Finalizaba febrero de 1899 y una tenue capa de niebla se levantaba desde la laguna y se extendía por el campo, espesándose a lo largo de la vereda que desembocaba en el camino real. Esto traerá calor, se dijo Leonardo mientras sacaba un cubo de agua del pozo para lavarle la ubre a la vaca y traer la leche a casa. Cuando se disponía a abrir el portillo del patio para dirigirse al cuartón donde mantenía los animales, sintió un ruido de cascos de caballos que se acercaban desde algún rumbo que él no podía precisar. Buscó con los ojos la talanquera de entrada al batey y no vio nada extraño allí. Ahora, además de cascos, se oía también el sonido de voces humanas. Presintiendo la desgracia que se les venía encima, Leonardo fue hasta el costado de la casa y trató de ver algo. Desde aquel ángulo pudo distinguir un grupo de jinetes que empezaban a salir de la bruma por la trocha que discurría del otro lado del palmar. Comprendió inmediatamente que se trataba de una de las bandas que durante el último año asolaban los campos de la provincia. Había muchas por entonces. Eran antiguos mambises, exmiembros del Cuerpo de Voluntarios o soldados españoles que habían decidido quedarse en Cuba y hacerse un futuro en el país. Andaban todos juntos y mezclados, sin reparar en las diferencias y rivalidades del pasado. Él conocía de la existencia de aquellos antiguos combatientes, que unidos por la miseria y la necesidad recorrían los campos de la provincia en busca de dinero, animales para comer o de cualquier cosa que los ayudara a vencer el desamparo de las autoridades y la hambruna general que había dejado la guerra. Podían lo mismo asaltar un tren de mercancías que una bodega en un pueblo, o la propiedad de un latifundista; pero también la de un pobre colono como él.
Sin perder más tiempo, Leonardo entró en la casa y cogió la escopeta que conservaba siempre lista junto a la cama. De paso, agarró también el revólver vizcaíno y se lo metió bajo el cinto. Al verlo, su mujer le preguntó qué ocurría; pero él le ordenó no moverse de allí hasta que no lo viera regresar. Y enseguida, con el arma en la mano, salió al exterior y se plantó en medio del patio.
Al observarlos más de cerca, comprendió que, efectivamente, se trataba de bandoleros. Entonces se llevó la escopeta al hombro y, cuando estaba a punto de apretar el gatillo, el jinete que venía al frente levantó la mano en señal de paz. Sin bajar del todo el arma, Leonardo aguzó la vista. “No puede ser”, se dijo. Y no le dio tiempo a pensar nada más
