Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La rebelión de los enfermos

Carlos A. Aguilera

Página 3

Probablemente sí, y nadie podría hablar mejor de esta soledad que los escritores que abandonan la isla por el Mariel en 1980. Uno de los fenómenos de expulsión masiva más delirantes realizados alguna vez por un gobierno o dictador. Escritores como Carlos Victoria, Roberto Valero, Guillermo Rosales (que escribirá tiempo después una de las novelas más radicales, por su experiencia, que ha tramado un cubano), Jesús J. Barquet, Leandro Eduardo Campa... Todos entre la farsa y la experiencia de la pérdida: la de cierta representación natural y cierto tirayjala de la historia, como la reciente antología de Juan Abreu ha venido a mostrar. Todos entre ilusión y caricatura.

Precisamente si algún relato refleja bien esta mezcla, aunque su autor no sea de facto un "marielito", es El acento chino de Fernando Villaverde; narrador que se encuentra a medio camino entre la generación de los 90, por su percepción de la escritura, su sentido del juego, las varias velocidades que logra implementar, y una suerte de comprensión civil que lo hace ver, de manera serena, todo lo que se mueve alrededor.

El acento chino, como irónicamente el mismo título insinúa, es la lectura de ese "afuera" donde todos de alguna manera devenimos otros, muñequitos siquitrillados por una suerte de idioma único. También, una especie de crónica-de-barrio donde no hay más significados que el del mismo sinsentido que el propio narrador, el del relato, nos cuenta. Desarraigo que coloca al crimen, ese entrar y salir de chinos y policías, en el mismo lugar de la ficción.

Los chinos han sido acusados de contrabando de inmigrantes; de chinos, justamente. Esa prole nunca igual a sí misma que tanto me aturdía en la bodega, algunos de esos nuevos vecinos chinos aparecidos inesperadamente por el barrio desde llegar los bodegueros, eran traídos por éstos de contrabando desde China, aprovechando muchas veces el agujero de Hong Kong... (...) Los colaban usando una técnica muy suya, como una célula que se multiplicase para crear un desconcertante tejido. Cada célula generaba otras y al final, todas eran iguales a la primera, o, por lo menos, tan parecidas como para ser confundidas entre sí. (...) Cada chino llegaba siendo una cosa y luego se volvía otra. Chinos vivos sustituían a chinos muertos y reclamaban a familiares que no lo eran y que ni siquiera tenían a veces que cambiar la foto de un falso pasaporte, tan incapaces resultaban los funcionarios consulares occidentales de distinguir a un chino de otro, llegando a haber hombres que viajaron con pasaporte de mujer sin necesidad de trasvestirse. No hacían falta parecidos familiares ni correspondencia justa en las edades; chinas de 25 años tenían pronto 40 o viceversa y hombres de 45 viajaban con el pasaporte de uno de 70, asombrando a las autoridades migratorias con su aspecto joven, que en vez de despertar sospechas dejaba a los inspectores comentando esa distinta dieta de los chinos que tan recia salud les da.

¿Existe al mismo momento una promoción dentro de Cuba que logre reunir de manera tan compacta esa producción de dolor-caricatura-extrañeza que experimentan estos textos, casi todos publicados por primera vez en Estados Unidos, y a la vez, ese "no lugar" como ha señalado Iván de la Nuez8, donde naufraga cada uno de ellos?

Todo parece indicar que no. La llamada generación de los 80, que tendrá entre sus mejores exponentes a Abilio Estévez, Leonardo Padura, Reinaldo Montero, Senel Paz, y otros, más allá de que han regresado a temas como infancia, sexo, familia, individuo... (secuestrados durante mucho tiempo por los malos realismos a los que el gobierno cubano obligó), no han podido salir de una literatura de corte conservador donde la anécdota y los psicologismos tipo siglo XIX sean puestos en duda. De hecho, su escritor más reconocido, Senel Paz, ganador de varios premios y guionista de la película Fresa y Chocolate, señalado varias veces por la crítica como el iniciador de esta "ola 80", ha sido lo mismo en libros que en guiones una mezcla del primer Arenas, el del Celestino antes del alba (tono naive que el autor de El color del verano abandonará posteriormente) con la realidad civil-confusa de la adolescencia en Cuba. Esta mezcla de romantiquería política con política romántica, más allá de a veces resultar graciosa, pudiera leerse como una suerte de renovación del paradigma panfletario en la Isla, un camino entre el cuento de hadas y el teque.

Ya no quedaban dudas de que algo grave había ocurrido, pero ¿qué era? El director, nervioso, dio unos golpecitos en el micrófono, que funcionaba perfectamente y no necesitaba que nadie lo golpeara, y es que no podía, no le salían las palabras y nos miraba, hasta que finalmente lo dijo de un tirón: "Mataron al Che en Bolivia. Iremos a la Plaza a una velada solemne, la mayor disciplina, vayan para las aulas." Así dijo. Vivian se recostó a mi hombro. Oí que lloraba. "Sabía que eso podía pasar un día", dijo, y nos fuimos hacia el aula, sintiéndonos mal, viendo la mirada del Che en todas partes, su sonrisa, cuando dice en el imperialismo no se puede confiar ni un tantico así, como si camináramos bajo un cielo de imágenes del Che y en cada hoja de los almendros hubiera imágenes suyas y una lluvia. María se nos unió. "!Ay Vivian, ay Davisito!", dijo, y los tres nos fuimos abrazados. (...) Finalmente dijo que no lo creía, no lo creía de ninguna manera porque no, no podía ser. "Ojalá, Vivian, pero figúrate, ¿estás loca?" De todos modos nos quedamos con algún pedacito de ilusión, hasta que estuvimos en la Plaza, todos en la Plaza, y el Fidel más triste del mundo dijo que sí, que al Che lo habían matado en Bolivia pero que nosotros no podíamos morirnos por eso ni nada, y regresamos a la escuela, ella y yo tomados de la mano, no porqué fuéramos novios, no, sino para ayudarnos. Y no la enamoré esa semana, creo que tampoco la otra, no me acuerdo. Y no por nada, se me quitaron los deseos...

¿Resultará entonces cierto el mito, que la generación de los 80 -con sus varias zonas de diferencia en sí misma-, es la que logra sacar a flote nuevamente la literatura en Cuba, esa pregunta por el límite que es perversamente todo acto de escritura?

Habría que dejar en claro que el impulso que cobra la literatura en la Isla, en esta época, no fue en sí una apertura de la República de las letras, sino del paradigma cultural completo, propulsado evidentemente por la maquinaria estado y como reacción a una serie de críticas internas/externas que tuvieron su apoteosis en el fenómeno Mariel. Éxodo que reconfiguró por completo a la sociedad cubana, la tasajeó, e hizo evidente a la opinión pública el grado de dificultades que existían en el "paraíso" de Castro no sólo para establecer políticas reales de justicia social (con un estado-moloch al frente), sino privadas, íntimas.

Los escritores que dieron en llamarse de los 80, más que una reflexión sobre la literatura, la sociedad civil, lo utópico, la ontología, las fronteras..., lo que hicieron fue navegar en un "aire de época", pero sin superar una crisis que ha sido constante en la literatura cubana: la de una mirada reaccionaria a todo horizonte de vanguardia (cosa que se viene arrastrando desde principios del siglo XX), y la de una reflexión puntual sobre la Literatura-Nación. Es decir, esa literatura que para existir tiene que asumir como auténtico una topografía y un canon cerradamente nacional o histórico (histérico). Un origen. Un con-texto.

Nacionalismo, a veces en camuflaje, que ha destinado al mercado a alguno de ellos, quizá a los que más evangelizan con una supuesta veracidad, ese "yo narro la isla tal como es", como si un país, una vida, una persona fueran verdaderamente narrables, o a los que aprovechando la condición de circo en que está enquistado hace mucho tiempo el país, construyen parábolas fácilmente decodificables que no son más que los estereotipos que al final el Estado cubano (convertido ahora en una inmensa agencia turística) ayuda a vender.

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

La Rebelión de los Enfermos

Carlos A. Aguilera

Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

William Luis

Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

Ladislao Aguado

Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

No hay última vez

Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

Antonio Álvarez Gil

Armando de Armas

Joel Franz Rosell

Odette Alonso Yodú

Ricardo Ortega Nápoles

Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

Amir Valle

La serpiente de la casa

Fragmento de novela de Arian Leka

Unos escriben

Guillermo Vidal

Otros miran

Damaris Betancourt

En la misma orilla

Omisiones, olvidos

Félix Luis Viera

Conjuro para fundir la nieve...

Katherine E. González

¿Seremos famosos Pepe?

Francis Sánchez e Ileana Álvarez

Escrito sobre el hielo

Alberto Rodríguez Tosca

Introducción de Juan Manuel Roca

Poemas

Libre-mente

Cuba: la escritura carcelaria

Rafael E. Saumell

Recycle

Los impedimentos de la literatura

George Orwell

De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

Librario

Pallá y Pacá

Mario G. de Mendoza

Fantasía roja

Iván de la Nuez

Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

Otro lunes. Revista Digital. Tlf: +34 686 111 523. info@otrolunes.com
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