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Jorge Luis Rodríguez Reyes
Lector de libros en tablet, teléfonos, laptop: aprendiz de jugador de dominó y parchí. Escribe para mortificar y vive para leer.


A mi amigo Fide, por ser esta historia
de cierta forma suya, aunque él está
por encima de pequeñeces y cobardías.

 

Después de beber infinidad de cerveza te decidiste a llamarla a pesar de intuir que todo es un juego, un malabarismo ¿de Dios?, ¿del destino? ¿Acaso las constelaciones están propiciando el entrecruzamiento de estas dos historias o los grados de la bebida en la sangre nublaron tu razón? No sabes y desistes de cuestionar cuando el gran materialismo se viene abajo, aunque tampoco es de exagerar, puede ser una simple coincidencia del destino. Pero todo es tan sucio que enerva. La esperarías aquí, en la cervecería, así se lo dijiste: la pobre pensó que celebrarían algo.

 

Hace semanas que no la ves. Las jarras, descubres, son botellas de cristal hasta los hombros, les cortan el cuello y listo. A esta no le dejaron roma la rebaba del corte, y molesta en los labios. Renuncias de pedir una nueva, cada sorbo es un suplicio, una guillotina labial y piensas en él. Pero no, lo suyo no fue una guillotina sino la horca; cuando su delito no estaba popularizada la máquina, faltaban unos años para lo de Francia y su carnicería guillotinezca. Aquí se usaba la horca y bastaba. Atrapas con la mano derecha tu cuello, sientes la presión, el ahogo, el sudor de la frente y la barbilla. Bebes otro sorbo con cuidado de no dañarte los labios. A él lo condenaron a la horca en 1767 por matar a su mujer. Los subían al patíbulo y el verdugo dejaba caer sus cuerpos como maderos río abajo, en medio de la muchedumbre que gritaba en plena catarsis. Él tuvo suerte. Tú también, dices y miras la concurrencia: apenas unas parejas besándose y otros planificando negocios o celebrándolos. El descubrimiento fue pura coincidencia, investigabas a la familia Borrel y apareció la historia del negro.

 

Pides otra cerveza. Beatriz no llega. ¿Acaso logrará superar la verdad, entenderá las razones, el argumento será válido para ella? Siempre la has ambicionado, desde primaria: Beatriz, Beatriz; escribías en las libretas, en la pizarra, sin que nadie te viera, Beatriz en los bordes de las camisas. Creció a tu lado. Pero no te quiso: verla besarse con otros, acostarse con otros, escuchar de tus amigos cómo se entregaba, verlos remedar sus gritos de placer, y reírse ellos de tu amor enfermizo. Para ella siempre has sido un amigo de la infancia. Y ahora descubres que solo has sido un inmenso pendejo, un cobarde escudado en la amistad, en hacerse necesario: antes en las escuelas al campo, ayudándola con su norma, mientras se tiraba en los cafetales con otros. Pendejo. Pendejo. Ahora te haces, en nueva maniobra, gracias a esa utopía de la cultura generalizada, el gran profesor, el ilustre, que le da los objetivos a ella, por solo una sonrisa. Gran cobarde. Bebes.

 

Beatriz, la llamas y se dirige con su parsimonia a tu encuentro. Qué celebramos, pregunta. Algo. Quizás te guste lo que voy a decirte, respondes con desgano. Pides dos cervezas. Estás pasadito de tragos, últimamente eres casi un pichón de alcohólico, dice y mira un instante al cielo, después a los techos de los carros que gracias a altura de la cervecería solo eso se les descubre, dando la sensación de poder tocarlos con los pies. ¿Tú crees en Dios? No, responde y se ajusta el cuello del suéter y te mira a los ojos. ¿En el destino? Niega y te pregunta: ¿A dónde quieres llegar, acaso es tu día de encuentro con lo esotérico? No bebas más. Ríen: ella observándote, tú con el rostro de Baco más anegado de la tierra. Deseas besarla, siempre deseas besarla, hundir la lengua y recibir la de ella y jugar así. Me tienes preocupada ¿A dónde vas con tanta preguntadera? Al futuro y ríes. Ella te mira seria y endereza el cuerpo. ¡Ay!, exclama y observa los bordes. Ríes y le preguntas si sabe algo de las guillotinas. Dice que sí, que de tener una te cortaría la cabeza por preguntón y borracho. Le dices que la horca debe doler más por caer el cuerpo al vacío, por el contrario la guillotina es la que cae. Mira, le tomas el cuello con ambas manos y la aprisionas débilmente. Se echa para atrás mirándote medio asombrada y recorre sus manos por el cuello. La miras con deseo. Siempre te ha gustado. Siempre.

 

No pienso que me hayas invitado para ahorcarme o pasarme por la guillotina, dice y se alisa el pantalón. Toses y pequeñas partículas de saliva caen en su rostro, ella disimula y lo limpia con el antebrazo como si espantara una mosca. Recuerdas mi investigación sobre la familia Borrel. Algo, responde. En ese libro: Recuerdos de tiempo viejo. Tradiciones trinitarias aparece una historia interesante. Quizás inverosímil. Sé que no crees en lo mágico pero siempre es bueno creer en algo, si no qué nos queda. ¿Creer en los gobiernos, en los partidos, en la historia, qué nos quedaría? Se encoge de hombros y bebe un sorbo inmenso. Allí se cuenta de un negro, de igual nombre al mío, condenado a la horca por matar a su mujer. Él la apuñala con una bayoneta, mira, sacas una de la mochila, se la enseñas: le pasa los dedos y la acaricia. Esa, y apuntas a la bayoneta en sus manos, es de la misma época. Ella se pone rígida y pregunta cómo la sacaste del museo. La culpa y la bebida juntas brindan muchas potencialidades, dices y miras a sus ojos. Ella cambia la vista y bebe lo último de la jarra. Pides cerveza de nuevo. La observas detenidamente, el viento le remueve los cabellos de la frente. Te acuerdas de Angola. Sí, dice, pero no hables, eso ya pasó. Aún recuerdas a Tomás. El camarero sirve con guiños de complicidad, pero esta vez no le das propina y se marcha a otra mesa. Ella prueba la cerveza y dice que sí, pero lo recuerda más cuando ve a algún militar o a veces, cuando llueve. ¿Recuerdas qué yo hacía cuando Angola? No mucho, dice. Una noche tocaron a la puerta, prosigues, venían movilizando. Papá pensó que era él, pero no, estaba equivocado. La citación era urgente, había que presentarse a las siete de la mañana al comité militar: listo para partir. Papá presionando al oficial para que verificara, no fuera a ser una equivocación que él era el de la reserva. Pero no, eras tú. A esa hora la gritería. Debes imaginarlo. Sí, lo mismo fue con Tomás, habíamos acabado de acostarnos, dijo ella y bebió. Conmigo, después fue distinto. Al otro día en Santa Clara dejaron fuera a diez y en dos ocasiones más pasó lo mismo. Con el tiempo me propusieron trabajo allí, en el comité militar, murmuras y miras unos instantes pasar los carros. Debía, prosigues, citar a los reclutas, preparar sus expedientes, así supe donde vivías, porque en esos meses iniciales cuando te casaste desapareciste. Ella te mira y se deshace de un ciempiés que le viene subiendo por la blusa. Lo aplasta con el mango de la bayoneta, le sugieres que la cuide, puede costarte el trabajo en el museo. Ella niega con la cabeza. Jorge, ¿dónde tú quieres llegar? Ese otro Jorge López, el condenado a muerte por matar a su esposa por infidelidad no murió en la horca, ni en la guillotina, sino a los 103 años, después de haber pasado por la horca a decenas de condenados. Su pena la anularon cuando murió el verdugo que debía matarlo y al negro sentenciado le cambiaron la pena para que oficiara de verdugo. Sabías que existía en 1767 un solo verdugo para la región central. Uno solo. Uno solo que tuvo que cargar con las culpas de tantas muertes, de bajar una palanca y lo más increíble del libro es que el pueblo le llevaba al verdugo trinitario, ya anciano, víveres y frutas. Ciento tres años y murió como un ángel. Beatriz, también soy algún tipo de verdugo, enviaba personas para Angola, le hacía los papeles, los condenaba. Tú no puedes imaginar cómo he vivido estos años, estos malditos años. Ni un solo día, ni uno solo he sido completo: Agustín, Reinaldo, Ian, Antonio, Felipe, Mario, Alberto, Darián, José, a todos de cierta forma los condené, todos murieron pero con uno fue intencional, no le tocaba, pedían treinta, treinta solamente y siempre se movilizaban en esos casos cuarenta o cincuenta para que el azar fuera quien los seleccionara, pero yo metí las manos, estas manos y las muestra encima de la mesa. Ella, molesta, las mira, luego se detiene en tu rostro y cambia la mirada a los camiones que pasan. Al final, como hastiada, se detiene en la bayoneta. Treinta solamente. Entiendes, le dices y ella bebe y mira nuevamente la bayoneta. Solo treinta, dices bajando la voz. A él no le tocaba pero deseaba a su mujer, lo quería lejos, bien lejos de ti.