Breve historia de todas las cosas
Marco Tulio Aguilera Garramuño
Ilíada Ediciones, Alemania, 2023
Marco tiene la sangre liviana por nacionalidad y un poco densa de su propia cosecha.
Se da a entender en inglés, en francés, en alemán y en algunos otros idiomas, y también maneja con relativa prestancia el español.
El placer que a lo largo de los años he encontrado en la novelística de Marco es, en mi caso, primera y mayormente un disfrute plástico, debido al maremoto verbal que suelen ser sus obras, pobladas de una imaginería y de una potencia léxica desbordada que las convierte en enormes frescos para ver; he disfrutado de esa capacidad de Marco, que en otros momentos le he reconocido públicamente, para desmenuzar las situaciones, para triturar las sicologías, para recorrer milimétricamente cada curva de los resortes que jalonan sus relatos, a veces hacia ninguna parte, pero que mientras vive la narración te va embadurnando de los uno y mil espesores de los que se compone este mundo que se ha dicho que es ancho y ajeno.
En su conjunto, las obras de Marco a veces me ha parecido que devienen en una especie de tratados, y si no tratados, sí en un nutridísimo índice de referencias sobre filosofía, historia, música, artes en general, antropología, religión y, por supuesto, de literatura. Esta característica no es otra cosa que el resultado natural primero del amplio espectro cultural en el que Marco se maneja, pero también del minucioso trabajo de investigación con el que satura cada una de sus piezas literarias y que durante muchos años hemos sido testigos que Marco desarrolla para enraizar sus relatos en algo lo más cercano posible a la realidad que profusamente nos circunda. En este sentido, todas las novelas y relatos de Marco habrían de llevar el subtítulo de Fragmento de Breve historia de todas las cosas. Aunque, ciertamente, y sería bueno que el propio Marco nos comentara en su momento al respecto, me parece que su línea narrativa no siguió el camino marcado por esta novela. Tengo la impresión de que esta novela fue una especie de gong estruendoso que anunció la aparición de Marco en el escenario de la narrativa latinoamericana y que luego apagó su sonido para dar paso a una voz muy distinta, que es creo yo es la que terminó por conformar la tesitura más definitiva de la novelística de Marco Tulio Aguilera Garramuño.
Por otro lado, desde aquellos ayeres en que pergeñaba la Breve historia de todas las cosas, Marco cedía a los hábitos del metarrelato, esa confesión de parte que, lejos de desbaratar por deconstrucción la magia narrativa, la ahonda, la complejiza, la vuelve más fantástica, no en el sentido técnico de literatura fantástica sino en el sentido general de ficción vs. realidad (estoy recordando que el índice de este libro, por ejemplo, refiere a Zaratustra Pereira, “personaje que murió por misticismo y también por el descuido del narrador”. Ejemplos de la obra hablándose a sí misma los encontraremos a lo largo de la novela, sobre todo en casos referidos al personaje que lleva la voz narradora y que de vez en vez responde como narrador a comentarios o cuestionamientos de los personajes). Y hablando de lo fantástico, el lector notará que esta obra, que hemos dicho no se inscribe como tal en el género de literatura fantástica, no deja de trasudar acá y allá y más allá los efectos de lo que se denominaría realismo mágico, que en aquellos ayeres era casi imposible soslayar a la hora de escribir literatura en América Latina. La grandilocuencia, ciertas maravillas y prodigios, discurso y referentes que pasan como por un potente amplificador, todo ello en su conjunto forman un telón de fondo propio y esencial del modo en que se cuenta aquí, de principio a fin, la historia de todas las cosas, lo cual evidentemente arranca al relato de las amarras ordinarias de la mera relación realista y lo convierte en un relato de ficción con todas sus letras y con todas sus implicaciones interpretativas, es decir, el planteamiento de la ficción como clave hermenéutica para aproximarse a la comprensión de la realidad pura y dura.
Cuando el lector se asome a la Breve historia de todas las cosas habrá de tener presente, además, que está ante el trabajo de un veinteañero, que crecía por añadidura en esos tiempos bajo la inmensa sombra de Gabriel García Márquez. El solo título de la obra que aquí presentamos genera una sensación oximorónica al contrastarlo con la edad que tenía su autor. Marco nació en 1949. Cuando apareció esta novela tendría 25 o 26 años, y su novela se llamaba nada menos que Breve historia de todas las cosas. Eso es, digamos, por cierto, un signo del temperamento, la psique, la personalidad o el estilo o como se llame de Marco Tulio Aguilera Garramuño, ave de tempestades y enemigo de medianías. Y por supuesto que San Isidro de El General, el locus nodal de esta novela, tiene vocación de ser un aleph borgiano, como todo proyecto literario auténtico. Marco Tulio veinteañero quería ya que su novela fuera un signo del cosmos, quería que el lector que se asomara a ella pudiera ver el universo, o una imagen del universo, o una imagen del mundo del hombre, o una breve historia de todas las cosas.
El lector de Breve historia de todas las cosas va a encontrar, pues, desde el principio una historia totalmente entretenida, dinámica, con un desfile interminable de tipologías de todo género, como si la entrada al mundo de este libro fuera la entrada a un circo descomunal, lleno de vocerío y de explosiones y de fuegos artificiales y de actos hiperbólicos, no un circo de tres pistas sino de muchas más pistas, de las muchas pistas que tiene la vida, y de las entretelas y de los mil entresijos de esas pistas, en un tono jacarandoso, chispeante, muy ingenioso e imaginativo y bullanguero, en el cual, sin embargo, podemos presentir alguna nota patética en tanto que es una novela sobre la vida, que mucho tiene de dolor y de amargura. La imaginería desbordada que avanza página tras página termina por entregarnos, por supuesto, sin estridencia telenovelera ni moralismos fundamentalistas, el dibujo de un valle de lágrimas, que es casi siempre el dibujo que termina por arrojar cualquier intento de escribir una historia de todas las cosas, aunque el cierre de libro y el balance general de su lectura nos lleva más bien una puerta abierta a la esperanza.
