Más allá del realismo sucio

Última rumba en La Habana
Fernando Velázquez Medina
Ediciones Furtivas, Miami, 2022


El capillismo, los grupúsculos, el amiguismo… en resumen, la falta de seriedad y de rigor analítico que convierten el terreno literario en un territorio de feudos excluyentes vienen asolando las letras cubanas y los estudios literarios cubanos desde hace décadas. Ese fenómeno, que antes de 1959 se manifestaba de un modo menos letal que hoy (recordemos, por ejemplo, que Lezama y Virgilio eran dos pesos pesados en un mismo ring, pero se respetaban y reconocían profundamente), con la llegada de la Revolución y de su tan cacareado Programa Cultural adquirió categoría de enfermedad terminal (ahora con el añadido de las descalificaciones por razones ideológicas) y, pasadas las décadas y ya con el agravante del éxodo casi masivo de miles de intelectuales, artistas y escritores, ha llegado a convertirse en una pandemia.

He dicho varias veces que me parece vergonzoso que los señores feudales de la literatura cubana, es decir, los que desde puestos de poder cultural tanto en la isla como en el exilio, se vanaglorian de ser las voces autorizadas para definir qué vale o qué no vale en las letras cubanas, desconocen olímpicamente autores y obras con motivaciones que considero realmente malsanas, al tiempo que maniobran en sus ensayos, en sus revistas, en sus congresos y en cuanta plataforma se les ponga a tiro para elevar a sus olimpos personales a ciertos autores menores, con obras menores y en la mayoría de los casos muy cuestionables en sus aportaciones y calidad, y convertirlos en diosecillos a los que se supone que debamos leer.

Esta novela, por ejemplo, Última rumba en La Habana, de Fernando Velázquez Medina, es una de esas excelentes e imprescindibles novelas cubanas que han sido ninguneadas por esos señores en sus sesudos análisis. Por suerte, la buena literatura se impone y esta novela ha sido elogiada incluso por escritores que no suelen elogiar a nadie… y han sido elogios justificados… entiéndase: no han sido palabras para complacer a un colega, a un amigo, a un miembro del gremio… Quien lo dude, lea las certeras palabras del escritor español Antonio Muñoz Molina, que aparecen en esta edición.

Aunque la inscriben algunos en el realismo sucio, que coloca a Fernando entonces junto a autores como Pedro Juan Gutiérrez o Zoé Valdés, Última rumba en La Habana, más que seguir lo establecido por ese modo de abordar narrativamente una realidad propone una incursión casi antropológica en la depauperación humana del cubano, debacle sociológica que se produce bajo el influjo desolador de la depauperación económica, política y social de un sistema, y por extensión, de una isla y de sus habitantes. La historia de esta muchacha, una jinetera cuyo sueño mayor es emigrar, es la historia de una búsqueda de las esencias perdidas en la propia vida de esa protagonista… una búsqueda que la conducirá a un final aplastante: no hay nada que encontrar, porque todo -las ilusiones, los sueños, la existencia misma- ha sido destruido por las circunstancias históricas que le ha impuesto esa sociedad represiva y asfixiante que gravita como un fantasma amenazante sobre todo.

Última rumba en La Habana, en simples palabras, es una novela que resume un trauma nacional construyendo un mundo espejo mediante una incursión dramática a la cotidianidad cubana más conocida, la de la marginalidad, y dando vida  a un personaje modélico de ese sello que algunos llaman cubanidad, los marginales en un sistema que condena a todos a vivir en los límites de la marginalidad: es decir, lejos de la ética, de los valores humanos, de la solidaridad… animalia que comparte las facetas más oscuras y miserables de una ciudad y un país hundido en un eufemismo político, “el período especial en tiempos de paz”, lanzándose unos a otros zarpazos y dentelladas en sus intentos desesperados por sobrevivir en esa selva deshumanizada que es Cuba desde 1959.

En el plano lingüístico es asombrosa la capacidad de Fernando Velázquez Medina de moverse entre registros muy diversos que confieren a esta novela una riqueza sonora y un colorido único, pero ante todo, la convierte en un muestrario abierto de todos esos matices que algunos estudios literarios definen como marcas de lo cubano: la carnavalización del idioma;  la juguetona zambullida en el doble sentido mediante la picardía de la gente; el humor paródico para caricaturizar ciertas situaciones del día a día; la critica mordaz, irónica, ácida a las circunstancias  más asfixiantes en las cuales hay que sobrevivir, y la mirada apacible de la sabiduría popular en la reinterpretación de ciertos mitos nacionales, de ciertas etapas históricas, de ciertos sucesos o personajes de la realidad social impuesta por ese proceso llamado Revolución.    

Otro logro de Última rumba en La Habana: sin dejar de ser un panorama casi fílmico de los bajos fondos de una ciudad, La Habana, y de esa larguísima estela de perdedores que se mueven en sus rincones más sórdidos, condenados al silencio, a la resignación, a la complicidad falsa o a la huida, esta es una novela que teatraliza con mano muy cuidadosa ese supuesto alto nivel cultural con el que la Revolución dotó a los cubanos: las referencias literarias, musicales, del cine y del arte en boca de los personajes principales, recordemos, perdedores todos ellos, se convierten en el más afilado contrapunteo crítico que va descascarando las capas falsas de pintura del metarrelato histórico revolucionario que aparece en esta novela como telón de fondo y como ojo siniestro que todo lo ve.

Última rumba en La Habana es, sin duda alguna, una novela mayor, una obra imprescindible en cualquier estudio literario sobre la narrativa cubana.

Un nuevo nombre en la novela negra cubana

Asesinato en el bosque de La Habana
Rigoberto Menéndez Paredes
Editorial, Atlantis, España, 2023


Una de las mejores sensaciones que se vive cuando se lee es descubrir nuevos escritores. Quienes me conocen saben que desde muy joven, cuando todavía yo mismo era un principiante en el mundo de las letras, me dediqué a leer cientos de manuscritos de mis amigos y de todo aquel escritor joven que se me atravesara en el camino. Así pude elaborar lo que algunos llamaron el mapa de una generación en varios de mis artículos y en un par de mis libros de ensayos. Así tuve el privilegio de preparar antologías con nombres de desconocidos que años después serían considerados nombres imprescindibles de las letras cubanas. Un ejemplo que recuerdo con mucho cariño, es mi antología El ojo de la noche, donde publiqué por primera vez en sus vidas cuentos de escritoras que hoy están a la cabeza de la narrativa escrita por mujeres en Cuba y en la diáspora.

Esa misma sensación de descubridor me acaba de pasar con este libro: Asesinato en el Bosque de La Habana, del historiador y antropólogo Rigoberto Menéndez Paredes, a quien conocí en Cuba cuando dirigía el Museo Casa de los Árabes en La Habana Vieja y con quien siempre tuve largas charlas sobre el mundo árabe en el cual yo me había especializado como periodista. Un mundo que, por cierto, es el escenario de trasfondo en el que se mueven los personajes de esta obra.

Es una excelente novela negra. Y es su primera novela, pero es de una calidad admirable y, dentro del género, una apuesta más que interesante por la diferencia que ofrece al actual escenario del género en la isla. Ha publicado esta novela estando incluso fuera de todos los circuitos literarios tradicionales, sin los apoyos que usualmente reciben otros autores. Y es un nombre, en definitiva, que no circula en ninguna de los grupos, tendencias, escuelas, que tanto abundan en el mundo promocional de las letras cubanas- Me alegra entonces decir que he descubierto un nuevo nombre y, claro está, me alegra que ese nuevo nombre sea el de un viejo amigo.

A partir del descubrimiento del cadáver decapitado de un inmigrante en el Bosque de La Habana, en la Cuba próspera, pero desigual y convulsa políticamente de finales de la década del 40, el detective privado Marcelo Gorayev, antiguo miembro del cuerpo de investigadores de la policía habanera, se zambulle en el escenario de la diversidad económica y comercial de la capital, especialmente en aquellos negocios vinculados a los inmigrantes árabes o “turcos”, como se les llamaba a muchos aunque no fueran turcos, y va descubriendo hilos secretos de pudrición social que se cuelan en el mundo empresarial habanero, en el ámbito sórdido de los prostíbulos  de Centro Habana y La Habana Vieja, en la simulación de glamour de las clases altas vinculadas a la política, en el poder subterráneo, pero poderosamente corruptor de la nomenclatura militar en el tráfico de todos tipo de productos, sanos, insanos e incluso humanos.

Pero ojo: aunque esta novela se va bien atrás, a una Cuba que muchos han convertido en una caricatura, en especial porque han seguido la propaganda de la Revolución Cuba cuando hablaba del “La Habana como prostíbulo de las américas» y de una nación totalmente podrida y perdida… pese a eso… una de las virtudes de Asesinato en el bosque de La Habana es que no hay tales estereotipos: Rigoberto Menéndez Paredes, sabe de lo que habla porque es historiador, conoce la verdadera cara oscura de esa Habana y la verdadera cara luminosa de esa Habana… no le hace el juego a ninguna propaganda ni ideología política y habla de una Cuba compleja, problemática, desigual, con corrupción, prostitución, desempleo, violencia, pero también habla de esa otra Cuba orgullosa de su historia, luminosa, consciente y en estado de lucha por mejorar dentro de la democracia los problemas del país, entre ellos la corrupción, la prostitución, el desempleo, la violencia.

El detective Marcelo, en contrapunto sentimental con la prostituta Pantorrillas Dulces, mostrará el entorno humanísimo de una ciudad que, pese a todas esas penumbras de la sociedad, pese a todas las injusticias, se empeña en defender los valores éticos y la solidaridad humana que, para orgullo de los cubanos, se convirtió en uno de los sellos de identidad de nuestra gente. La fraternidad, la fidelidad, el honrar la palabra empeñada, el amor, aunque fueran vapuleados cada día por los enormes conflictos económicos, sociales y políticos de la época, brillaban con una luz propia entre tanta tiniebla. Ese es el ambiente, la atmósfera que se percibe muy certeramente descrita en esos escenarios del mundo marginal y comercial habanero donde el detective se empeñará en descubrir al que decapitó a ese paisano suyo.

Con todos los elementos de una novela negra: intriga, pesquisas, amenazas, peligro, bocas selladas por el miedo, enigmas que surgen como las malas yerbas en todas partes donde el detective hurga, a los aciertos de esta novela hay que sumar el que me parece más interesante: la construcción de un protagonista sólido, creíble psicológicamente, inolvidable. Uno de esos personajes que se recuerdan mucho tiempo después de haber cerrado la última página del libro. Debo decir que este autor muestra en estas páginas ser un gran creador de personajes, pues al protagonista le siguen otras figuras construidas con mano muy precisa, desde el inspector Ortiz que pone en manos de Marcelo Gorayev este caso hasta esa dulce y medrosa doña Filena, casera del detective que se convierte en una figura leitmotiv dentro de la trama y el final de la novela.

Finalmente es admirable el nivel de trabajo con el idioma: la narración de acciones muy precisa, la dialogación vívida y justa de lo necesario para no dejar escapar pistas, la descripción minuciosa o sutil cuando es necesario. Una conjunción que nos trasmite la sensación de estar viendo lo que leemos, como sucede en los mejores libros de este género. Asesinato en el bosque de La Habana, de Rigoberto Menéndez Paredes, entra ya sin ninguna duda en la lista de las más notables novelas del género negro en Cuba.    

Las vaquitas son ajenas

Tomado de la novela homónima
Las vaquitas son ajenas, Ilíada Ediciones, 2023

Jorge Guasp. Nació en Buenos Aires. Es Técnico Forestal (Argentina) y Máster en Gestión Ambiental (España), y ha trabajado en gestión de bosques y conservación de la naturaleza. Realizó cursos sobre escritura creativa, y ha editado en España los libros ¿Dónde está mi Felicidad? (2012), El Huemul (2015), Sabiduría Natural (2016), y Ni Blanco, ni Negro (2021), en los que aborda aspectos sociales bajo la perspectiva de la relación del hombre con la naturaleza.


Capítulo 1

Ley Nº 21.499
(Argentina, 1977)
Régimen de Expropiaciones

ARTICULO 1º.- La utilidad pública que debe servir de fundamento legal a la expropiación, comprende todos los casos en que se procure la satisfacción del bien común, sea éste de naturaleza material o espiritual.

ARTICULO 4º.- Pueden ser objeto de expropiación todos los bienes convenientes o necesarios para la satisfacción de la «utilidad pública», cualquiera sea su naturaleza jurídica, pertenezcan al dominio público o al dominio privado, sean cosas o no.


Capítulo 2

EL PRESIDENTE DE LA NACION ARGENTINA EN ACUERDO GENERAL DE MINISTROS DECRETA:

ARTÍCULO 1º.- Dispónese la intervención transitoria de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. por un plazo de SESENTA (60) días, con el fin de asegurar la continuidad de las actividades de la empresa, la conservación de los puestos de trabajo y la preservación de sus activos y su patrimonio.

ARTÍCULO 2º.- Desígnase en el cargo de Interventor de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. al señor Darío González, y en el cargo de Subinterventor al señor Luciano Gómez.

ARTÍCULO 3º.- El Interventor tendrá las facultades que el Estatuto de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. le confiere al Directorio y al Presidente de la empresa, y en caso de ausencia del Interventor, dichas facultades serán ejercidas de pleno derecho por el Subinterventor.

ARTÍCULO 4º.- Dispónese la ocupación temporánea anormal de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. en los términos de los artículos 5759 y 60 de la Ley N° 21.499 por el plazo previsto en el artículo 1°.


Capítulo 3

—Buen día. Busco al señor Elpidio Peredo.

—Sí, soy yo.

—Mucho gusto. Mi nombre es Darío González. Vengo a hacerme cargo.

El hombre le tendió la mano. Elpidio atinó a estrecharla, pero luego se arrepintió.

—¿A hacerse cargo de qué?

—De la empresa. Soy el Interventor.

—A cargo de la empresa estoy yo, hace más de veinticinco años. Y antes estuvo a cargo mi padre, y mi abuelo, que la fundó. 

—Entiendo. Pero ahora a la empresa la va a manejar el Estado. Está intervenida a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia del Presidente…

—Lo sé —se apresuró a decir Peredo, interrumpiéndolo. 

—En estos días entrará en el Congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y esperamos que se apruebe muy pronto. Después de la aprobación, la empresa ya no será suya.

Elpidio experimentó un vahído, y sus brazos se aflojaron de improviso. Retrocedió hasta que sus manos encontraron los apoyabrazos de un sillón, sobre el cual se dejó caer. El rostro del anciano se volvió lívido.

—Permiso —dijo González, antes de entrar, cerrar la puerta y sentarse en un sillón individual.

La oficina tenía un amplio ventanal con vistas a gran parte de la ciudad. El escritorio del Presidente era de madera maciza, sobrio y bien conservado. Un cuadro abstracto ocupaba parte de la pared del fondo, mientras que la opuesta a la ventana estaba cubierta por estantes sin puertas, que contenían libros y esculturas pequeñas.

—Señor González —dijo Elpidio, sin mirar al Interventor y luego de pasarse una mano por el rostro—. No tengo inconveniente en compartir con ustedes los balances, los inventarios, los informes veterinarios sobre el ganado, los planos de las instalaciones, los informes de catastro de los campos, los estados de cuenta… Pero esta oficina es mía, y le pido por favor que me deje trabajar en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el hombre elevó la mirada y contempló a González con una mezcla de disgusto y cansancio.

—Le agradezco su buena predisposición, señor Peredo. Nosotros hemos hecho todo lo posible desde el Estado para que la empresa cumpla con sus acreedores, y rinda cuenta del destino de los créditos que le ha brindado el Banco Nacional. Pero los plazos se agotaron. El gobierno decidió intervenir la empresa y enviar al congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y nos vemos en la obligación de hacernos cargo de la corporación, para salvaguardar los intereses del pueblo.

—¿Los intereses del pueblo? La nuestra es una empresa privada, que salvaguarda sus propios intereses. No estamos al servicio del pueblo sino de nuestros trabajadores, socios y clientes. Y en todo caso, servimos al pueblo a través de nuestros impuestos, que pagamos religiosamente, y también de la carne que producimos.

—Lo sé, señor Peredo —dijo González, mientras asentía con la cabeza—. El problema es que… les deben dinero a varias cooperativas agrícolas, a los trabajadores y a algunos proveedores de maquinaria; y también al banco, por cierto.

—No lo niego. Usted comprenderá que, en este país, la carga de impuestos es cada vez más alta; y nosotros dependemos del mercado. Cuando se cierra la exportación y no podemos vender carne, afrontar nuestros compromisos no nos resulta fácil. Sin embargo, estamos en una convocatoria de acreedores, y honraremos nuestras deudas en cuanto podamos.

—Me temo que ya es tarde, señor Peredo. Se han cumplido todos los pasos y plazos legales. Y estamos a punto de declarar de utilidad pública a la empresa…

—¿De utilidad pública? —lo interrumpió irritado Peredo, al tiempo que se ponía de pie—. ¡De utilidad pública es un terreno por el que pasa una autopista, a través de la cual puede circular todo el mundo! —Peredo blandía su mano derecha, con su dedo índice extendido de modo admonitorio—. ¡Utilidad pública significa bien común!

Elpidio se desplazó de un lado a otro de la oficina, visiblemente nervioso, y evitó la mirada de su interlocutor. González también se puso de pie, y aseguró:

—Exactamente, señor Peredo. Utilidad pública y bien común son sinónimos. Nosotros venimos a revertir lo que cantaba el gran Atahualpa Yupanqui, en “El Arriero”: «las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas». En un país donde el asado es un símbolo, vamos a trabajar para que todos y todas tengan acceso a un trozo de carne a precio razonable. Las vacas son, para este gobierno, de utilidad pública.

—Pero… ¡los campos donde se crían las vacas son míos! ¡Las pasturas las sembré yo! Yo les pago a los veterinarios que mantienen la sanidad de los animales. Yo pago las vacunas y remedios, los fertilizantes para el suelo, las semillas, los productos fitosanitarios, los sistemas de riego…

El rostro rubicundo de Peredo sudaba con intensidad. Sus manos se agitaban en el aire, revelando un esfuerzo por manejar sus emociones. Sus pasos eran cortos y nerviosos, como si quisiera escapar del lugar, pero no supiera hacia dónde dirigirse.

—El suelo donde crecen las pasturas, señor Peredo, y sobre el cual pastan sus vacas, es argentino. El agua subterránea es de todos y todas. Y, dicho sea de paso, sus campos son un latifundio. ¿Le parece justo que usted tenga miles y miles de hectáreas, mientras otros viven en un departamento y no tienen ni siquiera un balcón donde poner una maceta con una planta?

—¿Y es justo que ustedes se queden con una empresa que fundó mi abuelo, y que se mantiene gracias al trabajo de decenas de personas? ¡Lo que tenemos lo hicimos trabajando! ¡Creamos puestos de trabajo, compramos maquinaria nacional, exportamos y traemos dólares! Bueno, lo hacíamos hasta que llegaron ustedes, y prohibieron las exportaciones —Peredo se detuvo frente a su escritorio, contra el cual descargó un golpe con la palma de su mano—. ¡Ustedes se enriquecen a costa del trabajo de los demás, y usan nuestro dinero para hacer política! ¡Malditos!

Peredo llevó de improviso sus manos al pecho, y cayó sobre el escritorio. González atinó a ayudarlo, pero desistió de inmediato; abrió la puerta, salió al hall y exclamó:

—¡Necesito ayuda, por favor! ¡El señor Peredo se desmayó!

«¿Qué pasó?», preguntó una mujer que limpiaba el piso del hall central, y antes de obtener respuesta, corrió a llamar a la puerta de una oficina ubicada al final de uno de los pasillos. González regresó al recinto en que se hallaba Peredo, y lo encontró apoyado de costado sobre el escritorio, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Abandonó de nuevo el lugar y se topó con una mujer rubia, que acababa de salir de su oficina con una carpeta bajo el brazo.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted?

—Se cayó el señor Peredo. Creo que se desmayó.

La mujer lo miró de soslayo, y caminó tan rápido como sus zapatos de taco alto se lo permitieron. González la siguió. Entraron en la oficina. La mujer se acercó a Peredo, le colocó una mano en el pecho y luego en la garganta, y a continuación se volvió a mirar a González.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Antes de que González respondiera, la mujer extrajo un celular y marcó un número.

—Hola, ¿Lucre? Soy Magdalena. Lucre… ¡Elpidio se desmayó! Tengo miedo de que sea un infarto; él ya tuvo un par de operaciones del corazón. Por favor, mándame urgente la ambulancia. Lo más rápido posible; si fue un infarto, el tiempo es clave. Gracias.

La mujer se acercó una vez más al cuerpo de Peredo. Quiso moverlo, pero no pudo. González le ofreció ayuda; ella la rechazó con la mano, en un gesto desdeñoso.

—¡Elpidio! —exclamó la mujer, mientras le asestaba golpecitos con las palmas de las manos en el pecho—. Ay, si al menos supiera hacer reanimación. ¿Por qué no habré hecho ese maldito curso?

Mientras intentaba reanimarlo, la rubia se volvió a mirar a González una vez más, por encima del hombro, y dijo:

—Aún no me explicó qué pasó, y qué hace usted aquí.

—Soy… el interventor. Mi nombre es Darío González.

—¿Interventor de qué?

—El Interventor de la Corporación Ganadera.

La rubia comprendió que sus rudimentarias maniobras de reanimación eran estériles, y se alejó de Elpidio, que seguía inmóvil. Se cruzó de brazos frente a González, y le dirigió una mirada desafiante.

—No sabía que se hubiera vendido la empresa; nadie me dijo nada.

—No se vendió; está intervenida, y se va a expropiar a través de una declaración de utilidad pública.

—Ah, ahora entiendo —dijo la mujer, mientras se sentaba en una silla—. A usted lo puso el gobierno, ¿no? Los demás trabajan y se esfuerzan para crear y sostener empresas, y ustedes se quedan con ellas.

—No creo que hayan trabajado mucho —comentó González, mientras caminaba por la oficina con sus manos en los bolsillos—. Si fuera así, no tendrían deudas con empleados y proveedores.

—¡Qué fácil es juzgar los negocios desde el Estado! Usted no tiene idea de lo difícil que es sostener una empresa ganadera, más aún con un gobierno como este, que estigmatiza al campo, lo persigue, le impide exportar y lo ahoga con impuestos. Me pregunto cuánto perdería esta empresa si la administrara el Estado; aunque espero que eso no suceda nunca.

—Ya sucedió, y por eso estoy aquí.

—Acaba de llegar, y ya provocó un infarto. ¿Se imagina lo dañino que puede ser usted en un par de meses?

—Dañinos son ustedes, que tienen miles de hectáreas y sin embargo no le pagan a nadie. Y si este viejo tuvo un infarto por discutir conmigo, eso prueba que ya no está en condiciones de dirigir la empresa. Aquí se necesita gente joven, con empuje —replicó González, antes de hacer una pausa, y agregar—: ¿me traerías un café, por favor? No alcancé a desayunar.

—No soy tu empleada, peroncho.

Sonó el teléfono; la mujer atendió de inmediato.

—Hola. Ah, buenísimo. Que suban, por favor. Elpidio no reacciona.

—No te preocupes —observó González—. El café puedo prepararlo yo mismo. ¿Hay alguna cafetera aquí?

Magdalena no respondió. Llamaron a la puerta; ella se apresuró a abrirla. Un médico saludó, y entró seguido de dos personas que llevaban una camilla; auscultó con rapidez a Elpidio, y de inmediato les pidió ayuda a los camilleros.

—Bajémoslo con cuidado al piso.

Depositaron el cuerpo sobre una alfombra. El médico se arrodilló, y le practicó reanimación cardiopulmonar. Tras una serie de maniobras, Elpidio volvió en sí.

—Cárguenlo en la camilla —ordenó el médico; luego se volvió a mirar a Magdalena, y agregó—: lo voy a internar para control. Hizo un paro. ¿Tuvo algún problema o discusión con vos?

—Conmigo no. Con este hombre —dijo ella, señalando a González con la mirada—. El gobierno quiere quedarse con la empresa, y lo mandó a él.

González no dijo nada. El médico lo escrutó, y dijo con voz pausada y calma:

—Estas cosas son delicadas, amigo. El gobierno no tiene por qué meterse con las empresas. En el medio hay personas, que llevan generaciones luchando para conseguir lo que tienen. Hay que ser más cuidadoso.

Los camilleros se llevaron a Elpidio.  El médico dio un par de pasos en dirección a la puerta, y después se detuvo:

—Te mantendré informada, Magdalena —aseguró, mientras le palmeaba un hombro.

—Gracias, doc. Voy a llamar al hijo de Elpidio para avisarle. No quería preocuparlo, pero creo que es mejor ponerlo sobre aviso. ¿Lo internarán en su clínica?

—Sí. Por ahora prefiero que no lo vea nadie, hasta que le hagamos los estudios y sepamos la gravedad del caso.

—Entiendo. No se preocupe. Gracias por venir enseguida.

El médico sonrió fugazmente, y se retiró detrás de los camilleros. Magdalena marcó un número en el celular.

—Hola, ¿Fausto? Soy Magda. Tuvimos un problemita con tu papá. Está bien. Ya lo reanimaron y acaba de llevárselo el doctor Albarracín. Lo van a internar en su clínica. Tuvo un infarto.

Magdalena escuchó la respuesta de Fausto, mientras miraba a González de manera aviesa.

—Mandaron a un interventor del gobierno a hacerse cargo de la empresa. Discutió con tu papá por ese tema. Imaginate que a mí me pidió un café; como si fuera mi jefe —Magdalena hizo una pausa para escuchar, y después dijo—: No, no vale la pena que vengas. Ya tenemos bastante con tu papá. Yo me encargo, gordo. En serio, no te preocupes. Ocupate ahora de Elpidio. Te aviso cuando tenga novedades. Un abrazo.

Magdalena cortó la comunicación, guardó su teléfono, y contempló a González, que continuaba paseándose de un lado a otro de la oficina, y se detenía ocasionalmente para escrutar los lomos de las carpetas y libros que colmaban la biblioteca.

—¿Usted tiene alguna orden para irrumpir así en la empresa?

—Por supuesto. Soy el interventor designado por el gobierno, y estamos enviando al Congreso el proyecto de Ley de Declaración de Utilidad Pública de la empresa. Cuando se apruebe y salga la sentencia judicial que fije la indemnización, pagaremos lo que corresponda y expropiaremos la empresa.

Pagaremos. Tiene razón. Esto le saldrá muy caro al pueblo argentino, y lo pagaremos entre todos.

—Escuché que te llamás como mi madre: Magdalena —comentó Darío, sonriendo—. Y veo que tenés carácter, como ella. Solo te pido que colabores. Nuestro proyecto está destinado al bien común. Estamos reemplazando el lucro de una corporación por beneficios para todos y todas. Se trata de una causa noble y justa, a la que vale la pena sumarse.

—Para mí, una causa justa es que le permitan a la empresa dirimir sus asuntos legales y económicos por sí misma, sin inmiscuirse en ellos. Soy secretaria ejecutiva de esta empresa hace diecisiete años. Hemos pasado por etapas buenas y malas. Pero siempre luchamos juntos para salir adelante.

—Exacto, esa es la idea: que luchemos todos juntos, pero no para el capital sino para el pueblo. Vamos a necesitar de tu experiencia, así que esperamos contar con vos.

—¿Cuál es su nombre?

—González. Darío González.

—Señor González… Esta charla es estéril. Le pido por favor que se retire, y me deje trabajar en paz. Tengo muchos asuntos pendientes: acreedores, redes de distribución de carne, trabajadores, impuestos, y mucho más.

—Yo me voy a quedar aquí, Magdalena. Este es ahora mi lugar de trabajo. En un rato llegarán más compañeros, y haremos un acto inaugural.

—Entonces tendré que llamar a la policía.

La noche bocarriba y otros poemas

Del poemario inédito Las aldabas del tiempo.

Clara Lecuona Varela (Santa Clara, Cuba, 1971). Poeta, narradora y crítica literaria. Ha sido premiada en poesía, narrativa, décima y crítica literaria. Parte de su obra ha sido traducida al italiano, al francés y al inglés. Ha publicado: De la remota esperanza (Ed. Mecenas, 2000), Antología de poemas cósmicos y líricos de Clara Lecuona (FAH, México, 2002), PreTextos (Ed. Mecenas, 2003), Estancias (Ed. Mecenas, 2007), Fragmentaciones (Sed de belleza editores, 2007), Lattes Capuccino (Ed.Oriente, 2011), Del cotidiano vacío (Ed. Letras Cubanas, 2017).


La noche bocarriba

Desnudos caminamos sobre el cielo
como una burbuja en el aire,
acaso somos ángeles olvidados
acaso somos nuestros hijos,
esos que no tuvimos.
(no lo sabremos)
Solo es cierto ahora tu mano en la mía,
para siempre tus ojos en mis ojos.
Existe un momento otro,
un universo versal donde la luna
asoma su cabeza para encontrarnos.
Te recuerdo:en mi camino hay una puerta
donde todo comienza o todo termina.
Se encuentra a la mitad del sueño
y no sé sabe si es hacia atrás
o hacia adelante
entonces la maravilla
está en nosotros desde siempre
y desde siempre retorna.
Disfruto echarte entre las nubes 
chupar tus espacios, olerte
y lento cabalgarte. Tu voz en mi voz,
hombre húmedo a la mitad del sueño.
Despierto de golpe y de golpe te poseo
como una burbuja
goteando entre mi boca abierta.
Sobre mi boca todo comienza
o todo termina
a la mitad de mi lengua y tu lengua
y no sé sabe si es hacia atrás o hacia adelante.
Solo que en mi boca a contragolpe se detiene
y abre un agujero enorme
donde la noche,
una vez más se tiende bocarriba.


Las flores del durazno abren para mí, solo en las tardes

En las tardes preparo el té
disfruto que las hojas se deshagan
en mis manos
y el olor se desplace por la habitación.
(Dices, es extraña
esta costumbre mía de estrujar
las hojas)
Coloco mis pies entre tus labios,
húmedos y tibios
por la bebida que recién preparo
como mismo preparo tu cuerpo.
Todo en él
me recuerda a las flores del durazno
Todo él se desparrama
me recibe como una cascada
mientras la ceremonia del té
comienzo.


La hora más cruel

Mis demonios y yo
tenemos un pacto,
donde ellos se ocultan
y yo los encuentro.
Subimos juntos las escaleras,
pisoteando los mensajes.
No nos interesan las palabras,
sabemos cuan fácil
es confundir con cada letra.
Más bien, preferimos
lo que reproduce
el sufrimiento y su adicción.
Más bien nos place
la estancia más cruel
para alimentar
a los que aguardan
con incertidumbre
ante la probable derrota.
Sucede que la dicha
nos aburre, la ilusión
y la esperanza.
Mis demonios y yo
tenemos un pacto,
a veces por turnos,
en el que soy todos ellos
y raras veces yo.


La tormenta como un dios

Una tormenta es siempre inspiradora
sobre todo si las luces
iluminan las ventanas
y los árboles se mueven
como un dios frenético.
Pero qué sabe del baile de mi cuerpo
qué presiente maldito
del otro lado de la ventana.
Acaso conoce
el deseo racional de ungir
su boca con mi boca
serpiente de lengua azul 
y le pregunto
qué sabes sabes de mis luces.
Allí donde todos escuchan
tus estruendos
yo te escucho gemir y siento pena.
porque sólo una ventana
nos distancia.
Así, apaciguo su delirio.
Así, lo aquieto por un rato.
Aunque sé volverá
con la lluvia a provocarme
a indagar por mis sombras…
mis postigos.
Yo, que no tengo conciencia
en estas horas
más bien me hago servir.
Lo invito a complacerme
en esta tarde
de tan absurdas maneras.

Violencia en Cuba

Cae el mito del país más seguro en América Latina

La izquierda adoradora de dictadores, los tontos útiles que en el mundo siguen defendiendo ese engendro mal llamado Revolución Cubana, han perdido definitivamente uno de sus slogans: Cuba ya no es el paraíso de la seguridad en América Latina…

Cuba es hoy un país tan violento, que la inmensa mayoría de los cubanos cierran sus puertas a cal y canto apenas cae la noche y ni siquiera así se sienten a salvo, porque ya son numerosas las denuncias de cubanos asaltados y asesinados a machetazos dentro de sus propias casas, mientras duermen. En lo que va de año hemos sido estremecidos en numerosas ocasiones por desapariciones de mujeres jóvenes, por asesinatos de muchachos para robarles los teléfonos celulares, por crímenes contra personas de cualquier edad que terminan golpeados o muertos luego de ser asaltados para quitarles bicicletas o las llamadas motorinas… y, por si no bastara, en lo que va de año, la violencia machista se ha cobrado ya la vida de más de 50 mujeres en una alta cifra de feminicio que no parece importarle nada al gobierno de Díaz Canel.

La violencia creciente en la isla siempre ha sido manipulada, escondida y disfrazada con eufemismos por quienes detentan el poder en Cuba… llámense Castros en su poder real y totalitario o llámense Díaz Canel y su orquesta sinfónica de gordas marionetas del poder real que los ha puesto allí.  Recuerdo que ya a mediados de la década del 90, en 1993, cuando yo trabajaba en Publicitaria Coral, la agencia de publicidad de la corporación Cubanacán SA, el entonces presidente de esa corporación, Abraham Maciques, confesó en una reunión que eran preocupantes las agresiones de delincuentes a turistas en la Marina Hemingway, Varadero y Santiago de Cuba. Entre esos casos, la violencia había terminado en muerte en al menos 3 turistas… Y jamás en Cuba se habló de eso.

Años después, cuando investigaba para escribir mi conocido libro sobre la prostitución en Cuba, Habana Babilonia, tuve en mis manos el expediente policial del asesinato de 2 jóvenes españoles que se vincularon con los grupos marginales de tráfico de droga en La Habana. Convertí esa historia en una de mis novelas negras o policiales: Largas noches con Flavia… en esa novela doy detalles reales de ese caso, de dónde fueron encontrados los cadáveres y de cómo un miembro de aquel grupo de turistas españoles, una muchacha, logra salvarse y regresar a España. Tampoco de ese caso se habló en Cuba.

Y ya conté en uno de mis artículos hace años que en Santiago de Cuba existió una banda de delincuentes llamada “Los diez negritos”, cuyos miembros violaron a varias mujeres y asesinaron a dos jóvenes para robarlos… y la policía nunca logró dar con ellos… hasta que cometieron un grave error… dibujaron una esvástica, ya saben, el signo nazi, en la tumba de José Martí en el Cementerio de San Ifigenia, allá, en Santiago de Cuba. Una semana después ya estaban presos.

Durante mi vida en Cuba tuve la suerte de vivir en medio de la marginalidad: allá en Santiago de Cuba viví a unas cuadras del barrio Los Cangrejitos, donde conocí formas diversas de la violencia provocadas por el hacinamiento, la pobreza y la insalubridad en la que miles de santiagueros estaban condenados al residir en ese sitio tan depauperado. Cuando me fui a estudiar a La Habana, viví en una zona muy marginal de Párraga, en otra zona todavía más marginal y depauperada de Luyanó, y después me fui al corazón de la marginalidad capitalina: primero en un apartamento horrendo en la barriada de Jesús María, y luego en el barrio de Centro Habana donde, desde antes de la Revolución, se concentró el mercado sexual, de travesti y de drogas, características que, por cierto, siguió siendo aunque de forma más encubierta así en los años de Revolución: Los Sitios…

Eso explica que en mis novelas la violencia contra la mujer, la prostitución femenina y masculina, el mercado negro, la corrupción policial, el hacinamiento habitacional, la insalubridad, y otras muchas carencias y problemas sociales y humanos derivados de la marginalidad sean ingredientes naturales… La Revolución, como bien sabemos, intentó evitar que esa realidad se conociera… pero sus esfuerzos por esconder esa cara siempre oscura y terrible del que vendían como un proceso social con todos y para el bien de todos, no estaban dirigidos a combatir realmente esos fenómenos… A los líderes de la Revolución siempre les interesó únicamente mostrar una cara limpia, hermosa, paradisíaca de la Revolución…, no les interesó terminar con esas enormes diferencias sociales que estaban ahí, aunque nosotros mismos los cubanos, nos habíamos acostumbrado tanto a ellas, que todavía escucho a muchos cubanos decir que en Cuba, en esos tiempos, no había diferencias sociales. Lo siento, pero durante más de 30 años de mi vida en esos barrios, yo viví en un mundo de diferencias sociales, y a veces esas diferencias eran bastante drásticas entre quienes tenían y quienes tenían poco o no tenían nada. Hoy esa diferencia es terriblemente mayor, pero en aquellos años también existía.

Como existían también las bandas organizadas de narcotráfico locales, pequeños capos que ganaban poco a poco poder en convenios con altos mandos de la policía que, curiosamente, eran quienes alimentaban el mercado negro y de la droga, como conté en mi novela Entre el miedo y las sombras, también basada en un expediente policiaco real…, la tercera novela de mi serie negra “El descenso a los infiernos”… Y como muchos cubanos sabemos, existían conexiones muy organizadas de tráfico humano hacia la Florida.

Como se ve… la violencia social en Cuba es algo que me toca muy de cerca porque lo viví y porque convertí esas historias reales en temas y escenarios de mi periodismo y de mis novelas. Y que conste, las convertí en novelas porque siempre que, como periodista, iba con esos temas a los órganos de prensa donde trabajé allá en Cuba: la televisión cubana, la radio o la prensa… jamás logré que se publicaran mis reportajes sobre esas problemáticas… y aún recuerdo una reunión en la UPEC con ese buen amigo que fue Julio García Luis, que entonces presidía la Unión de Periodistas de Cuba, en la cual me dijo que le habían dicho “de arriba” que tenía que pararme en seco para que no siguiera metiendo las narices donde no debía… Fue, por poner un ejemplo, Julio García Luis uno de los primeros en leer el manuscrito inédito de mi libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba, pues le llevé el libro para que se entendiera que mi intención era alertar sanamente sobre un fenómeno que en aquella Cuba de finales de la década del 90 se le estaba yendo de las manos a la sociedad y que podía convertirse en un flagelo irreversible. Las palabras de mi profesor Julio García Luis fueron inolvidables: “ahora sí te tostaste, muchacho, voy a hacer como que no he leído nada de esto que me has dado a leer… porque como te conozco bien y sé que tú seguirás insistiendo con publicar este libro, sé que en su momento me ordenarán cortarte las patas… y tú sabes que tendré que hacerlo”.

Hace unas semanas, preocupado por el hecho de ver en internet cientos de fotos de una Habana de calles tristemente vacías cuando cae la noche… algo que me conmocionó porque para mí la viveza y luminosidad populosa  de la noche ha sido siempre uno de los asombros más hermosos de La Habana, pregunté a ese vecino que, en la Cuba de los 90, gracias a que trabajaba en uno de los departamentos de la policía, me ayudó a conseguir los expedientes de casos policiales que utilice para escribir mis novelas negras. Sigue trabajando en eso, ahora más cerca de ciertos niveles de jefatura…  Y lo que acaba de decirme, aunque no me asombra porque ya lo suponíamos, tampoco deja de indignarme: la violencia no entra en la lista de prioridades de la Policía: la prioridad es combatir toda forma de manifestación pública contra la Revolución…; de hecho, se considera a la violencia un aliado del gobierno para mantener a la gente tranquila en sus casas, y circula incluso un chiste  que asegura que los delincuentes son los más aguerridos soldados de la Revolución porque asustan al pueblo para que no salga a las calles por miedo a ser asaltados. Y aunque mi amigo no está seguro de que sea una política oficial, sí asegura que en los últimos meses se les ha dado libertad a muchos delincuentes que viven, CASUALMENTE, en esas zonas donde se han dado casos de violencia que terminan en robos escandalosos o asesinato…, zonas que, CASUALMENTE, son las mismas donde la gente se manifestó con más fuerza en las calles en las manifestaciones de julio de 2021.

A ellos, esa mafia de obesos oportunistas que dirigen el país, no les importa que la gente esté descontenta y los haga responsables de generar la violencia con su incapacidad manifiesta en llevar al país por cauces económicos que rindan frutos reales en la vida del cubano de a pie. Se sienten intocables, ahora apoyados por Rusia , defendidos por partidos y gobiernos de izquierda que achacan todo el mal a Estados Unidos y al famoso «bloqueo», y saben que nadie cargará contra ellos a nivel internacional porque la comunidad internacional observa, con indolencia, todo el desastre económico, político y social que ese mal gobierno ha generado… Y lo cierto es que el único que se beneficia, y mucho, con la violencia que asola ahora mismo a Cuba y a los cubanos  es el gobierno de Díaz Canel…

Román Hernández

Si existe en el arte escultórico español en este momento una visión humanista singular y diferenciada de las modas al uso esa es, sin dudas, la del artista , gestor cultural y profesor Román Hernández. Pocas veces en un creador se unifican el cuestionamiento filosófico y la búsqueda ontologica del ser como ocurre en su caso, dones que otorgan a su obra una singularidad y una distinción dentro del actual concierto de las artes plásticas españolas y europeas, especialmente en tiempos en que la superficialidad estética, el facilismo creativo y la improvisación se ceban en un universo dnde la calidad se resiente año tras año.

En una de las entrevistas que ha concedido, Román apunta a una de esas singularidades: «Un escultor no se hace de un día para otro. El que conoce mi obra sabe que hay un hilo conductor en todos los proyectos que he desarrollado en todos estos años. Hay asuntos que para mí son incluso obsesivos, elementos iconográficos, como puede ser el cráneo”. Y más allá de la recurrencia de elementos como el cráneo, lo que se descubre incluso en la más sencilla mirada a la amplísima obra de este artista es la simbología ramificada de cada uno de los elementos que utiliza en sus composiciones. En el caso del cráneo, por ejemplo, esa simbología se extiende a un mar de significados que varían en cada pieza: reflexión sobre la muerte, estudio de la banalidad humana, marca ancestral de la sabiduría, el universo del miedo, la volatilidad del presente, la eternidad… Y ese significado se complejiza en la correlación dialogal entre elementos que es también parte de su estilo.

Su estética, limpia, precisa, que incita a la reflexión en todo momento, se articula en dos espacios que resultan notoriamente distintivos: por un lado, la retroalimentación natural entre el cuerpo humano, el tiempo y el espacio, y por otro lado, una obsesiva búsqueda, un proceso de hurgar en las resonancias profundas de elementos de la más cotidiana humanidad (social o íntima) tras las huellas de la persistencia de la memoria, de sus marcas espirituales. Esa dualidad inquisitiva se convierte en el más perfecto caldo de cultivo artístico para el más profundo cuestionamiento humano, en un mano a mano (casi un juego de apuestas) cargado de filosofía, espiritualidad y carnalidad («Armario de luces y sombras», por sólo poner un ejemplo con una obra de calidad extraordinaria, es una apelación al despertar de nuestros propios recuerdos que, tal vez, coincidan con los de Román al concebir esa maravillosa obra, pero la esencia es justo esa: puente sentimental hacia la memoria propia y la memoria de los otros).

La palabra, el trazo, la imperfección de la caligrafía… entiéndase entonces: la visualidad de lo que se escribe y el significado que aporta lo escrito, son también elementos que Román Hernández convierte en leitmotiv de muchas de sus obras… pero lo más significativo es que no se limita al aporte de un elemento gráfico más, de una idea esbozada, sino al contrapunteo vivo, activo, entre esos elementos caligráficos y el resto de los elementos de sus composiciones. Un juego de espejos cuyas imágenes se interrogan y ofrecen aún más profundidad a la inmersión humanista que ocurre en cada una de las obras de este artista.

OtroLunes se siente honrada de presentar a nuestros lectores una mirada rápida a la obra de este singular creador tenerifeño.  Quedan invitados a recorrer toda su vida y obra en los espacios que aquí compartimos.  

Amir Valle
Director General – OtroLunes


Biografía

Entrevistas

Galería

Muestrario de su obra

Una recomendación de los lectores cubanos de OtroLunes

100 Novelas – 100 Autores de Cuba


A la pregunta: «¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad?», 100 lectores, conocedores de la literatura cubana, muchos de ellos promotores en redes sociales de la creación literaria cubana, propusieron la siguiente relación:


Al cielo sometidos – Reynaldo González

Aventuras de Gaspar Pérez de Muela Quieta – Gustavo Eguren

Biografía de un cimarrón – Miguel Barnet

Boarding home – Guillermo Rosales

Brujas – Chely Lima

Callejones de Arbat – Antonio Álvarez Gil

Cañón de retrocarga – Alejandro Álvarez Bernal

Casa de cambio – Alejandro Aguilar

Chiquita – Antonio Orlando Rodríguez

Contrabando de sombras – Antonio José Ponte

Contracastro – Rafael Alcides

De dónde son los cantantes – Severo Sarduy

Días de entrenamiento – Ahmel Echevarría

Djuna y Daniel – Ena Lucía Portela

El corazón del rey – Félix Luis Viera

El gen de Dios – Juan Abreu Felippe

El gran incendio – Daniel Iglesias Kennedy

El hombre con la sombra de humo – José Hugo Fernández

El hombre que amaba a los perros – Leonardo Padura

El mundo alucinante – Reinaldo Arenas

El pan dormido – José Soler Puig

El polvo y el oro – Julio Travieso

El rey de La Habana – Pedro Juan Gutiérrez

El ruso – Manuel Pereira

El siglo de las luces – Alejo Carpentier

El traidor de Praga – Humberto López y Guerra

El último día del estornino – Gerardo Fernández Fe

El último secreto de Herman Hesse – H.G. Quintana

El verano en que Dios dormía – Ángel Santiesteban Prats

En mi jardín pastan los héroes – Heberto Padilla

Enigma para un domingo – Ignacio Cárdenas Acuña

Esa fuente de dolor – Matías Montes Huidobro

Espejo de tres cuerpos – Odette Alonso Yodú

Espero la noche para soñarte, Revolución – Nivaria Tejeda

Esther en alguna parte – Eliseo Alberto Diego

Everglades – Jorge Enrique Lage

Fumando espero – Jorge Ángel Pérez

Guanabo Gay – José Prats Sariol

Hagiografía de Narcisa La Bella – Mireya Robles

Hombres sin mujer – Carlos Montenegro

Infidente – Nelton Pérez

Inquisición roja – Rafael Vilches Proenza

Jardín – Dulce María Loynaz

Joy – Daniel Chavarría

La caja está cerrada – Antón Arrufat

La carne de René – Virgilio Piñera

La concordia – Evelio Traba

La estrella bocarriba – Raúl Aguiar

La isla del cundeamor – René Vázquez Díaz

La leve gracia de los desnudos – Alberto Garrido

La nada cotidiana – Zoé Valdés

La piedra de María Ramos – José Lorenzo Fuentes

La playa – Atilio Caballero

La saga del perseguido – Guillermo Vidal

La soledad del tiempo – Alberto Guerra

La tabla – Armando de Armas

La tiranía de las moscas – Elaine Vilar Madruga

La trenza de la hermosa luna – Mayra Montero

La viajera nocturna – Armando Lucas Correa

Las palabras perdidas – Jesús Díaz

Las palabras y los muertos – Amir Valle

Las potestades incorpóreas – Alberto Garrandés

Las voces y los ecos – Aida Bahr Valcárcel

Libro de la derrota – María Elena Hernández Caballero

Los fantasmas de hierro – Emerio Medina

Los hijos de la diosa Huracán – Daína Chaviano

Los reyes del mambo tocan canciones de amor – Oscar Hijuelos

Mayonesa bien Brillante (una novela de amor) – Legna Rodríguez Iglesias.

Memoria del silencio – Uva de Aragon

Memorias del subdesarrollo – Edmundo Desnoes

Mirando espero – Justo Vasco

Mouche – Margarita García Alonso

Mujer en traje de batalla – Antonio Benítez Rojo

Mundos sucios – José Latour

No es tiempo de ceremonias – Rodolfo Pérez Valero

Onoloria – Miguel Collazo

Otras plegarias atendidas – Mylene Fernández Pintado

Pailock, el prestidigitador – Ezequiel Vieta

Paradiso – José Lezama Lima

Pedro blanco, el negrero – Lino Novás Calvo

Perromundo – Carlos Alberto Montaner

Procesado en el paraíso – Ismael Sambra

Puente en la oscuridad – Carlos Victoria

Que en vez de infierno encuentres gloria – Lorenzo Lunar Cardedo

Retrato de los tigres – Sindo Pacheco

Rex – José Manuel Prieto

Sabanalamar – José Abreu Felippe

Sibilas en Mercaderes – Pedro de Jesús López

Silencios – Karla Suárez

Soñar en cubano – Cristina García

Tantas razones para odiar a Emilia – José M. Fernández Pequeño

Temporada de ángeles – Lisandro Otero

Todos se van – Wendy Guerra

Tres tristes tigres – Guillermo Cabrera Infante

Turcos en la niebla – Enrique del Risco

Tuyo es el reino – Abilio Estévez

Última rumba en La Habana – Fernando Velázquez Medina

Un tema para el griego – Jorge Luis Hernández

Un rey en el jardín – Senel Paz

Y si muero mañana – Luis Rogelio Nogueras

Entender Cuba: 100 Novelas – 100 Autores


Una recomendación de los lectores cubanos de OtroLunes

Durante los casi dos años de pandemia del COVID-19 lanzamos a nuestros lectores (mayormente a los cubanos) un reto singular: ¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad? Conociendo el peligro que se corre al hacer cualquier selección, especialmente en un caso de prolífica producción novelística como el caso cubano, insistimos en hacerle ver a los 100 lectores seleccionados por su fidelidad a la revista, que no se trataba, en ningún caso, de una selección en materia de calidad literaria si no de utilidad a la hora de explicar la compleja problemática que en estos dos últimos siglos han vivido Cuba y los cubanos.

Para evitar imparcialidades lógicas la selección de estos lectores no incluyó a escritores y personas vinculadas directamente el mundo de las letras. Y cada lector fue propuesto por el equipo de Otrolunes, a partir de su activa participación en redes sociales comentando obras literarias. Cada lector podría proponer hasta 20 obras y la novela propuesta sería incluida en el listado de 100 Novelas – 100 Autores solamente si era mencionada más de una vez. Así, de un total de 175 novelas citadas por los lectores, el cómputo final nos sorprendió a quienes en la revista estamos cerca del tema «Literatura Cubana», pues la inmensa mayoría de las propuestas coincidentes eran de libros que la crítica cubana (e internacional en muchos casos) ha destacado por sus valores literarios. Como detalle curioso, los únicos casos de unanimidad (100 de 100) fueron Carpentier, Lezama, Arenas y Cabrera Infante.

OtroLunes desea aclarar que este listado no apunta a ninguna selección de canon, no responde a ningún interés de priorización generacional, ni tampoco a la valoración de la literatura escrita en la isla o la diáspora. Es, sencillamente, una propuesta de un grupo de lectores, sobre novelas cubanas que les parecieron relevantes por la mirada que ofrecen sobre la realidad de Cuba. Y como en todo listado, seguramente se encontrarán muchas ausencias.

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La cancelación cultural en la era de lo olíticamente correcto

La cancelación cultural ha sido un mecanismo muy útil en casi todos los sistemas de gobierno en los que el poder político ha impuesto una única concepción de la sociedad como columna vertebral para establecer el pensamiento social. Aunque ha ocurrido también en el capitalismo (las dictaduras de derecha básicamente), ha sido una práctica recurrente en los regímenes de izquierda no capitalistas.

Lamentablemente, la mayoría de los análisis actuales apuntan al resurgimiento de esta práctica como fenómeno en lo que se conoce como “sociedad mundial”. Se culpabiliza en mayor parte a la teoría de la expansión internacional de lo políticamente correcto como la causa esencial de la cancelación cultural en temas relativamente nuevos en el discurso político y diplomático universal, como los derechos de las minorías (de raza, género, sexo, etnia, nivel social, etc), como la revalorización del derecho de existencia de regímenes considerados tradicionalmente no democráticos, y como la reformulación de las tradicionales raíces de las culturas madres tal cual las conocemos hoy (occidental, oriental, originarias, etc.)…

Es, en definitiva, un asunto que se discute casi cotidianamente en las sociedades democráticas, con Europa, Canadá, Estados Unidos, Japón y Australia a la cabeza. En América Latina, África y las naciones pobres en vías de desarrollo o subdesarrolladas en Asia la discusión social sobre este asunto varía por épocas de acuerdo al signo de los gobiernos.

Lo que llamamos Cancelación Cultural en Europa y Estados Unidos (en Cuba es otra cosa) es el resultado desviado del empoderamiento de sectores de la sociedad que habían permanecido sin voz en esas sociedades durante muy largo tiempo. Es un proceso que comienza con la expansión de internet y las posibilidades de romper el monopolio de los medios de comunicación, que trae al ruedo de las discusiones del pensamiento social nuevos actores de todas las áreas de la sociedad y de casi todos los estratos sociales. Por ejemplo: en Estados Unidos y México tuvieron bastante protagonismo en las reivindicaciones de las libertades de identidad sexual personas trans de las comunidades indígenas, y el caso más comentado entonces fue el de “las Muxes”, una identidad transgénero milenaria. Y cuando hablo de “resultado desviado” es que la resistencia que la propia sociedad y el pensamiento tradicionalista hicieron a esas propuestas reivindicativas, convirtieron las reivindicaciones en batallas sociales… y eso ocurre en un contexto en que se entiende la batalla como ganadores y perdedores y ahí comienza la cancelación… En el caso de las Muxes, por ejemplo, se llegó a llevar a los tribunales a humoristas que incluían al trans Muxe en sus monólogos o chistes… Recuerdo que varios colegas escritores se manifestaron preocupados porque, a ese paso, las suegras podrían protestar y llevar a los humoristas a los tribunales porque eran siempre pasto de burlas en los chistes y eso, según el discurso extremista de la cancelación, podría considerarse denigración de la mujer.

Siempre en estos casos pongo un ejemplo: en la actualidad, el teatro bufo cubano, sufriría la cancelación cultural. Sus personajes todos son estereotipos: el negrito, el chino, el gallego, la mulata… Y las cancelaciones culturales son de todo tipo: en el caso de las asumidas por la compañía Disney se trata de la utilización de estereotipos cómicos, no de burlas… incluso son personajes entrañables para las comunidades que ellos mismos representan… Me llamó mucho la atención que cuando ciertos grupos de defensa de los derechos raciales pidieron la cancelación cultural de “Lo que el viento se llevó” la mayoría de los actores negros y la familia de la criada negra, la actriz Hattie MacDaniel, se manifestaron en contra porque gracias a esta actuación, que fue premiada en 1940 con un Oscar a su actuación como la criada “Mammy”, se había logrado visibilizar al negro dentro del entramado del cine, y a partir de ahí se empezó a ganar espacio dentro del protagonismo en que los medios reflejaban al negro en la cultura norteamericana… Es un asunto tan complejo que irse a los extremos puede derivar en errores graves.

Un ejemplo claro: El monopolio de entretenimiento Disney ha optado por reforzar la seguridad en su plataforma de streaming Disney plus, retirando del catálogo infantil y estableciendo un filtro de edad más rígido, películas clásicas como Dumbo, Peter Pan, El Libro de la Selva o Los aristogatos. Según el comunicado, la compañía tomó la decisión de prohibir esas películas en las cuentas de los niños, siguiendo la opinión de un grupo de expertos externos, compuestos por organizaciones líderes que abogan por las comunidades que representan y son la vanguardia en impulsar el cambio narrativo en los medios y el entretenimiento. En Dumbo, un grupo de cuervos usa estereotipos para representar a afroamericanos; un problema parecido se da en El libro de la selva, mientras que Peter Pan es criticada por la forma en que representa a los nativos americanos y Los aristogatos por la imagen en que representa a los asiáticos. En uno de mis comentarios en video, en mi canal de Youtube, dije que el dilema es que usar un estereotipo social y burlarse de ese estereotipo social son dos cosas distintas, pero ese es el mundo de extremismos de toda índole que estamos viviendo.

Recientemente tenemos el caso más conocido de la cancelación cultural por racismo, en este caso lanzada por la población blanca: Disney hizo una sirenita mulata… y la población blanca puso el grito en el cielo, se pidió que no se proyectara esa película… pero cuando los niños la vieron en todo el mundo vieron a una sirena, no vieron a una mulata…

En el caso de Cuba, un país donde lo ideológico establece las normas, sigue siendo un tema de menor importancia, que es asumido por el gobierno solamente cuando conviene a sus estrategias de proyección internacional del proyecto social “Revolución Cubana”.

La cancelación cultural, en el caso de Cuba, no responde a la pérdida del límite de justas reivindicaciones sociales, como sucede en otras partes del mundo, sino a los lineamientos político/culturales establecidos en el Programa Cultural de la Revolución que, como sabemos, parten de lo establecido inicialmente por Fidel Castro en sus “Palabras a los intelectuales” para todos los ámbitos de la sociedad y del pensamiento social, y que se delinean muy claramente en los estatutos de las distintas organizaciones y estructuras de dirección cultural que configuran el entramado cultural cubano.  Así, aunque disfrazada de humanismo revolucionario, la cancelación cultural no se ha manifestado tanto en el bloqueo de obras y autores específicos (que también ha existido a lo largo de 6 décadas) como en el de impedir el estallido social o el descontento social por problemáticas que el programa político/social de la Revolución considera deben resolverse mediante decretos y por las vías establecidas por el Estado… por eso no es de extrañar que no se acepte en el discurso político/gubernamental la existencia, por ejemplo, del racismo como fenómeno social y se suaviza el asunto como “manifestaciones en la sociedad”, o de la homofobia, o de la violencia de género… 

Es un tema que se ha debatido bastante y, en mi opinión, de modo bastante profundo y profesional. Son bien recordados los espacios de discusión en la sede de la revista Criterios, en programas de diálogo sobre esos asuntos propuestos por Desiderio Navarro. También, y con la participación de especialistas latinoamericanos, se realizaron discusiones en la Casa de las Américas… El problema es que, como sabemos, estos espacios eran permitidos e incluso fomentados por la dictadura como catalizador de opiniones hacia las instituciones que, a fin de cuentas, debían ser las responsables de ofrecer respuestas y soluciones a esos problemas puntuales… En este sentido, los cubanos vivimos un suceso que es un botón de muestra muy claro de lo que digo: las cancelaciones culturales múltiples que ocurrieron en distintas áreas de la cultura cubana en los sesentas y setentas, en lo que se conoció como Quinquenio Gris (al que otros llaman Período Gris porque ocupó desde la mitad del 70 y hasta mediados del 80) se convirtieron en un problema para las autoridades cubanas en la llamada Guerrita de los Emails, de 2007, cuando un amplio grupo de intelectuales y escritores de la isla y la diáspora cruzaron mensajes de correo electrónico manifestando preocupación y alarma por los homenajes que, en espacios importantes de la televisión cubana (que, como se sabe, es controlada por el Partido Comunista) se le hicieron a tres antiguos represores del Quinquenio Gris… Para frenar la avalancha de quejas que se les iba de las manos se resolvió organizar reuniones de catarsis en las cuales las instituciones debían canalizar y resolver las persistencia de las heridas y del problema de esas cancelaciones y censuras. Como sabemos, nada cambió. O sí, para peor. 

He dicho en otros espacios que vivimos en un mundo donde para defender, supuestamente, los derechos de minorías marginadas, se comienza a marginar a quienes no pertenecen a esas minorías. Algunos hablan ya de dictaduras de las minorías y eso cuando se vive en una sociedad de derechos, es muy peligroso. El derecho a la queja, el derecho a protestar contra algo que no nos gusta, es un derecho de todos. Si aceptamos eso, entonces tendrá que ser igual de relevante la queja la comunidad LGTBI cuando pretende cambiar en las escuelas la perspectiva con que debe enseñar las diferencias de la orientación sexual y esa otra queja de otras minorías, mayormente denominaciones religiosas de distinto credo, que no desean que sus hijos reciban ese tipo de perspectiva educacional.

Me resulta preocupante que el modo en que se procede hoy, en todos los extremos y espectros de esta discusión social, apunta a un solo camino, el asesinato de la historia de la humanidad. Como la historia misma ha demostrado, la aniquilación irracional de las diferentes perspectivas con que se ha construido esa historia y el modo en que ha sido reflejada en la cultura no es la solución. Siguiendo ese camino llegaremos a querer borrar cualquier indicio que nos recuerde esas meteduras de pata que como humanidad perpetramos en el pasado, por ejemplo, ese horror que fue la esclavitud, pero también esos horrores que fueron el genocidio nazi o los más de 45 millones de muertos provocados por la Revolución Cultural en China. La historia se analiza y de ella se aprende, no se borra. No es eliminando esas visiones, aún cuando sean arcaicas, retrógradas, incorrectas políticamente, el modo de empezar a construir una nueva visión. Es analizando desde las libertades del presente, el atraso humano, ético que esas otras visiones pudieran representar. Enseñando a las nuevas generaciones a no burlarse de lo distinto, a respetar las diferencias, a convivir con la diversidad en igualdad de derechos. Una sociedad abierta, plural y sobre todo inclusiva solo será posible mediante la aplicación en la sociedad, y en nuestra cabeza, de una palabra que en estos tiempos brilla por su ausencia: tolerancia.