Poetas y suicidio

Jorge Chavarro


No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

El suicida.  Jorge Luis Borges

 

El poema que acaban de leer en el epígrafe fue escrito en primera persona por Jorge Luis Borges, y nos permite ver en toda su majestuosidad la palabra poética Borgiana, Borges se ornamenta como el más sagaz actor que personifica un suicida. Son versos persuasivos y como todo lo suyo, tienen dimensión universal. Es una carta suicida impecable, bella y elegante. La carta que todo aspirante a asesino de sí mismo quisiera haber escrito evadiendo el prosaico y vulgar: no se culpe a nadie de mi muerte.

Hubo grandes poetas y escritores en general que tomaron la decisión de eliminar sus vidas actuando por mano propia y que escribieron un postrer mensaje en el que se refleja la prisa y la angustia, también con frecuencia, en el estilo descuidado de una nota informativa y sin importancia; las  poetas que estoy estudiando para mi tesis de grado en el doctorado de estudios hispánicos, fueron excepción; tres de ellas, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik y Concha Urquiza, dejaron hermosos poemas de despedida. Borges, que era muy valeroso, soportó con serenidad su ceguera total a los cincuenta y tantos años, no pensó en el suicidio como opción, sin embargo nos dejó un digno ejemplo de lo que debe ser un buen mensaje explicativo de la decisión de abandonar este brutal y despiadado planeta.

No estoy justificando solo explico; muerte y vida son un espiral perpetuo que el poeta invoca en diálogo, y el hombre, el más común de todos, recibe con protestas que lanza a sus dioses. El bardo dialogante se decide por la actitud rebelde invocando la dignidad humana, y con ello crea la piedra angular de su obra: un grito desgarrado contra el dolor y el sufrimiento que provienen de todos los horrores creados por el hombre, el mismo del común, el más común de todos, el creador de dioses y mitos que derivan en el horror de las otredades; origen fecundo, germen de guerras e injusticias; en su búsqueda el rapsoda comienza a plantear soluciones y entre ellas aparece el fin desde el que cree poder comenzar un nuevo ciclo, y ese fin puede llegar de su propia mano.

Las preguntas sobre si vale la pena vivir y acerca del sentido y valor de la vida, se centran en los continuos avatares del hecho de existir, y del absurdo que surge ante el hombre al hacerse consiente de la vaguedad de su existencia, del foso de la misma, de su pequeñez ante el universo,  y del intento de crearle un contenido que le construya su seguridad aunque (explica el filósofo Yobani Castro en artículo del 2010) “seré siempre un extraño para mí mismo”, haciendo del absurdo “un conflicto constante entre mi consciencia y el mundo”; el hombre nota que el sentido del mundo le es inalcanzable, pero insiste en “encontrarlo para darle valor a su vida o a sus actos”; ¿están aquí, en el espacio del arte poético los elementos que conduzcan a la salvación? O es ese mismo cosmos el armazón para observar el acertijo insoluble y el entendimiento de la inevitabilidad de saltar al vacío.

En un esfuerzo por dilucidar desde diferentes perspectivas las visiones sobre la decisión de terminar la vida por mano propia, encontramos las explicaciones dadas desde las múltiples perspectivas de las filosofía: el existencialismo de Unamuno, Dostoievski, Camus, Sartre y Heidegger, que buscan encontrarle y un camino que conduzca a la esperanza;  pero en medio de la certeza de que tanto el pesimismo como la angustia se convierten en la motivación del acto de muerte voluntaria, elección que reconoce que cualquier tipo de bienestar material o espiritual es imposible.

También el psicoanálisis se ha esforzado en explicarlo: La muerte autoinfligida o suicidio, es una urgencia inscrita en el contexto vital de quien logra consumarlo; en la caracterización de sus componentes, la autoinmolación es una decisión que parte de un debilitamiento del entorno psicoafectivo que se visualiza en sus partes constitutivas: intenso sufrimiento emocional, carencia de recursos conductuales para enfrentarlo, soledad sin solución, enfermedades crónicas o incapacitantes y o de mal pronóstico, e inexistencia de una esperanza de futuro que señala el camino de la muerte como única salida. El suicidio no es valentía ni cobardía ni un problema moral, sino la circunstancia derivada de estar desbordado por el sufrimiento.

Junto con el psicoanálisis, aparecen otras formas organicistas de visualizar la problemática del suicido, aplicándola en este caso de manera específica a los escritores y en particular a los de poesía, las que culminan en las observaciones de James Kaufman y su hallazgo que denominó “The Sylvia Plath Effect”, al reportar en sus estudios, que la confluencia de las variables: escritura creativa y presencia de enfermedad mental son una asociación más frecuente y significativa en mujeres poetas. La preeminencia de Plath y la observación de que  “until recently, creative writing was the only area where women could really shine”, se complementa con la afirmación de que si bien los instrumentos de dominación masculina, negaron a las mujeres la posibilidad de disponer de un laboratorio bien equipado, una orquesta completa o un gran bloque de mármol, estos no se necesitan para escribir una obra maestra de ficción o poesía. Y aparece también lo psico social que comienza con Emile Durkheim

Sin embargo, la mayoría de los autores se queda en lo superficial, la historiografía. Tratare de supéralo. Del hombre antiguo no se sabe nada porque no es posible que la filosofía, el psicoanálisis y la sociología inventen la prehistoria más allá de lo que la arqueología permite; por eso, solo cuando nace la historia con las civilizaciones mesopotámicas y luego los egipcios y los griegos, comienza la insistencia, forzosa e inexcusable de las referencias; el paso de los siglos construye nuevos elementos de análisis para leer la mente individual y social: erigiendo dogmas religiosos, doctrinas filosóficas, innovando el universo del hombre desde el psicoanálisis, la sociología y lo que de todo esto resulta en los nuevos enfoques de la historia, el feminismo por ejemplo; aunque todo lo moderno y post, comenzó con el mencionado estribillo histórico.

La dualidad es la característica griega frente al fenómeno de actuar como ofrenda y oficiante de su propio sacrificio. Conocemos del hecho entre filósofos (Anaxágoras y Sócrates), y el haber sido defendido por el estoicismo; se condenaba si la acción estaba guiada por un “loco deseo de muerte” y producía sufrimiento a la familia o a la sociedad; además el pretendido suicida requería autorización del senado donde exponía las razones que hacían su vida insoportable. También ocurrió la condena a muerte bebiendo la cicuta, lo que es sentenciar al suicidio; al ejecutarla ocurre la antípoda del mismo, el asesinato como colmo de la perversidad social, el crimen social instaurado desde la hipocresía.  Roma prohibía el suicidio, sin embargo sus esclavos no obedecían la prohibición, y más, los pueblos bárbaros; y entre ellos cupo la España de comienzos del imperio romano; preferían la muerte a la esclavitud.

Lo judeo cristiano requiere dar un vistazo a los suicidios bíblicos; cinco personajes bíblicos cometieron suicidio: Sansón (Jueces 16:30), Saúl (1ª Samuel 31:4), Ahitofel, o Ajitofel (2ª Samuel 17:23), Zimri (1ª Reyes 16:18), y Judas (Mateo 27:5), y en los mismos textos no aparece condena alguna ni referencia directa al acto de poner fin a su propia vida, esto es si está bien o está mal; en cambio sí llama la atención que Ahitofel, a pesar de haberse ahorcado, fue enterrado en la tumba de su padre. Por otra parte, se utilizan formas diferentes de evaluar los actos autoaniquilatorios a la luz de sus personajes: Judas se suicidó, pero Sansón se sacrificó, la teología construye las razones, la razón las entiende como construcciones farisaicas.

Aunque el judaísmo es tan antiguo como el hinduismo védico del que luego se originó el budismo. El karma budista resulta del concepto alma-cuerpo interdependiente, no hay alma independiente y el conjunto construye el Karma; para superar las consecuencias del Karma o pasado se necesita alcanzar el nirvana que es como se denomina el estado mental de paz perfecta. Si la muerte no interrumpe la rueda de la vida, y la muerte definitiva solo se alcanza al conseguir la calidad de Buda, suicidarse solo significa cambiar de estado y el ciclo continua con abultamiento del pasado, más karma; sin embargo, si existen condiciones desesperadas en la circunstancia vital actual, la autoinmolación puede ser perdonada.

El sustento ético filosófico de los conceptos cristianos sobre la vida, reciben un ordenamiento que se observa a partir de las argumentaciones acerca del tema de la vida y el suicidio dadas por el santo, teólogo y filosofo cristiano Tomas de Aquino.

Tomas de Aquino, además de su desarrollo de las ideas teológicas acerca del suicidio, introduce el concepto de “irresponsabilidad” que utiliza para exponer las enfermedades “vesánicas”, que alude a enfermedades neurológicas y psiquiátricas como histeria y epilepsia; y que no solo sirven para anular la explicación bíblica y medieval de posesión diabólica, sino que se oponen a dicha explicación para condenar el suicidio. La nueva opinión crea la división entre el mundo religioso y el concepto de enfermedad mental. A pesar de esto, hasta el siglo XVIII, el suicidio en la mayoría de las sociedades era deshonroso y merecía castigo que, en la mayoría de las circunstancias recaía sobre las familias. El surgimiento de las ciencias sociales aparecidas con la revolución industrial señala el fin de la criminalización del suicidio y comienza a estudiarse como un problema social asociado a las ideas de rebelión, pesimismo, drogadicción e instinto de muerte.

El islam, último reducto del judaísmo y que por su aparición histórica he dejado para mencionar en último lugar, establece en palabras de Mahoma que el hombre solo muere por voluntad de Dios, por lo que suicidarse constituye una insubordinación pecaminosa; además, como un elemento colateral pero que va a ser necesario pronto, predica que no hay compulsión en la religión, es decir, no puede obligarse a nadie a abrazar ninguna fe. La múltiple contradicción está en los movimientos como el islamismo radical que coincide con la aparición del terrorismo suicida. No quiere esto decir que los terroristas islámicos sean los únicos que lo practican, porque la estructura del simbolismo social – religioso los cobija a todos: Al Qaida, los Tigres Tamiles de Sri-Lanka o los Chechenos Rusos, por ejemplo.

El terrorismo suicida es más letal que el convencional; representa el 3% de todos los actos terroristas que ocurrieron en los primeros siete años del siglo XXI, pero ocasionó el 48% de las muertes derivadas de la violencia terrorista en el mismo periodo. El terrorismo islámico es visto como un deber religioso cuyo objetivo es suprimir todo lo que no acepte al islam como religión única y verdadera; y para superar la barrera que creó el profeta en el Coram, se plantea el acto como un martirio ideológico. En cuanto a las mujeres que se inmolaron en dichos atentados, su selección obedeció a que eran individuos marginales para la sociedad árabe; marginalidad establecida por cosas como la esterilidad: la mujer estéril no tiene valor social; o, presentaban casos de depresión severa por la muerte de un familiar a manos de los enemigos; o, fueron penalizadas por haber tenido relaciones sexuales prematrimoniales, o cometieron adulterio.

Dos poetas históricos del siglo XX, alemán el uno: R. M. Rilke, y anglosajona la otra, Sylvia Plath, permiten argumentar por el sí y el no del suicidio como proyecto y trazar el perfil de análisis.

La azarosa vida de R. M. Rilke, fue ejemplo patético del desastre permanente; en palabras suyas dice “Hay que aprender a morir, en eso consiste la vida, en preparar con tiempo la obra maestra de una muerte noble y suprema, una muerte en la que el azar no tome parte, una muerte consumada, feliz y entusiasta como solo los santos pudieron concebirla”, solo que en Rilke el concepto del azar frente a la muerte, excluye la opción de auto aniquilación, su no azar feliz es la aceptación resignada del sufrimiento.

Hijo de una madre en duelo que lo rechazó siempre de manera ostentosa por no haber nacido mujer, y de un padre que pretendió llevarlo por los caminos de la historia militar familiar; sufre también en la vida el dolor del desamor; al final de su existencia recibe como premio y bendición divina u honorifica, la visita como mensaje de despedida de la para entonces incurable leucemia, el solo nombre de la enfermedad era novedoso; ¿vida más desastrosa es posible viniendo de un hombre considerado uno de los mayores poetas del siglo XX? Y no cometió suicidio, en cambio escribió contra el mismo. Su “Réquiem para el poeta Wolf Von Kalckreuth” es la oda al dolor, el reproche serio y explícito por la decisión apresurada con la que se negó la opción de la alegría cercana; perseverar en el dolor lacerante y creciente podría conducir al camino feliz no visible en los momentos de tragedia:

Lo que no esperaste fue que el peso
se hiciese del todo insoportable
cuando este se invierte de repente y es tan pesado
por ser tan auténtico.

Sylvia Plath, brillante poeta, y narradora norteamericana del siglo XX, es conocida también por sus dos intentos de suicidio y reiteradas hospitalizaciones para tratamiento psiquiátrico, que tienen lugar antes de la exitosa tercera tentativa de autoinmolación. Sylvia, como todas las poetas en estudio en mi disertación, sufre por su condición de mujer en una época de franco menosprecio hacia la intelectualidad femenina, que incluyó en su caso, una explicita y brutal competencia con Ted Hughes su esposo y figura icónica de la poesía británica de la postguerra. Es solo después de su muerte que su obra brilla de tal forma que obtuvo un Pulitzer póstumo.

Como en todo análisis poético, desde el psicoanálisis  y la simple lectura de sus textos, se hace evidente como la creación poética se disuelve en el retrato vital, con indicios de su condición contextualizada al momento histórico y condiciones particulares de vida: la competencia en ocasiones tajante y feroz de su carrera literaria con la de su esposo, sumada al menosprecio hacia la producción intelectual femenina, por parte del mundo académico e intelectual dominado por los hombres en su contemporaneidad, lo que le hizo decir: “Mi gran tragedia es haber nacido mujer”. Su padre muerto (la ausencia vital dolorosa) y su esposo son sus referentes masculinos esenciales, “el gran árbol que lo mismo da refugio y eclipsa sus intentos de brillar”.

Plath vive sumida en la desesperanza por el doble abandono – agresión: padre idolatrado – temido esposo. Ted Hughes, el esposo poeta de Plath, no solo atesoró y publicó su obra después de la muerte de la poeta, lo que termina convirtiéndose en la causa del reconocimiento y popularidad que Plath ha ganado y continua aumentando desde entonces; sino que es el factor desencadenante del exitoso tercer episodio suicida, que ocurre incitado por el dolor que le causan las múltiples infidelidades y algunos incidentes de agresión física por parte de su marido.

Su poema Lady Lazarus, del que agrego a continuación algunos fragmentos, es uno de sus últimos textos, y condensa todo lo explicado sobre Sylvia Plath; en el podemos observar los aspectos de su biografía que se encadenan a la creación literaria; por eso es necesario recordar incluyendo las vivencias de exclusión y marginalidad en construccion metafórica con los condenados más recientes a su entorno europeo, y la industria atroz que el nazismo creó con esos cuerpos desechos porque el suyo también lo está.

He vuelto a hacerlo.
Un año de cada diez
Lo consigo: devenir
En esta suerte de milagro andante, volver mi piel Brillante como la pantalla de una lámpara nazi,
Mi pie derecho,
Un pisapapeles,
Mi rostro, una fina tela de lino
Judía, sin rasgos.

               …

Tan solo tengo treinta años.
Y siete ocasiones, como el gato, para morir.
Esta es La Tercera.
Menuda basura
A aniquilar cada diez años.

              …

La primera vez que ocurrió, solo tenía diez años.
Y no lo hice adrede.
La segunda sí, estaba decidida
A llegar hasta el final, a no regresar jamás.

Morir
Es un arte, como todo.
Yo lo hago extraordinariamente bien.

                 ….

Si, si, Herr Doktor.
Si, Herr Enemigo.
Yo soy tu gran obra,

          …

Un empaste de oro. Herr Dios, Herr Lucifer,
Cuidado, mucho
Cuidado,
Porque yo, con mi cabellera Roja, resurjo de la ceniza
Y me zampo a los hombres como si fuesen aire.

La muerte autoinfligida o suicidio, es una urgencia vital inscrita en el contexto biográfico y de salud mental de quien logra consumarlo. En la categorización de sus componentes, es una decisión que parte de un debilitamiento del entorno socioafectivo que se visualiza en sus partes constitutivas: intenso sufrimiento emocional, carencia de recursos conductuales para enfrentarlo, soledad sin solución, enfermedades crónicas o incapacitantes y, o de mal pronóstico e inexistencia de una esperanza de futuro que señala el camino de la muerte como única salida. El suicidio no es valentía o cobardía ni un problema moral, sino la circunstancia derivada de estar desbordado por el sufrimiento, y yo agrego, no es tampoco un acto de venganza como el componente adicional que propone la moral judeo cristina.

The Woodlands, febrero 26. 2022

Del Autor

jorge-chavarro

Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. En la actualidad es estudiante del programa de doctorado en literatura del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Texas A&M en College Station, también en Texas.