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Precisamente si alguien destaca entre los narradores cubanos que comienzan en esta época, aunque nunca pertenecería a este grupo de primeros panfletistas de la Revolución, es Reinaldo Arenas. Uno de los narradores más lúcidos que ha dado alguna vez una literatura en cualquier lugar del mundo. Uno de los más perseguidos por la guillotina totalitaria, como se ha encargado él mismo de hacer público.
Sus relatos, mitad delirios mitad grandes caricaturas, junto a algunas de sus novelas pueden ser entendidos como verdaderas "reflexiones" políticas, parodias que se desvían del marketing nacionalista y muchas veces lo cuestionan. Son ficciones escatológicas, histéricas, gozadoras, que para construir su bien entramada neurosis de sexo-infancia se alimentarán en un noventa porciento de los relatos ideológicos que el poder pone a funcionar, ese plano donde la represión devora a la autobiografía.
El mundo alucinante, su segunda novela y hasta ahora nunca publicada en la Isla, al igual que su libro de relatos Con los ojos cerrados, sacado ilegalmente de Cuba y editado en Uruguay en 1972, podrían ser buenos ejemplos de esta mezcla de política, parodia y fetichismo que vengo enunciando, ese cóctel molotov tan pocas veces logrado. No sólo porque sus personajes serán más complejos y al límite que los de toda la "cuentística de la Revolución" -con todos los capitanes, guajiros bondadosos y alfabetizadores que esta última incluye-, sino porque pueden ser leídos como un laboratorio irónico donde Arenas, a su modo, pensó las conflictivas relaciones entre sujeto y tradición en un país tan reaccionario y neocolonial como Cuba, el eterno conflicto entre Hombre-que-piensa y Estado.
Articulación que en el caso cubano no sólo pasará por enunciados éticos o políticos (el qué-cómo-dónde tan propio de cualquier sociedad), sino por la maquinaria privada, el prurito sexual. Habría que recordar que Cuba ha sido uno de los pocos países que ha implementado una ley (la 1249, en 1973) contra la "ostentación pública de la homosexualidad", además de condenar a varias personas hasta 9 años por esta razón.4
Si como ha contado Antón Arrufat, la Revolución heredó esta homofobia de tiempos anteriores, también habría que dejar en claro que nunca antes se llegó a los extremos que el "proceso de redención" de Fidel Castro implementara. No sólo se organizó una jurídica antihomosexual y a todas luces androfóbica, excluyente, sino también campos de concentración, procesos expiatorios, censuras literarias, suicidios... ¿Podríamos llegar a pensar entonces que en un país tan moral e ideológicamente reaccionario podía haber espacio para una literatura como la de Arenas, siempre en la frontera entre delirio y política, o para un relato como Piazza morgana de Calvert Casey, quizá uno de los textos mejor acabados, por clínico, del par sexualidad/literatura?
Casey, que según ha contado Cabrera Infante, al igual que Piñera o el mismo Arenas, hacía sin ningún tapujo "ostentación pública" de su orientación sexual, navega en éste, su último relato, por el interior -la biología- del amante. No sólo construye una oda a su propio macho, movimiento inédito en la literatura cubana, ejercita una suerte de antropofagia o canibalismo donde la "locura amorosa" que cantaban los místicos, se representa en el sentido del viaje: el que realiza éste por el cuerpo del otro, y en el descuartizamiento y devoración que este mismo buceo significa, esfínter por donde todo entra y se pierde.
Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme. Nunca me marcharé. Desde este puesto de observación, donde finalmente he logrado la dicha suprema, veo el mundo a través de tus ojos...
(...)
Se me ocurrió mientas te estabas afeitando (...). La hoja te hizo un pequeño pero profundo corte en la barbilla. Mientras presionaba la herida para limpiarla, y tu sangre manaba de las venas cortadas, sentí un tremendo impulso de probarla.
(...)
Me preguntaba cómo sabría y olería todo ello, qué se sentiría al morder los tendones: lamer los huesos, mascar la tierna y delicada carne, desollar el escroto, vaciar la vejiga, hacer una escición en el pene...
(...)
(...)desencajar el muslo, rajar el hueso y alimentarme de su médula toda una temporada deliciosa, engullir los ojos como se engulle un huevo, mirar las cuencas vacías noches y más noches, desquiciar los tobillos (...), lamer los tendones hasta que pierdan su color, arrancar las uñas de los pies y de las manos, mordisquearlas y sacarles el calcio una vez agotadas las reservas de los dientes. Pero, sobre todo, comer lentamente, deliberadamente y en un rapto fervoroso, desde el interior, allí donde el corazón late impasible, el sabroso tejido, rojo vivo, bajo los pezones ya hace tiempo digeridos.
¿Serán estos años 70, como uno de los críticos más desafortunados de la isla llamara, también desafortunadamente, sólo un "quinquenio gris", una especie de pequeño cumpleaños interruptus? Como algunos ya se han encargado de demostrar, este período será algo más que un corte o breve período de intolerancia. Un faux paus. Será, como escribe la Sontag refiriéndose a la política norteamericana en Vietnam, un tiempo donde la "fantasía chabacana" y "criminal" de los que hacen la política (en este caso la cubana) adquiere toda su contundencia y se hace presente, entre otros lugares, en los manicomios, convertidos a partir del golpe de estado de 1959 en escuelas-presidios.
Por suerte, y es algo que sucede siempre bajo gobiernos "totales" (el caso de la Riefensthal bajo Hitler o Platonov bajo Stalin serían dos buenos ejemplos), salen a la palestra en esta época dos escritores que enfocarán y abrirán un espectro para la literatura que vendrá a posteriori: Miguel Collazo y Rafael Soler. El segundo, no sólo reactualiza ese paradigma militar que la promoción precedente había ya tramado. Es decir, lo lleva a cabo como esa generación no pudo nunca hacerlo; reinscribe este paradigma en un plano donde la soledad, el miedo, la lucha entre hombre y animal (el animal que el mismo hombre encarna) se convertirán a partir de sus dos únicos libros en referencia obligada.6
Collazo será otra cosa...
Sus relatos, a veces verdaderas nouvelles, leídas desde un referente amplio, pudieran entenderse como una suerte de microscopia judía del mundo cubano, una shtetl del trópico, donde personajes chiquiticos, vendedores venidos a menos, amas de casas oníricas, que muchas veces recuerdan a los personajes de Remedios Varo o Leonora Carrington, van construyendo un paisaje "fuera de foco" sobre los límites de la narrativa y la tradición, el archivo mental (ése en el que la obra de Collazo sólo entrará esquizamente) y el nacionalismo.
¿No son precisamente estos desvíos del paradigma realista-socialista que Miguel Collazo implementa, en una época donde el desvío era objeto de castigo, la crítica más aguda que cualquiera pudiera hacer a un período de terror y censura como el que caracterizó los 70 en Cuba, un guiño irónico a la colectivización y soledad que siente un individuo en un país que se autocelebra constantemente a sí mismo?
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Rafael
Alcides
Yo no tengo ni teléfono, Amir. Ni teléfono. El correo me llega a través de una piadosa amiga. El electrónico. El otro, si es de afuera, del extranjero, sencillamente no me llega, y si me llega es abierto. Cosas del cartero, me imagino.
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Amir
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"Hay hijos que nunca vieron a su padre, ni en fotos. Y hay otros que probablemente estén llenos de fotos de su padre, y sin embargo nunca lo hayan visto bien, o nunca se hayan tocado el alma"...
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Ya a mediados del siglo pasado Carlos Gustavo Jung alertaba sobre la catástrofe que acecha a Occidente desde su flamante entrada a la modernidad; no por la modernidad misma, sino por la neurosis colectiva que produce el distanciamiento del hombre de lo numinoso...
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"José Martí"
Damaris Betancourt. 2005