Aguardando que me lleves

Al hilván que traza la luna
María Jesús Fuentes
Hiperión. Madrid, 2023

Casi una decena de poemarios componen la obra lírica de María Jesús Fuentes. Desde sus inicios, su verso se ha mantenido al filo de una mirada permanentemente escrutadora, en donde sobresale un imbricado inventario de  anhelos presentes, de conquistas pasadas, de inquietantes símbolos…, que redirigen su voz hacia el mañana.

Ahora, con este hilván que traza la luna y sus palabras, establece una original propuesta de la cual extrae una común indagación de contrarios. De ellas y ello, beben y se alimentan estas páginas, y “es fácil percibir en cada uno de estos textos, en cada historia, todo un apasionado sentir”, tal y como anota en su prefacio Miguel Losada.

Romeo y Julieta, Penélope y Ulises, Oscar Wilde y Alfred, Elizabetha y Drácula, Otelo y Desdémona…, protagonizan, frente a frente, un lírico diálogo en el que ambos despliegan sus crepúsculos, sus recuerdos, sus miedos, sus mundos o sus anhelos. Con un verso tamizado por una significativa delicadeza, María Jesús Fuentes se sabe dadora de una voz ajena, si propia y cómplice, pues sus poemas susurran todo aquello que pueda llegar a cartografiar lo humano. Y, así, se pronuncia Dulcinea: “¿Qué ve en mí, mi señor? (…) A mí, que, sin ninguna primavera bajo las faldas,/ siento ahora que soy una nube en el cielo”. En tanto, Don Quijote responde: “Estoy dispuesto a enamorarme (…) Honraré su nombre en la batalla/ y cuando regrese con la victoria del justo/ encontraré el orgullo en sus ojos”.

Él y Ella, Muñeca y Muñeco, Jane y Tarzán, la Margarita de la Dama de las Camelias y Armand Duval…, van añadiéndose a este compendio de protagonistas cuyos territorios se saben y se sienten cercanos. Porque la autora malacitana celebra con su palabra lo que la batalla del amor y el corazón se torna duración, materia romántica, hebra de gozo y, alguna vez, desdicha.

En suma, un poemario de sobrios acentos, envuelto en el aroma de un decir que clama y reclama el lugar exacto para la luz desnuda, para el oportuno beso, para el motín de la carne: “Me desprendo del liguero, del corpiño,/ desabrocho los corchetes del corsé/ esperándote/ aguardando que me lleves algún día./ Porque sé que puedes”.