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Pero si la Generación de los 80, la misma palabra generación resulta a veces patrioteramente sospechosa, no pudo, no ha podido salir de esta Literatura-Nación hacia algo más conceptual, arcaico o simplemente moderno, los escritores que comienzan a publicar a partir de los 90 tampoco. Estos narradores, por lo general agrupados bajo clasificatorias disímiles: novísimos, postnovísimos, recontranovísimos..., se han movido sobre todo en dos vertientes. Los que han continuado dentro de una poética 80, para decirlo de manera simple, con los temas que mencionaba antes y el mismo concepto de tradición heredado por los anteriores, y los que se han dado cuenta de una crisis, una fractura (alrededor de este culto a la tradición que es también un culto al idioma y a determinado tipo de épica, tal y como se ha entendido esto históricamente en la Isla), y se han dedicado a caminar alrededor de ella, patinar.
Uno de los que mejor ejemplifica esto sería Rolando Sánchez Mejías. Escrituras,que también le da título a su primer libro de narrativa, se construye sobre el supuesto choque entre una suerte de biograficidad: el escritor en el tren, el hijo que recoge flores, la experiencia de la lectura de Nietzsche, el oligofrénico que sonríe..., y la imposibilidad de construir una "psicología lineal de las cosas", donde los personajes, la realidad, determinada metafísica, no sólo queden explicadas, sino el juego con el archivo nacional (ese que los escritores de los 80 nunca se atrevieron a deconstruir), la debacle que asoma detrás de toda escritura.
Sus textos, que muchas veces parecen cruces entre las historias del Herrn Keuner de Brecht y otra cosa, muestran -mejor que ninguna otra poética en su momento-, como la microfísica de la literatura es una reflexión constante por cómo salir de lo literario y, a la vez, una pregunta por la ficción misma, el juego falso-real que usualmente construye. También, una pregunta por la guerra, ésa que a veces se establece entre tradición privada y contexto (políticas del contexto), uniformización y asco...
El tren va a partir.
Breve filosofía del tren.
Mis manuscritos en las piernas.
El recital en Matanzas va a ser insulso.
Mi hijo (como aquella vez) recogerá jazmines para el té, en el patio donde el viejo poeta parecía un mujik elegante.
¿Cómo puede ser medida la soledad?
En el tren.
Es decir vas ad infinitum el tren golpeará el Tiempo se abrirá paso en la costra de realidad y en su propia realidad es decir el tren será abolido y tendrás tu cuota de soledad.
Pero ¿cómo explicar lo que es imposible explicar?
O mejor: "De lo que no puedes hablar mejor cállate". (Wittgenstein.)
Amo de una manera especial a los gatos.
Eso es, saltar.
Pero ¿cómo explicar lo del gato en relación con la idea que tengo del salto y del tren?
Nada, que mi gato no será nunca tu gato.
Ya tú lo sabes.
No obstante: "Quién me oiga asegurar que el gato gris que ahora juega en el patio es el mismo que brincaba hace 500 años dirá que estoy loco pero." (Schopenhauer.) Entonces vuelves a saberlo pero de una manera novedosa a través de otro viejo y voluntarioso filósofo.(...) ad infinitum.
El otro será José Manuel Prieto. Sus relatos, amplificados y reordenados lúdicamente en sus novelas, más que un paseo por el dinero, la picaresca o el afuera (el de unos personajes moviéndose en una suerte de Unión Soviética hundida y el del cruce evidente de géneros: mezcla de thriller con novela epistolar siglo XVIII con frivolidades postmodernas con cierta densidad-ruptura a lo Nabokov), son una reflexión sobre cómo esquizamente se acoplan escritura e ideología en un espacio donde la única verdad es el simulacro, el juego de espejos entre lo que no se narra y lo que sucede.
¿Podríamos decir entonces que Piglia tiene razón al escribir en sus Tesis sobre el cuento, que éste "siempre cuenta dos historias", una evidente, compacta, que se va tramando sin muchas fisuras frente a los ojos del lector y otra, "secreta", enroscada, que se muestra en los huecos que deja la historia 1 y de pronto deviene resumen?9 Nunca antes habías visto el rojo (aunque también Escrituras y los libros que Sánchez Mejías ha publicado después) podría ser la confirmación de esta afirmación. No sólo porque aparentemente detrás de la "banalidad" que en este relato se desarrolla no se evidencia nada: un final sorpresa a lo Borges o esa suerte de monstruosidad cómica a que nos tiene acostumbrado lo kafkiano, tan bien estudiada por Benjamin, Kundera y Canetti. Más bien, porque la historia 2 no existe, y su ausencia, la pantalla donde reflexión y escritura acoplan, narra quizás de manera más precisa lo que Nunca antes... va señalando desde un inicio, la descomposición de un sistema y los diferentes mundos que giran en él, la ironía civilliteraria (¿o será política?) con que puede ser entendido todo.
Reflexión que ya estaba presente en la narrativa y poesía cubana desde el siglo XIX, pero que a comienzos del XX, sobre todo en Los chinos de Catá -uno de los primeros narradores en desandar en los recovecos del sexo humano en novelas como El ángel de Sodoma (1928)- adquirirá, por decirlo de alguna manera, fuerza moderna.
En Los chinos se reunirá por primera vez en la narrativa de la Isla lo expresionista, el positivismo y sus teorías raciales (tan de moda aquí a través de Fernando Ortiz y las citas que hace éste de Lombroso), la crítica social, el eterno jueguito entre hambre y dinero, la mafia... Estos "hombres amarillos", como en algún momento el autor los llama, serán como pequeñas máquinas que suben y bajan, trabajan, se descomponen, y a posteriori serán reemplazadas por máquinas idénticas a sí mismas. Es decir, "muñecos (...) absurdamente iguales a los que yo vi caer muertos en tierra, cual si en vez de llevarlos a enterrar los hubiesen llevado a la ciudad para recomponerlos...", o ajustarle los tornillos, pudiéramos escribir nosotros.
Expresionismo que había devenido ya programa en Mi tío el empleado, de Ramón Meza, redescubierta decenios después por Lorenzo García Vega en su controversial y lúcida Antología de la novela cubana, que casi pudiera leerse como un libro de estampas del mismo antologador, pero que poco a poco se irá convirtiendo en una de las líneas fundamentales (la otra gran escuela sería el realismo...) de la literatura que llamamos cubana. Línea que puede verificarse incluso en algunos de los relatos de los escritores de finales de los 80 y 90.
¿No podríamos pensar entonces que todo este juego con la crueldad, la violencia, la jerga campesina o militar (donde muchas veces se hace Ley lo violento mismo)10, la relación hombre-animal, la antropofagia, no es en sí ya un producto de todo este mundo "enfermo" u ontoexpresionista que recorre gran parte de la narrativa cubana desde las crónicas rojas que emitía en el siglo XIX un periódico como La Caricatura, y deviene, si no una constante, por lo menos una mutación notable en diferentes períodos de literatura y tiempo en la isla?
Quizá uno de los mejores ejemplos de esto que vengo enunciando sea El renuevo de Carlos Montenegro. Relato que escribe en la cárcel cuando cumple una condena de 14 años por matar a otro hombre que lo acosó sexualmente "en la zona habanera de los muelles"11, y más allá de la crueldad, o el par crueldad-inocencia que sobresale en el discurso del padre y el niño, pudiera entenderse como una investigación sobre la jerga campesina cubana. Investigación muy de moda en la época, con los diferentes movimientos de vanguardia que se dan en ese momento en Latinoamérica (muralismo en México, antropofagismo en Brasil...) y que en Cuba girará alrededor de una búsqueda de lo autóctono, lo racial o los distintos referentes linguísticos-étnicos: lo negro, lo mulato, lo campesino... que componían (componen) los diferentes estamentos del mundito insular.
Investigación que se hará mucho más compleja a posteriori con escritores como Labrador Ruiz y Onelio Jorge Cardoso, al mezclar el segundo el habla campesina con una atmósfera política o existencial, de guajiros en lucha contra la realidad misma donde están insertados: moscas en una telaraña...; o en el de Labrador Ruiz, al fundir determinado coqueteo de la vanguardia francesa -la onírica que tanto entusiasmaba a los surrealistas- con zonas de la mitología campesina cubana, esas historias de aparecidos que después Samuel Feijoo recogería en algunos de sus libros. No está de más señalar que el inventor de las "novelas gaseiformes" después de haber sido considerado uno de los escritores más atractivos de su generación, fue por un período de más de 30 años totalmente olvidado...
Cosa que se debió a partir del año 1959 a razones estrictamente políticas: todo aquel que abandonaba el país pasaba inmediatamente a la condición de fantasma (quizá las mismas historias de aparecidos pero por otras vías...), hasta que a partir de mediados de los 90, período en que el régimen ya no puede controlar de manera tan represiva todo lo que se mueve en la Isla, se comience a forzar un espacio donde se volverá a hablar de escritores que habían marchado en algún momento al exilio o habían muerto sin poder publicar nunca más adentro de la isla.
Cinismo evidente en los casos de Piñera, Gastón Baquero y Severo Sarduy (aunque totalmente "rasurados" por la cuchillita ideológica), que pasaron de "apestados" y "contrarrevolucionarios", sin tener incluso derecho a figurar en el Diccionario de Literatura, a ser "glorias de la cultura cubana" o cualquier otra menudencia patriótica. También en el caso de autores-pintores como Arístides Fernández (católico y origenista), donde crueldad, risa negra y precisión, junto a personajes grotescos que muchas veces hacen pensar en el Julio Ramón Ribeyro de Los gallinazos, convierten a algunos de sus relatos entre los más sugerentes de cierta zona de la literatura del mal llamado "período de vanguardia". Período que en la Isla se ubica entre los años 20 y 30 del siglo anterior, con un espectro amplio de revistas y foros públicos, como se ha comenzado a estudiar lentamente a partir de la década anterior.
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