia naturaleza. No puedo. El gris no está en mí. Tienen que haber matices alegres, porque el color está impregnado en mi alma isleña, caribeña. Incluso hay cuadros en los que he intentado reproducir ese gris apelmazado, pero son esos cuadros que uno luego no quiere volver a ver, quiero olvidar que los he pintado.
Por otra parte, hay una intención, consciente en mayor o menor grado, de llamar la atención acerca de lo que hacemos con la naturaleza, el irrespeto con que nos acercamos al mundo animal, a esa flora y esa fauna que es hermosa, variada, sabia, que contiene tanto de lo que podemos aprender, en cualquier lugar del planeta. Tengo consciencia, como artista, como ciudadano, de que hay que llamar la atención sobre la belleza de la naturaleza. Eso nos acerca a nosotros mismos, nos recuerda que somos muy capaces de destruirla. Eso es un peligro real.
Hay especies que mis hijos probablemente conocerán sólo a través de la pantalla de un ordenador. Quisiera que mis hijos tuvieran la suerte de disfrutar de un pulpo, un agua-mala aunque pique si se te revienta arriba, o de un pájaro libre latiendo en su canto…, que tengan esas vivencias sin otra preocupación que disfrutar de los sentidos… Aunque en estos días, precisamente, el mundo se despierta con los truenos de los aviones rusos atacando a Ucrania. Quién sabe si no sea ese el tema de mi próximo cuadro…
¿Cómo compartes el tiempo siendo padre, trabajador, pintor y activista por los DDHH?
Intento satisfacer todas mis inquietudes, ansias, anhelos. La libertad de la Patria es una de ellas. Mi día a día lo comparto esencialmente entre mi familia, cuidar de mis niños, que son una fuente inmedible de ternura y amor, mi Patria y el trabajo. No siempre “trabajo” significa estar frente a un lienzo, si es que eso es lo que quieres saber. La realidad me ha conminado, en más de una ocasión, a tomar el pico y la pala, el martillo, la brocha gorda, y hasta un sartén. Conozco el recio trabajo en la construcción, lo he ejercido, he sido profesor de baile y hasta cocinero, en el sur de Alemania, Münich, donde tuve experiencias culturales enriquecedoras y amigos de muchos lugares de Europa. En esa época viajé muchísimo, algo que nutre el alma.
¿Qué deseas para tu obra en un sitio como Berlín, ciudad donde puede medirse el pulso de lo más interesante que ocurre en el arte europeo? ¿Qué hay del marketing que hay que desarrollar, cómo enfrentas la competencia, siendo aún desconocido?
Para mi obra deseo éxitos, que sea expuesta en galerías, museos, que se hable sobre ella en revistas de prestigio, como OtroLunes, a la que agradezco el interés por el trabajo que realizo y por mi persona… Pero sobre todo que llegue a la gente. Estoy totalmente convencido de que es necesario para el mundo. Sostengo que un pincel sobre un lienzo significa una bala menos. Un lápiz sobre un papel es un arma que no mata, sino que da vida. En ocasiones intento adivinar el final. Si no sufro de alguna demencia a priori, me visualizo en un lugar tranquilo, donde pueda recordar mi vida y contarla con humor a mi familia y amigos; y al final, también tranquilo, agradecido, pueda darme otra vez, una palmadita en el hombro, y pueda reencontrarme con aquel niño del barrio de Los Sitios, inquieto ante una hoja o una pared en blanco, que se sentía con los ojos llenos de maravillas y sorpresas, esgrimiendo un lápiz frente al vacío “absurdo” del papel.
