
Ninguna invasión puede justificarse. Es un hecho. Pero eso no significa que haya inocentes en esta larga historia de juegos sucios de la política, que derivan en la agresión de un ejército extranjero sobre una nación soberana. Putin ha demostrado ser un loco capaz de cualquier cosa con tal de cumplir sus sueños de poder. La OTAN ha mostrado, al mismo tiempo, su verdadera cara como instrumento de presión contra Rusia y su inoperancia como supuesto organismo de defensa de la estabilidad en el mundo, empezando por sus países miembros. Ucrania, pese a su derecho de querer integrar la OTAN, no ha comprendido que su papel más efectivo en Europa sería el de la neutralidad. Estados Unidos ha hecho lo de siempre: presionar desde lejos las tuercas de un organismo militar obsoleto que maneja a su antojo. Y la Unión Europea se ha empeñado en su papel de segundona debilucha de las decisiones y pasos de las administraciones norteamericanas.
Hay una víctima, eso sí: el pueblo ucraniano, que luchaba dentro de los límites democráticos, y acercándose cada vez más a los modelos europeos, por separarse de las taras derivadas de los tiempos de dominación socialista soviética y, en las últimas décadas, de la corrupción impuesta por oligarcas que, apenas sintieron los aires de guerra, abandonaron el país para ponerse a buen recaudo.
El mundo “civilizado y democrático”, sin embargo, debería aprender algunas lecciones:
La primera lección, que los métodos de negociación diplomática han estado errados, pues ha faltado claridad y determinación, básicamente de las naciones de la Unión Europea, que se han plegado siempre a las decisiones de Estados Unidos para asuntos tan delicados como expandir las fuerzas militares de la OTAN (dominadas por Estados Unidos hace mucho tiempo) en tierras europeas. Alemania y Francia, los países más poderosos del bloque comunitario deben aprender mucho de independencia (y eso parece haberlo comprendido ahora el canciller alemán Olaf Scholz, al anunciar una decisión histórica para Alemania: la necesidad de tener un ejército moderno y bien equipado que pueda hacer frente a Rusia y cualquier otro agresor que ponga en peligro los valores democráticos y la paz nacional). Una cosa es mantener acuerdos de defensa con una institución como la OTAN y otra es plegarse a las estrategias de Estados Unidos en la región, y sus alrededores. Los hechos son muy claros: Estados Unidos (y fuerzas de la OTAN) han intervenido en las guerras en el Oriente Medio (Iraq, Afganistán, Siria) y ha sido la Unión Europea la que ha tenido que resolver todos los entuertos económicos, legales y migratorios que la emigración masiva y continuada de esos países han provocado en esta parte del mundo.
La segunda lección es aún más difícil: lo sucedido con Ucrania demuestra, una vez más pero ahora con más fuerza. la inoperancia de la ONU y el peligro para la defensa de los derechos humanos que representa que exista un Consejo de Seguridad donde cualquiera de las cinco naciones que lo integran (Estados Unidos, Rusia, China, Inglaterra y Francia) pueda vetar las condenas y tomas de decisiones esenciales de ese organismo internacional. Rusia, como miembro fijo de ese Consejo, acaba de impedir con ese derecho a veto que se le condene por su propia violación de los derechos internacionales. Hace mucho rato se viene repitiendo que la ONU debe reformularse. Se trata, para poner un ejemplo muy criticado de esas deformaciones, de un organismo que invita a países violadores de los Derechos Humanos más elementales como Cuba, Venezuela, Congo, Burundi, Arabia Saudita, etc., a presidir el Consejo de Derechos Humanos que debe velar mundialmente por la defensa de esos derechos.
La tercera lección tiene que ver con la unidad. Por primera vez en décadas el mundo occidental levanta su voz unánime para condenar, no sólo en el papel sino también con sanciones concretas y muy bien pensadas, la osadía de quien ha decidido romper todas las normas de la paz y la convivencia, Rusia, que intenta recuperar el poder del viejo imperio soviético, aunque ya de aquella ideología no quede absolutamente nada en el Kremlin, utilizando el gastado discurso de los tiempos de las Guerra Fría. Otros sucesos similares de las últimas décadas a nivel internacional merecían también una reacción como la que ahora se ha tenido. Era algo que ya algunos habíamos anunciado: la cercanía estratégica de China y Rusia contra un cada vez más errático Estados Unidos podría derivar en un desequilibrio del orden mundial establecido tras la Segunda Guerra Mundial y el fin de la Guerra Fría, en busca de un reordenamiento de los poderes económicos, financieros y políticos internacionales con Pekín y Moscú a la cabeza.
La cuarta lección, y esa nos implica mucho a los cubanos y los latinoamericanos, es que se demuestra la intención eterna de China de expandirse económicamente por América Latina para debilitar la economía norteamericana, y el anhelo de Rusia de tener una punta de lanza militar y de espionaje en la región contra Estados Unidos. Los acuerdos que viene haciendo Moscú con Cuba, Venezuela y Nicaragua, reforzados en estos días y que han implicado el apoyo tácito de Díaz Canel, Maduro y Ortega a la invasión rusa a Ucrania, se convierte en un terreno cenagoso: apoyando abiertamente esa invasión, con el pretexto de la necesidad rusa de proteger su seguridad nacional, deja abierta la posibilidad de que Washington pueda hacer lo mismo en nuestros países, y con el mismo pretexto si, como ha anunciado Putin, nuestros “gobernantes” permiten en territorio nacional el establecimiento de sistemas de espionaje, bases o cualquier otro asentamiento militar ruso.
Ni siquiera el hecho de que Putin haya puesto en alerta sus fuerzas nucleares (que activa el peligro de acciones mayores e, incluso, de un error humano que resulte fatal), apunta a que estalle una Tercera Guerra Mundial. El mundo, antes, ha estado todavía más cerca de ello, y siempre ha encontrado la salida que evite tamaña catástrofe. Y toda la humanidad ahora mismo espera que no llegue a esos extremos esta locura desatada por el fracaso de la diplomacia que no logró sentar en una mesa de diálogo real a Rusia, la OTAN, Ucrania y el resto de los implicados. En cualquier caso, como dijo el canciller alemán, la invasión rusa a Ucrania termina con una era y abre otra. La pregunta que muchos nos hacemos es cómo saldremos de esta y si saldremos con las lecciones aprendidas para no repetir los errores que nos han traído hasta aquí.