Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Año uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La isla numerosa

Luis Manuel García

Página 3

Las categorías políticas

que fueron determinantes en décadas pasadas, dado que el único camino hacia la prosperidad transitaba por la adhesión política, han perdido peso en la Isla. Ser políticamente confiable sigue siendo importante para ubicarse en la nomenclatura, aunque en realidad no sean más que cínicos, conocedores de que la llamada Revolución ha caducado, pero sabedores de que aún se puede obtener cierta rentabilidad de sus despojos. Entre la población común, hay aún una exigua minoría que cree en la viabilidad del proceso -se aproximan más a una fe religiosa en Fidel Castro que a una convicción política-, aunque otros, sobre todo los mayores de 60 años, apenas juegan a creer que creen, dado que aceptar el fracaso del sistema sería para ellos como aceptar el fracaso de sus propias vidas.

Pero la inmensa mayoría de la población está integrada por los esperantes, que aguardan el derrumbe final del sistema tras la muerte de Castro -espera activa, buscando encontrarse en una favorable posición de salida en el momento del cambio, o resignada espera pasiva, dado el infantilismo instaurado por medio siglo de paternalismo de estado-. Los ausentes de cuerpo presente aspiran a ver esa transición por la TV vía satélite, mientras los escasos miles de opositores activos sufren el acoso feroz de la Seguridad del Estado, la omnipresente policía política, y se arriesgan a sentencias abrumadoras, como los 1.450 años de prisión que fueron repartidos entre 75 disidentes en la primavera de 2003.

Pero estas divisiones son, a su vez, complicadas por otros fenómenos que moldean el rostro de la sociedad cubana, algunos muy recientes y otros ponderados por la crisis de los últimos lustros. Puede hablarse, por ejemplo de

La Cuba habanera y la Cuba Interior

Desde que Benny Moré cantara aquello de "en La Habana y en el campo" se aprecia en Cuba una diferencia marcada entre la capital y el resto del país: nivel de vida, acceso a la modernidad, etc. Pero esa diferencia se ha acentuado en los 90. ¿Por qué? Porque en La Habana es más fácil aproximarse a la Cuba del dólar: turismo, negocios clandestinos, trasiego de bienes y servicios. Entre 1982 y 1996 la población urbana se incrementó en 1.462.900 habitantes, una tasa media anual de crecimiento de 1,42 por ciento, el doble que la tasa de crecimiento poblacional del país. Al mismo tiempo, la población rural decreció en 207.000 habitantes, agudizando el déficit de producción alimentaria del país, crítico desde los 60 por la centralización y la falta de incentivos. El mayor desplazamiento fue desde las provincias orientales, más pobres, hacia La Habana. El gobierno, a su vez, ha convertido esta inmigración en un arma, resucitando antiguas inquinas regionalistas: en La Habana ya una buena parte de la policía es de origen oriental, y en momentos de crisis (1994, por ejemplo) se echa mano al Contingente Blas Roca, constructores procedentes en su mayoría de esas provincias, que armados con garrotes son una eficiente tropa paramilitar. Pero el gobierno, que acepta ese éxodo mientras pueda instrumentalizarlo, no está dispuesto a permitir un libre flujo de ciudadanos que no hallarán casa ni trabajo y que pueden constituir peligrosos focos de delincuencia o, peor aún, de sedición. Para mantener bajo control la emigración interna, ha implementado en los años 90 controles a los desplazamientos, al estilo de la antigua URSS.

También hay que matizar esa diferencia entre La Habana y el interior. Puede hablarse de un interior sin turismo y de un interior con turismo, como Varadero. Este último, dada la accesibilidad al universo dólar, genera poca emigración.

Pero Cuba también sigue dividida racialmente. Y puede hablarse de

La Cuba negra y la Cuba blanca

Desde que llegaran los primeros esclavos en el siglo XVI, la población negra se ha instalado en el sótano de la pirámide social, fenómeno atenuado tras la abolición de la esclavitud y, paulatinamente, durante la República. La Revolución de 1959 anuló por decreto la discriminación racial pero, salvo alguna que otra medida cosmética, no hizo nada para paliar las diferencia socioeconómicas heredadas entre negros y blancos. Tras medio siglo de castrismo, la presencia de los negros en las altas instancias del gobierno es apenas ornamental, minoritario su acceso a la educación superior, y abrumadora su presencia entre la población penal y los barrios marginales. Pero la raza ha devenido también una categoría económica. Los turistas suecos, italianos y alemanes, prefieren prostitutas y prostitutos negros, por el contrario que los mexicanos; los empresarios extranjeros de las cadenas hoteleras instaladas en Cuba ya han sido acusados de racismo al no aceptar negros entre el personal de servicio, y, lo que es más importante, al ser la emigración cubana abrumadoramente blanca, ese 40 por ciento de la población de la Isla que sobrevive gracias a las remesas es, abrumadoramente, blanco. Datos oficiales cubanos del año 2000 arrojaban una población de 11.500.000 habitantes. De ellos, un 70 por ciento de blancos, un 29 por ciento de mulatos y negros, y un 1 por ciento de otras razas. No obstante, la percepción que se tiene al visitar las grandes ciudades es justo la inversa: apenas un 30 por ciento de blancos. Incluso se habla de que los resultados (no publicados) del último censo de población y vivienda arrojan un 65 por ciento de negros y mestizos contra un 35 por ciento de blancos. Y habría razones para que fuera así: emigración mayoritariamente blanca, familias negras más prolíficas, atención médica universal y gratuita, idéntica para todos, de modo que no hay sustanciales diferencias en cuanto a la esperanza de vida.

Por otra parte, la que en su día fue vista por Occidente como la joven Revolución, encabezada por un líder de 33 años, es hoy

Cuba la vieja

Según datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE, 2001), el ritmo de crecimiento poblacional es, a partir de 1994, 0.4 por ciento anual. En ello inciden varios factores: la crisis económica, los problemas de vivienda y la reducción de la población joven: 828.000 jóvenes menos -la cuarta parte de su magnitud inicial- en los últimos diez años del siglo XX. Cada día de los 90, hubo en Cuba 85 ancianos más y 227 jóvenes menos que el día anterior. La población adulta (30 a 59 años) creció en algo más de 1,1 millones de individuos, y los mayores de 60 años, lo hicieron en 310 mil personas. Como la esperanza de vida a los 60 se mantiene en 20 años, la perspectiva para el próximo decenio es que el país sea la isla de la tercera edad, jubilados cuyas pensiones dependerán de la providencia divina, porque la población activa será incapaz de sufragarlas. Y el proceso se mantiene, porque cada año abandonan el país decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes o adultos en edad laboral. Y esto tiene un efecto aún más nefasto: no sólo ha disminuido la fecundidad -0,7 hijos por mujer en 1996-, sino que se reduce la cantidad de mujeres en edad de procrear, comprometiéndose la tasa de nacimientos y, por tanto, la renovación poblacional de los próximos lustros. También atenta contra ese futuro el hecho de que Cuba sea

El paraíso de los divorcios

A inicios de los 90, cuando comenzó el Período Especial, la mayor crisis de la historia cubana, que aún perdura, hubo una respuesta social inesperada: un boom matrimonial, hasta alcanzar en 1992 la tasa récord de 17,7 matrimonios por cada mil habitantes -probablemente la más alta del mundo en cualquier época-, para desplomarse abruptamente a mediados de la década. Esta paradoja se explica por la posibilidad que se le daba a las parejas que se casaban, en medio de una pavorosa escasez de alimentos, ropa, etc., de acceder a una cuota especial de bienes y servicios (Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, CIPS, 2001). Casos hubo de personas que en un año se casaron media docena de veces. Desde luego que eso produjo otro boom: el de los divorcios, aunque ya los índices eran altos. Y la razón fundamental es de nuevo la vivienda: basta saber que sólo el 11,3 por ciento de los jefes de hogar en Cuba -el 7,8 por ciento en La Habana- son jóvenes. La convivencia de varias generaciones en espacios reducidos y donde la joven pareja tiene un papel subordinado, crea con frecuencia conflictos de convivencia insolubles. No es raro entonces que en el año 2000 se concedieran en Cuba 66 divorcios por cada 100 matrimonios celebrados -otro triste récord mundial.

Y la otra consecuencia de esto es que casi las dos terceras partes de los nacimientos que se registran hoy en Cuba corresponden a parejas de hecho, y que en 2000 sólo un 25 por ciento de los nacimientos correspondieran a madres jóvenes legalmente casadas. Y esas madres forman parte de lo que se está convirtiendo en

El país de las amazonas

A partir de 1999, y por primera vez en la historia de Cuba -donde la inmigración siempre fue en mayor medida masculina-, las mujeres superan en número a los hombres -en América sólo Argentina, Uruguay y Chile están en situación semejante-. 100 mujeres por cada 96 hombres en las zonas urbanas, cifra que se reduce a sólo 90 hombres en La Habana. Además de que la esperanza de vida es superior en las mujeres, contribuye a esto la emigración mayoritariamente masculina y la nula inmigración.

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

La Rebelión de los Enfermos

Carlos A. Aguilera

Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

William Luis

Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

Ladislao Aguado

Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

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Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

Antonio Álvarez Gil

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Joel Franz Rosell

Odette Alonso Yodú

Ricardo Ortega Nápoles

Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

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Los impedimentos de la literatura

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De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

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Todos los buitres y el tigre

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Palabras de mujer

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