Cuando mueren los escritores

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 8 de diciembre de 1925–Madrid, 23 de julio de 2000)

En la imagen de mi memoria, Carmen Martín Gaite come una manzana. Lleva una de sus características boinas, de color morado, quiero recordar. Estamos en la Feria del Libro de Madrid del año 2000. Era junio, uno de los últimos once días de la Feria y no era ni sábado ni domingo. Eso recuerdo. Vencí mi reparo de siempre y me acerqué —no había casi nadie en aquella caseta—, y me firmó un ejemplar (barato, de colección de quiosco), de Irse de casa. Ya le admiraba los personajes, la facilidad de condensar lo complejo de las emociones en unas pocas líneas. Carmen me firmó: «Para Pedro, feliz verano y una grata lectura Carmen M Gaite».

El escritor español Eduardo Martínez Rico, recordaba hace poco en un artículo, La generación huérfana, a un grupo muy notable de escritores ya fallecidos que, en el fondo, y más de lo que muchas veces somos capaces de reconocer, son maestros del oficio de escribir, que nos hicieron lectores maduros, eso primero, y que luego, en la intimidad de nuestras pasiones literarias, de alguna forma nos empujaron a ser escritores, nos dieron sin pretenderlo un patrón para saber qué rayos significa eso.

De allí que, al morir los escritores, muchos sintamos que se abre una ausencia que pareciera no correspondernos. Antes, al morir un escritor, algunos nos subíamos al Metro a leer alguno de sus libros durante un trayecto largo, un homenaje como otro cualquiera, o dejar sobre la mesilla de noche algunos ejemplares, como una surte de altar en el que velar al difunto. O escribir una necrológica que nadie leerá, o hablarle con cercanía de deudo a los amigos, como si de verdad se nos hubiese muerto alguien cercano.

Esa “cercanía” la marca la continua discusión que se sostiene con el escritor en vida. No le conoces, ni hace falta, aunque quizás uno lo desea, pero la pelea es con sus novelas, su poesía, sus ensayos, sus cuentos, esos que catalogas de “brillante simpleza”, pero que en el fondo dices ¡qué bien escrito, carajo!, y esperas su siguiente publicación. Hay una complicidad con el escritor que lo transforma paulatinamente en un cercano, y a la hora de su muerte viene el vacío, la ausencia del compinche literario, del maestro, y, a veces, cuando dan duro con sus letras en nuestra piel, del amigo.

También Daniel Gascón, escritor español, se acordaba de Javier Tomeo, diez años hace de su muerte, y hace una memoria de su obra, de su influencia, de todo aquello que legó en su literatura. El magisterio, los buenos ratos, las discusiones con su construcción de una parte de la España que “recuerdo” (qué trampas nos hace la lectura, que memoria instala en nosotros que podemos “recordar” lo que no vivimos), que empujaba a buscar otros títulos, otras voces, cuando la pereza guglera y la simplificación del tuit no regía los impulsos lectores. Tomeo, sí, lo recuerdo como si nos hubiésemos tomado unas cañas hablando de libros.

Recuerdo la muerte de Ana María Matute, de Miguel Delibes, de mi buen amigo Ariel Barría, tan súbita, como la de alguien que sí quería conocer, Domingo Villar, tan de golpe, como todas, pero era tan joven, escribía tan bien; como la de Alexis Ravelo que conocí en sus novelas, tan querido por sus amigos; o la de Jorge Edwards, del que hablaba en casa en vísperas de su partida, y al que sus amigos le rindieron homenaje hace muy poco. Todas estas muertes que se cruzan y uno siente muchísimo, revelan el acto de leer como vínculo con los que escriben, nos asoman un poco a lo que es la amistad en ausencia.

Podríamos citar muchos buenos escritores contemporáneos que se marcharon dejándonos un espacio vacío, un magisterio y hasta un ejemplo, como Javier Marías, tan discutido, tan lleno de literatura. Citando a Eduardo Martínez Rico, «todos estos maestros han sido nuestros contemporáneos, nuestros compañeros de vida, pero la literatura, la Literatura —perdonadme que lo ponga con mayúsculas—, entiende más de eternidades, de permanencias. Se mueve en el territorio del “siempre” …» y yo no puedo estar más de acuerdo. Se traban las amistades literarias así, por vía textual y uno se permite sentir su ausencia, celebrar sus triunfos en vida, o llamarlos por su nombre de pila o su apellido, todo eso, por el derecho literario que nos da la lectura y el aprecio o desprecio de sus obras: en las francas enemistades, por el roce, también hay un cariño oscuro y denso que deja poso literario.

Un mes después, en julio de aquel 2000, Carmen Martín Gaite murió en Madrid, feliz, abrazada a sus cuadernos. Aquello me conmovió. Recordé su sonrisa, la manzana, el libro que me firmó sin ser de la caseta, su deseo de un feliz verano, y, de pronto, la ausencia. Fue la muerte de un escritor que sentí más. Años después se publicaron sus cuadernos, una selección de ellos, los que abrazaba al morir, esas retahílas de su pensamiento, y la quise más. La releo, la visito en sus libros, en sus cuadernos. Y sigo discutiendo con ella: un cuento de nunca acabar.