
«[…], luego de unos pocos meses de vivir en París conocía ya un gran número de librerías, grandes y pequeñas, en especial las situadas en el barrio latino. La experiencia me había dado ya algunas lecciones: aprendí, entre otras cosas, que antes de robarme un libro era saludable hacer una visita previa a la librería elegida, para de esa manera estar familiarizado con el local, con las puertas de salida, con la cantidad de empleados; esto no excluía, ciertamente, que alguna vez comprara algo, para pasar inadvertido, y tener la imagen de un inofensivo y adocenado cliente.»
Ladrón de libros, Jorge Cuba-Luque
Las librerías, o paraísos donde se adquieren libros impresos a cambio de un pago, han mutado en menos de medio siglo a una velocidad de viaje sideral. Tanto así, que sus formas primigenias se me desdibujan en la mente aunque me baste oler la madera de un lápiz de color para recordar un poco. Una librería, en mi niñez, era una tienda donde se podían comprar útiles (cuadernos, lápices, colores, tablas de suma-resta-multiplicación-división, juegos de reglas de plástico) y libros para el colegio, de las diferentes materias y grados. En mi barrio de Lima había tres librerías. Una, que vendía más útiles que libros escolares, a precios muy baratos; otra, que vendía artículos de oficina muy caros y algunos pocos libros universitarios, y a la que un día llegó una fotocopiadora (que empezó a reemplazar al dibujo libre entre los escolares, porque fotocopiar una ilustración enciclopédica era más fácil que pintar la tarea del colegio); y una tercera librería, cuyo interior nunca nadie de la collera se atrevió a pisar, pues era oscuro, nada acogedor y paraba vacío, a juzgar por lo poco que se veía a través de la vitrina a la calle, donde se exhibían libros ‘para grandes’, o sea, literatura.
Más tarde, estando en la secundaria, conocí a los libreros del centro de Lima, ubicados en los patios interiores de las viejas casonas, formando mercadillos. Ahí se encontraban distribuidos, cual damero de Pizarro, varios stands de libros usados, pirateados, o de editoriales rústicas. En estos lugares todavía se practicaba el «trueque», esa vieja costumbre de intercambiar objetos sin la necesidad de soltar dinero. Cualquiera podía llevar, por ejemplo, libros usados y cambiarlos por otros libros usados, de más o menos igual precio. Únicamente cuando lo que a uno le interesaba costaba más que los libros que uno podía ofrecer, entonces se completaba el valor con unas cuantas monedas. Lo que llamó siempre mi atención fue la sabiduría de los vendedores, en su mayoría gente bastante humilde pero muy leída. No había cómo engañarles y fingir el poco interés de un tema, porque estaban bien al tanto de lo que vendían, qué materias o autores se podían, o no, regatear y cuándo ceder en el precio; pero sobre todo sabían qué literatura nacional se podía vender al peso. Por otro lado, hay que decir que en aquellos tiempos también había vendedores de libros lujosísimos, pagables en varias cuotas o créditos, a cancelar incluso en un año. Eran los libreros que iban de casa en casa, tocando los timbres y ofreciendo libros. Mis padres llegaron a comprar colecciones en varios tomos a estos ‘agentes libreros’. Recuerdo también que incluso les era permitida la entrada al colegio y se les concedía de un par de minutos para entusiasmar a algún alumno a que se apuntara a llevar un libro que después los padres pagaran.
Hoy, en detrimento de las librerías de barrio, existen las librerías ‘en línea’ que ofrecen libros impresos, por envío; con lo cual, si bien ya no se puede ojear los libros de estantes, o mercadillos, se accede a una ‘vista previa’ en versión digital. Las grandes editoriales de hoy, por su parte, suelen obsequiar el primer capítulo, en digital, de sus bestsellers impresos, a través de sus propios portales en línea, pues no necesitan intermediarios. Lo positivo, en la triste pero inminente desaparición de las viejas librerías, es la extinción de una especie: los ladrones de libros, es decir, los expertos en llevárselos sin pagar. Bien mirado, se puede decir que los que desaparecerán por completo pronto serán ellos, pues tamañas artes requieren práctica y, sin los sitios para adiestrarse en ellas, los amantes del libro hurtado quedarán reducidos a su mínima expresión.