Eduard Encina, duele la guerra 

Rafael Vilches Proenza


Eduard Encina, amigo mío, hermano mío, Ucrania se vuelve polvo del humo. Ese país vive un abismo a causa de la desidia rusa. Los soldados rusos se encarnan con la muchedumbre, dan el tiro de gracia a cada ucraniano que hacen prisionero.

Ucrania tiene todo su derecho a soñar, a elegir a sus amigos a sabiendas de que debe proteger sus fronteras de las ambiciones del advenedizo Putin.

El corazón de la poesía se aflige.

El ejército ruso arrasa jardines, la risa de muchachas, la alegría, la inocencia de los niños. Se llevan en cada envestida muchas vidas.

Cada pulsación cae a tierra y toma ese color chamuscado que se apropia la floresta cuando el fuego vandálico azuza con ira.

Pienso en ti, Eduard Encina. Ahora que se despide bajo un aguacero de plomo esa multitud de ucranianos. Unos van a la guerra, otros quedan abandonados, sus cadáveres están por doquier y sus almas no saben cómo llegar al cielo, son cuerpos del abandono, carne, osamentas para las bestias carroñeras, ya no verán el color de las espigas del trigo danzar con la música del viento, nadie sabe si serán llorados por bellas muchachas sus rostros entristecidos bajo las máscaras del hollín, del desamparo y el desconsuelo.

Me invade esa tristura que lanza la guerra encima de ese pueblo. La angustia cae sobre mí.

Nadie podrá apaciguar esa rabia por mucho tiempo.

Llora el mundo, como las muchachas que pierden a sus novios, las mujeres que se desconsuelan en su llanto porque asesinan a sus hijos.

Yo no sé cómo calmar este llanto mío.

Clamo porque pare la matanza, porque la lluvia vuelva y florezca la paz, retorne la tranquilidad, ahora que el desgobierno cubano alza su alarido como la bestia que es para justificar la invasión a Ucrania. Se une a los rusos, y al hacerlo se agencia la culpa de todos esos muertos que va dejando la guerra, el dolor de todas las viudas, los huérfanos, de la desolación, el vandalismo ruso en tierras de Ucrania.

Es vergonzoso que el presidente de un país, tu país, hable en nombre de la patria cuando su pueblo rechaza la guerra, dice NO a la invasión militar a un pueblo que sueña con la paz, pero el presidente de Cuba Miguel Díaz Canel se llena la boca de boñiga y nos embarra a todos.

Mas, sigo creyendo que el amor ha de salvarnos, que los amigos estarán ahí siempre para ponernos a flote entre la zozobra y el desamparo sin importar la contienda que se nos avecine.

También los amigos que parten un día sin tener ocasión de poder estrechar su mano y unir su pálpito al de uno, llámese ese adiós Vitaliy Skakun, Gelasio Barrero, Guillermo Vidal, Rafael Alcides o Eduard Encina.

Los amigos vienen y van, llevan ese halo de luz.

Me enorgullezco de ellos en cada amanecer.

Ellos están en todas partes, también allí, donde los misiles caen como ramilletes de odio. Sus lamparazos amilanan al más valiente y osado de los soldados.

Los animales huyen y el pueblo toma las armas procurando la paz, que retorne la tranquilidad. No hay refugio. Yo busco el mío en el recuerdo de los amigos, en esa chispa de magia que nos traslada a los momentos en que un ser especial como tú, Eduard Encina, simpatizas con todos.

Y todos los sitios me recuerdan el hecho poético. La hermandad. Hay que descascarar el tiempo para que acuda un segundo de exactitud, que vislumbre el chispazo, el empaste de dos seres que se anudaron a la vida para cruzar hacia otras praderas.

No sería justo ni digno olvidar la guerra y sus muertos, ir hasta la mañana en que haciéndote acompañar por otros escritores de Contramaestre te nos apareciste en Bayamo para fundar un grupo literario que nunca tuvo nombre. Quizás la guerra nos dé una última oportunidad de despedirnos de este Planeta. Volver a estar en tu compañía, y sentir nuevamente esa sonoridad que solo posee la pasión que hace pasar a tus predios en el hogar y ser miembro de su manada.

La vida no siempre va de la mano. Nos aguardan otras sorpresas.

Tu adiós aun duele como duelen hoy los muertos en Ucrania. Importan los fallecidos en ambos bandos, jóvenes, niños, no tenían por qué estar en medio de esa contienda bélica.

El odio.

La ambición de otros que nunca se sentaron a su mesa. Que nunca estrecharon las sonrisas de sus seres queridos. No te conocieron Eduard, como no conocieron las intimidades de los muertos de hoy en esa maldita guerra.

La vida sobre la tierra es breve.

Eduard, regresabas feliz del Festival de Poesía de Medellín, así me lo hiciste saber en cuanto bajaste del avión, y no sabías que ibas a morir.

Eras un escritor reconocido en el país natal y ya comenzabas a serlo fuera de esta Isla-cárcel, Cuba. Ya se iban sintiendo tus uppercut con tus libros, como cuando fuiste boxeador, y ahora dabas tus buenos golpes en la literatura cubana. Tu nombre haciéndose eco en todos los círculos literarios de la patria.

Eduard Encina, venías a ser para muchos, lo que significaron para toda una generación de escritores la presencia de Amir Valle, Alberto Garrido, Ángel Santiesteban y Guillermo Vidal. Tú, que también supiste admirarlos.

Un día partiste, sin una despedida como hoy parten rusos, ucranianos, invasores, defensores, de igual a igual ante la muerte, porque en ese terreno todo se borra, todos son inocentes, y con esa inocencia se van al reino de los cielos.

Nuestros ruegos, nuestras oraciones no los devolverán.

Se me parte el corazón. De nada vale decir NO a la guerra. El invasor la ve desde lejos y no va a morir. Ninguna bala enemiga lo alcanzará.

Eduard Encina, donde quiera que estés con los que hoy han muerto y van a seguir cayendo como árboles en un bosque que el hombre tala, allá en Ucrania, ahí va mi luz, admiración, por ellos y por ti, mambí.

Del Autor

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Rafael Vilches Proenza
(Las 1009, Cuba, 1965) es licenciado en Educación Artística en la especialidad de Artes Plásticas y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Es asiduo colaborador de publicaciones independientes críticas con el régimen, como Cuadernos de Pensamiento Plural y Voces. Vilches ha obtenido varios reconocimientos, como el Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna en 2004 y 2010, por los libros El único hombre (Ediciones Orto, 2005) y País de fondo (Ediciones Orto, 2011); así como el Premio Nacional de Poesía de la Ciudad de Holguín, en 2005, por Trazado en el polvo (Ediciones Holguín, 2006). También ha sido Premio Nacional de Poesía La Enorme Hoguera (2006); Premio Nacional de Poesía Centenario de Emilio Ballagas (UNEAC, 2008); Mención Nósside Caribe (Italia, 2005) y Mención Poesía UNEAC Julián del Casal (2007). Tiene publicada la novela Ángeles desamparados (El Barco Ebrio, España, 2011 y Neo Club Ediciones 2016, USA). Otros libros suyos disponibles en Amazon, los poemarios Café amargo (NeoClub Press, Estados Unidos, 2014), La luna entre nosotros, Premio Dulce María Loynaz 2018, Editorial Puente a la Vista, 2019, Lunaciones y Dulce café, Editorial Primigenios, y sus novelas, Inquisición roja, Iliada Ediciones, 2019, y Sálvame si puedes, 2020, Premio de Narrativa Reinaldo Arenas.