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En líneas generales, aquella Cuba próspera de los 50 también adolecía de importantes diferencias entre la ciudad y el campo, corrupción a todos los niveles, delincuencia organizada y la imposición, en 1952, de la dictadura de Fulgencio Batista. Cuando las tropas de Fidel Castro entraron triunfantes en La Habana en enero de 1959, el aplauso de la población cubana fue prácticamente unánime. El joven líder prometía la restauración de la democracia y sus libertades, un saneamiento de la vida pública, erradicación de la corrupción y el latrocinio, respeto a la pluralidad e implantación de medidas sociales que favorecieran una mayor justicia distributiva. De modo que en un primer momento sólo huyeron del país los vinculados al antiguo régimen. Pero en apenas dos años el giro hacia el totalitarismo fue evidente. Los 60 presenciaron una guerra civil cuya magnitud el gobierno ha ocultado hasta hoy, y el mayor exilio de nuestra historia, convertido en estampida masiva en los 90. Es entre 1990 y 1994 cuando se remodela el rostro de la sociedad cubana y se diseñan su estratificación y sus valores, sus contradicciones y la crisis que ha determinado esa Cuba que es hoy
muy difícil de comprender para el observador ocasional o el que se acerca a la Isla intentando confirmar ciertos prejuicios. La idea original de un país homogéneo donde no hubiera diferencias sustanciales, la idea de una sociedad igualitaria nunca fue realidad. Desde el primer momento, quienes bajaron triunfantes de la Sierra Maestra se apropiaron, como botín de guerra, de los autos y mansiones que abandonaban los burgueses. Desde ese instante el igualitarismo fue funcional sólo de un nivel hacia abajo. En la medida que la nomenclatura fue haciéndose más extensa y compleja, también se sofisticó el sistema de retribución hecho a medida por y para la aristocracia verde olivo en el poder. No obstante, esas diferencias de clase no eran tan notorias hasta la llegada del Período Especial, cuando, parafraseando a Hemingway, el asunto es
ya que la sociedad se divide drásticamente entre una minoría que prospera en dólares, la moneda del enemigo, y una mayoría que se muere de hambre en la patriótica moneda nacional. Hasta 1994, ser sorprendido en Cuba con un dólar podía costar hasta siete años de prisión. Hoy te puede costar la vida por desnutrición no tenerlo. La diferencia entre las dos Cubas es abrumadora. ¿Quiénes reciben dólares? Por su magnitud global (no per cápita) el mayor ingreso es por concepto de remesas enviadas por los familiares del exilio (unos 1.000 millones de dólares al año). Alguien que reciba cien dólares mensuales de su familia en el exterior, por ejemplo, tiene ingresos que sextuplican el salario de un médico especialista o un doctor en ciencias de alto nivel. Reciben dólares (legal o paralegalmente) la nomenclatura, quienes están relacionados con el turismo o con las empresas extranjeras radicadas en Cuba, algunos artistas que colocan su obra en el exterior y, desde luego, los operadores del mercado negro y la fauna nocturna que ofrece al turismo todo tipo de productos: desde habanos y cocaína hasta carne humana fresca y en movimiento.
Esa división de carácter monetario ha determinado a su vez una subversión de los valores: hace quince años los jóvenes aspiraban a hacerse profesionales y ascender en la nomenclatura, único modo de obtener una casa, un automóvil o viajar al exterior y recibir dietas en divisas. Hoy la universidad es para los fracasados que no consiguen irse del país, convertirse en camareros, colocarse en alguna empresa extranjera o negociar con los turistas el único capital de que disponen: su propia anatomía.
Esa escisión del país y los tortuosos caminos para aproximarse al dólar, determinan no una simple división en clases, sino una
En los estratos superiores se encuentra la aristocracia verde oliva con denominación de origen Sierra Maestra, y el resto de la nomenclatura, que disponen de su propio sistema de bienes y servicios. Esa clase en el poder amalgama supervivientes de las purgas (Carlos Lage, Ricardo Alarcón), el generalato, la nueva tecnocracia y los jóvenes talibanes designados personalmente por el Comandante en Jefe.
Del Olimpo hacia abajo, aparecen los conversos al neocapitalismo de estado, felizmente insertados en las empresas extranjeras y/o en el sector del turismo, y los profesionales que han conseguido colocar su trabajo en el mercado del dólar o fuera del país: ellos reciben legalmente retribución en divisas ganada con su propio trabajo y son los más preparados para la transición: ya viven en una sociedad de mercado.
El siguiente estrato, y no porque sean obligatoriamente menores sus ingresos, son los paralegales: empresarios del mercado negro, trabajadores por cuenta propia, fauna nocturna al servicio del turista, etc. Acosados y periódicamente perseguidos por las autoridades en operaciones eventuales (cosméticas, políticas), son al mismo tiempo tolerados por varias razones: de encarcelar en Cuba a todo el que quebranta la ley, más barato saldría poner barrotes a la Isla, y también porque sin mercado negro ni economía sumergida, en el país ya se hubiera producido un estallido social -el maleconazo de 1994 fue atajado a tiempo y se abrió la válvula de escape- de consecuencias incalculables. Este sector vive permanentemente en peligro de ser esquilmado por la policía, paga una tasa muy alta de sus utilidades en sobornos y tiene siempre un pie en la cárcel y otro en libertad, aunque en la mayoría de los casos sus actividades en otra sociedad no serían constitutivas de delito.
Hacia abajo se encuentran los funcionarios con suerte a sueldo del estado que, gracias a su posición, pueden obtener una retribución extra: el camarero que recibe propinas, el policía y el inspector que recaudan sobornos, el funcionario que agiliza trámites contra reembolso -en Cuba hoy se puede comprar desde un carné de conducir y un pasaporte hasta un título universitario o una AKM-, comerciantes a costa del patrimonio estatal confiado a su custodia o dejado a su alcance. También pueden ir a parar a la cárcel, pero cuentan con una ventaja: suelen ser ellos los perseguidores, los encargados de combatir el delito.
Los recepcionistas son aquellos que, pudiendo insertarse en cualquier otra categoría, sobreviven gracias a las remesas que periódica u ocasionalmente les envían sus familiares en el exterior: 1.000 millones de dólares al año que benefician, según estimados, a un 40 por ciento de la población cubana.
En la base de la pirámide se encuentran el talento hambreado y los de abajo, parafraseando a Azuela. Cientos de miles de profesionales y técnicos, obreros, médicos, maestros, ingenieros, malviven con salarios de 10 a 16 dólares mensuales, sin acceso al dólar a menos que se inserten parcialmente en otra categoría. Ellos son el ejemplo vivo para las nuevas generaciones de que cursar estudios es el mejor método para convertirse en un instruido muerto de hambre. Los de abajo son los jubilados y pensionistas, personas enfermas y ancianas que reciben entre 4 y 7 dólares mensuales. Puede vérseles vendiendo maní, cigarrillos al menudeo, o buceando en los tanques de basura cercanos a los centros turísticos, donde con suerte capturan suculentos desperdicios.
Al margen de esta estratificación social se encuentran los que están, pero no están: ausentes de cuerpo presente que dirigen todos sus esfuerzos a la huida. Investigadores cubanos estiman que hasta 750.000 personas aspiran al exilio, en su mayoría hombres blancos de entre 25 y 35 años titulados como técnicos o profesionales.
Desde luego, las categorías anteriores carecen de fronteras exactas y es frecuente que el médico durante el día intente un sobresueldo vendiendo coquitos prietos por la noche; que el dirigente del Partido Comunista reciba dinero de sus enemigos ideológicos en Miami, o que la profesora jubilada convierta su casa en un burdel. Y otras combinaciones más surrealistas. No es raro el hogar donde un anciano pensionista es mantenido por su hija y su yerno, profesionales hambreados que ganan salarios miserables y que a su vez son mantenidos por los suculentos ingresos de una hija prostituta y de un hijo colocado en una empresa turística donde le es dado rebanar algunos cientos de dólares mensuales. Y a su vez toda la familia tiene puestas sus esperanzas en el menor de la casa, empeñado en navegar hacia el norte y hacer una cabeza de playa en Miami, avanzadilla para la futura invasión del resto de la tropa.
Por
Rafael
Alcides
Yo no tengo ni teléfono, Amir. Ni teléfono. El correo me llega a través de una piadosa amiga. El electrónico. El otro, si es de afuera, del extranjero, sencillamente no me llega, y si me llega es abierto. Cosas del cartero, me imagino.
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Amir
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Dicen que a la tercera es la vencida. Eso espero. Hace unos años, cuando en esa isla que llamamos Cuba no existían las revistas literarias digitales que hoy pululan, a cierto escritor se le ocurrió...
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Ya a mediados del siglo pasado Carlos Gustavo Jung alertaba sobre la catástrofe que acecha a Occidente desde su flamante entrada a la modernidad; no por la modernidad misma, sino por la neurosis colectiva que produce el distanciamiento del hombre de lo numinoso...
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Imagen de portada:
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Damaris Betancourt. 2005