
¿Qué es ser artista según los genios de hoy? Mejor no preguntes
Lo más fácil es limitarse a reconocer que para ser artista uno tiene que hacer arte y hacer arte para ser artista. La pescadilla se muerde la cola y se despacha en la pescadería del mercado. Claro es que por boutades como éstas, en las provincias italianas el artista es sinónimo de burro y cabeza hueca. Pero siempre hay un Damien Hirst que se consuela con aquello de que ser artista es ser indulgente con uno mismo.
Por otro lado, que la palabra artista sea consustancial con creatividad –el hueso más duro de roer- e inventiva no permite dudas al respecto. Incluso Cattelan y sus amigos aseguran que los artistas han de ser necesariamente autodidactas. Su talento e imaginación así lo demuestran.
La autora de perfomances, Andrea Fraser, va directamente a las conclusiones y nos descubre que el artista es un mito que él interioriza en su proceso de desarrollo, y luego lucha para encarnarlo e interpretarlo. Además, el que no es perverso, es neurótico o psicótico. ¿No hay ninguno más o menos normal?
Al final, seguimos sin tener nada claro y nada oscuro, ya que como afirma Gabriel Orozco “hay momentos en que los artistas son artistas, y luego ya no son. Cuando dejan de pensar se transforman en artesanos de su propio arte”. ¿No les parece todo demasiado reiterativo? Y como si no nos pasara a todos lo mismo sin llegar a ser artistas.
En consecuencia, atenerse a declarar, como se me ocurre a mí, que el artista es el hacedor de un sistema de representación que da o trata de dar forma visible a una visión y percepción personal, es una alternativa incompleta, aunque sirve de momento. ¿O a lo mejor tampoco?
¿Quién colecciona más que yo?
Desde principio de los tiempos, casi se puede decir, trataron de convertir al arte en una materia proclive a hacer de ella una historia de maldición y poder. La Iglesia Católica principalmente -de hecho, todas- lo utilizó impunemente para la manipulación, la pompa, la fastuosidad y el sometimiento. Los reyes, príncipes, aristócratas y demás ralea, para la ostentación, el lujo, la decoración, la magnificencia y la demostración de su riqueza y dominio.
Templos, catedrales, palacios, retratos, esculturas, escenas religiosas, mitológicas, alegóricas, episodios costumbristas, paisajes, etc., son sus máximos exponentes. Y si todos ellos continúan ahora es porque el fenómeno de acaparamiento empezó a tomar históricamente un ascenso imparable. Todos los grandes personajes y personajillos, burgueses y burguesillos, no podrían ni pueden ser lo que son o eran si no hacían o hacen gala de ello a través del arte.
Claro que como señala Simon de Pury, la codicia, ciertamente, era y es buena. Tanto que actualmente los grandes propietarios y magnates, ignaros, elitistas y prepotentes, prebostes procedentes, ya no de herencias ancestrales, sino del fruto de la especulación, el petróleo, la tecnología, la Bolsa, los fondos de inversión, etc., han constituido su propio ranking pecuniario, evaluando al artista por el precio de sus obras.
Ingentes masas de dinero son equivalentes al arte más revolucionario y eminente, único y singular, no importa que sea un adefesio, un auténtico hallazgo, una innovación absoluta, una visión fascinante, o simplemente un estereotipo o algo vomitivo. Hay que coleccionar y conseguir lo que nadie va a tener de ese autor excepto yo, aunque sea una defecación calenturienta.
El resto de hombres y mujeres que desean más íntimamente y cercano el arte en su verdadera naturaleza, son chusma que carece de cien millones de dólares para gastar en una sola pieza. El que la población suiza de Basilea haya votado por amplio margen a favor de la compra de dos Picassos por parte del ayuntamiento para evitar su salida de la ciudad, es una rareza ejemplar.
Por consiguiente, lo que parece que no tiene vuelta de hoja es lo que Peter Wilson de la sala de subastas Sotheby´s declaró al The New Yorker en 1966: “Hay muy poca gente capaz de apreciar el arte sin desear poseerlo. Tiene que codiciar el arte para apreciarlo realmente”. Pues ya saben, a codiciar, lo demás sobra.
¡Qué mala leche tienes, Clair!
Las exigencias de lo histórico y lo bello no están de moda en el panorama artístico actual. Incluso en algunos casos es más oportunista rechazarlas o pasar de ellas. Los últimos años, con un mercado y unas curadurías imponiendo sus normas, conminan a una ruptura en todos los órdenes hasta desembocar en límites insospechados.
Y por otro lado, el ambiente y la situación mundial son más caóticos y destructivos, lo que influye, además de por otros factores, en el artista, que se ve exhortado a elegir entre lo falaz y lo auténtico, a ser más transgresor y crítico, aunque por encima de todo muy comercial.
Jean Clair es absolutamente tajante en lo que “las obras de arte contemporáneo son desechos, el bolo (¿?) fecal producido por la digestión de siglos de un arte exquisito”. Con ello se está refiriendo a que ahora muchos creadores, en su lúcido o simulado delirio, se embozan en lo feo, lo horrible, lo violento, lo repulsivo y lo monstruoso. Pero generalizar confunde, porque en lo referente a su plasticidad los verdaderos talentos no han perdido su identidad, más bien son sus manifestaciones de irracionalidad, su subconsciente, las fuerzas oscuras –el Romanticismo sigue estando muy cerca-, las que les sirven para llegar directamente a la verdad, a la expresión, la emoción y la interacción.
En realidad, en muchísimas de estas muestras no hay impedimento a la percepción de un fondo de belleza que proclama lo inevitable de su presencia, aunque siempre se plantee el problema de que la perspicacia de la mirada pueda desenmascarar la mayoría de aquellos objetos, instalaciones, perfomances o artefactos visuales que son banales, vacíos, nihilistas, gratuitos y carentes de virtualidad artística.
Entonces, en esto último, no nos queda más remedio que estar de acuerdo con Clair en su declaración de que “buena parte del arte contemporáneo occidental está situado bajo el signo de lo inmundo, del residuo, de la mancha, de lo abyecto, de lo que cae fuera del mundo”.
Vayan abriendo la carroza
Verme enrollado por serpientes que cual San Domingo de los Abruzos me iban tirando todos los participantes en el performance hasta quedarme como una estatua disecada, me hizo incapaz de manejar las claves interpretativas de unos hechos que ni siquiera habían tenido lugar en la época actual.
Ya me considero impotente para percibir acontecimientos complejos sin que la aprehensión se venga abajo. Claro que la razón es acusarme de no mirarlos exhaustivamente, de que únicamente acabe atrapado en aspectos parciales, propiciando indeterminaciones, delirios subjetivos y nominaciones descontroladas.
¿Se me podrá aplicar la teoría del agotamiento? Sí, siempre que sea ajeno al ámbito artístico, pues, a pesar de lo que digan algunos, ni es admisible ni tolerable. Por eso prefiero contemplarme en el corazón del mundo, a partir del cual, según Foucault, sueño, hablo, avanzo, imagino y percibo las cosas en su lugar y las niego también con el poder indefinido de las utopías que ideo -aunque ninguna sea cierta-.
Así voy dejando para mañana lo que no podría haber hecho hoy, porque el hoy es siempre mañana hasta que te deshaga y te amortice. Llegado a este punto, solamente me queda ponerme al amparo del “bistechu” (costumbre secular del Derecho Consuetudinario asturiano, cuya compilación ha sido llevada a cabo recientemente bajo la dirección del letrado del Parlamento y antiguo compañero Ignacio Arias Díez) para que ese espacio bajo techo me sirva de refugio junto con mis cavilaciones de materialista espiritual inconfeso.
Como, visto lo cual, me he tirado al agua antes de aprender a nada, tal como Giorgio Morandi decía de Pollock, afirmo, igual que él, que, de hecho, no hay nada más surreal y más abstracto que la realidad, que se destila en nuestra esencia a través de la mediación de la materia, ¿pero qué materia? ¿La transformada por la alquimia del arte? Sucedería que, entonces, no se me habría acabado el renacimiento del alma una y otra vez, del que habla Platón, y no me quedaría sin contemplar las cosas de aquí y las del Hades (a saber, los entes de la luz y de la sombra, de lo visible y de lo invisible, de la vida y de la muerte), es decir, todas las realidades.
Pero para los demás, el mundo del arte, que no circo, ha de seguir abriéndose mediante la mirada, el talento y la sensibilidad, y devendrá más profundo, más extraño, más complejo, más insinuante, más desconcertante y sorprendente.



