
«Los emigrantes son polvo de estrellas, sal de la tierra, árboles con alas».
La emoción de las cosas, Ángeles Mastretta
«[…] las raíces, aunque uno viva trasplantado en otras tierras, se llevan dentro, alimentando, a través del tiempo y el espacio, la vida, no siempre fácil del emigrado, del desterrado».
La Línea de la Concepción en mis recuerdos, Gerardo Piña-Rosales
«La tragedia y los problemas de Cuba deben ser conocidos y dados a conocer por quienes la aman. Los que no la aman, no pueden entender sus problemas actuales ni la necesidad de emular los esfuerzos de los fundadores de la nación».
Cuba: la nación que agoniza, Luis A. Gómez-Domínguez
En Cuba…
A Mayra del Carmen y a mí nos preocupaba cuándo abandonaríamos el país, porque desde décadas atrás se nos hacía cada vez más difícil la cotidiana existencia, al punto de que no podíamos ni queríamos seguir (sobre)viviendo en la Isla-Cárcel, pues, entre otras, dos muy serias complicaciones tuve en las dos revistas en que laborara.
Sin llegar a la grave situación que décadas atrás le aconteciera a mi suegro, Osvaldo Hernández —valiente prisionero torturado en las ergástulas castristas durante nueve años—, yo tendría a finales de mi labor periodística en Cuba, entre 2010 y 2011, serios «problemas políticos», por los que devendría persona non grata en Bohemia, Mujeres y Muchacha, revistas en las que fuera periodista cultural durante casi tres lustros.
Primero: en la Bohemia del 2010 ―donde integrara desde años atrás el equipo cultural― una mañana, al llegar me diría sotto voce una querida colegamiga [cuyo nombre no digo, pues sobrevive en Cuba, y podrían tomar represalias contra ella] que me expulsarían al día siguiente, por haber publicado la víspera en el diario Juventud Rebelde, una entrevista con un poeta, compositor y, entonces, colegamigo, por su reciente premio en un concurso nacional de canciones. Enseguida fui a la dirección y renuncié ante el inculto y hoy fallecido director, José R. Fernández Vega, Alias «Pepito», de la [In]seguridad de Estado y adulador de uno de los más longevos miembros del Comité Central del Partido (CCP): José Ramón Machado Ventura, dinosaurio/Tyrannosaurus y mediocre líder al que este Pepito de los cuentos verdes o «de relajo», enseguida solía llamar, apenas confrontaba uno de los cuantiosos líos que se agenciaba por su cotidiana jactancia e inveterado machismo. Entonces llamaba al CCP a su “jefe”, tal lo renombraba ya fuera de la oficina, en el salón de la redacción central, casi gritándolo a los cuatro vientos, corroborando así su “amistad” diligente con el vetusto dirigente, agarrado al poder desde los inicios de la ROBOlución;
y Segundo: ya trasladado por mi deseo a Mujeres ―donde había laborado años atrás, al inicio de mi labor periodística—, sin embargo, en esta segunda y breve etapa, pues, poco después, sería «separado», eufemismo edulcorado del término «expulsión», empleado por la tullida directora, fallecida al poco tiempo de su falaz «actuación» conmigo.
Mas, regreso atrás para explicarlo mejor: En la primera etapa de inicios durante los ‘80s, laboré con la Editorial de la Mujer —a la que había entrado gracias a la gestión de mi entonces amiga Ángela Oramas y otras periodistas, con las que creamos la «hermana menor» de Mujeres, tal denominé a Muchacha, donde, como luego en la propia Mujeres y en Bohemia —anoto que desde hace años Muchacha desapareció y Mujeres solo es digital, mientras que el exangüe bodrio Bohemia es un ¿cadavre exquis?— yo crearía secciones de Poesía y Poesía para Niños; pero en Muchacha, además, instauré el Concurso «Mirta Aguirre» de Poesía y Cuento, dedicado a jóvenes autores, inéditos o no, cuyos textos premiaran poetas, narradores y ensayistas cubanos de varias generaciones, tales: Félix Pita Rodríguez y Dora Alonso, Enrique Saínz y Salvador Arias, entre otros que yo integraba, por la revista.
Otro aspecto que me satisfaría y aun satisface fue dar a conocer a no pocos de los entonces noveles poetas y narradores, algunos de los que, poco después, serían figuras de las letras cubanas, como los reconocidos narradores y amigos: Amir Valle y Sindo Pacheco. El primero cuyo cuento premiado en el «Mirta Aguirre» —según me confesara y revelara en su antiguo blog— lo salvaría de la expulsión de la Universidad santiaguera, para luego devenir el célebre autor de Jineteras (Planeta, 2006), Habana Babilonia. La cara oculta de las jineteras (Ediciones B, Zeta Bolsillo, España, 2008, por solo mencionar este exitoso libro entre otros títulos galardonados y publicados en Europa]. El otro galardonado sería Sindo Pacheco. Y Sindo Pacheco [uno de cuyos valiosos cuentos mereciera premio en el mencionado concurso «Mirta Aguirrre» y más tarde alcanzara lauros en eventos internacionales], hoy es merecedor de significativos premios internacionales.
Asimismo, en Muchacha yo publicaría textos de diversos poetas y narradores jóvenes poco conocidos o inéditos, preferiblemente de autores de provincias pues sabía el provechoso estímulo que ello significaba, como, en mi caso, antes lo recibiera de grandes voces, tales: Fina García Marruz, Rafaela Chacón Nardi, Carilda Oliver Labra, Serafina Núñez, Eliseo Diego, Félix Pita Rodríguez y Onelio Jorge Cardoso, entre otros.
Tiempo después, a instancias de los entonces colegamigos: el periodista y poeta Luis Sexto y el también periodista y narrador Pedro Juan Gutiérrrez, me trasladaría al equipo de Cultura de Bohemia, en la que desde antes colaborara con comentarios, publicados por un amigo inolvidable y ya fallecido: Juan Antonio Pola, en ese tiempo director del mencionado staff y luego, por su exitosa labor como crítico de la música de concierto, llamado a dirigir mi emisora preferida en Cuba: CMBF. Radio Musical Nacional, en la que antes yo dirigiera el noticiero cultural matutino: Ámbitos.
Mas, sería breve mi segunda y última etapa en Mujeres, como en el resto de prensa cubana, pues sería «trasladado o separado» o mejor: expulsado por mi actitud «no confiable» —término edulcorado de la voz: castigo— con la consiguiente rebaja del salario: a partir de ese momento, solo devengaría un sueldo mucho menor del máximo que hasta entonces tuviera como periodista evaluado con la máxima calificación por mi extensa e intensa praxis en la prensa cultural y especializada durante tres lustros, aparte de mis colaboraciones desde antes de mi ingreso oficial al gremio, iniciadas en Juventud Rebelde y el mensuario El Caimán Barbudo.
Hasta ese momento de expulsión, colaboraría con Revolución y Cultura, Casa [de las Américas], Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, Santiago [de la Universidad oriental] y Signos [original revista dirigida por el inolvidable poeta, narrador, dramaturgo y folcloristamigo Samuel Feijóo].
Mas, igualmente, lo haría con las especializadas en teatro: Conjunto [de Casa de las Américas] y tablas [de la Dirección de Teatro, del Ministerio de Cultura], como la única del país sobre artes plásticas: Arte Cubano [de la Dirección de Arte, del Mincult].
Por supuesto, con el antes comentado y nuevo status, se complicaba aún más nuestra ya compleja existencia; pero gracias al reclamo desde Miami de mi cuñado Osvaldo Hernández [al que conozco desde sus 17 años] y su magnífica esposa, Daisy López, algún tiempo después, podríamos dejar atrás nuestra tierra natal, tras casi una vida residiendo allí: 65 años en mi caso y 60, en el de Mayra del Carmen.
La memoria de los trabajos y los días
«[…] abandonar el país entrañaba desdeñarlo, desampararlo, condenarlo, renunciar a la patria […]».
La mirada viva, Alberto Roldán
«Los libros enseñan a vivir y a morir».
Petrarca
«Solo es nuestro lo que hemos perdido».
«[…] Tengo libros. […] son conversaciones. Por eso da tristeza que se pierdan […].
La emoción de las cosas. Ángeles Mastretta
«Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche».
«Poema de los dones», Jorge Luis Borges
«La lectura hace al hombre completo; la conversación, ágil; el escribir preciso».
Francis Bacon
No era fácil dejarlo todo atrás, porque partir no era solo abandonar nuestra hasta entonces fecunda vida cultural que nos hacía olvidar apenas por días u horas —gracias a los numerosos eventos en que participábamos— la falta de libertad, como la autocensura que padecíamos todos, si bien jamás borráramos de nuestra memoria los hesiódicos trabajos y días [des]vividos por Mayra del Carmen y por mí durante la mayor parte de nuestra vida.
Y, aunque les parezca increíble a quienes no me conocen a fondo: una de mis más sentidas pérdidas era abandonar mi enorme biblioteca que ―edificada durante décadas con la asidua adquisición, no solo en La Habana, sino en cualquiera de las provincias, ciudades y pueblos que asiduamente visitara— de novedades y antiguas ediciones en «librerías de viejo».
En consecuencia, los libros ocuparían no pocos espacios de los tres apartamentos en los también tres municipios en que residimos: primero, en el Reparto Calixto Sánchez, Boyeros; después en San Lázaro e Infanta, Centro Habana y, por fin, en Infanta y Manglar, El Cerro, en los que atesoré miles de volúmenes de diversas materias, junto a los 56 escritos y publicados por mí en Cuba, Colombia y Ecuador de poesía, ensayo y crítica literaria, entre otros, de los que apenas pude traer un solo ejemplar.
Y subrayo mi endémica pasión por la lectura y los libros, que en el exilio seguiría indemne, por lo que, a solo cuatro años de nuestro arribo a Miami, comenzaría a publicar nuevos títulos: el poemario Trazo estos signos en la arena (Col. Poesía, Ediciones Baquiana, 2015), como los de crítica y estudios de narrativa: Ejercitar el criterio (Col. Ensayo, Editorial Primigenios, Miami, 2019, reeditado en 2021) y de verso: La Poesía, esa voz que llega a nosotros (Col. Cuadernas, Ilíada Ediciones, Alemania, 2021).
Tal hábito ―transmitido a mi invariable esposa y ejemplar editora Mayra del Carmen desde los inicios de nuestro noviazgo a mediados de los ‘70s―, tras mi pertinaz e invariable insistencia desde nuestra llegada en 2011 a Miami, al fin, en 2021, la convencería y, por fin, publicaría dos de sus tres estudios/ensayos laureados en Cuba con sendos Premios Nacionales, revisados y ampliados aquí por ella para estas nuevas ediciones [que no reediciones]: Hombres necios que acusáis (Veinte años después). Estudio sobre el discurso femenino en la décima cubana) (Col. Cuadernas, Ilíada Ediciones, Alemania, 2021) y Ámbito de amar: La poética de Rafaela Chacón Nardi (Editorial Primigenios, Col. Ensayo, Miami, 2022), de los que, igualmente, traería un solo ejemplar, como asimismo solo una de las numerosas antologías prologadas, editadas y publicadas por ella con la poesía de Carilda Oliver Labra, Serafina Núñez y las nueve de Rafaela Chacón Nardi, dejando atrás libros editados por ella de otros grandes poetas y narradores cubanos y extranjeros, en sus cuarenta años de labor en el Instituto Cubano del Libro, en varias editoriales (Orbe, Arte y Literatura y Letras Cubanas).
Sí, fue lamentable abandonar los miles de libros que poseíamos en Cuba; pero, infatigable lector desde la adolescencia, apenas llegados a Miami, yo comenzaría a rastrear y adquirir ―como desde la juventud haría en la capital, donde residiera desde 1964, con 18 años― cientos de títulos de la genuina historia de Cuba, como de autores censurados, en nuestra atenazada patria, que integran la que denomino «Mi Biblioteca del Exilio», en la que compiten evocaciones y sueños, alegrías y tristezas, tal en este testimonio que, de algún modo, conforma no pocas etapas de mi vida que —por decirlo con la galardonada novela del japonés Haruki Murakami Kafka en la orilla (2002)—«se apagará algún día […] se irá borrando, inevitablemente».
Así, gracias a mi ¿vicio? de invariable husmeador/rastreador de títulos, en Miami (re)comenzaría mi afanosa búsqueda de librerías y, al poco tiempo, «descubriría» un excepcional ámbito: Ediciones Universal, redenominado por mí «Centro Cultural», por sus variadas actividades literarias (presentaciones de nuevos títulos) y teatrales.
En este hoy desaparecido espacio, cerrado en el 2013, por su creador: el indoblegable luchador anticomunista, infatigable editor y agudo promotor cultural Juan Manuel Salvat —quien contaría siempre con la colaboración de su inseparable esposa Marta— cuya extensa e intensa labor «ha sido un orgullo […] muy grande para nosotros haber ayudado a mantener la cultura cubana y latinoamericana […]».
En tal sentido, el periodista y narrador Carlos Alberto Montaner, subrayaría: «No se puede escribir la historia cultural de este medio siglo sin colocar en un lugar muy destacado a Juan Manuel Salvat y su editorial».
Allí, en ese ámbito de libros, arte y cultura que hoy evoco con nostalgia, no solo pude amistar con el admirado editor y su esposa Marta, sino también adquirir los cientos de volúmenes, con los que, tal dije atrás, conformara «Mi Biblioteca del Exilio», como asistir a las tertulias y presentaciones de títulos, con los que ―fuentes excepcionales― desde entonces me documento para escribir ensayos, artículos y crónicas de temas políticos, históricos y literarios como de poesía, narrativa y teatro.
Surgida en 1965, durante su larga existencia, la entidad publicaría más de mil títulos en español de temas políticos, sociales, biográficos, arte y literatura, como ensayos, crítica, poesía, narrativa y teatro, tales investigaciones científicas, educación, fotografía y otras, logrando conformar la mayor y mejor editorial de la Florida, hasta ubicarse entre las más conocidas en español de los Estados Unidos; y, entre las Colecciones que prefiero, figuran Cuba y sus Jueces y Félix Varela.
A fines del 2022, supe, por el Semanario Libre,que la valiosa pareja se despediría, en la edición de ese año, de la Feria Internacional del Libro, y no quise faltar al encuentro. De tal suerte, estuve un buen rato charlando con ellos y, al final, adquiriría veinte libros, entre los que mucho me satisfizo escoger, de la Colección Félix Varela, el invaluable volumen: ¡Pobre Cuba! Mis memorias, del colega de luchas de Salvat desde la juventud, Alberto Muller, cuya amena lectura no solo me gratificaría, sino además enriquecería el presente testimonio.
«[…] la cultura representa la suprema personalidad de una nación
y […] la más fuerte garantía de su persistencia y albedrío».
La crisis de la alta cultura en Cuba, Jorge Mañach
«[…] el legado de nuestra cultura dentro de la gran masa de los emigrados en Norteamérica, corre el peligro de agotarse si, como toda cultura, no recibe continuamente el aliento creador, la devoción
y el culto de sus valores».
Cuba: la nación que agoniza, Luis A. Gómez-Domínguez
«[…] en un libro de memorias nunca se dice todo. Son las argucias legítimas que tiene a su favor el autor […] Algunos secretos se sellan en el alma y el autor, por alguna razón de absoluta privacidad, prefiere no compartir, generalmente son dolores muy agudos o asuntos muy íntimos que se guardan con celo para llevarlos con uno a la tumba. Este es el sagrado tesoro de la intimidad, de la dignidad y de la libertad […].
¡Pobre Cuba! Mis memorias, Alberto Muller
Primer tiempo en Miami
Mas, no dije antes que, muchas décadas atrás: en 1957, cuando apenas yo tenía once años, viajaría con mis padres y mi hermano a esta tierra anhelada por tantos: La Ciudad del Sol ―donde residiríamos un mes con la familia de mi tío Raúl Pardo, cuya esposa, Aurora, era una de las hermanas de mi madre y, de hecho, mi tía―. Aquella estancia sería una de las más hermosas experiencias de mi adolescencia, pues descubriría la metrópoli que, para los cubanos de la Isla, ya era, es y ojalá siga siendo la «Capital de las Américas»».
Por ello, apenas llegados aquí, 54 años después de aquella primera visita: el primero de julio del 2011, disfrutaría la plena libertad prohibida en Cuba desde 1959. Por ello, quizás, en muy escasos momentos he nostalgiado mi intensa vida cultural en Cuba, pues, como dice mi colegamigo, el narrador y dramaturgo Rodolfo Pérez Valero: «Waldo, tú haces aquí lo mismo que allá: participar y divulgar la vida cultural».
Cierto, apenas llegados, gracias a la amistad con mi excondiscípulo de la Escuela Nacional de Teatro, tendríamos nuestra iniciación escénica miamense: el estreno de un monólogo de la conocida actriz cubana, residente en España: Emérita Ramírez, en la Sala del realizador Juan Roca, ubicada entonces en La Pequeña Habana.
Pero llegaría la pandemia del Covid, desatada por el [des]gobierno chino, y debimos, como todos, suspender nuestros planes, incluidas, por supuesto, las salidas nocturnas; pero hasta ese drástico momento, apenas arribamos, participaríamos en la vida cultural miamense, en especial, la teatral, la literaria y la de artes plásticas, porque en aquella Habana que fue y hoy aún más hambreada, eran entonces las únicas maneras de disfrutar, al menos en espíritu. Que son, asimismo, los sueños frustrados y desesperanzados de nuestros compatriotas que ni duermen, pues se mantienen en vigilia para partir.
De cualquier modo, amigos que me conocen desde Cuba o los nuevos de aquí, en no pocas ocasiones me sugerirían contar mi complicada vida en la Isla-Prisión, idea que rechacé, en primer lugar, por no ser yo narrador [aunque sí un lector agonista]. Por otra parte, pensé que testimoniar mi intensa y extensa existencia, acaso podría resultar una abrumadora y cansina labor, tanto para mí como (quizás) para muchos lectores.
Pero no olvido los múltiples contratiempos que marcarían mi infancia, juventud y madurez en la Cuba que dejé atrás, aunque solo en algunas ocasiones, evoque momentos de aquellas duras etapas que siempre recordaré, como que, al llegar, juré no volver a pisar mi paupérrima terra Nostrum, mientras los poscastristas continuaran destruyéndola.
Por tanto, por todo, nunca olvidé la sugerencia de esos entrañablesy, tras meditar largo tiempo, llegué a una ¿salomónica? conclusión: Sí, creo que vale la pena contar los numerosos momentos de adolescencia, juventud y madurez vinculados con las complejas situaciones que me acaecieron durante el castrismo: difíciles eventos impuestos por la ¿revolución? o, mejor, robolución, porque la ratería fue y es una de las marcas distintivas del maléfico régimen desde sus inicios en 1959. En fin, comienzo esta suerte de introducción de mi complicado testimonio con mis avatares Así, pues…
«El comunismo […] fascismo del pobre»
Guillermo Cabrera Infante
«[…] esta tragedia que ensombrece nuestras vidas hace más de seis décadas».
Breve historia personal de «Criterio Alternativo» y «Carta de los 10».
Anuario Histórico Cubanoamericano, María Elena Cruz Varela
«Simulación:
Tu nombre es comunismo.»
La mirada viva, Alberto Roldán
«Cuba, El Paraíso de los terroristas».
Perfil siquiátrico de Fidel Castro Ruz, Julio Garcerán de Val
Al fin, escapamos de la isla gulag
A veces resulta imponderable dejar de cumplir con un deber. Y en nuestro caso, Mayra del Carmen tuvo en sus manos el cuidado de su mamá, quien padecía una enfermedad mental, en tanto su único hermano, Osvaldo, en 1998 vendría al anhelado exilio con su familia. Así, veríamos partir a mi cuñado y, cinco años después, a nuestro único hijo, al que no pudimos ver durante ocho años. Y así estuvimos hasta el 2008, cuando mi suegra falleció.
Ya entonces, sin ninguna atadura que nos impidiera lograr nuestro objetivo, el primero de julio del 2011, casi en secreto ―pues solo lo sabrían muy pocos vecinos del edificio de Infanta y Manglar, El Cerro― escaparíamos de la Isla Gulag y de los avatares sufridos a diario, dejando a muy escasos amigos, como asimismo a taimados enemigos quienes, de saber que nos íbamos, habrían disfrutado viendo cómo desaparecíamos de nuestra hasta entonces intensa vida cultural a lo largo del país, pues éramos invitados a integrar jurados en eventos internacionales, nacionales y provinciales de literatura, sino además, en mi caso, de teatro, como a presentar ambos nuestros nuevos títulos en las Ferias Internacionales del Libro.
Sí, de alguna manera, nos apenaba dejar a los escasos y buenos amigos en nuestra querida tierra, ya hacía tiempo en plena destrucción por la tiranía que ni antes, ni después, ni ahora, en fin, nunca se ocuparía, ni se ocupa, ni se ocupará del paupérrimo status socioeconómico ni de la hambruna de millones de coterráneos, en la Cuba que, hasta 1959 conformara con Uruguay y Argentina, la exitosa tríada de los más adelantados países de la región; pero, como todos saben, el fatídico surgimiento del feroz castrismo, iniciaría el deterioro/exterminio de nuestra hasta entonces adelantada Patria.
Con ello, Cuba devendría ―por la ambiciosa y torpe actuación del monstruoso Fidel Castro y su secuela― otra república bananera y tercermundista, desde décadas atrás destruida por el cáncer del castrismo/comunismo que ―desde sus inicios y hasta este paupérrimo 2023― batiría el triste récord de cientos de asesinatos y fusilamientos en la Sierra Maestra, pues, apenas tomara el poder con engañifas, aumentaría a miles, sin olvidar que mantiene prisioneros a cientos de compatriotas, que no sé cómo sobreviven bajo esa terrible autocracia de oprobio y escarnio, mientras las grandes economías de los países desarrollados de Europa, como las organizaciones internacionales ONU y OEA, haciendo caso omiso de sus propósitos enunciados en su razón de ser, «buscan el bienestar de sus países miembros» y, «como el bonzo sobre su ombligo» ―tal dijera Jorge Mañach en «La crisis de la alta cultura»―: hacen caso omiso a tan lacerante situación y, en numerosos casos, apoyan al castrismo, otorgándole millones de dólares a la satrapía que, tras la muerte del tirano en 2016, es ¿conducida? por su medio hermano, Raúl, de pésima calaña igualmente, pues, tras las bambalinas de su Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte ―pentarquía de piezas escénicas publicada en 1927 por el también poeta y novelista Ramón Valle Inclán― impone sus malévolas ideas a través de las detestables imagen y voz del fantoche Miguel Díaz Canel.
«¿Qué fue lo que determinó que una población socialmente alerta […]
se hundiera en la sumisión más ciega ante un caudillo de ideas pobres, malamente definidas?».
«Tres desgracias ―entre otras muchas― deja la tiranía castrista a Cuba:
la opresión civil, el presidio político y el destierro físico».
Agustín Tamargo, 1991
En estas páginas…
…narro lo concerniente a mis distintos/distantes sucesos desde los inicios [des]vividos en mi adolescencia, como en mi lejana juventud y madurez ―¿o vejez?; ¡pero no senectud!―, las que aún distingo entre la bruma del recuerdo de mis hoy 77 años que conforman mi, repito, extensa e intensa existencia.

Así, pues, continúo mi testimonio, con el propósito de que mi dura praxis: «esta larga tarea de aprender a morir» ―por decirlo con un hermoso verso del poeta, narrador y Premio Nacional de Literatura Félix Pita Rodríguez―, sirva a los lectores cubanos de las dos orillas, como los de otros ámbitos, para enfrentar la peste/pandemia comunista que antes del 2020, creímos desaparecería; pero no fue así, porque hemos visto renacer la maldita hidra de cien cabezas: el Comunismo, ambicionando destruir Latinoamérica, como otras regiones de este mundo ancho y ajeno, parafraseando la mejor novela del narrador peruano Ciro Alegría, quien, por cierto, viviera en la Isla pocos años en los ‘50s del siglo pasado, por lo que no sufriría los embates del SUcialismo.
Entonces, con esta, llamémosla confesión ―ustedes, amigos de antes o ahora, contemporáneos o quizás presuntos lectores actuales o futuros―, conocerán, si no todo, al menos buena parte de lo que, como cientos, miles, millones de cubanos, padecí durante seis décadas y media de esta ya larga vida, trazada acaso como un barroco mapa del Laberinto borgeano, que me dicta sin remedio: «No esperes que el rigor de tu camino / que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin».
Sin duda, por haber vivido y padecido lo suficiente en mi extensa e intensa existencia, no pueden faltar en este prontuario anécdotas de los males que, como millones de compatriotas, sufrí durante mi difícil sobrevivencia, por culpa del dantesco Inferno castrista que aún mantiene apresados a millones de coterráneos en nuestra patria.
Así, en estas páginas de remembranza, incluyo gratos momentos de infancia y adolescencia, juventud y madurez, evocados en estos años de exilio, cuando, «poeta en vacaciones», aunque, dedicado desde varios años atrás, sobre todo a la crítica literaria, nunca dejo de hojear/ojear versos de poetas de cabecera, como el Premio Nacional de Literatura, Eliseo Diego, quien premiara y prologara, en el Concurso «13 de Marzo» 1976, mi cuaderno para niños Poemas y canciones. Justamente de este notable poetamigo, recuerdo uno de sus múltiples y hermosos versos, por cuanto se aviene a este testimonio que escribo «con la melancolía de quien redacta un documento».
Mas, igualmente, evoco, del narrador, poeta y Premio Nobel portugués: José Saramago ―cuyo traductor y narrador cubano Rodolfo Alpízar nos presentara, en su primera y única visita a La Habana― el siguiente verso-símil de su veedora novela Ensayo sobre la ceguera: «como quien va escribiendo un diario».
Sin duda, me resulta necesario hacer este preámbulo de mi testimonio, en el que evoco situaciones y acontecimientos de mi triste país, padecidos por muchos; pero como cada uno tiene su historia, es la mía la que aquí cuento.
Así, en estas páginas, aparecen cientos de recuerdos que no escapan de mi «mala memoria» (v.g. Heberto Padilla), pues me acompañan los infaustos, sobrevividos en mi tierra castrada por el castrismo, como los padecidos en la cultura, durante en el Primer Decenio Gris (según canonizara la terrible y conocida etapa mi amigo y profesor de Historia del Teatro Rine Leal), claro, sin olvidar los colores Azul, Rojo y Blanco que adornan nuestra bandera, como la de este gran país que nos acogiera el primero de julio del 2011.
«[…] la Antigua Perla de las Antillas, hoy destruida…».
Perfil siquiátrico de Fidel Castro Ruz, Julio Garcerán de Val
«La violencia que ha desolado a Cuba en estos […] años, no es una revolución; es una revuelta reaccionaria que ha destruido las libertades que nos legaron los fundadores de la nación, ha arruinado la economía de la Isla y ha traído la dislocación social y la miseria al pueblo de Cuba».
Cuba: la nación que agoniza. Luis A. Gómez-Domínguez
«Fidel Castro nunca ha tenido ideología. Si hubiera realizado su revolución en la época de Hitler,
se habría declarado nazista».
Carlos Márquez Sterling (escritor, periodista y político cubano)
«Nadie instaura una dictadura para salvaguardar una revolución,
sino que la revolución se hace para instaurar una dictadura».
George Orwell (escritor, periodista y crítico británico)
¿Diario de un loco?
No olvido que, desde el inicio del mayor desastre sociopolítico acaecido en la Cuba de 1959, mi generación, como otras, padeció los mil y un males surgidos, tal arte de birlibirloque, en la enferma demente mente [y valga la rima] del infausto barbudo, peor que los narrados por Lu Sin en su Diario de un loco, en fin, el caudal de mórbidas y asesinas obsesiones engendradas, durante décadas para imponerlas en su «país experimental» o «de cola de paja» (v.g. Mario Benedetti), que tal era nuestra pequeña Isla para el repugnante personaje de ópera bufa que la desdirigiera a su antojo.
Muchos años después, en Miami, gracias a la lectura de numerosos libros ―entre otros, resalto en especial: Perfil siquiátrico de Fidel Castro Ruz, del abogado y ensayista Julio Garcerán de Val, y ¡Pobre Cuba!, Mis Memorias, del abogado, periodista y narrador Alberto Muller―, yo profundizaría en la enajenada mente del «paranoico, mitómano, sicótico […], maquiavélico y pistolero», cuya «psiquis rara, delincuencial y megalómana», ya durante su conflictiva etapa de pésimo estudiante en la Universidad capitalina, «con excelentes credenciales de gánster […] y dotes indiscutibles de autócrata contemporáneo» arma al cinto, mediante, tendría «dos causas de asesinato en su prontuario», como luego, el propio líder del asalto al Cuartel Moncada, quien traicionaría/abandonaría a los hasta entonces crédulos que lo seguían ciegamente, otro de los numerosos hechos que tipifican al Cobarde y Despavorido Capitán Araña.
A tal fin, Garcerán analiza los desarrollos paranoides que se producen entre dos tipos de personalidades, donde resalta el segundo, ejemplificado a la perfección por el Esquizofrénico lamentablemente nacido en Cuba: «A) Los fanáticos luchadores, que se distinguen por el excesivo desarrollo del amor propio […] la obstinación y la terquedad […] el delirio suele ser de tipo litigante, que los lleva a promover pleitos…».
Y enumera los rasgos típicos del síndrome paranoide, corroborados en Fidel: Desconfianza, Megalomanía, Egoísmo, Poca afectividad, Antisocial, Desajuste social, Intelectualidad, Egocentrismo, Emotividad, Ingratitud, Hostilidad, Irritabilidad teatral, Posición defensiva contra el mundo, Complejo de superioridad, Inseguridad, Intimidación, Astucia, Suspicacia, Orgullo, Proyección de su conducta en otros, Racionalización, Agresividad, Causticidad, Mitomanía, Falsedad de juicio, Discrepancia, Inhumanidad, Narcisismo, Simulación y Jactancia.
Con tal cuadro clínico, corroboramos la torcida personalidad del demente que, apenas arribara al poder, iniciaría la indetenible destrucción de nuestro país, al imponer sus locas ideas y, aun inconforme, exportar el socialismo a países latinoamericanos, europeos y africanos, provocando el desastre, la pobreza y la muerte en esos pueblos, tal hacía en nuestra paupérrima Isla experimental con su desquiciamiento: laboratorio de ensayos donde el maligno Merlín urdía sus enajenadas maquinaciones hitlerianas.
En consecuencia, con cada nueva locura ―concebida por su «espíritu grandilocuente», imitado al calco de su admirado Hitler―, el déspota dimensionaba su particular universo tropical que, secundado por otro asesino, el parigual matón argentino, intentara extender a otros países latinoamericanos, como Bolivia… ¿acaso llevado por un «delirio trágico de ópera wagneriana», copiado del nazismo…? Mas, no creo del todo que le arrobara tal predilección de tan alto nivel musical, pues su ínfima cultura y su odio/desprecio por artistas y escritores, le impedirían acceder a tal manifestación que, en cambio, sí era gustada por su admirado asesino Hitler ―del que fuera ávido lector de su Biblia: Mein Kampf (Mi lucha)― quien cautivara al asesino de Birán, desde los días de ¿prisión fecunda… u hotelera casi cinco estrellas?, disfrutada en Isla de Pinos: el Presidio Modelo, tras el asalto al Cuartel Moncada, en el que ni siquiera participara, pues traicionaría a sus fieles seguidores, huyendo de la riesgosa acción, como el cobarde que siempre fue, sin por ello, dejar de imponer su estilo «autoritario y egocéntrico».
Incluso, ya en 1958, el traidor «comenzaba a negociar con los soviéticos la ayuda militar y económica que necesitaba para desviar el proceso cubano hacia las tensiones y los desencuentros de la Guerra Fría. Ingratitudes de la historia y del propio Fidel Castro», como bien denuncia Alberto Muller, en sus Memorias.
No gratuitamente, en su ensayo «De Marx a Fidel Castro» ―incluido en su socorrido volumen Cuba: la nación que agoniza―, subraya y pregunta Luis A. Gómez-Domínguez:
El fracaso del marxismo y su propensión a la tiranía eran bien conocidos en Cuba cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959. ¿Cómo logró imponerse? ¿Qué ventajas políticas y sociales podía ofrecer al pueblo de Cuba este aventurero cuando emprendió el camino del comunismo a sabiendas de que nuestro pueblo lo repudiaba? ¿Ha sido un innovador dentro de la concepción marxista del poder revolucionario?
Y responde:
Para engañar al pueblo de Cuba, Fidel Castro empleó, al triunfar la revolución ―muy burguesa en su origen y alimentada por los ricos―, las tácticas recomendadas por Mao-Tse-Tung, denunciadas por Eudocio Rabines, en El camino de Yenán: buscó la colaboración de los líderes democráticos y contemporizó con ellos hasta donde pudo, en tanto llegaba a un acuerdo con los rusos. Logrado este, cambió la apostura y el gesto martiano que dramatizaba hábilmente desde el asalto al Cuartel Moncada. Y como Carlos Rafael Rodríguez se dejaba la barba a lo Lenin, él decidió subirle la parada al otro simulador y caracterizar a Marx con el gesto y la barba imponente, tumultuosa y arremolinada.
Por fin, precisa en su excelente análisis:
Pero para ser un verdadero émulo de Marx, debió convertirse en el teórico tercermundista del «socialismo científico» y hacer su propia revolución agraria: multiplicar los conejos, las vacas, los cerdos, los «guanajos», y poblar la isla de cafetos y cañaverales. Ha logrado el milagro de acabar con todo, «con la quinta y con los mangos», según el decir cubano. A cambio de crear su propio imperialismo militar y político para intervenir en el Tercer Mundo […] Su mejor recompensa ha sido el odio implacable de los cubanos de la isla y del exilio. […].
Asimismo, en la primera sección: «Fidel Castro se alinea con la URSS» del sexto capítulo: «El estalinismo en Cuba», de sus valiosas Memorias Pobre Cuba, el anticomunista y anticastrista Alberto Muller ofrece un testimonio de primera mano que, por su completez, bien vale la pena reproducir el siguiente fragmento. Recluso durante quince años en las crueles ergástulas castristas, (sobre)viviría aquellos duros tiempos iniciales del (des)gobierno de Castro, de quien evoca que
desde los primeros días […] se preocupó en ir poniendo en posiciones de mando a miembros del Partido Socialista Popular […], a pesar de que esta agrupación marxista […] había hecho alianza política con Fulgencio Batista en 1940, y se había negado a sumarse al proceso revolucionario que se desarrolló en Cuba desde 1952 hasta mediados de 1958 y se negó a apoyar la huelga revolucionaria del mes de abril de 1958. Adicionalmente, el PSP fue un crítico sistemático del ataque […] al Cuartel Moncada en 1954 […]. Comenzaba para lo que […] analistas ya auguraban era el cronograma de compromisos secretos de Fidel Castro con la inteligencia de los soviets. […] ya a mediados de 1959, Fidel Castro discutía con los dirigentes de la Unión Soviética la […] visita a Cuba de Anastas Mikoyan […] que había ordenado a los tanques rusos aplastar el levantamiento libertario del pueblo húngaro en 1956.
Todo en Cuba tomaba visos de totalitarismo estalinista […] Desaparecieron con […] rapidez del ámbito social y económico los colegios y negocios privados. El Estado intervino todas las concesiones a empresas extranjeras […] Se expulsó de Cuba a los sacerdotes extranjeros y a los nacionales que el régimen […] consideraba desafectos o peligrosos […] Las grandes empresas agrícolas privadas, como la azucarera, la arrocera, la cafetalera y la ganadera fueron confiscadas y estatizadas.
[…] Cuba se convirtió aceleradamente en un estado policial al mejor estilo estalinista, a pesar de que Fidel Castro se llenaba la boca para decir, una y otra vez, que «la Revolución no era comunista», hasta que, en la coyuntura de la invasión de Playa Girón y Playa Larga, desveló el carácter socialista-marxista de la Revolución cubana.
[…] Jugó hábilmente a buscar un liderazgo en el Tercer Mundo, tanto entre los Países no Alineados, como entre los […] de la órbita soviética.
Sin lugar a dudas lo logró, mientras implantaba en la isla un régimen de represión extrema y de estatización plena. La Cuba comunista (o castrista) queda definida desde entonces, como un país comunista, sostenido por la represión política y orientado hacia la estatización forzada e improductiva de todos los recursos […] del país.
Fue un proceso […] rápido de mucha decepción para todos, pues a a la vez que el régimen castrista pudo consolidar su poder, comenzó en toda Cuba la represión política agresiva, los paredones de fusilamientos, el presidio político y la tortura como método por excelencia del terror castrista.
Sobre otro rasgo del autosuficiente dictador, creo, asimismo, válido recordar un libro de Carlos Franqui, quien fuera cercano colaborador del tirano en la Sierra Maestra: el documentado testimonio personal, humano y político:Retrato de familia con Fidel (Editorial Seix Barral, S. A. 1981), sobre el que publiqué, tiempo atrás, en Ego de Kaska, mi crónica: «¿Era culto Fidel Castro?».
Este invaluable Retrato, sería calificado, por su veracidad, como el testimonio más impresionante, polémico y valeroso que sobre el tirano, se haya escrito, no solo por alguien que la vivió por dentro, sino que estuvo en los núcleos del poder, por lo que poseía información de primera mano sobre los atrabiliarios momentos padecidos por los cubanos, a causa de las inesperadas reacciones del infiel Fidel.
Sin duda, en muchas de las quinientas cincuenta páginas, escritas con pasión y honestidad, Franqui ―como tantos crédulos creyentes de los cantos de sirena del traidor― evidencia su frustración al ver que el ideal de su juventud había fracasado con el «fidelismo», por lo que pronto atisbara el engaño del «líder», quien durante décadas ocultara al pueblo y a sus compañeros de lucha, sus canallescos propósitos: imponer el socialismo en Cuba, donde hasta 1959 ―como expresé anteriormente― por su estatus económico, social y cultural, sobresalía junto a Uruguay y Argentina, integrando la tríada de países latinoamericanos más adelantados en estos y otros rubros.
Del apasionante volumen, incluyo un fragmento donde Franqui denuncia algunos rasgos del Fouché tropical y sus supuestos afanes «culturales» que corroboran el desvelamiento y la fractura de un mito aún mantenido por la falsaria prensa de la Isla.
He aquí, pues, el fragmento «Zoo o Picasso», del capítulo «Viaje a los Estados Unidos» (pp. 57-58), tomado del mencionado Retrato…, donde, al revelar la genuina incultura del sátrapa, subraya Franqui:
Quise llevarle al Museo de Arte Contemporáneo. Visitar el Guernica, la Jungla, el cuadro del cubano [Wifredo] Lam, allí en permanencia frente a Les demoiselles d’Avignon, de Picasso. Iniciar así el movimiento cultural, la búsqueda de cuadros. El apoyo de Picasso. Nada. Fidel me respondió:
―Tú y tu pintura. Queriéndome alfabetizar. No voy y no voy. Y no valieron las tentaciones de publicidad que la visita implicaría. Un jefe de Gobierno visitando Guernica. Segura entrada a Europa. ―Me voy al Zoológico. Me meto, si es necesario, en la jaula de los leones ―riéndose―. Los Picasso no muerden, Fidel ―contesté, riéndome también. Nada. Ni en Nueva York, ni en Washington. Quise llevarlo al Metropolitan. Si no los modernos, al menos los clásicos. Nada. No tuve su apoyo para llevar a Cuba la famosa Colección Cintas, el millonario y embajador cubano, muerto en Estados Unidos. Una extraordinaria colección de obras de arte. Nada de nada. Fidel prefería leones, caballos, toros y texanos. Irse a Texas y Canadá…
Asimismo, evoco otra demencial actitud del sátrapa: de acuerdo con su costumbre impuesta desde los inicios de su dictadura: nombrar cada año con una consigna según las metas perseguidas, 1969 sería nombrado el «Año del Esfuerzo Decisivo» […] que debía lograr el pueblo cubano para alcanzar los resultados en la zafra azucarera de los 10 millones».
Ni por un segundo pensó en el enorme sacrificio que tan loca idea impondría/causaría a la ya paupérrima economía que, desde el inicio de su férrea dictadura, él destruiría, en tanto implicaba infinitos gastos a su país, al que consideraba su particular finca. Y tras el fracaso de su estúpida idea, llegaría 1970, al que aún no conforme, denominaría «‟Año de los 10 Millones”», en referencia a la cantidad de toneladas de azúcar que se proponía alcanzar el país en esa zafra [y] aunque el reto no se cumplió, aquella contienda azucarera pasó a la historia como una de las más productivas del país en todos los tiempos. La hazaña se recuerda todavía».

A propósito, recuerdo que en las dos revistas en que laboré: Bohemia y Mujeres, no pocos «inteligentes» colegas elogiaban, en coro, el «lúcido» pensamiento del dictador, quien, según afirmaban tales ¿tontos útiles? o mejor imbéciles, no necesitaba descansar ni menos dormir, ya que, al despertar de su «sueño de la [sin]razón» —jamás goyesco— confesaba su hiperbólica idea surgida de su «genial cerebro», transmitida desde el Más Allá por el Espíritu Diabólico, pues era el Demonio quien le susurraba al oído la «iluminación» —jamás rimbaudiana— que descendía de su Hades particular…
Y es que sabíamos todos que «El Comandante» no aceptaba ni una sola sugerencia de su vasto equipo asesor, conformado por «los más destacados especialistas del país», quienes ni osaban sugerir/proponer nada, pues temían el pésimo carácter y la aún peor violencia del Tirano quien, si era molestado durante sus brillantes ensoñaciones de Plagiario Mayor, enviaba al pobre amanuense que osaba interrumpir su descanso al retiro o… al cementerio.
He aquí un tácito ejemplo: Recuerdo cuando en 1993, durante la reunión televisada desde el Palacio de Convenciones, el hoy fallecido doctor Héctor Terry ―entonces viceministro de Salud y encargado de Higiene y Epidemiología―, ante el temido Tirano, en el amplio salón del Palacio de Convenciones, lleno de médicos, se atrevió a informar la existencia en Cuba de la epidemia de neuropatía, que afectaba al sistema nervioso, en especial el nervio óptico y los periféricos, enfermedad que, asociada a la falta de vitaminas, no solo provocara la incidencia visual ―según constaté con un vecino, que debió jubilarse por su casi completa ceguera― sino como decisiva causa: la hambruna que causara el fallecimiento de cientos de cubanos desde finales de 1992, y cuya primera víctima política sería el ya mencionado especialista, destituido por Castro, oculta verdad que me revelara sotto voce el propio doctor Terry, a quien conocí, en 1993, al pocos tiempo de su destitución, cuando ambos hacíamos fisioterapia en el Hospital Cardiovascular de El Vedado, donde el respetado médico atendía su maltrecha salud por el duro castigo impuesto por el tirano: «ser trasladado» del Ministerio de Salud Pública al policlínico a solo dos cuadras de Bohemia, donde un día, lo encontré, cuando ambos llegábamos a nuestros respectivos centros laborales.
Los siguientes datos de su vida corroboran el rechazo y el odio de Castro a quienes, aunque fueran sus colaboradores, jamás les perdonaría las «traiciones» de los «canallas» que podían morir por negarse a seguir sus lineamientos:
El mejor ejemplo es, sin duda, el propio doctor Héctor Terry, quien, previo a la robolución militara en el Directorio 13 de Marzo y el Movimiento 26 de Julio, y, al triunfo del castrismo, fuera secretario de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) en Rancho Boyeros, tal asimismo durante siete años consecutivos, delegado al III Congreso del Partido y Vanguardia Nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Salud, hasta graduarse de doctor en Medicina en noviembre de 1965.
Asimismo, Miembro de Honor de las Sociedades Científicas de Higiene y Epidemiología e Higiene de los Alimentos, recibió reconocimientos nacionales e internacionales. Desarrolló diferentes funciones en el Sistema Nacional de Salud: subdirector de Higiene y Epidemiología en Manzanillo, director provincial en Oriente Sur durante ocho años, director de Higiene y Epidemiología en el Ministerio de Salud Pública, director del Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología y, entre 1980 y 1993, se desempeñó como viceministro de Salud Pública, tarea a la que aportó sus conocimientos en función de la integración de la Higiene y Epidemiología para enfrentar los problemas de salud que afectaban al país, como Síndrome de Distensión Abdominal, Dengue, Meningitis Meningocócica, Conjuntivitis Hemorrágica, SIDA y Neuropatía Epidémica. Su sagacidad, su capacidad científica y su forma integral de atender situaciones complejas propiciaron un control en Cuba de las mismas. En el ámbito nacional e internacional, constan en su currículo decenas de cursos de postgrado, participación y presentación de trabajos en eventos científicos y diversas publicaciones. Recibió numerosas distinciones científico-técnicas, como Miembro de Honor de la Sociedad Científica Cubana de Salud Pública; Premio Anual de la Academia de Ciencias de Cuba; Doctor Honoris Causa del Instituto de Higiene y Epidemiología de Alemania; reconocimientos de la Asociación Americana de Salud Pública y de la Asociación Cubana de Ingeniería Sanitaria, Huésped Ilustre de la Ciudad de Sucre y el otorgamiento de la medalla Carlos J. Finlay por el Consejo de Estado de la República de Cuba. No obstante, a pesar de tan importante «hoja de ruta», el tirano nunca le perdonaría su confesión de las verdaderas causas de la tristemente recordada epidemia de neuropatía.
De las «brillantes» ideas del Diabolo
Entre otras «brillantes» ideas del diabólico tirano ―transmitidas desde su fabuloso Hades― estaría el definir cada año de su amada robolución con un nombre impuesto por él. Así, todos sufriríamos las absurdas nominaciones que se le ocurrían al despertar de sus arcádicos sueños: otro «mérito» de los tantos que endilgaban al dictador, padecidos por mí en las redacciones de Bohemia y Mujeres al escucharlos en boca de mis «queridos» colegas, cuyos arrobadores gestos los ridiculizaban más todavía.
De ahí que decidiera diversos nombres, como entre otros, recuerdo uno en especial: «1969. Año del Esfuerzo Decisivo», cuando impondría al país diez millones de toneladas de azúcar, con el magno esfuerzo que suponía las inacabables jornadas de inútil trabajo…, que al final jamás se lograrían, para descrédito del tirano quien, aunque sufría sus indetenibles fracasos, a pesar de todo, continuaría con sus torpes y tozudas ideas de enfermo psiquiátrico.
Otro aspecto destacado, aunque los medios de prensa extranjeros aún aparentan ignorar y ocultar, él y el «médico» argentino ―quien nunca se graduaría, tal demostrara el prestigioso historiador Enrique Ros en el capítulo «Bolivia: ¿Recibió Ernesto Guevara el título de médico?», de su invaluable Castro y las guerrillas en Latinoamérica, Ediciones Universal, Colección Cuba y sus Jueces, Miami, 2001― fusilaron a cientos de cubanos apenas fueron conducidos como prisioneros a La Cabaña. Bien lo dice Carlos Alberto Montaner en el «Prólogo para un epílogo» de sus memorias: Sin ir más lejos, donde afirma que el canalla «autocondicionó la vida de millones de personas con sus incesantes caprichos, arbitrariedades y su patológica necesidad de imponer su voluntad a los cubanos a sangre y fuego».
¿Vana ilusión…?
«La dictadura es una forma de los celos»
Curzio Malaparte
Un acontecimiento me ilusionaría en el segundo decenio de los ‘70s, cuando ―en enero de 1976― merecí el Premio «La Edad de Oro» por mi cuaderno para niños Poemas y canciones y, sobre todo, pude disfrutar una estancia de tres semanas en Polonia, donde me estimularían las revueltas que constaté en dos míticas ciudades: la inolvidable y levantisca Varsovia y la hermosa Cracovia, en las que soñé para Cuba los cambios que ya preveían los heroicos polacos anticomunistas guiados por Lech Walesa y apoyado por el notable director de cine y teatro Andrzej Wajda, sin duda, el más relevante del entonces «Bloque de los países socialistas», galardonado con Oscar Honorífico en la ceremonia del 2000, como uno de los integrantes de mi Pentarquía de Realizadores Preferidos.
Tales intrépidas acciones prologarían, en la segunda mitad de los ‘80s, los sucesos acontecidos en la antigua URSS, impulsados por los cambios auspiciados por Mijaíl Gorbachov, cuyos inicios igualmente constataría en 1986, durante mi estancia de quince días en Moscú, por un viaje de intercambio cultural entre las Uniones de Escritores y Artistas de ambos países.
Sí, en ambos momentos soñé, como tantos cubanos de las dos orillas, que todo cambiaría…; mas, fue apenas un fugaz sueño calderoniano, pues la breve alegría cesó al corroborar la triste verdad: con el sátrapa Fidel no habría cambios, pues bajo su feroz tiranía, Cuba no saldría de su férrea dictadura, esperado suceso que, aun en este 2023, no ha acontecido.
«Revolución socialista: conga de promesas con ritos fúnebres».
«El socialismo ―ese purgatorio en vida».
Alberto Roldán«…la situación de Cuba puede muy pronto ser la […] de América Latina, que los destinos del mundo están en juego y que, por tanto, todos debemos iniciar el más grande movimiento de volver sobre nuestras posiciones, […] revisarlas todas y […] rectificarlas si es necesario antes de que sea demasiado tarde».
Carta de A. Muller a John F. Kennedy (desde la clandestinidad).
La Habana, 24 de enero de 1961, en su biografía Mis Memorias
Cuaderno de un [imposible] retorno al país natal
Parafraseo el título del recordado poemario del gran poeta martiniqueño Aimé Césaire, Cuaderno de un retorno al país natal, solo en estas páginas, por supuesto, porque nunca regresaré ni de visita a la Isla Cárcel, como le juré a Mayra del Carmen al pisar la losa del Aeropuerto de Miami, el primero de julio del 2011.
Nacido en el Central Chaparra, provincia de Las Tunas ―que fuera propiedad del luego presidente constitucional Armando Menocal y más tarde adquiriera la Compañía The Cuban American Sugar Mills―, el 10 de enero de 1946, no sería sin embargo inscrito por mi padre ese día, sino —tal era costumbre común esa época— casi un mes después: el 6 de febrero en el Registro Civil de la «cabecera del municipio»: la entonces fermosa Puerto Padre, «La Villa de los Molinos», pues estas armazones (canonizadas por Cervantes en su clásica novela) son símbolos de mi querida ciudad, donde, como en el pueblo del Central, disfrutaría recordables momentos con varios queridos amigos de la adolescencia, dos de los cuales residen en este país: Rey Rodil, en la Florida, y, Magda Mejides, en Illinois, como el lamentablemente fallecido Frank Lázaro, a causa de pandémico covid chino, cuya desaparición física mucho lamenté, y le dediqué un poema post mortem que emocionó a su esposa de toda la vida y viuda Zaida, como a algunos amigos.
Más tarde, con la robolución, aquella poderosa fábrica de azúcar sería rebautizada con el nombre del líder comunista obrero Jesús Menéndez, ultimado por un policía de Fulgencio Batista quien, a pesar de ser tildado de asesino por el mayor asesino Castro, no era tan malo como El Hitler de Birán, quien lo superara en maldad, como lo comprobarán quienes lean la biografía escrita y publicada por uno de sus vástagos, Roberto: Hijo de Batista (Editorial Verbum, España, 2021).
Entre las buenas remembranzas de entonces, evoco los años iniciáticos en Puerto Padre, la hermosa ciudad marina, de la que aún conservo recordables jornadas dominicales, como buenos momentos pasados con mis abuelos andaluces en su amplia casa (obsequiada por mis padres), tales otros con mis tíos (hermanos de mi madre) y primos (Nivia García, José y Eduardo Massó, como el hace años fallecido Adonis López, con quien, por nuestro parecido, nos confundiera en una ocasión la hermosa locutora de la emisora local y por un tiempo mi novia, cuyo nombre he olvidado, pero no su erótica figura de exultante criolla),
Tiempo después, tras estudiar entre 1962 y 1964 en el Preuniversitario de la ciudad de Holguín (donde tendría un valioso amigo: Israel Delgado, residente en La Florida), me trasladaría a la capital, donde estudiaría, becado, en la Escuela de Idiomas «Máximo Gorki» y, mucho después, en 1977, me casaría con Mayra del Carmen… Pero esa parte, que creo de mayor interés, la narro después.
En fin, anualmente regresaría a la hermosa Puerto Padre, a la que, tal dije atrás, visitara de pequeño los domingos con mis padres, como en la adolescencia y, sobre todo, en la juventud y primera madurez, cuando ya en La Habana y casado con Mayra del Carmen, disfrutara con los nuevos colegamigos poetas de «La Villa de los Molinos»: María Liliana Celorrio, Gilberto (Tico) Domínguez Serrano, Ernesto Carralero y el fallecido Renael González, como la residente en Miami, Nuvia Estévez. Asimismo, poco después Mayra del Carmen y yo, asistiríamos anualmente a Las Tunas, donde integráramos el equipo asesor de las Jornadas Nacionales de la Décima.
Dos hechos que recuerdo:
La entrada de los «rebeldes» al pueblo
y los envidiosos atacan a los «bitongos»
«El fanatismo puede ser […] definido como la furia de los hombres que no tienen opiniones».
G. K. Chesterton.
Dos acontecimientos que desde la infancia conservo en la memoria: los disparos de los «rebeldes», cuando una noche atacaron el pueblo, y mis padres y yo, debimos ocultarnos bajo su amplia cama de las balas que entraban a través de las paredes de nuestra casa. Fue la primera ocasión en mi existencia que experimenté miedo, pues temí, sobre todo, por la vida de mis padres.
La segunda fue cuando supimos, poco después, por una llamada de mi hermano Raúl —entonces estudiante de la Havana Military Academy, fundada por Raúl Chibás, militar y hermano del líder auténtico, Eddy, quien fuera además profesor de la institución, como Félix Rodríguez y Manuel Artime, quienes apoyaran a Castro hasta que constataron su sesgo comunista, por lo que se rebelarían—, que, la víspera había participado en un disturbio con sus condiscípulos: la quema de literas en apoyo de la entonces esperanzadora Revolución, tras la que les dije a mis padres que yo preferiría morir antes que mi único y querido hermano, tal me confesara mi madre después.
Tampoco olvido las persecuciones a que fui sometido entonces por mi condición de «bitongo», voz utilizada por el innombrable tirano, pero asumida con orgullo por mí y mis inseparables amigos (Rey, Carlos, Tony…), quienes éramos perseguidos entonces por primeras «tropas» de vándalos de la recién creada, por el Partido Comunista: Asociación de Jóvenes Rebeldes, cuyos miembros nos trataban de atemorizar, sobre todo a Rey y a mí durante los primeros años de la robolución, por el ¿pecado? de ser hijos de los «burgueses»: Rey Rodil, de la doctora en Farmacia y dueña de la mejor «botica» de nuestro pueblo: Fedora; y yo, de Raúl González Pérez, agente de la firma General Electric en varias poblaciones de Las Tunas.
Imagine el lector: vivir en un pequeño pueblo de provincias, ser hijos de personas que, con esfuerzo, habían logrado cierto nivel económico y el respeto de los habitantes…; pero desde enero de 1959, todo cambiaría, pues tras la fuga de Batista, y ya impuesto el castrismo, todos seríamos hijos de los «burgueses» que las hordas apadrinadas por el neofascista de Birán, debían reprimir, según los úkases (voz tomada del idioma ruso ukaz, por quien ya mostrara su predilección el tirano barbudo, recién entronizado en el poder, al que llegara con sus continuos engaños, tras jurar en entrevistas realizadas en Cuba y los Estados Unidos: «Yo no soy comunista».
Luego, entre 1962 y 1964, serían mis estudios en el preuniversitario de Holguín, donde solo estaría dos cursos, pues el Ministerio de Educación instauró por única vez el estudio de mi amado idioma francés, que aprendí a querer por la música que escuchaba en nuestro hogar-agencia de la General Electric, Co., donde vendíamos ―yo apoyaba a mi madre en el «despacho» en la tienda, o a la salida de la escuela, en el cobro a los clientes a sus casas― discos de Larga Duración, con los que descubrí, antes que mis nuevos condiscípulos de lenguas, la hermosa música de Michel Legrand y demás célebres cantantes europeos y americanos. Sin duda, la beca me parecía un sueño feliz…; pero, como todo lo bueno, dura poco, a pesar… o a causa de tener las mejores notas en la asignatura preferida por mí, pero temida por la mayoría de mis condiscípulos: Fonétique, solo pude estudiar dos cursos de mi amada lengua. El por qué ya lo cuento, y lo amplio:
Sí, la suerte me sonreiría durante el segundo curso del Pre, cuando llegaran becas para estudiar francés en la capital y, sin pensarlo dos veces, me apunté para becarme en el Instituto de Idiomas «Máximo Gorki»: tal era mi atracción por la lengua y la poesía de Jacques Prévert ―cuya gran obra luego años después conocería mejor gracias al poeta, narrador y Premio Nacional de Literatura Félix Pita Rodríguez, quien me obsequiara el célebre volumen Paroles (Palabras). Gracias al valioso regalo del poetamigo, mucho después, a pesar del supercrítico período de los ‘70s, publicaría en 1973 varios de los hermosos poemas de Paroles en una plaquette, con el beneplácito de no pocos poetas jóvenes del país, quienes así descubrirían al gran poeta y autor de la hermosa letra de la chanson mundialmente conocida Les feuilles mortes (Las hojas muertas) con letra suya y música de Joseph Kosma, cuando algunos de aquellos textos los publicara en la sección «Poesía» de Bohemia, que poco después yo tendría a mi cargo, cuando laborara en el equipo de Cultura de dicha publicación. Pero esa historia la narro después.
Mi primera expulsión o «traslado»
«La dictadura es la forma más completa de la envidia en todos sus aspectos: político, moral, intelectual…».
Curzio Malaparte«El tiempo y la verdad son más poderosos que el hombre y la mentira».
Cuba: La nación…, Luis A. Valdés-Domínguez
Claro que me sentía muy feliz por estudiar francés… cuando me aconteció la primera de las varias expulsiones que sufrí en la Cuba castrista, primero como estudiante y luego como periodista, hechos que narro a continuación:
Justamente la palabra que utilizaron fue «trasladado» (con comillas), pues la profesora de Historia, encargada de expulsarme (sin comillas), se nombraba Haydée (no recuerdo su apellido). Ni ella ni yo imaginábamos entonces, que años después, su esposo y yo seríamos colegas: el narrador y editor Imeldo Álvarez, ya fallecido.
A propósito, he aquí una breve anécdota: invitados Imeldo y yo como jurados del concurso literario «Néstor Ulloa» de Matanzas, fuimos con nuestras esposas y nos alojaron en un hotel de Varadero, y a la mañana siguiente, mientras nos dábamos un baño en la entonces famosa playa, le dije: «Haydée, yo te conozco hace años, ¿tú no me recuerdas?». Me respondió algo dubitativa ¿o temerosa?: «No, imagínate, yo he laborado en varios centros educacionales y he sido maestra de tantos alumnos…». Y le dije: «Parece que no me recuerdas: ¿No te dice nada mi nombre: Waldo González López, aquel becado de Francés, que tú expulsaste de ‟Máximo Gorki”, a pesar o porque era el mejor expediente de Fonética, donde obtenía las mejores notas…? ¿No me recuerdas ahora?».
Su rostro cambió de color no precisamente por el sol de Varadero, y tartamudeó, pero la atajé: «Nada, el tiempo pasó y mira cómo la vida da vueltas. Entonces, sin querer, me hiciste un favor, pues pude estudiar en la Escuela Nacional de Teatro y, aparte de poesía y crítica literaria, publico crítica teatral. ¿Todavía no me recuerdas, Haydée?».
En fin, a pesar de la expulsión, me permitieron Haydee y los directivos del Instituto, ¿cambiar o trasladarme? a otra beca, tras seleccionar la más próxima a mis intereses culturales: la Escuela Nacional de Teatro, en la que escogí una de las especialidades o carreras técnicas que me interesaban y que vi como asidero ante la difícil situación que debí afrontar, sin familia y con veinte años en La Habana.
La «especialidad» escogida por mí sería Musicalización y Sonido. En ello influyó y decidió mi predilección por la buena música que, tal escribí antes, a diario escuchaba durante mi infancia y adolescencia en nuestra casa-agencia General Electric, en la que vendíamos discos de música de concierto o popular de Francia, los Estados Unidos y cubana, de los que yo me quedaba con no pocos discos de Larga Duración. De tal suerte, mientras los escuchábamos los posibles compradores y yo, quizás tuve las primeras «clases» de Francés e Inglés, pues mucho me servirían tales audiciones para adquirir nociones de estos idiomas que más amo, tras el Español.
Allí, además, aprendí a escuchar mis compositores de música de concierto preferidos: Barroco (Bach, Albinoni y Vivaldi…); Clasicismo (Mozart, Haydn, Beethoven…) y Romanticismo (Chaikovski, Chopin, Rajmáninov, Schubert, Lizst), sino también a mi predilecta Orquesta de Ray Coniff quien, con su coro y valiosos arreglos de Jazz, popularizara quizás por primera vez, algunas piezas de esa gran música: barroca, clásica y romántica. Asimismo, pude familiarizarme con los célebres crooners: Nat King Cole, Johnny Mathis, Frank Sinatra, Doris Day, Frankie Lane, la francesa Edith Piaf, como Elvis Presley y Paul Anka, sin olvidar, al genial compositor, pianista y chansonnier Michel Legrand, entre otros que conformarían mi temprano y amplio gusto estético por «el arte de bien combinar los sonidos».
Tal afición, décadas después, la transmitiría a mi hijo Darío Damián, al que, desde que estaba en el vientre de Mayra del Carmen, yo le permitía audicionar música barroca, mediante una grabadora junto a la cuna, sin yo prever entonces que tal procedimiento luego sería empleado por la Psicología. Más tarde, guiado por mí y su madre, lo induciríamos a estudiar dos instrumentos clásicos en Cuba: el tres y la guitarra, en los que descollara, tocando en varios grupos, aunque actualmente no se dedique a la música, pues la vida en Miami no es compatible con tal afición, aunque se posea talento y praxis.
Mas, regreso atrás: En 1966, cuando apenas llevaba dos cursos en «Máximo Gorki», el centro sería «visitado» por el entonces ministro de Educación y luego suicida Belarmino Castilla (a quien mi admirado amigo, el notable artista plástico Servando Cabrera Moreno con su fina ironía y agudo humor, renombrara: «Belarmán Cható», tal pronunciaba en el mejor francés). Entonces, durante una «reunión de limpieza» ―increíble pero cierto hecho ya común en la primera década de los ‘60s, copiado como otras «disposiciones» draconianas y fascistas de la entonces URSS―, realizada en el salón central del Instituto, y ante la presencia del dirigente, fui denunciado por la que se decía «mi mejor amiga», de quien solo recuerdo su nombre: Leonor, pero no su apellido; pero sí sé que estaba o estuvo casada con un ex realizador cinematográfico cubano y aquí ex director del cine-teatro Tower, de la calle 8, como tantos que, sin disparar un chícharo, apenas llegados a Miami, son enseguida apoyados por otros arribistas de acá.
Mi maligna condiscípula me denunció como «persona no confiable»: sentada junto a mí, no tuvo reparos en erguirse, y decir con orgullo ante el plenario, señalándome: «Pido la palabra, compañero ministro: aquí, sentado junto a mí, está el becado Waldo González López, quien días atrás, en un receso, me dijo que Vietnam lo tiene hastiado, pues es el único tema de la prensa de este país… Compañero ministro, por ello, me parece que esta es una persona no confiable, por lo que no merece ser un becado de la Revolución. Pienso como el resto de mis condiscípulos, que no debe estar en esta escuela ni en ningún otro centro docente pagado por la Revolución, pues no lo merece».
Tras esta inesperada denuncia pública, apenas se sentó, enseguida se puso de pie otro «fidelísimo militante» de la Asociación de Jóvenes Rebeldes (cuyo nombre he olvidado) y confirmó la actitud fouchesca de mi ¿mejor amiga?
Como «otra vuelta de tuerca» (v.g. Henry James), se repetiría el suceso que antes narré por el pecado de ser «bitongo», con los «buenos chicos» de la Asociación de Jóvenes Rebeldes en mi pueblo: ahora, el castigo sería por yo tener las mejores notas en la asignatura temida como la más difícil por mis condiscípulos: Fonétique française, pero que tanto me gustaba y resultaba fácil, con la consiguiente envidia de la clase. Por otro lado, mis méritos los haría públicos el excelente profesor de la materia: Noël (a quien, en joda y a hurtadillas, yo llamaba: «Navidad», según la traducción francesa de su nombre), quien me ponía de ejemplo por mi buena pronunciación y al que más de una vez le dije sotto voce: «Profe, por favor, no me diga esto en público, que me va a traer problemas con mis «compañeros».
En la ENA
En la Escuela Nacional de Arte (la ENA) ―como siempre la llamábamos y aún lo hacemos quienes allí estudiamos― descubrí un mundo nuevo, por varias razones: en primer lugar, me atraía el ambiente cultural, tan distinto y distante al de «Máximo Gorki».
Allí, me iniciaría como ¿jurado literario?, cuando conocí los pininos «poéticos» de algunos de mis condiscípulos para que leyera y «puliera» sus poemas, como entre otros, Rodolfo Pérez Valero, quien entonces ni soñaba con ser el narrador que sería después, pero escribía poesía. Mas, atendiendo su interés por la narrativa le sugerí decisivas lecturas de necesarios escritores del Boom, que yo conocía por asiduo a las mejores bibliotecas capitalinas, en este caso: la Nacional «José Martí» y la «José Antonio Echeverría», de Casa de las Américas, de las que yo era, además, socio.
Otro condiscípulo que especialmente recuerdo es el fraterno Bruno de la Portilla, con quien iba a ver los ensayos de las bellas chicas de las Escuelas de Ballet ―con una de las cuales, ya graduado, se casaría― y de Danza. Asimismo, no pocas veces, por mi interés por la pintura y el dibujo, visitaba la Escuela de Artes Plásticas para disfrutar las clases, y entre sus alumnos hice también no pocos amigos. Entre ellos, sobre todo, estaban Flora Fong, Ernesto García Peña, luego relevantes artistas, como el tempranamente fallecido Enrique Pérez Triana.
Otro aspecto me ganó en la ENA: la disciplina en «Máximo Gorki» era no solo fuerte, sino militar, y yo era uno de los «regados», pues hacía caso omiso a las tontas exigencias militares, sobre todo, la que más detestaba: dejar bien estiradas las sábanas de las casi pétreas literas antes de ir a clases y «salir de pase» los fines de semana. ¿Resultado? Cuando pasaban «revisión» los viernes, no pocas veces perdía el pase de fin de semana, porque además en las noches, oculto en mi litera, escuchaba las entonces prohibidas canciones de The Beatles.
Sobre las prohibiciones en la música, impuestas por el dictador, en sus valiosas memorias: La mirada viva (Colección Cuba y sus Jueces, Ediciones. Universal, Miami, 2002), el ya fallecido cineasta Alberto Roldán precisaría que
[…] no se trataba de tendencias sexuales ni políticas, o corrupción de alguna índole; en este caso, habría sido simplemente un gusto por la música moderna, y […] eso se tenía como un rasgo afín con el mundo norteamericano, es decir, con el imperialismo. Se utilizaba la preferencia de corrientes musicales populares para señalar a una persona, humillarla, arrastrarla, y lanzarla al estercolero; se marcaba a un joven por haber mostrado inclinaciones hacia un género musical de moda.
Por otra parte, en la ENA disfrutábamos insólitos matutinos, en los que varios condiscípulos de distintas escuelas, caracterizados con vestuario y maquillaje, reproducían escenas de filmes de aventuras, como Fantomas, ¿antecedentes de los entonces raros performances, que luego disfrutaría en la importante Compañía escénica Teatro Estudio, donde laboraría más tarde? Pero esto corresponde a otro capítulo.
Además, allí aprendí a amar el teatro, pues me «colaba» en algunas clases de actuación, aplicando el axioma horaciano: «carpe diem, tempus fugit» («vive el momento, que el tiempo huye»), canónico postulado que, unido a otro en dos verbos: «aprender y disfrutar», desde entonces han sido las guías que aún en mis 77, conducen mi cotidiano afán de aprender y aprehender, disfrutar el conocimiento y la cultura, pues nunca me gustó perder tiempo, que, insaciable, nunca se detiene y, como un río fluyente, nos arrastra hacia el fondo de la indetenible cascada: la vida.
Por ello, desde la adolescencia hasta en plena madurez, leo para saber más y más…, tal ha sido y es aún mi guía vital. En tal sentido, recuerdo un axioma de una pensadora, escritora y periodista francesa, cuyo nombre he olvidado: «La vida está llena de cosas urgentes… pueden esperar».
Luego, tal premisa me serviría de mucho en mi labor como jurado en eventos literarios en Cuba, pues, tal dije antes, desde mi época de becado, la aplicaría con quienes me mostraban sus poemas, pidiéndome la opinión, y siempre les decía y digo: «Leer, leer y leer. Primero leer y después escribir. Tras revisar una y otra vez, hasta el cansancio, entonces publicar, porque esa es labor de rigor, pues si te apuras y publicas un libro fallido, quienes lo adquieran, se decepcionarán, no creerán en lo que escribes y nunca más leerán tus próximos libros… si te atreves a publicar otro».
Encuentro y desencuentro con Ernesto Cardenal
Creo que fue en la década del 70’s cuando el colegamigo Ernesto Cantelli ―con quien compartía poetas foráneos no publicados en la ya cerrada Cuba de la época― me invitó a un encuentro con el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, en su primer viaje a Cuba. Yo había leído su mejor volumen con sus valiosos Epigramas (escritos entre 1950 y 1957, antes de ingresar en el monasterio trapense de Getsemaní y publicados por la Universidad de Costa Rica en 1961). En este libro que aun prefiero del fallecido poeta izquierdista, a partir de los grandes epigramáticos latinos: Marcial, Claudio y otros, él elaboraría los suyos, tal hacían estos vates, imitando a los de Grecia.
Entusiasmado, acudí a la atractiva cita con los dos Ernestos: Cardenal y Cantelli y, en un viejo pero cuidado auto americano del Instituto de Amistad con los Pueblos (ICAP), fuimos a la Escuela Nacional de Arte, de la que yo era recién graduado. Allí el poeta se fascinaría con las hermosas edificaciones de los laureados arquitectos: Ricardo Porro, Roberto Gottardi y Vittorio Garatti.
El segundo encuentro o ¿desencuentro? ocurriría años después y sería muy distinto, pues se realizó en el salón de reuniones de Casa de las Américas, durante una reunión presidida por la entonces presidenta de Casa de las Américas, y luego suicida Haydée Santamaría, y el director de la revista homónima Roberto Fernández Retamar, secundados por reconocidos y admirados poetas, ante la presencia de numerosos escritores de varias generaciones que atestábamos el salón.
El hecho aconteció así: Cardenal en ese tiempo, ministro de Cultura de su país, combatía en su patria, la tierra del gran poeta (sonetista y decimista) Rubén Darío, una batalla irracional contra la poesía que denominaba con torpe ironía «rimada»: justamente la décima y el soneto estrofas admiradas por el propio Rubén e impulsadas en los talleres literarios de su país, cuya ejecución había sido tomada/copiada de los realizados en Cuba desde tiempo atrás. Tal actitud, asimismo, era común entre no pocos ¿poetas cultos? cubanos, quienes, por no poder escribirlas, odiaban ambas estrofas, ignorando que sus mayores y mejores cultores ser los grandes del Siglo (y medio) de Oro, como Quevedo, Góngora, Lope de Vega, et al.
En lo personal, además, las furibundas palabras del cura poeta, yo las sentía hirientes, pues atacaban con odio irracional tres estrofas: la décima, el romance y el soneto que, desde muy joven, yo amaba, escribía y prefería, por estudiaras y luego publicarlas en no pocos libros.
Con aire despectivo el sacerdote poeta ―que apoyaba la Teología de la Liberación, creada por el cura comunista y guerrillero colombiano Camilo Torres, pionero de tal corriente ¿cristiana? y latinoamericana―, denominaba con descortesía esta poesía, que, con la pasión que lo caracterizaba, confesó odiar, pues «no tenía sentido, porque no decía nada de interés, y yo la tengo prohibida en mi país» y otras barbaridades absurdas, sin límites.
Ante tal andanada de tonterías y estupideces, yo ―que entonces mucho más que ahora, no solía pensar dos veces una respuesta cuando escuchaba cretinadas de tal jaez―, al ver que nadie detenía su atrabiliario discurso, sin pensarlo dos veces, levanté la mano y pedí la palabra. Entonces, más o menos, le dije:
Poeta, ante todo lo saludo. Bueno, usted seguramente no me recuerda, como creo que tampoco a mi amigo Ernesto Cantelli, quien estuvo o está preso, no sé bien. Ambos lo admirábamos mucho y apenas él supo que había llegado a Cuba, invitado por una institución estatal, dio con usted y fuimos a conocerlo al Hotel Nacional, donde se alojaba. Mas, Cardenal, eso no importa, lo que sí me preocupa y asombra es escuchar sus criterios sobre «esa poesía» que, según usted, no tiene sentido porque no dice nada de interés. Me inquieta que usted, hijo de la patria del gran Rubén, exprese tales criterios, no solo porque el escribió ambas estrofas, sino porque usted está sentado entre figuras de la poesía y la cultura cubanas que, por no tener sus prejuicios, han escrito y publicado esa «poesía rimada» que usted detesta: sonetos, décimas y romances, entre otras estrofas clásicas amadas por los mejores poetas de la lengua, como Quevedo, Góngora y muchos otros. Como le decía, veo sentados junto a usted [y los menciono con un neologismo que suelo emplear cuando se fusionan ambas cualidades, tal acontece en este caso] a sus colegamigos, Eliseo Diego, Fina García-Marruz y Cintio Vitier, quienes nunca han tenido aprensión en escribir y publicar estas estrofas, ni otras gustadas por los más grandes poetas de nuestra lengua, sin dejar atrás a Francia e Italia, donde naciera en el siglo xiii el soneto con los poetas del dolce stil nuevo, precursores del Renacimiento, si bien sería en el siglo xiv amado por Petrarca, por cuya influencia pasaría al resto de las culturas europeas. […]
En fin, cuando concluí mi «diatriba contra un cura sentado» —parafraseando la única pieza escénica de García Márquez—, me senté y el indignado Cardenal, más rojo que de costumbre, recogió e introdujo sus papeles en su maletín y dijo con rabia: «Ya acabé, me voy». Creí necesario saludar al poeta, por lo que acerqué a la mesa intentándolo… pero, volteando su rostro, echó a andar…
Cuando abandonaba el Salón, siento que me tocan al hombro y alguien me dice sotto voce, no sé si en broma o en serio: «Estás preso y no lo sabes. ¿Sabes con quién te has metido? Con el ministro de Cultura de Nicaragua». Yo lo sabía. Pero quien me hablaba, yo lo había bautizado, para regocijo de no pocos de mis colegamigos: «El Arquitecto de la Poesía», pues graduado de tal carrera de ciencias, se dedicaba a edificar no malos, sino pésimos ARQUITEXTOS, o mejor: PEOMAS, tal definía la mala, pésima PEOSÍA el poeta Roque Dalton.
Tras esta advertencia de no precisamente un colega ni mucho menos amigo, salí del salón de la institución, y, tras advertir que —como tras cada presentación en la Casa de una figura de las letras… ¿o la política?— afuera acechaban varias patrullas de la Policía, eché a andar, mirando de reojo [preocupación mediante], por lo susurrado por el PEOTA y tras caminar hasta la calle Línea de El Vedado, abordar el ómnibus que me llevaría a mi domicilio y, por fin, contarle lo sucedido a Mayra del Carmen, quien, indignada, me criticó: «Tú no las piensas… ¿Sabes que puedes buscarte y buscarnos un problema grave? Recuerda los líos en que se metió mi papá, que estuvo preso nueve años. Bueno, esperemos no pase nada». Y al parecer, nada sucedería, al menos en ese momento, porque después sí tendría problemas de verdad, como ya podrán leer.
Otras voces, otros ámbitos
Ahora me valgo del título de mi novela preferida de Truman Capote, para nombrar este capítulo, donde abordaré otros momentos y circunstancias que debí enfrentar en el castrismo.
Recuerdo que, tras graduarme en la ENA, me ubicaron en un puesto al que renuncié apenas me lo comunicaron, pues fue una engañifa del que creí hasta ese momento amigo, cuyo nombre no digo, porque al margen de que nadie lo conoce, la bebida frustró su posible futuro como actor y, en consecuencia, falleció.
Mi primer trabajo llegaría en 1971 y, aunque solo durara hasta 1973, fue una hermosa etapa junto a la actriz y directora escénica cubana María Elena Espinosa (Malena), desde décadas atrás residente en España. Malena y yo fundamos la Cátedra de Teatro para Niños y Jóvenes de la Escuela Nacional de Teatro, donde laboramos con las actrices Elvira Cervera ―con quien establecí una especial relación de honda amistad, al punto que la llamaba «Mi otra mamá», afecto que yo compartiría con Mayra del Carmen; más adelante, adjunto un fragmento de una crónica publicada por mí sobre la gran actriz en la web Ego de Kaska― y Silvia de la Rosa, como la artista plástica uruguaya Susana Turianski y el constructor de títeres Rubén Uría.
Malena sería la directora, profesora de actuación y realizadora de montajes con los alumnos, y yo, el subdirector y profesor de una materia entonces nueva en la Isla: Historia de la Literatura para Niños y Jóvenes, lo que mucho me satisfaría, pues si bien ya escribía poemas para los pequeños, debí prepararme para mi nueva y gustada labor.
A tal fin, me di a otra grata tarea: investigar esa literatura en nuestro país, de la que muy poco se había escrito en Cuba, a pesar de que existirían autores que, en la segunda mitad del siglo xix y en la primera del xx, se esforzarían en aportar a los chicos poemas y cuentos a ellos dedicados. Y otro regalo que me dio la vida entonces, fue que, imbuido por este último y asimismo grato esfuerzo, me di a la tarea de conocer destacados escritores que, a inicios de la revolución ¿o involución?, convocados por las instancias culturales de entonces, escribirían libros para tal estadio, y lo harían, muy bien: Dora Alonso, Renée Méndez Capote, Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez, con los que casi enseguida iniciaría lazos de amistad.
Asimismo, me honraría recibiéndome en su apartamento del vedadense Edificio Naroca, el pedagogo y narrador Herminio Almendros (1898–1974), del grupo de intelectuales hispanos que, tras la caída de la República, se exiliaron en Latinoamérica: México, Argentina y Cuba. A este prestigioso intelectual, le dedicaría mi primer poemario para los chicos: Poemas y canciones (Premio 13 de Marzo, 1976; Editorial Gente Nueva, 1977). Herminio era el padre del célebre director de fotografía, operador de cámara y crítico de cine Néstor Almendros, quien expulsado del ICAIC por la mente gris de la cultura de la robolución: Alfredo Guevara, por fin partiría a Europa, donde recomenzaría su triunfal carrera en la pantalla grande, hasta merecer en 1979 el codiciado Premio Oscar por Mejor Fotografía en el filme Days of Heaven, como tres nominaciones en 1980, 1981 y 1983 Kramer contra Kramer, The Blue Lagoon y La Decisión de Sophie, respectivamente.
A propósito de la mencionada Cátedra, Almendros sería el primero de los creadores a los que yo recurriera para asesorarme en mi nuevo trabajo. Y sería, asimismo, el primero de los autores hispanos que conocí, pues solo años más tarde amistaría con otro valioso intelectual hispano: el narrador gallego José Neira Vilas, quien, en el Instituto de Literatura y Lingüística, dirigía la Sección de Literatura de Galicia, adonde fui a verlo y se asombró de que yo había leído a varios de los grandes escritores de su patria chica: los poetas Rosalía de Castro y Celso Emilio Ferreiro, tal el clásico narrador Álvaro Cunqueiro, entre otros.
Sí, fue una suerte que mi primer y auténtico trabajo lo realicé con Malena, aquella encantadora muchacha, con quien coincidía en el amor por la poesía, la novela, el cine y el teatro, «afinidades electivas» que —Goethe mediante— aparte de consolidar nuestra entrañable amistad, el estar unidos a diario nos llevaría, tal acontece en los filmes de amor, al noviazgo.
A ello coadyuvaría que Malena sería designada para tal tarea por Gerardo Fernández, actor escénico, entonces director de la Escuela Nacional de Artes Dramáticas y vecino de Malena, quien me implicaría en el hermoso proyecto. La flamante «Cátedra» yo redominara de esta suerte: «Un hermoso sueño hecho realidad, en el que ninguno es catedrático, pero todos somos felices», definición que tanto gustara a Elvira y Susana.
Y en verdad, durante el breve tiempo que duró, fuimos dichosos. Claro, no era para menos, pues el equipo de profesores creado por Malena y por mí, era incambiable, pues, aparte de que la mayoría nos iniciáramos como profesores, salvo la gran actriz y pedagoga Elvira Cervera, el resto no lo era.
Nuestro hermoso sueño de la flamante Cátedra, concluiría apenas dos años más tarde, con la llegada de los profesores rusos y sus nuevos planes de estudios, que no tenían en cuenta la enseñanza del teatro destinado a la infancia, a pesar del prestigio mundial alcanzado por el notable realizador Serguéi Obraztsov, quien, por cierto, fuera maestro del destacado titiritero cubano Pedro Valdés Piña, quien sobrevive en la fantasmagórica Isla.
De aquel período, guardo otro grato recuerdo: el segundo trabajo que tuve en la ENA me lo ofrecería el ya fallecido y querido amigo Raúl Eguren, destacado intérprete de teatro y televisión, como el mejor profesor de una necesaria asignatura en la carrera de Actuación: Voz y Dicción.
Ya conocía la alta calidad del Raúl hombre y amigo, pero la del Eguren profesor lo supe por sus estudiantes, que asimismo serían míos en otra asignatura impartida por mí luego en la ENA: Historia del Teatro Universal y Cubano, donde tendría como alumnos a los que serían poco después destacados actores de cine, teatro y televisión, entre ellos, los desde años atrás residentes en Miami: Beatriz Valdés, Lily y Mauricio Rentería, Alberto Pujols, Gilberto Reyes, Flora Pérez, Lilliam Dujarric y otros.
Si bien nunca me impartiría clases de esta materia ―pues, aunque amo la actuación, nunca se me ocurrió ser intérprete; aunque en una ocasión, debí hacer un extra en una obra clásica del teatro griego, y aquí, en Miami, fui extra en tres telenovelas y uno, con Mayra del Carmen, en el primer capítulo de la excelente serie Plantados de mi colegamigo Lilo Vilaplana.
Ahora añado lo antes prometido sobre Elvira Cervera:
La vida para mí fue un reto
Tal fue el título de su excelente testimonio autobiográfico que, censurado durante años, por fin sería publicado en el 2007, en una breve tirada, por la editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), tras largos esfuerzos de Elvira. Sobre este decisivo volumen, ahora revelo un suceso, hasta ahora inédito, sobre la censura que sufrí —«gracias» al Departamento Ideológico del Comité Central del Partido— por mi artículo sobre la sincera y hermosa autobiografía de Elvira, que yo entregué a la revista Bohemia, cuyo equipo de Cultura yo integraba.
El hecho aconteció cuando, en un año que no recuerdo, yo viajaba como siempre durante la última semana de junio a Las Tunas, con el fin de participar en la internacional Jornada Cucalambeana de la Décima, de la que éramos, Mayra del Carmen y yo asesores. Durante mi ausencia, el artículo de marras no solo fue mutilado —primero en el citado Departamento Ideológico, tal ocurría y ocurre con la mayor parte de los trabajos entregados a las redacciones de los organos de prensa por los periodistas de entonces y ahora— sino también ¿arreglado? con “cambios” realizados sin consultar conmigo, pues como dije antes, estaba en el evento tunero. La respuesta la tendría a mi regreso, pero no quise denunciar a la dirección el hecho, pues me lo notificaría sotto voce el jefe de la Sección de Cultura, y probado amigo, el crítico de arte y periodista cultural Juan Sánchez, ya fallecido, quien me pidió que no «elevara» esto a la dirección de Bohemia, entonces a cargo del ya mencionado oportunista y mediocre José A. Fernández: «Por favor, hermano, no te quejes en la Dirección de Bohemia, sobre el penoso hecho, ya que podría afectarme, por ser jefe del Equipo y militante del Partido». He aquí la causa por la que nunca antes confesé esta censura.
Mas, el trasfondo de la reprobación del libro de Elvira era aún más grave, y pude conocerlo: desde antes de 1959 era muy reconocida actriz, primero radial y televisual, como luego en el cine; pero, como ya dije antes, le molestaba que siempre a los intérpretes negros, desde el teatro bufo, a fines del siglo XIX, solo les dieran papeles de esclavos, sirvientes y cocheros, tal bien los pintara el artista plástico español Landaluce. Sin embargo, estallaría en el ICR, donde su actitud rebelde chocara con la mediocridad racista del ex comandante de la Sierra Jorge Serguera, tal escribí arriba. Y Elvira, siempre rebelde, en represalia del susodicho presidente, sería «trasladada» (¿o, mejor, expulsada?) a una de las editoriales del Instituto del Libro).
Quienes la conocimos desde décadas atrás, nos convenció su valiosa y honesta narración, pues nos emocionó la valentía y el arrojo de su confesional volumen, desaparecido en muy poco tiempo de las escasas librerías en que se puso a la venta. De lo experimentado durante la lectura del libro, le confesé mi anterior opinión a la querida amiga, quien me contó cuánto trabajo le costó sacarlo a la luz, pero que por fin había logrado el objetivo central de la última década de su fértil existencia. Bien sabía yo cuánto empeño había puesto en tan importante libro, en cuya escritura laboró intensamente, con el entusiasmo y el rigor puestos en todo cuanto creó y entregó a tantos la inolvidable estrella negra de Cuba, la que más alto vuelo alcanzó en el mundo de la interpretación radial, televisual y cinematográfica en la racista ¿revolución cubana y… martiana?
La noticia de su muerte a los 90 años, el 28 de marzo de 2013, en una fecha que resultaría el último homenaje: Día Internacional del Teatro, me hizo rememorar su nacimiento —en Sagua la Grande, antigua provincia de Las Villas— en el lejano 4 de enero de 1923 («nacida el mismo mes que tu hijo, Darío Damián», según me confesara en algún momento) a pesar de su longeva vida, nos impactó a Mayra del Carmen y a mí. En diversos instantes de nuestras incontables charlas, con orgullo, me habló de sus humildes padres (albañil y ama de casa, «extremadamente pobres»); no obstante, la sensible adolescente y joven Elvira, tozuda y obstinada como pocas, los convencería de su pasión por el arte, un reto para la joven negra de entonces, por lo que llegaría a la radio con la ayuda de otro inolvidable: Barbarito Diez.
La escuela de letras, la universidad
No menos gratos recuerdos conservo de mis estudios en la Escuela de Letras de la Universidad capitalina, donde Mayra del Carmen y yo cursáramos la carrera de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, con los amigos de entonces y desde años atrás residentes en este gran país: Manuel Gayol, Wilfredo Ramos, Irma Pujol, Mercedes Eleine González y otros que habían sido mis condiscípulos en la Escuela Nacional de Teatro de la ENA: la actriz Luisa Pérez Nieto, los actores Carlos Cruz, Pablo Aguabella y Orestes Concepción, el narrador Rodolfo Pérez Valero, el músico Rafael Almazán, los diseñadores teatrales Guillermo Mediavilla y Carlos Arditti, entre otros que escapan del recuerdo.
Las UMAP
«El individuo se convierte en culpable, no porque lo sea, sino por la ansiedad que siente al ser considerado así».
Søren Kierkegaard«El valor del individuo dentro de la ecuación social es tanto cero como infinito».
Arthur Koestler, El cero y el infinito
Recuerdo la definición del cineasta y escritor Alberto Roldán, quien en su magnífico volumen y denuncia La mirada viva, subrayara que
el vocablo homosexual se empleaba en la Cuba socialista no como sustantivo, sino como adjetivo repudiable. La sociedad nueva no los toleraría, y el sistema renegaba de esos hijos descarriados a los que no reconocía, no figuraban como parte de su nómina oficial, sino como abortos de la naturaleza.
Aunque no conocí directamente las tristemente recordadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), en este recuento de algunas de las crueles etapas a las que el castrismo sometiera a nuestra oprimida patria (en algunas de las que, de algún modo, me involucrara, tal aconteciera con amigos intelectuales y artistas que sufrieron este ominoso capítulo de oprobio y escarnio), no podían faltar las UMAP.
Creadas por Fidel y su medio hermano y asimismo asesino Raúl ―renombrado por los cubanos: «La China», dada su afamada doble vida homosexual―, las UMAP constituían el grupo de campos de concentración en el que miles de víctimas de los opresores Castro, serían encarcelados por el «pecado» de ser considerados «escoria»: católicos, Testigos de Jehová, heterosexuales licenciosos, homosexuales, imitadores de los hippies y otros degradados por la involución. Entre muchos otros ejemplos, vale la pena recordar que el brazo represor alcanzaría a jóvenes figuras culturales, como el ya entonces prestigioso cantautor Pablo Milanés.
Con tan criminal medida, el régimen
buscaba erradicar a toda esa larga cadena de elementos conflictivos agrupados en la categoría de antisociales o indeseables, y para lograrlo los separaba del resto de la ciudadanía como medida punitiva a la par que profiláctica; el proceso seguía una orientación parecida […] ―salvando, como es natural, las distancias entre una pequeña autocracia tropical, torpe y burda, de lo que había sido el totalitarismo barbárico instituido por Hitler―, a la del nazismo al crear su primer campo de concentración, a fines de 1933, en Dachau, lugar siniestro donde se internaba a ese mismo tipo de gente que a los nazis resultaba conflictiva, comunistas incluidos, señalados también como antisociales.
Porque
en la UMAP (sic) se intentaba reeducar políticamente ―en otras palabras, enderezar― a los desviados que no practicaban el orden político y moral, así como el comportamiento social preconizado por el régimen, de acuerdo con los cánones del sistema socialista; y el gobierno convertiría en uno de sus objetivos primarios la persecución implacable de tendencias sexuales no ortodoxas, vistas como anormales: el proceso desataba su conocida homofobia en forma rabiosa y brutal.
Por fin, solo pocas páginas más adelante, precisaría Roldán: «Posteriormente, ante el escándalo internacional provocado por la existencia de semejante institución en un país que alardeaba de justicia social, la UMAP habría de transformarse en el Ejército Juvenil del Trabajo que, sin fusiles u otras armas, pretendería disimular su carácter represivo».
Ora represión
Otro tipo de represión sería la ejercida por el entonces ministro de Cultura, excretor y taimado oportunista Abel Prieto, quien, siguiendo las pautas de su admirado Comandante, sancionara gravemente a un gran músico: el mejor cantautor de la trova de siempre, sin aditamentos: Mike Porcel, del que, a continuación, narro aspectos ―tomados de mi artículo, publicado el 6 de abril de 2020 en la web Palabra Abierta, a cargo del narrador y poeta Manuel Gayol y reproducido en mi libro de crítica La Poesía, esa voz que llega a nosotros, publicado por Amir Valle en la Colección Cuadernas, de su Ilíada Ediciones, en Alemania― como tópicos de su compleja vida a que fuera sometido por la tiranía y secundado por no pocos de sus ¿fraternos? colegas del hoy exangüe Movimiento de la Nueva Trova:
Mike Porcel: sus genuinas tonadas y versos
«Me niego a ser rebaño porque el andar en fila y esperar de rodillas me hace daño».
Mike Porcel
Con el título de arriba, publiqué ―sobre el excelente cantautor Mike Porcel, quien durante años padeciera las vejaciones del castrismo en la Isla Cárcel― una extensa/intensa crónica, de la que ahora apenas incluyo un fragmento.
En el 2014, a solo tres años de nuestro arribo al exilio, tuvimos uno de los más gratos momentos hasta entonces: en el primer Festival Vista de Literatura y Arte del Exilio, creado por el periodista Armando Añnel, adquirí el volumen Tonadas y versos, del relevante trovador, poeta y autor de no pocas de las mejores canciones trovadorescas de Cuba, tal es la poiesis o creación según los griegos, y, por ello, prefiero denominar Poesía en mayúscula la de Mike, que tal es la suya, pues reúne genuinos versos en su poemario y sus canciones. Durante mucho tiempo en la Isla solo oía hablar de él a hurtadillas, pues el oprobioso régimen le prohibiría presentarse en conciertos. Así, lapidarían su música y a él mismo; estaría invisibilizado durante casi una década, con el pretexto, según se comentaba sotto voce, que su esposa laboraba en el ya desaparecido (por fin ya hace mucho) bluff del CAME, y, por ello, el desgobierno le impedía salir del país.
Mas, esa noche tuvimos aun otra alegría: pude adquirir su mencionado poemario-cancionero y recibir de sus manos el mejor regalo: el CD Intactus, joya de la discografía de la música cubana de las dos orillas por su alta calidad, ambas valiosas adquisiciones dedicadas por Mike.
Y es que, además, Mike estaría vinculado con la recordada profesora de guitarra y composición Leopoldina Núñez, figura esencial en su vida, como en la de varios trovadores de distintas generaciones. Por ello, en prueba de su agradecimiento y en nombre de todos sus condiscípulos por su fecunda labor pedagógica, Mike le dedicaría dos magníficas piezas a la desaparecida Maestra.
Por ello, al recordar las tardes de aprendizaje junto a la paradigmática Leopoldina y sus queridos condiscípulos, unidos sin envidia por su ejemplar actitud, les dice: «Mis tiernos amigos, no habrá despedidas / porque entre barreras no crece la vida. / Siempre habrá un instante, un sitio y un verso / donde reiniciar esa canción sin tiempo. // Tal vez nuestros rumbos se han diseminado / ¿de qué sirve un rumbo si niega la mano? / Acaso la vida, de paso implacable / entre tantas flores se olvidó esperarme. / Pero si me muevo, os movéis conmigo. / Todo se renueva, nada se ha perdido».
El otro texto, «Pequeño homenaje a una maestra», dedicado «A Leopoldina Núñez» ―nuestra recordada amiga y profesora de guitarra durante varios años de nuestro entonces pequeño hijo Darío Damián―, resulta un nítido retrato de aquella distinguida y talentosa dama, no reconocida como debía por el oficialista y mediocre ministro de Cultura. Esto lo sabemos muy bien Mike, Mayra del Carmen y yo, sin olvidar a nuestro siempre recordado amigo ya fallecido: el trovador Ángel Díaz, quien cada noche en El Pico Blanco, recordaba a Mike, diciendo, en su personal estilo, una de sus clásicas canciones: «Esa mujer». Por ello, atesoramos y nunca olvidamos la amistad de «Leo», tal la llamábamos, con cariño, todos: sus alumnos mayores y menores y los padres de algunos de estos.
Leámoslo: «Siempre encontré en su rostro una sonrisa / para calmar mi adolescente pena. / Y mientras la canción que allí nacía / contrapunteaba al sol y a las estrellas / su cándida mirada fue el consejo / que usted arrancó al amor para mi huella. // ¡Oh maestra/ cuánto pasado va cayendo de mis cuerdas! / ¡Cuántos recuerdos se hacen flor para que vuelva / mientras el tiempo deshilacha la belleza! // ¡Oh maestra / hoy que mi vuelo es a la altura de los pechos / veo mejor todo lo hermoso que es su trecho / cuando se cumple un año más de esa manera. // ¡Qué suerte tuve que también fui de su playa / la gaviota feliz desde la arena!».
Tengo un credo para resistir la nostalgia y el tiempo.
(«Diario»)
Como se advierte, la bonhomía de Mike es infranqueable: no guarda rencores, según confesara en varias entrevistas, como la que le realizara en su programa El Espejo, Juan Manuel Cao, a propósito de la prohibición, en La Habana, del documental sobre su vida y obra: Sueños al pairo, filmado en la Isla por dos jóvenes talentos: José Luis Aparicio y Fernando Fraguela, quienes lo presentarían en la Muestra Joven ICAIC, pero sería vetado por el oficialista ICAIC. Debo subrayar que este valioso filme sería costeado por el actor y escritor amigo Daniel García, desde décadas atrás residente en la Florida.
Más cantantes y compositores anticastristas
En su magnífico volumen Cuba, Patria y Música (publicado en el 2021 por Unos y Otros Ediciones), el narrador y poeta William Navarrete nos entrega una breve y excelente historia de la manifestación que mejor nos identifica en las dos orillas. En consecuencia, su valioso título reúne numerosos creadores que en el exilio nunca olvidan su irredenta condición de cubanos y, como cantantes o compositores, expresan su rechazo al castrismo que tanto afectara sus vidas y obras, aportando, al paso, no poco a nuestra rica cancionística.
Son, entre muchos otros, los casos de Celia Cruz («Por si acaso no regreso»), La Lupe («El emigrante» y «Me siento guajira»), Gloria Estefan (con su antológico Premio Grammy de 1993 «Mi tierra», Marisela Verena («Nosotros los cubanos»), Willy Chirino («Soy», «La esquina habanera» y, sobre todo, «Ya viene llegando», suerte de himno cantado no siempre sotto voce en la Isla y con pleno goce coral en Miami), como asimismo, Yolanda del Castillo («Gracias, Miami») y el conocido bolerista Orlando Contreras («Vuelvo a la lucha»), de cuyo texto transcribo el siguiente fragmento:«Yo tengo que redimir / la patria de mis hermanos, / derrocar a ese tirano / que se cree superhombre, / que con su traición sin nombre, / oprime al pueblo Cubano. / [Nunca se me olvidará / la traición que ha cometido, […] / que a Cuba ha convertido / en cuna de infelicidad. [Viniste a traer dolor, / cuando en Cuba no existía] […] / con tu falsa valentía / has maltratado, traidor, / has destrozado el sabor a flor / de la juventud sincera, / has manchado la bandera / roja, blanca y azul prusia / para entregársela a Rusia / con tus manos traicioneras. […]».
Mis incursiones en la radio y la TV
La primera sería muy breve, pues apenas duraría lo que el entusiasmo de dos entonces inéditos poetas y futuros periodistas, que convocados a escribir un programa radial, me descubriría el posterior acercamiento a la radio. Y narro la anécdota: Era 1970, y era el inicio de un nuevo programa de poesía y música en la muy escuchada emisora nacional Radio Enciclopedia. Los invitados: el poeta y fallecido periodista Bernardo Marqués y yo, habíamos sido invitados por mi amigo Modesto Acea —que yo conocería en la Compañía Teatro Estudio, residente desde tiempo atrás en Madrid—, entonces laboraba en dicha emisora. Modesto nos pidió que escribiéramos el guion de esa primera salida al aire de aquel espacio en el que tanto empeño pusimos ambos; pero el entonces director de Radio Enciclopedia lo censuraría porque, tal nos dijo Modesto, algunos poetas escogidos por nosotros «tenían problemas políticos». Y el oportunista censor, un sujeto denominado Humberto González, sería el mismo que, mucho después, se prestaría para calumniar en la TV Cubana, a la valiente líder de las Damas de Blanco, Martha Beatriz Roque.
Mas, con Bernardo luego laboraría en el equipo cultural de Bohemia y, mucho después, tras su fallecimiento, en Miami, fui invitado por el poetamigo, narrador y periodista, miembro del heroico grupo de los 75: Manuel Vázquez Portal, a integrar con otros escritores y actores, una mesa en homenaje de Bernardo, organizada por el Pen Club de Miami, del que yo era entonces miembro.
Luego llegarían más invitaciones para colaborar en otras emisoras nacionales, como la que más yo escuchaba por su íntegra programación dedicada a la cultura y la música de concierto: CMBF. Radio Musical Nacional, etapa sobre la tengo una curiosa anécdota: Yo trabajaba, como dije antes, en el equipo cultural de Bohemia, donde propuse publicar un reportaje con la entonces directora de CMBF, quien, al expresarle mi preferencia y constatar con asombro que yo conocía toda la programación, me propuso realizar el noticiero matutino, el primero de los tres de la emisora. La causa de la propuesta de la directora la sabría mucho después: su realizador, narrador y periodista cultural Luis Agüero, había renunciado y necesitaban otro director- escritor. Estuve de acuerdo con la directora de CMBF y comencé solo dos días después; pero como no me gustaba el nombre del espacio, poco tiempo después lo renombré con uno más sugerente: Ámbitos.
Aunque nunca había laborado en la radio, por mi invariable condición de periodista cultural, comencé a escribir, dirigir y, en ocasiones, “locucionar” el espacio, pues el habitual locutor casi siempre llegaba tarde; pero, como no quise dañarlo, preferí asumir, callado, su labor que, por cierto, no me disgustaba, pues varios colegas escritores lo escuchaban y preferían que yo hiciera la locución, pues me decían que les gustaba el espacio porque les traía noticias de eventos culturales internacionales, no divulgados por la censura habitual de la prensa nacional y, solo en ocasiones, incluía algunos realizados en Cuba, ya que yo no quise reproducir las informaciones “gastadas” en todos los medios. De tal suerte, renové, no solo con el distinto nombre: «Ámbitos», sino asimismo asumí otros aspectos, como la brevedad, que muy tempranamente me revelara la maestra de las letras: la poesía, de la que siempre he preferido la más sucinta, pues en pocos versos y palabras debe decir más que con muchas.
En tal sentido, recuerdo la clásica frase popularizada por el jesuita y escritor barroco Baltasar Gracián, autor del importante libro, su obra maestra y una de las cumbres del Siglo de Oro: El Criticón (1651, 1653 y 1657), como asimismo del Oráculo manual y arte de prudencia (1647), donde escribiera la celebre frase: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno».
Por cierto, Luis Agüero y yo solo nos conoceríamos en Miami, a propósito de una de las Tertulias de Luis de la Paz, si bien yo sabía de su valiosa narrativa, censurada a causa de haber colaborado con el gran narrador y periodista Guillermo Cabrera Infante en su recordado suplemento cultural Lunes de Revolución. Aquí, en Miami, a partir del mencionado momento, continuamos la amistad, como con su esposa, la actriz Marcia Arencibia-Henderson, que integra el valioso grupo escénico Teatro de fin del mundo, dirigido por el dramaturgo y narrador Eddy Díaz Souza.
En otra emisora, Radio Metropolitana, colaboré con un programa matutino de música y noticias, cuyo nombre he olvidado, aunque hice buenas migas con la directora y locutores, gente buena, sin duda.
Más de nuestra vida en Miami
Como dije al inicio de este Testimonio, casi desde nuestro arribo, me involucraría en la vida cultural de la ciudad, sobre todo teatral, entonces muy animada por diversos grupos escénicos. Como asimismo dije, al poco tiempo de nuestra llegada, mi ex condiscípulo de la ENA, Rodolfo Pérez Valero nos invitó a Mayra del Carmen y a mí a uno de los estrenos del grupo Havanafama, dirigido por Juan Roca.
A partir de ese momento, me introduciría de lleno en la entonces rica programación escénica miamense, integrada, además, por los ya desaparecidos grupos de los directores y dramaturgos Ernesto García (Teatro en Miami Studio y la revista digital Teatro en Miami), Yoshvani Medina (Performing ArtSpoken), como algo después, tuve la suerte de asistir a las puestas de dos grupos latinoamericanos: Teatro Ocho o Cirko Teatro, a cargo de los actores y realizadores argentinos Jessica Diéguez y Alejandro Vales, y Teatro Trail, dirigidos por otra pareja de colombianos: la actriz Marisol Correa y su esposo, Jorge Angulo, entre otros, con los que, repito, destacara el movimiento escénico local.
En estos doce años, he sido jurado en los Concursos Internacionales de Poesía: Voces de Hoy (2012) y «Facundo Cabral», del Gremio de Artistas Latinoamericanos (2013), como de los eventos escénicos: I Festival Internacional de Obras de Pequeño Formato (Compañía teatral ArtSpoken, 2011) y Primer Festival Internacional de la Comedia (Compañía Havanafama, 2013), como durante varias ediciones de los Miami Life Awards.
Participé en dos importantes eventos teórico-escénicos: con una ponencia sobre la dramaturgia de Cristina Rebull, en el Congreso Internacional de Dramaturgia y Artes Escénicas. Teoría y Práctica del Teatro Cubano del Exilio celebrando a Virgilio Piñera, en su Centenario (Universidad de Miami, 2012) y, con el también crítico Luis de la Paz, realicé la edición de la pieza de Héctor Santiago: Vida y pasión de La Peregrina (Premio Letras de Oro de Teatro, 1995) para su lectura dramatizada en el Congreso Internacional «Peregrinar sin ausentarse: Gertrudis Gómez de Avellaneda y Gastón Baquero, un puente perdurable entre Cuba y España», efectuado entre el 5 y el 8 de junio de 2014, en la Universidad Internacional de la Florida. Integré los Consejos Asesores del Festival Internacional de Monólogo «A una voz» y del Gremio de los Artistas Latinoamericanos (GALA).
En las letras, merecí el Tercer Premio de Poesía en el Concurso Internacional «Lincoln-Martí» (mayo, 2012). En julio de 2015, Ediciones Baquiana publicó, en su prestigiosa Colección Caminos de la Poesía, la antología poética Trazo estos signos en la arena, presentada en el Koubek Center por su editora: la poeta, narradora, dramaturga, profesora universitaria y doctora Maricel Mayor Marsán, el narrador y dramaturgo Rodolfo Pérez Valero y el poeta, periodista cultural y crítico Baltasar Santiago Martín.
Hago un aparte con Maricel Mayor Marsán, pues su gentileza me permitiría no solo la publicación de mi primer volumen de poesía ya mencionado, sino la de colaborar en la prestigiosa revista Baquiana (editada en papel y en formato digital con su esposo, director de la publicación y narrador chileno Patricio E. Palacios), cuya trayectoria de casi un cuarto de siglo la ubica, sin duda, como la de más intensa y extensa vida en La Florida
Colaborador ocasional de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y su revista (RANLE, en Nueva York; 2014), asimismo, publicaría en las webs Encuentro de la Cultura Cubana (España) y en teatroenmiami.com (Miami), como en las revistas digitales Otro Lunes (Alemania), Palabra Abierta (California) y la ya mencionada Baquiana, en sus dos formatos.
Aunque aún lamento los desaparecidos grupos mencionados: de Ernesto García y Yoshvani Medina, otros colectivos cambiarían sus sedes, como poco tiempo atrás ―a causa de la venta de terreno y la eliminación de su anterior edificio― se mudaría al emblemático espacio del Teatro de Bellas Artes, el significativo Teatro Ocho o Cirko Teatro, ya mencionado. Otras compañías se han revitalizado, como el ya mencionado Artefactus Teatro o Teatro del fin del mundo, bajo la dirección general y artística del dramaturgo y realizador Eddy Díaz Sousa.
Entre los más recientes espacios creados, figura Roxy Theatre Group, compañía escénica gerente del Centro Cultural de Westchester, cofundado por el director artístico Charles A. Sothers, organización didáctica sin fines de lucro, destinada a niños entre 3 y 7 años, asimismo atiende a todas las edades. Los programas se enfocan en la escena, y ofrecen clases de danza, teatro y voz. Se inauguraría en 2002 con doscientos cincuenta estudiantes inscritos en clases de teatro. Entre sus logros mayores, resalta la temporada anual, con dos recitales: Fall Follies, de otoño, y Holly Jolly Follies, de invierno, como sendas producciones musicales en el escenario principal.
Más sobre mi vínculo con las letras
A la par de mi mencionado vínculo con la escena miamense, integraría el Pen Club de Escritores Cubanos del Exilio, donde, entre otras actividades, presenté a mi desde Cuba conocida: la dramaturga y directora teatral, Karla Barro y su libro: Tía Tata Cuentacuentos y otros Esperpentos, quien fuera galardonada con la mencionada pieza, en el IV Concurso Iberoamericano de Dramaturgia Infantil, y Aventuras del viejo guiñol, como asimismo una selección de las narraciones que entregara, de lunes a viernes a las siete de la mañana, en su popular programa de la radio cubana Tía Tata cuenta cuentos.
Mas, debí abandonar el Pen Club por la asesina pandemia del virus chino, tal me aconteciera con mi Tertulia Añorado Encuentro que mantuve durante varios años en la Galería Art Emporium, en el centro de La Pequeña Habana, de la artistamiga plástica y profesora universitaria Vivian Pérez, hija del gran humorista Leopoldo Fernández, donde invité a diversos creadores del exilio: poetas, narradores y cineastas, tal el emblemático realizador Lilo Vilaplana, cuyos filmes y series sobre la verdadera historia cubana han sido merecedores de lauros, y al valiente narrador y reconocido opositor residente en Cuba, Ángel Santiesteban Prats, premiado en los más importantes concursos literarios cubanos y extranjeros.
Asimismo, a sugerencia de mi colegamigo Manuel Gayol, integro la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, aunque por razones de salud, no pude participar en el acto de investidura.
Mas, a pesar de esta amplia vida cultural, el primero de marzo del 2020, llegaría, enviado por la dictadura china ―como la peste que azotara a Europa, narrada con humor por Giovanni Boccaccio en Il Decamerone― la pandemia del Covid, que, extendida a tres años y 22 días, se llevaría a la tumba a cientos de personas, entre ellas, ancianos y niños, paralizando no solo a Miami, sino a buena parte de este «mundo, vasto mundo», por decirlo con un verso del poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade.
El inesperado cambio y la preocupación de tantos…
Tras vivir durante doce años en este gran país, como a otros me preocupan los hasta ahora nunca antes vistos acontecimientos que, desde el 2020, preocupan a la gran mayoría de los ciudadanos, y no solo a los cubanos de Miami [que sufrimos en nuestra oprimida patria la fracasada experiencia del socialismo], con las graves consecuencias: el giro hacia la extrema izquierda que poco a poco parece dominar la política de los Estados Unidos, con sus frustráneos resultados: inflación, subida de precios: alimentos, gasolina y rentas —entre otros graves problemas hasta ahora nunca experimentados— que afectan al pueblo estadunidense. Mas, como confío en la valentía y el orgullo por integrar esta nación, ejemplo de libertad, desde su fundación para el resto de los países, mantengo la esperanza en que, a pesar de los daños ya causados, la situación no sea irreversible, para el bien de todos.
La ferocidad e imbecilidad del gobierno autocrático […] provoca la no menos imbécil y atroz respuesta de una revolución utópica que invoca la destrucción como primer medio a mano, en la convicción extraña de que un cambio fundamental de perspectiva debe suceder la caída de cualquier institución humana.
Bajo la mirada de Occidente, Joseph Conrad
La dictadura socialista era la opción idónea para gente viciada y personas con visos mitómanos […] para los que albergaban ese rencor incontrolable que […] los tornaría en opresores. Era también una salida de acomodo para la ignorancia de los iletrados, o un recurso socorrido para los que sufrían un mal incurable: la pobreza moral.
En vías de convertirse en una nación enloquecida por el virus del fanatismo, una mayoría del pueblo […] se dejaba arrastrar […] por el embrujo de la fantasía y la necesidad perentoria de improvisar, bases de un movimiento político formado no precisamente por ascetas, donde se veneraba un culto hasta ese momento desconocido […]: una ideología política que pronto habría de cambiar ―según creían esos nuevos idealistas, los materialistas― la dirección del planeta.
La mirada viva, Alberto Roldán



























