Carta a Donald J. Trump

Vías cívicas para una transformación democrática en Cuba


Honorable Donald J. Trump
Presidente de los Estados Unidos de América
1600 Pennsylvania Avenue NW,
Washington, DC 20500

De: Iniciativa Cívica Cubana / Intelectuales, Escritores y Artistas de Cuba

Asunto: Vías cívicas para una transformación democrática en Cuba


Señor Presidente:

Hay épocas en que la historia interpela a los hombres que ocupan responsabilidades de Estado.

Cuba vive uno de esos momentos.

Durante más de seis décadas, nuestro país ha estado sometido a un sistema totalitario que subordinó los derechos inalienables del ciudadano al poder de un partido único. En nombre de una ideología ajena a nuestras tradiciones occidentales se destruyeron instituciones, se sofocaron libertades, se convirtió al Estado en dueño de la vida nacional y se redujo el derecho a una simple herramienta del poder.

Las consecuencias son visibles: pobreza generalizada, éxodo masivo, fractura social y una profunda herida moral en la conciencia del país. Sin embargo, el espíritu de libertad del pueblo cubano no ha desaparecido. El 11 de julio de 2021 miles de ciudadanos salieron a las calles para reclamar lo que a todo ser humano le pertenece por derecho natural: Libertad, Dignidad y Futuro. Aquel día el mundo pudo ver con claridad lo que durante décadas se intentó ocultar: el pueblo cubano desea ser libre. La respuesta del régimen fue la represión, el encarcelamiento y el miedo. Muchos de aquellos ciudadanos continúan hoy en prisión.

Los firmantes de esta carta —artistas, escritores e intelectuales cubanos— creemos que la cultura no puede permanecer en silencio ante esta quiebra moral. En numerosos momentos de la historia, la voz de los creadores ha sido el faro ético de su tiempo. Hoy asumimos la responsabilidad de señalar el camino hacia el futuro.

Cuba necesita abrir un nuevo capítulo de su historia. En consecuencia, solicitamos su respaldo para que este proceso se canalice a través de un Pacto Social, mecanismo capaz de garantizar:

•          La Amnistía plena e inmediata de todos los prisioneros políticos.

•          La soberanía real del ciudadano frente al Estado.

•          La independencia total de los poderes públicos.

Este nuevo porvenir descansará sobre los cimientos que nos definen como sociedad: Libertad, Dignidad y Futuro, fundado en principios universales:

•          La libertad del individuo,

•          La soberanía del ciudadano,

•          La Justicia y Equidad como fin supremo del derecho;

•          La separación de poderes,

•          y la organización del Estado como herramienta al servicio del ciudadano, condición necesaria para la prosperidad de la nación y para la integración armónica de las Américas.

Estos principios no son ajenos a nuestra tradición. Los defendieron fundadores de la nación cubana como Ignacio Agramonte y José Martí, quienes soñaron una república basada en la justicia y la soberanía del individuo.

Para avanzar hacia ese horizonte proponemos y adjuntamos el Pacto Social respaldado por firmantes dentro y fuera del país, que recoge los principios fundamentales para una convivencia política fundada en la dignidad humana y en la soberanía ciudadana. Este Pacto Social propone, por primera vez, la posibilidad de una Constituyente Ciudadana, mediante la cual los propios ciudadanos —depositarios del poder constituyente originario— puedan suscribir directamente dicho Pacto utilizando los instrumentos que hoy ofrece la revolución digital.

De alcanzarse una mayoría ciudadana verificable, este Pacto adquiriría de manera inmediata la fuerza de Ley Primera de la República, inaugurando así un proceso constituyente de carácter ciudadano capaz de resolver, de forma pacífica, institucional y democrática un conflicto nacional que también posee implicaciones hemisféricas.

Señor Presidente:

La historia demuestra que en determinadas coyunturas el destino de los pueblos puede verse influido por la acción responsable de los estadistas.

Los Estados Unidos han sido, desde su nacimiento, un referente del constitucionalismo moderno y de la defensa de la libertad. En momentos en que el mundo, sus instituciones, y la prensa internacional hacen silencio, se cruzan de brazos o relativizan las razones del dolor de nuestro pueblo, es vital el protagonismo de Estados Unidos, en especial para lograr que este proceso de una Constituyente Ciudadana se realice con transparencia, accesibilidad para todos los cubanos y sin las usuales interferencias de quienes por casi 70 años han monopolizado el poder político en Cuba.

Si la causa de la libertad del pueblo cubano encuentra comprensión en su liderazgo, ese gesto sería recordado como una contribución significativa a la restauración de la democracia no solo en Cuba sino en el hemisferio. Ello representaría una reafirmación de los principios que han guiado a esa gran nación desde su origen hasta el día de hoy.

La libertad de Cuba no sería únicamente una victoria para los cubanos.

Sería también una victoria para los principios que han inspirado a las naciones libres desde hace más de dos siglos.

Con la más alta consideración y esperanza,

Intelectuales, Escritores y Artistas de Cuba

25 de marzo de 2026, 131 aniversario del Manifiesto de Monte Cristi.

Intelectuales cubanos respaldan iniciativa para una transición democrática basada en soberanía ciudadana y tecnología

Cuba, 25 de marzo de 2026, 131 aniversario del Manifiesto de Monte Cristi.


Un grupo de académicos, escritores y artistas cubanos, dentro de la isla, en el exilio y en la diáspora, ha expresado su respaldo al Pacto Social, una iniciativa que propone un nuevo modelo de legitimidad política en Cuba basado en la soberanía directa del ciudadano.

El proyecto se implementa mediante una Constituyente Ciudadana Digital, un mecanismo que permite a los cubanos participar en un proceso constituyente verificable, seguro y fuera del control del aparato estatal actual.

A diferencia de iniciativas tradicionales, esta propuesta no depende de estructuras políticas centralizadas ni de procesos de negociación con el régimen. Su enfoque combina tecnología y participación ciudadana para generar una base de legitimidad independiente y escalable.

El Pacto establece principios fundamentales como el Estado de Derecho, la separación de poderes, la protección de los derechos inalieanables y la seguridad jurídica, con el objetivo de facilitar una transición institucional ordenada.

La iniciativa ha sido presentada a miembros del Congreso de los Estados Unidos y a otros actores internacionales como una posible herramienta dentro del marco de la política hacia Cuba en 2026.

Sus promotores destacan que la plataforma digital ha sido diseñada con estándares avanzados de seguridad, permitiendo la participación ciudadana sin exposición a riesgos directos.

“Esta iniciativa no surge de estructuras políticas tradicionales, sino de la propia sociedad civil cubana”, señalaron representantes del grupo gestor.

Para más información o solicitudes de entrevista, contactar:

INICIATIVA CÍVICA CUBANA


Grupo Gestor por el Pacto Social en Cuba


Angel Santiesteban – angelsan1966@gmail.com
Camila Acosta – camilaacosta9323@gmail.com
Amir Valle – amirvalle@amirvalle.com
Rita Martin – rcmartin1@radford.edu
Faisel Iglesias – iglesiasfaisel@yahoo.com
Rafael Vilches Proenza – vilchesproenza65@gmail.com
Ana Rosa Díaz Naranjo – anardn2007@gmail.com

La línea del destino de Alexander J. Bermúdez

La línea del destino
Alexander J. Bermúdez
Editorial Tecnológica, Panamá, 2021


La Editorial de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP) presentó en su auditorio principal el libro de cuentos La línea del destino, obra ganadora del Concurso Nacional de Literatura José María Sánchez, versión 2021, cuyo autor es el periodista y escritor Alexander J. Bermúdez.

Durante la ceremonia, los escritores Luis Fuentes Montenegro y Pedro Crenes Castro, ganador múltiple del Premio Ricardo Miró, hicieron sendos análisis de la obra presentada, sobre la cual destacaron sus méritos narrativos, su lenguaje cinematográfico y la construcción moderna de los siete cuentos que la componen, destacando, entre los demás, los cuentos «¿Quién mató a Bartolomé Hamsa?» y el que da nombre al libro, «La línea del destino».

Sobre el cuento «¿Quién mató a Bartolomé Hamsa?, ambos escritores reconocieron la novedad literaria que representa, en su composición, el manejo del tiempo narrativo y un despliegue maravilloso de técnica, en donde el pasado entra en el presente y lo transforma, convirtiéndose en una historia ágil, que da la impresión de estar ocurriendo ante los ojos del lector.

Crenes Castro, opinó que ese cuento debería ser antologado en un futuro próximo, mientras que el periodista especializado en boxeo, Daniel Alonso, quien hizo de conductor de la entrevista y la presentación del autor ante el público concurrente, manifestó la notable habilidad del escritor de construir en un breve texto un personaje memorable y entrañable.

“Se nota la pluma de un periodista versátil, con responsabilidad de la construcción del lenguaje para el lector”, opinó Fuentes Montenegro. “Demuestra a un escritor que tiene oficio, que se ha forjado en la teoría”, agregó el también abogado y poeta.

El libro de cuentos, de unas 60 páginas, además, fue escogido como el “libro del mes”, por el grupo cultural Siembra de Lectores, espacio promovido por la escritora Rose Marie Tapia, quien lo presentó en su actividad mensual Noche Millenium ante una audiencia de más de cuatro mil personas conectadas en Panamá, España, Argentina, Colombia y otros, a través de diversas plataformas como Youtube, Facebook, Instagram y Zoom.

Una cubanísima novela mundo

La otra historia de Joel Merlín
Manuel Gayol Mecías
Ilíada Ediciones, 2022


Llevo tiempo intentando hablar de esta novela: La otra historia de Joel Merlín, del cubano Manuel gayol Mecías. Y mi demora se debe a que hay libros que son muy difíciles de resumir ante los ojos de un lector.

La primera dificultad es que Manuel Gayol Mecías jamás ha escrito una palabra fácil, jamás ha creado un mundo sencillo, como suele abundar en la literatura cubana de las últimas décadas. Estamos en presencia de uno de los escritores más originales de nuestras letras. Algo que, por cierto, me comentó nuestro amigo común, el gran novelista cubano Guillermo Vidal, cuando yo había leído apenas un solo cuento de Gayol: “La noche del Gran Godo”, si no recuerdo mal publicado en un Anuario de Narrativa, allá en Cuba. “Gayol no se parece a nadie escribiendo, es único, y es el mejor fabulador que conozco”, me dijo esa vez Guillermo Vidal. Así que apenas tuve la oportunidad de encontrarlo en nuestros exilios aproveché para leerme todo lo que escribe.

Y lo reitero, ya con conocimiento de causa: si una vez escribí que su libro de ensayos Cuba: el ser diverso y la isla imaginada es una obra de imprescindible consulta para todo el que desee entender el complejo “asunto cubano”…, su obra narrativa está a la altura de la mejor literatura escrita por cubanos en el siglo XX y lo que va del XXI. En varios análisis me he referido a él como una “rara avis”… obra tras obra ha ido configurando un estilo personalísimo, una cosmogonía muy particular, una simbología diferenciada que alcanza su cumbre en esta novela.

Mientras leía este libro sentí ese hálito universal de los más grandes creadores de atmósferas de la literatura universal: pienso en el Thomas Mann de La montaña mágica, en el Bulgakow de El Maestro y Margarita, en el Cortázar de Rayuela… y, curiosamente, muchísimo más mi mente iba a ese mundo ficcional creado en sus libros por mi querido maestro, el gran novelista José Soler Puig, especialmente con esa maravilla que es la novela Un mundo de cosas.

En esta novela, igual que en Un mundo de cosas, nos zambullimos en la historia de un viaje que es la vida del protagonista, sí, pero es también nuestra vida. Gayol, al construir a Joel Merlín en su saga novelada Crónicas Marjianas, pero en particular aquí, va colando fragmentos de su propia vida, de la experiencia vital de algunos personajes muy reconocibles de “lo cubano”, pero también de la vida de muchos cubanos que lo leemos y nos sentimos identificados con esos sucesos, anécdotas, cartas, que vamos descubriendo como marcas propias. Porque Cuba está en esta novela, calada en un cincel magistral que se mueve desde las escenas en la isla hasta la escenas en el exilio, que abarcan desde los recuerdos más íntimos de Joel, Marja, o cualquiera de ese amplísimo teatro de personajes que desfilan en estas páginas… hasta los asuntos más públicos y dolorosos y del horror como el asesinato por las autoridades cubanas de aquellos cubanos que quisieron escapar de la isla en el remolcador 13 de marzo, en 1994… Una sensibilidad especial que se esparce gota a gota a través de un sinfín de historias, personajes, confluencias espirituales y carnales que se amalgaman en la búsqueda esencial del sentido de la existencia de este Joel Merlin, que se me antoja una exquisita parábola de esa búsqueda existencial, de esa persecución desesperada de la salvación que el cuerpo de nuestra nación persigue desde hace ya muchos años.    

Esta es una novela, dirían algunos, de alto vuelo: Gayol es un hombre de cultura, un ser de esos que ya casi no existen, capaces de explicar las cotidianidades más burdas, esas que asolan el panorama de la vida de los cubanos en la isla y la diáspora, con un elevado nivel de racionalidad, humanismo, espiritualidad… en el cual queda evidente su enciclopédica formación… y en esta novela, al impacto visible en la historia misma que causan las lecturas netamente literarias, se suma la mirada incisiva de quien conoce profundamente los recovecos más intrincados de la filosofía universal (algo que, por cierto, podemos leer en la también profusa obra ensayística de este autor)… Y ese macromundo de interferencias del pensamiento universal, herramienta que escasos escritores dominan, otorgan un plus de excelencia al universo ficcional creado por Gayol en La otra historia de Joel Merlín.

Cuba, el escape de la isla, el choque con España, la nostalgia por el pasado, las incertidumbres sobre el futuro, las cadenas familiares, el caleidoscopio de ciertas etapas de la vida observadas desde las cartas intercambiadas entre los personajes… un mundo de cosas, como en la novela de José Soler Puig, analizadas además desde una espiritualidad singular en todas y cada una de esas vidas que el protagonista tendrá que vivir: la del ser humano que siente que no puede quedarse detenido, que no puede dejar detener su historia…

Una excelente novela, una novela mundo, una obra cubanísima pero también de aliento universal… Y aunque creo haber develado ya algunos secretos de este libro, algunos momentos esenciales… solo añadiré el reto de pedirles que la lean y busquen algo esencial: ¿quién cuenta esta historia? Ese es otro detalle que hace grande y única La otra historia de Joel Merlín… Leer novelas de esta excelencia siempre es un enriquecimiento.    

Memorias de un cambio de esencia en un país

La intensa vida
Zoé Valdés
Editorial Almuzara, 2022

La intensa vida, de la escritora cubana Zoé Valdés me ha obligado a lanzar mi memoria a ciertos momentos de esa Cuba que Zoé y yo compartimos, allá, en los cada vez menos recordados años de la década del 90. Y, al menos en mi caso, cuando un libro me obliga a esas zambullidas memoriosas, cuando un libro me obliga a repensar o revisitar ciertas zonas de mi vida, ciertos momentos de la historia de nuestra isla, ciertos recovecos del mundillo intelectual o incluso ciertas zonas tórridas de ese circo romano que es “lo cubano”, me atrevo a jurar que se trata de un libro que va a ser de necesaria lectura para muchas personas.

Nunca le he contado a Zoé Valdés que quizás yo sea uno de los poquísimos lectores de uno de sus poemarios muchos años antes de que se publicara. Y debo aclarar que no leí ese libro porque Zoé me lo diera. No recuerdo ahora mismo en qué año sucedió, pero alguien que no puedo mencionar porque aún trabaja allá en Cuba en una importante institución cultural, un amigo común de Zoé y mío, me pasó uno de los ejemplares que ella había mandado a un premio. No logro precisar muchos detalles de aquella conversación en el Palacio del Segundo Cabo, pero mi amigo me dijo: este libro va a dar mucho que hablar, aprovecha que nos pasaron esa copia y léelo rápido. Sí me queda claro que el libro no había ganado el premio, como suele suceder en Cuba, “por razones extraliterarias relacionadas con la autora”. Quienes conozcan la obra poética de Zoé sabrán que me refiero a su excelente poemario Vagón para fumadores, y que el premio que no ganó fue el Premio Casa de las Américas. No lo ganó, pero me consta que durante semanas, copias de ese libro estuvieron pasando de mano en mano de los funcionarios culturales cubanos, y que fue la comidilla malsana de unos cuantos comisarios culturales. Lo vi con mis propios ojos.

Leí luego Sangre azul, su primera novela, y me pareció demasiado etérea, así que seguí quedándome con la Zoé poeta hasta que tuve en mis manos La nada cotidiana… Algunos en Cuba recordarán que en un Encuentro de la Crítica en el Palacio del Segundo Cabo, cuando algunos se ensañaban en lo que llamaban “literatura de obcenidades de la Zoéz Valdéz”… comenté algo que entonces muchos tildaron de desconocimiento literario: en aquel momento, 1997, aseguré que las novelas de Zoé La nada cotidiana y Te di la vida entera sencillamente estaban reflejando un proceso de degradación del habla del cubano, una caída hacia la marginalidad de los valores tradicionales del modo en que hablábamos los cubanos… algo que entonces llamé marginalización del idioma… Y hoy, cuando veo ese balbuceo cargado de malas palabras, esa vulgaridad expresiva, y la agresividad verbal para discutir incluso los asuntos menos conflictivos que son ficha del día a día en la Cuba de hoy, sigo pensando que Zoé supo ver anticipadamente en aquella realidad de los noventas ese drástico cambio antropológico.

Menciono estos recuerdos porque La intensa vida tiene mucho que ver con ese cambio, en este caso, en lo que fue cambiando en la propia Zoé Valdés mientras la propia realidad cubana cambiaba tan escandalosamente. La aplastante sinceridad de esas dos novelas, el modo de asumir el libertinaje individual como rebeldía contra las imposiciones sociales, estuvo en aquellas novelas y está aquí… pero esta vez con un distanciamiento que le permite ponernos delante también lo que de hermoso y entrañable hubo en aquella época. La transición entre la muchachita despistada que, sin embargo, era más despierta que los varones de su edad como para atreverse a retarlos, y la joven que se vinculó al mundo de la cultura ocurren en un escenario convulso y en transformación continua: la decadencia de la revolución cubana, una decadencia que provocaría rupturas en todas las generaciones de cubanos que vivieron ese proceso social. También en Zoé Valdés, un espíritu sensible que, como ella misma confiesa, escribía un diario para intentar ser feliz y escapar de la dura vida, alguien que recuerda con nostalgia la pluma que le regaló su abuela para que escribiera lo que le diera la gana.

Este es un libro donde Zoé muestra la lucha que tuvo lugar en su propia formación intelectual y como escritora entre la alta cultura que ella devoraba vorazmente para cultivar su espíritu y esa marginalia social agresiva, inculta, pero llena de enseñanzas de vida esenciales en la que transcurrió su vida cubana. Ya sea por lo que despierta una llamada que la escritora hace a Cuba, ya sea en la rememoración de alguna anécdota familiar, ya sea en el comentario irónico sobre muchas de las discutibles aristas del acontecer nacional, ya sea en las confesiones que ella hace sobre las esencias de varias de sus más reconocidas obras, Cuba, mirada desde el exilio, en este libro, se nos presenta en su compleja diversidad, en sus entornos contradictorios, en sus innegables vergüenzas… Y hay aquí, además, un contrapunteo sutil entre los retos de haber sido borrada de la cultura por los comisarios culturales, y esos otros retos que ha enfrentado en muchos ámbitos desde que tuvo que salir al exilio.

Cuestionamientos a ciertos personajes de nuestra historia, sociedad y cultura…, destellos memoriosos de la cotidianidad cubana…, preguntas sobre la responsabilidad que tenemos en esa desgracia que ella llama Cagonia…, incisiones irónicas sobre el comportamiento de opositores y figuras de las muy bien cotizadas guerritas cubanas en internet…, reflexiones sobre el impacto de la cultura universal en su estilo…, homenajes a cubanos dignos…, acercamientos afilados al daño antropológico en los cubanos de la isla y el exilio provocados por la llamada Revolución Cubana…  En resumen, un libro controversial, como debe ser todo buen libro.

Más allá del realismo sucio

Última rumba en La Habana
Fernando Velázquez Medina
Ediciones Furtivas, Miami, 2022


El capillismo, los grupúsculos, el amiguismo… en resumen, la falta de seriedad y de rigor analítico que convierten el terreno literario en un territorio de feudos excluyentes vienen asolando las letras cubanas y los estudios literarios cubanos desde hace décadas. Ese fenómeno, que antes de 1959 se manifestaba de un modo menos letal que hoy (recordemos, por ejemplo, que Lezama y Virgilio eran dos pesos pesados en un mismo ring, pero se respetaban y reconocían profundamente), con la llegada de la Revolución y de su tan cacareado Programa Cultural adquirió categoría de enfermedad terminal (ahora con el añadido de las descalificaciones por razones ideológicas) y, pasadas las décadas y ya con el agravante del éxodo casi masivo de miles de intelectuales, artistas y escritores, ha llegado a convertirse en una pandemia.

He dicho varias veces que me parece vergonzoso que los señores feudales de la literatura cubana, es decir, los que desde puestos de poder cultural tanto en la isla como en el exilio, se vanaglorian de ser las voces autorizadas para definir qué vale o qué no vale en las letras cubanas, desconocen olímpicamente autores y obras con motivaciones que considero realmente malsanas, al tiempo que maniobran en sus ensayos, en sus revistas, en sus congresos y en cuanta plataforma se les ponga a tiro para elevar a sus olimpos personales a ciertos autores menores, con obras menores y en la mayoría de los casos muy cuestionables en sus aportaciones y calidad, y convertirlos en diosecillos a los que se supone que debamos leer.

Esta novela, por ejemplo, Última rumba en La Habana, de Fernando Velázquez Medina, es una de esas excelentes e imprescindibles novelas cubanas que han sido ninguneadas por esos señores en sus sesudos análisis. Por suerte, la buena literatura se impone y esta novela ha sido elogiada incluso por escritores que no suelen elogiar a nadie… y han sido elogios justificados… entiéndase: no han sido palabras para complacer a un colega, a un amigo, a un miembro del gremio… Quien lo dude, lea las certeras palabras del escritor español Antonio Muñoz Molina, que aparecen en esta edición.

Aunque la inscriben algunos en el realismo sucio, que coloca a Fernando entonces junto a autores como Pedro Juan Gutiérrez o Zoé Valdés, Última rumba en La Habana, más que seguir lo establecido por ese modo de abordar narrativamente una realidad propone una incursión casi antropológica en la depauperación humana del cubano, debacle sociológica que se produce bajo el influjo desolador de la depauperación económica, política y social de un sistema, y por extensión, de una isla y de sus habitantes. La historia de esta muchacha, una jinetera cuyo sueño mayor es emigrar, es la historia de una búsqueda de las esencias perdidas en la propia vida de esa protagonista… una búsqueda que la conducirá a un final aplastante: no hay nada que encontrar, porque todo -las ilusiones, los sueños, la existencia misma- ha sido destruido por las circunstancias históricas que le ha impuesto esa sociedad represiva y asfixiante que gravita como un fantasma amenazante sobre todo.

Última rumba en La Habana, en simples palabras, es una novela que resume un trauma nacional construyendo un mundo espejo mediante una incursión dramática a la cotidianidad cubana más conocida, la de la marginalidad, y dando vida  a un personaje modélico de ese sello que algunos llaman cubanidad, los marginales en un sistema que condena a todos a vivir en los límites de la marginalidad: es decir, lejos de la ética, de los valores humanos, de la solidaridad… animalia que comparte las facetas más oscuras y miserables de una ciudad y un país hundido en un eufemismo político, “el período especial en tiempos de paz”, lanzándose unos a otros zarpazos y dentelladas en sus intentos desesperados por sobrevivir en esa selva deshumanizada que es Cuba desde 1959.

En el plano lingüístico es asombrosa la capacidad de Fernando Velázquez Medina de moverse entre registros muy diversos que confieren a esta novela una riqueza sonora y un colorido único, pero ante todo, la convierte en un muestrario abierto de todos esos matices que algunos estudios literarios definen como marcas de lo cubano: la carnavalización del idioma;  la juguetona zambullida en el doble sentido mediante la picardía de la gente; el humor paródico para caricaturizar ciertas situaciones del día a día; la critica mordaz, irónica, ácida a las circunstancias  más asfixiantes en las cuales hay que sobrevivir, y la mirada apacible de la sabiduría popular en la reinterpretación de ciertos mitos nacionales, de ciertas etapas históricas, de ciertos sucesos o personajes de la realidad social impuesta por ese proceso llamado Revolución.    

Otro logro de Última rumba en La Habana: sin dejar de ser un panorama casi fílmico de los bajos fondos de una ciudad, La Habana, y de esa larguísima estela de perdedores que se mueven en sus rincones más sórdidos, condenados al silencio, a la resignación, a la complicidad falsa o a la huida, esta es una novela que teatraliza con mano muy cuidadosa ese supuesto alto nivel cultural con el que la Revolución dotó a los cubanos: las referencias literarias, musicales, del cine y del arte en boca de los personajes principales, recordemos, perdedores todos ellos, se convierten en el más afilado contrapunteo crítico que va descascarando las capas falsas de pintura del metarrelato histórico revolucionario que aparece en esta novela como telón de fondo y como ojo siniestro que todo lo ve.

Última rumba en La Habana es, sin duda alguna, una novela mayor, una obra imprescindible en cualquier estudio literario sobre la narrativa cubana.

Un nuevo nombre en la novela negra cubana

Asesinato en el bosque de La Habana
Rigoberto Menéndez Paredes
Editorial, Atlantis, España, 2023


Una de las mejores sensaciones que se vive cuando se lee es descubrir nuevos escritores. Quienes me conocen saben que desde muy joven, cuando todavía yo mismo era un principiante en el mundo de las letras, me dediqué a leer cientos de manuscritos de mis amigos y de todo aquel escritor joven que se me atravesara en el camino. Así pude elaborar lo que algunos llamaron el mapa de una generación en varios de mis artículos y en un par de mis libros de ensayos. Así tuve el privilegio de preparar antologías con nombres de desconocidos que años después serían considerados nombres imprescindibles de las letras cubanas. Un ejemplo que recuerdo con mucho cariño, es mi antología El ojo de la noche, donde publiqué por primera vez en sus vidas cuentos de escritoras que hoy están a la cabeza de la narrativa escrita por mujeres en Cuba y en la diáspora.

Esa misma sensación de descubridor me acaba de pasar con este libro: Asesinato en el Bosque de La Habana, del historiador y antropólogo Rigoberto Menéndez Paredes, a quien conocí en Cuba cuando dirigía el Museo Casa de los Árabes en La Habana Vieja y con quien siempre tuve largas charlas sobre el mundo árabe en el cual yo me había especializado como periodista. Un mundo que, por cierto, es el escenario de trasfondo en el que se mueven los personajes de esta obra.

Es una excelente novela negra. Y es su primera novela, pero es de una calidad admirable y, dentro del género, una apuesta más que interesante por la diferencia que ofrece al actual escenario del género en la isla. Ha publicado esta novela estando incluso fuera de todos los circuitos literarios tradicionales, sin los apoyos que usualmente reciben otros autores. Y es un nombre, en definitiva, que no circula en ninguna de los grupos, tendencias, escuelas, que tanto abundan en el mundo promocional de las letras cubanas- Me alegra entonces decir que he descubierto un nuevo nombre y, claro está, me alegra que ese nuevo nombre sea el de un viejo amigo.

A partir del descubrimiento del cadáver decapitado de un inmigrante en el Bosque de La Habana, en la Cuba próspera, pero desigual y convulsa políticamente de finales de la década del 40, el detective privado Marcelo Gorayev, antiguo miembro del cuerpo de investigadores de la policía habanera, se zambulle en el escenario de la diversidad económica y comercial de la capital, especialmente en aquellos negocios vinculados a los inmigrantes árabes o “turcos”, como se les llamaba a muchos aunque no fueran turcos, y va descubriendo hilos secretos de pudrición social que se cuelan en el mundo empresarial habanero, en el ámbito sórdido de los prostíbulos  de Centro Habana y La Habana Vieja, en la simulación de glamour de las clases altas vinculadas a la política, en el poder subterráneo, pero poderosamente corruptor de la nomenclatura militar en el tráfico de todos tipo de productos, sanos, insanos e incluso humanos.

Pero ojo: aunque esta novela se va bien atrás, a una Cuba que muchos han convertido en una caricatura, en especial porque han seguido la propaganda de la Revolución Cuba cuando hablaba del “La Habana como prostíbulo de las américas» y de una nación totalmente podrida y perdida… pese a eso… una de las virtudes de Asesinato en el bosque de La Habana es que no hay tales estereotipos: Rigoberto Menéndez Paredes, sabe de lo que habla porque es historiador, conoce la verdadera cara oscura de esa Habana y la verdadera cara luminosa de esa Habana… no le hace el juego a ninguna propaganda ni ideología política y habla de una Cuba compleja, problemática, desigual, con corrupción, prostitución, desempleo, violencia, pero también habla de esa otra Cuba orgullosa de su historia, luminosa, consciente y en estado de lucha por mejorar dentro de la democracia los problemas del país, entre ellos la corrupción, la prostitución, el desempleo, la violencia.

El detective Marcelo, en contrapunto sentimental con la prostituta Pantorrillas Dulces, mostrará el entorno humanísimo de una ciudad que, pese a todas esas penumbras de la sociedad, pese a todas las injusticias, se empeña en defender los valores éticos y la solidaridad humana que, para orgullo de los cubanos, se convirtió en uno de los sellos de identidad de nuestra gente. La fraternidad, la fidelidad, el honrar la palabra empeñada, el amor, aunque fueran vapuleados cada día por los enormes conflictos económicos, sociales y políticos de la época, brillaban con una luz propia entre tanta tiniebla. Ese es el ambiente, la atmósfera que se percibe muy certeramente descrita en esos escenarios del mundo marginal y comercial habanero donde el detective se empeñará en descubrir al que decapitó a ese paisano suyo.

Con todos los elementos de una novela negra: intriga, pesquisas, amenazas, peligro, bocas selladas por el miedo, enigmas que surgen como las malas yerbas en todas partes donde el detective hurga, a los aciertos de esta novela hay que sumar el que me parece más interesante: la construcción de un protagonista sólido, creíble psicológicamente, inolvidable. Uno de esos personajes que se recuerdan mucho tiempo después de haber cerrado la última página del libro. Debo decir que este autor muestra en estas páginas ser un gran creador de personajes, pues al protagonista le siguen otras figuras construidas con mano muy precisa, desde el inspector Ortiz que pone en manos de Marcelo Gorayev este caso hasta esa dulce y medrosa doña Filena, casera del detective que se convierte en una figura leitmotiv dentro de la trama y el final de la novela.

Finalmente es admirable el nivel de trabajo con el idioma: la narración de acciones muy precisa, la dialogación vívida y justa de lo necesario para no dejar escapar pistas, la descripción minuciosa o sutil cuando es necesario. Una conjunción que nos trasmite la sensación de estar viendo lo que leemos, como sucede en los mejores libros de este género. Asesinato en el bosque de La Habana, de Rigoberto Menéndez Paredes, entra ya sin ninguna duda en la lista de las más notables novelas del género negro en Cuba.    

Las vaquitas son ajenas

Tomado de la novela homónima
Las vaquitas son ajenas, Ilíada Ediciones, 2023

Jorge Guasp. Nació en Buenos Aires. Es Técnico Forestal (Argentina) y Máster en Gestión Ambiental (España), y ha trabajado en gestión de bosques y conservación de la naturaleza. Realizó cursos sobre escritura creativa, y ha editado en España los libros ¿Dónde está mi Felicidad? (2012), El Huemul (2015), Sabiduría Natural (2016), y Ni Blanco, ni Negro (2021), en los que aborda aspectos sociales bajo la perspectiva de la relación del hombre con la naturaleza.


Capítulo 1

Ley Nº 21.499
(Argentina, 1977)
Régimen de Expropiaciones

ARTICULO 1º.- La utilidad pública que debe servir de fundamento legal a la expropiación, comprende todos los casos en que se procure la satisfacción del bien común, sea éste de naturaleza material o espiritual.

ARTICULO 4º.- Pueden ser objeto de expropiación todos los bienes convenientes o necesarios para la satisfacción de la «utilidad pública», cualquiera sea su naturaleza jurídica, pertenezcan al dominio público o al dominio privado, sean cosas o no.


Capítulo 2

EL PRESIDENTE DE LA NACION ARGENTINA EN ACUERDO GENERAL DE MINISTROS DECRETA:

ARTÍCULO 1º.- Dispónese la intervención transitoria de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. por un plazo de SESENTA (60) días, con el fin de asegurar la continuidad de las actividades de la empresa, la conservación de los puestos de trabajo y la preservación de sus activos y su patrimonio.

ARTÍCULO 2º.- Desígnase en el cargo de Interventor de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. al señor Darío González, y en el cargo de Subinterventor al señor Luciano Gómez.

ARTÍCULO 3º.- El Interventor tendrá las facultades que el Estatuto de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. le confiere al Directorio y al Presidente de la empresa, y en caso de ausencia del Interventor, dichas facultades serán ejercidas de pleno derecho por el Subinterventor.

ARTÍCULO 4º.- Dispónese la ocupación temporánea anormal de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. en los términos de los artículos 5759 y 60 de la Ley N° 21.499 por el plazo previsto en el artículo 1°.


Capítulo 3

—Buen día. Busco al señor Elpidio Peredo.

—Sí, soy yo.

—Mucho gusto. Mi nombre es Darío González. Vengo a hacerme cargo.

El hombre le tendió la mano. Elpidio atinó a estrecharla, pero luego se arrepintió.

—¿A hacerse cargo de qué?

—De la empresa. Soy el Interventor.

—A cargo de la empresa estoy yo, hace más de veinticinco años. Y antes estuvo a cargo mi padre, y mi abuelo, que la fundó. 

—Entiendo. Pero ahora a la empresa la va a manejar el Estado. Está intervenida a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia del Presidente…

—Lo sé —se apresuró a decir Peredo, interrumpiéndolo. 

—En estos días entrará en el Congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y esperamos que se apruebe muy pronto. Después de la aprobación, la empresa ya no será suya.

Elpidio experimentó un vahído, y sus brazos se aflojaron de improviso. Retrocedió hasta que sus manos encontraron los apoyabrazos de un sillón, sobre el cual se dejó caer. El rostro del anciano se volvió lívido.

—Permiso —dijo González, antes de entrar, cerrar la puerta y sentarse en un sillón individual.

La oficina tenía un amplio ventanal con vistas a gran parte de la ciudad. El escritorio del Presidente era de madera maciza, sobrio y bien conservado. Un cuadro abstracto ocupaba parte de la pared del fondo, mientras que la opuesta a la ventana estaba cubierta por estantes sin puertas, que contenían libros y esculturas pequeñas.

—Señor González —dijo Elpidio, sin mirar al Interventor y luego de pasarse una mano por el rostro—. No tengo inconveniente en compartir con ustedes los balances, los inventarios, los informes veterinarios sobre el ganado, los planos de las instalaciones, los informes de catastro de los campos, los estados de cuenta… Pero esta oficina es mía, y le pido por favor que me deje trabajar en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el hombre elevó la mirada y contempló a González con una mezcla de disgusto y cansancio.

—Le agradezco su buena predisposición, señor Peredo. Nosotros hemos hecho todo lo posible desde el Estado para que la empresa cumpla con sus acreedores, y rinda cuenta del destino de los créditos que le ha brindado el Banco Nacional. Pero los plazos se agotaron. El gobierno decidió intervenir la empresa y enviar al congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y nos vemos en la obligación de hacernos cargo de la corporación, para salvaguardar los intereses del pueblo.

—¿Los intereses del pueblo? La nuestra es una empresa privada, que salvaguarda sus propios intereses. No estamos al servicio del pueblo sino de nuestros trabajadores, socios y clientes. Y en todo caso, servimos al pueblo a través de nuestros impuestos, que pagamos religiosamente, y también de la carne que producimos.

—Lo sé, señor Peredo —dijo González, mientras asentía con la cabeza—. El problema es que… les deben dinero a varias cooperativas agrícolas, a los trabajadores y a algunos proveedores de maquinaria; y también al banco, por cierto.

—No lo niego. Usted comprenderá que, en este país, la carga de impuestos es cada vez más alta; y nosotros dependemos del mercado. Cuando se cierra la exportación y no podemos vender carne, afrontar nuestros compromisos no nos resulta fácil. Sin embargo, estamos en una convocatoria de acreedores, y honraremos nuestras deudas en cuanto podamos.

—Me temo que ya es tarde, señor Peredo. Se han cumplido todos los pasos y plazos legales. Y estamos a punto de declarar de utilidad pública a la empresa…

—¿De utilidad pública? —lo interrumpió irritado Peredo, al tiempo que se ponía de pie—. ¡De utilidad pública es un terreno por el que pasa una autopista, a través de la cual puede circular todo el mundo! —Peredo blandía su mano derecha, con su dedo índice extendido de modo admonitorio—. ¡Utilidad pública significa bien común!

Elpidio se desplazó de un lado a otro de la oficina, visiblemente nervioso, y evitó la mirada de su interlocutor. González también se puso de pie, y aseguró:

—Exactamente, señor Peredo. Utilidad pública y bien común son sinónimos. Nosotros venimos a revertir lo que cantaba el gran Atahualpa Yupanqui, en “El Arriero”: «las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas». En un país donde el asado es un símbolo, vamos a trabajar para que todos y todas tengan acceso a un trozo de carne a precio razonable. Las vacas son, para este gobierno, de utilidad pública.

—Pero… ¡los campos donde se crían las vacas son míos! ¡Las pasturas las sembré yo! Yo les pago a los veterinarios que mantienen la sanidad de los animales. Yo pago las vacunas y remedios, los fertilizantes para el suelo, las semillas, los productos fitosanitarios, los sistemas de riego…

El rostro rubicundo de Peredo sudaba con intensidad. Sus manos se agitaban en el aire, revelando un esfuerzo por manejar sus emociones. Sus pasos eran cortos y nerviosos, como si quisiera escapar del lugar, pero no supiera hacia dónde dirigirse.

—El suelo donde crecen las pasturas, señor Peredo, y sobre el cual pastan sus vacas, es argentino. El agua subterránea es de todos y todas. Y, dicho sea de paso, sus campos son un latifundio. ¿Le parece justo que usted tenga miles y miles de hectáreas, mientras otros viven en un departamento y no tienen ni siquiera un balcón donde poner una maceta con una planta?

—¿Y es justo que ustedes se queden con una empresa que fundó mi abuelo, y que se mantiene gracias al trabajo de decenas de personas? ¡Lo que tenemos lo hicimos trabajando! ¡Creamos puestos de trabajo, compramos maquinaria nacional, exportamos y traemos dólares! Bueno, lo hacíamos hasta que llegaron ustedes, y prohibieron las exportaciones —Peredo se detuvo frente a su escritorio, contra el cual descargó un golpe con la palma de su mano—. ¡Ustedes se enriquecen a costa del trabajo de los demás, y usan nuestro dinero para hacer política! ¡Malditos!

Peredo llevó de improviso sus manos al pecho, y cayó sobre el escritorio. González atinó a ayudarlo, pero desistió de inmediato; abrió la puerta, salió al hall y exclamó:

—¡Necesito ayuda, por favor! ¡El señor Peredo se desmayó!

«¿Qué pasó?», preguntó una mujer que limpiaba el piso del hall central, y antes de obtener respuesta, corrió a llamar a la puerta de una oficina ubicada al final de uno de los pasillos. González regresó al recinto en que se hallaba Peredo, y lo encontró apoyado de costado sobre el escritorio, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Abandonó de nuevo el lugar y se topó con una mujer rubia, que acababa de salir de su oficina con una carpeta bajo el brazo.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted?

—Se cayó el señor Peredo. Creo que se desmayó.

La mujer lo miró de soslayo, y caminó tan rápido como sus zapatos de taco alto se lo permitieron. González la siguió. Entraron en la oficina. La mujer se acercó a Peredo, le colocó una mano en el pecho y luego en la garganta, y a continuación se volvió a mirar a González.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Antes de que González respondiera, la mujer extrajo un celular y marcó un número.

—Hola, ¿Lucre? Soy Magdalena. Lucre… ¡Elpidio se desmayó! Tengo miedo de que sea un infarto; él ya tuvo un par de operaciones del corazón. Por favor, mándame urgente la ambulancia. Lo más rápido posible; si fue un infarto, el tiempo es clave. Gracias.

La mujer se acercó una vez más al cuerpo de Peredo. Quiso moverlo, pero no pudo. González le ofreció ayuda; ella la rechazó con la mano, en un gesto desdeñoso.

—¡Elpidio! —exclamó la mujer, mientras le asestaba golpecitos con las palmas de las manos en el pecho—. Ay, si al menos supiera hacer reanimación. ¿Por qué no habré hecho ese maldito curso?

Mientras intentaba reanimarlo, la rubia se volvió a mirar a González una vez más, por encima del hombro, y dijo:

—Aún no me explicó qué pasó, y qué hace usted aquí.

—Soy… el interventor. Mi nombre es Darío González.

—¿Interventor de qué?

—El Interventor de la Corporación Ganadera.

La rubia comprendió que sus rudimentarias maniobras de reanimación eran estériles, y se alejó de Elpidio, que seguía inmóvil. Se cruzó de brazos frente a González, y le dirigió una mirada desafiante.

—No sabía que se hubiera vendido la empresa; nadie me dijo nada.

—No se vendió; está intervenida, y se va a expropiar a través de una declaración de utilidad pública.

—Ah, ahora entiendo —dijo la mujer, mientras se sentaba en una silla—. A usted lo puso el gobierno, ¿no? Los demás trabajan y se esfuerzan para crear y sostener empresas, y ustedes se quedan con ellas.

—No creo que hayan trabajado mucho —comentó González, mientras caminaba por la oficina con sus manos en los bolsillos—. Si fuera así, no tendrían deudas con empleados y proveedores.

—¡Qué fácil es juzgar los negocios desde el Estado! Usted no tiene idea de lo difícil que es sostener una empresa ganadera, más aún con un gobierno como este, que estigmatiza al campo, lo persigue, le impide exportar y lo ahoga con impuestos. Me pregunto cuánto perdería esta empresa si la administrara el Estado; aunque espero que eso no suceda nunca.

—Ya sucedió, y por eso estoy aquí.

—Acaba de llegar, y ya provocó un infarto. ¿Se imagina lo dañino que puede ser usted en un par de meses?

—Dañinos son ustedes, que tienen miles de hectáreas y sin embargo no le pagan a nadie. Y si este viejo tuvo un infarto por discutir conmigo, eso prueba que ya no está en condiciones de dirigir la empresa. Aquí se necesita gente joven, con empuje —replicó González, antes de hacer una pausa, y agregar—: ¿me traerías un café, por favor? No alcancé a desayunar.

—No soy tu empleada, peroncho.

Sonó el teléfono; la mujer atendió de inmediato.

—Hola. Ah, buenísimo. Que suban, por favor. Elpidio no reacciona.

—No te preocupes —observó González—. El café puedo prepararlo yo mismo. ¿Hay alguna cafetera aquí?

Magdalena no respondió. Llamaron a la puerta; ella se apresuró a abrirla. Un médico saludó, y entró seguido de dos personas que llevaban una camilla; auscultó con rapidez a Elpidio, y de inmediato les pidió ayuda a los camilleros.

—Bajémoslo con cuidado al piso.

Depositaron el cuerpo sobre una alfombra. El médico se arrodilló, y le practicó reanimación cardiopulmonar. Tras una serie de maniobras, Elpidio volvió en sí.

—Cárguenlo en la camilla —ordenó el médico; luego se volvió a mirar a Magdalena, y agregó—: lo voy a internar para control. Hizo un paro. ¿Tuvo algún problema o discusión con vos?

—Conmigo no. Con este hombre —dijo ella, señalando a González con la mirada—. El gobierno quiere quedarse con la empresa, y lo mandó a él.

González no dijo nada. El médico lo escrutó, y dijo con voz pausada y calma:

—Estas cosas son delicadas, amigo. El gobierno no tiene por qué meterse con las empresas. En el medio hay personas, que llevan generaciones luchando para conseguir lo que tienen. Hay que ser más cuidadoso.

Los camilleros se llevaron a Elpidio.  El médico dio un par de pasos en dirección a la puerta, y después se detuvo:

—Te mantendré informada, Magdalena —aseguró, mientras le palmeaba un hombro.

—Gracias, doc. Voy a llamar al hijo de Elpidio para avisarle. No quería preocuparlo, pero creo que es mejor ponerlo sobre aviso. ¿Lo internarán en su clínica?

—Sí. Por ahora prefiero que no lo vea nadie, hasta que le hagamos los estudios y sepamos la gravedad del caso.

—Entiendo. No se preocupe. Gracias por venir enseguida.

El médico sonrió fugazmente, y se retiró detrás de los camilleros. Magdalena marcó un número en el celular.

—Hola, ¿Fausto? Soy Magda. Tuvimos un problemita con tu papá. Está bien. Ya lo reanimaron y acaba de llevárselo el doctor Albarracín. Lo van a internar en su clínica. Tuvo un infarto.

Magdalena escuchó la respuesta de Fausto, mientras miraba a González de manera aviesa.

—Mandaron a un interventor del gobierno a hacerse cargo de la empresa. Discutió con tu papá por ese tema. Imaginate que a mí me pidió un café; como si fuera mi jefe —Magdalena hizo una pausa para escuchar, y después dijo—: No, no vale la pena que vengas. Ya tenemos bastante con tu papá. Yo me encargo, gordo. En serio, no te preocupes. Ocupate ahora de Elpidio. Te aviso cuando tenga novedades. Un abrazo.

Magdalena cortó la comunicación, guardó su teléfono, y contempló a González, que continuaba paseándose de un lado a otro de la oficina, y se detenía ocasionalmente para escrutar los lomos de las carpetas y libros que colmaban la biblioteca.

—¿Usted tiene alguna orden para irrumpir así en la empresa?

—Por supuesto. Soy el interventor designado por el gobierno, y estamos enviando al Congreso el proyecto de Ley de Declaración de Utilidad Pública de la empresa. Cuando se apruebe y salga la sentencia judicial que fije la indemnización, pagaremos lo que corresponda y expropiaremos la empresa.

Pagaremos. Tiene razón. Esto le saldrá muy caro al pueblo argentino, y lo pagaremos entre todos.

—Escuché que te llamás como mi madre: Magdalena —comentó Darío, sonriendo—. Y veo que tenés carácter, como ella. Solo te pido que colabores. Nuestro proyecto está destinado al bien común. Estamos reemplazando el lucro de una corporación por beneficios para todos y todas. Se trata de una causa noble y justa, a la que vale la pena sumarse.

—Para mí, una causa justa es que le permitan a la empresa dirimir sus asuntos legales y económicos por sí misma, sin inmiscuirse en ellos. Soy secretaria ejecutiva de esta empresa hace diecisiete años. Hemos pasado por etapas buenas y malas. Pero siempre luchamos juntos para salir adelante.

—Exacto, esa es la idea: que luchemos todos juntos, pero no para el capital sino para el pueblo. Vamos a necesitar de tu experiencia, así que esperamos contar con vos.

—¿Cuál es su nombre?

—González. Darío González.

—Señor González… Esta charla es estéril. Le pido por favor que se retire, y me deje trabajar en paz. Tengo muchos asuntos pendientes: acreedores, redes de distribución de carne, trabajadores, impuestos, y mucho más.

—Yo me voy a quedar aquí, Magdalena. Este es ahora mi lugar de trabajo. En un rato llegarán más compañeros, y haremos un acto inaugural.

—Entonces tendré que llamar a la policía.

La noche bocarriba y otros poemas

Del poemario inédito Las aldabas del tiempo.

Clara Lecuona Varela (Santa Clara, Cuba, 1971). Poeta, narradora y crítica literaria. Ha sido premiada en poesía, narrativa, décima y crítica literaria. Parte de su obra ha sido traducida al italiano, al francés y al inglés. Ha publicado: De la remota esperanza (Ed. Mecenas, 2000), Antología de poemas cósmicos y líricos de Clara Lecuona (FAH, México, 2002), PreTextos (Ed. Mecenas, 2003), Estancias (Ed. Mecenas, 2007), Fragmentaciones (Sed de belleza editores, 2007), Lattes Capuccino (Ed.Oriente, 2011), Del cotidiano vacío (Ed. Letras Cubanas, 2017).


La noche bocarriba

Desnudos caminamos sobre el cielo
como una burbuja en el aire,
acaso somos ángeles olvidados
acaso somos nuestros hijos,
esos que no tuvimos.
(no lo sabremos)
Solo es cierto ahora tu mano en la mía,
para siempre tus ojos en mis ojos.
Existe un momento otro,
un universo versal donde la luna
asoma su cabeza para encontrarnos.
Te recuerdo:en mi camino hay una puerta
donde todo comienza o todo termina.
Se encuentra a la mitad del sueño
y no sé sabe si es hacia atrás
o hacia adelante
entonces la maravilla
está en nosotros desde siempre
y desde siempre retorna.
Disfruto echarte entre las nubes 
chupar tus espacios, olerte
y lento cabalgarte. Tu voz en mi voz,
hombre húmedo a la mitad del sueño.
Despierto de golpe y de golpe te poseo
como una burbuja
goteando entre mi boca abierta.
Sobre mi boca todo comienza
o todo termina
a la mitad de mi lengua y tu lengua
y no sé sabe si es hacia atrás o hacia adelante.
Solo que en mi boca a contragolpe se detiene
y abre un agujero enorme
donde la noche,
una vez más se tiende bocarriba.


Las flores del durazno abren para mí, solo en las tardes

En las tardes preparo el té
disfruto que las hojas se deshagan
en mis manos
y el olor se desplace por la habitación.
(Dices, es extraña
esta costumbre mía de estrujar
las hojas)
Coloco mis pies entre tus labios,
húmedos y tibios
por la bebida que recién preparo
como mismo preparo tu cuerpo.
Todo en él
me recuerda a las flores del durazno
Todo él se desparrama
me recibe como una cascada
mientras la ceremonia del té
comienzo.


La hora más cruel

Mis demonios y yo
tenemos un pacto,
donde ellos se ocultan
y yo los encuentro.
Subimos juntos las escaleras,
pisoteando los mensajes.
No nos interesan las palabras,
sabemos cuan fácil
es confundir con cada letra.
Más bien, preferimos
lo que reproduce
el sufrimiento y su adicción.
Más bien nos place
la estancia más cruel
para alimentar
a los que aguardan
con incertidumbre
ante la probable derrota.
Sucede que la dicha
nos aburre, la ilusión
y la esperanza.
Mis demonios y yo
tenemos un pacto,
a veces por turnos,
en el que soy todos ellos
y raras veces yo.


La tormenta como un dios

Una tormenta es siempre inspiradora
sobre todo si las luces
iluminan las ventanas
y los árboles se mueven
como un dios frenético.
Pero qué sabe del baile de mi cuerpo
qué presiente maldito
del otro lado de la ventana.
Acaso conoce
el deseo racional de ungir
su boca con mi boca
serpiente de lengua azul 
y le pregunto
qué sabes sabes de mis luces.
Allí donde todos escuchan
tus estruendos
yo te escucho gemir y siento pena.
porque sólo una ventana
nos distancia.
Así, apaciguo su delirio.
Así, lo aquieto por un rato.
Aunque sé volverá
con la lluvia a provocarme
a indagar por mis sombras…
mis postigos.
Yo, que no tengo conciencia
en estas horas
más bien me hago servir.
Lo invito a complacerme
en esta tarde
de tan absurdas maneras.

Violencia en Cuba

Cae el mito del país más seguro en América Latina

La izquierda adoradora de dictadores, los tontos útiles que en el mundo siguen defendiendo ese engendro mal llamado Revolución Cubana, han perdido definitivamente uno de sus slogans: Cuba ya no es el paraíso de la seguridad en América Latina…

Cuba es hoy un país tan violento, que la inmensa mayoría de los cubanos cierran sus puertas a cal y canto apenas cae la noche y ni siquiera así se sienten a salvo, porque ya son numerosas las denuncias de cubanos asaltados y asesinados a machetazos dentro de sus propias casas, mientras duermen. En lo que va de año hemos sido estremecidos en numerosas ocasiones por desapariciones de mujeres jóvenes, por asesinatos de muchachos para robarles los teléfonos celulares, por crímenes contra personas de cualquier edad que terminan golpeados o muertos luego de ser asaltados para quitarles bicicletas o las llamadas motorinas… y, por si no bastara, en lo que va de año, la violencia machista se ha cobrado ya la vida de más de 50 mujeres en una alta cifra de feminicio que no parece importarle nada al gobierno de Díaz Canel.

La violencia creciente en la isla siempre ha sido manipulada, escondida y disfrazada con eufemismos por quienes detentan el poder en Cuba… llámense Castros en su poder real y totalitario o llámense Díaz Canel y su orquesta sinfónica de gordas marionetas del poder real que los ha puesto allí.  Recuerdo que ya a mediados de la década del 90, en 1993, cuando yo trabajaba en Publicitaria Coral, la agencia de publicidad de la corporación Cubanacán SA, el entonces presidente de esa corporación, Abraham Maciques, confesó en una reunión que eran preocupantes las agresiones de delincuentes a turistas en la Marina Hemingway, Varadero y Santiago de Cuba. Entre esos casos, la violencia había terminado en muerte en al menos 3 turistas… Y jamás en Cuba se habló de eso.

Años después, cuando investigaba para escribir mi conocido libro sobre la prostitución en Cuba, Habana Babilonia, tuve en mis manos el expediente policial del asesinato de 2 jóvenes españoles que se vincularon con los grupos marginales de tráfico de droga en La Habana. Convertí esa historia en una de mis novelas negras o policiales: Largas noches con Flavia… en esa novela doy detalles reales de ese caso, de dónde fueron encontrados los cadáveres y de cómo un miembro de aquel grupo de turistas españoles, una muchacha, logra salvarse y regresar a España. Tampoco de ese caso se habló en Cuba.

Y ya conté en uno de mis artículos hace años que en Santiago de Cuba existió una banda de delincuentes llamada “Los diez negritos”, cuyos miembros violaron a varias mujeres y asesinaron a dos jóvenes para robarlos… y la policía nunca logró dar con ellos… hasta que cometieron un grave error… dibujaron una esvástica, ya saben, el signo nazi, en la tumba de José Martí en el Cementerio de San Ifigenia, allá, en Santiago de Cuba. Una semana después ya estaban presos.

Durante mi vida en Cuba tuve la suerte de vivir en medio de la marginalidad: allá en Santiago de Cuba viví a unas cuadras del barrio Los Cangrejitos, donde conocí formas diversas de la violencia provocadas por el hacinamiento, la pobreza y la insalubridad en la que miles de santiagueros estaban condenados al residir en ese sitio tan depauperado. Cuando me fui a estudiar a La Habana, viví en una zona muy marginal de Párraga, en otra zona todavía más marginal y depauperada de Luyanó, y después me fui al corazón de la marginalidad capitalina: primero en un apartamento horrendo en la barriada de Jesús María, y luego en el barrio de Centro Habana donde, desde antes de la Revolución, se concentró el mercado sexual, de travesti y de drogas, características que, por cierto, siguió siendo aunque de forma más encubierta así en los años de Revolución: Los Sitios…

Eso explica que en mis novelas la violencia contra la mujer, la prostitución femenina y masculina, el mercado negro, la corrupción policial, el hacinamiento habitacional, la insalubridad, y otras muchas carencias y problemas sociales y humanos derivados de la marginalidad sean ingredientes naturales… La Revolución, como bien sabemos, intentó evitar que esa realidad se conociera… pero sus esfuerzos por esconder esa cara siempre oscura y terrible del que vendían como un proceso social con todos y para el bien de todos, no estaban dirigidos a combatir realmente esos fenómenos… A los líderes de la Revolución siempre les interesó únicamente mostrar una cara limpia, hermosa, paradisíaca de la Revolución…, no les interesó terminar con esas enormes diferencias sociales que estaban ahí, aunque nosotros mismos los cubanos, nos habíamos acostumbrado tanto a ellas, que todavía escucho a muchos cubanos decir que en Cuba, en esos tiempos, no había diferencias sociales. Lo siento, pero durante más de 30 años de mi vida en esos barrios, yo viví en un mundo de diferencias sociales, y a veces esas diferencias eran bastante drásticas entre quienes tenían y quienes tenían poco o no tenían nada. Hoy esa diferencia es terriblemente mayor, pero en aquellos años también existía.

Como existían también las bandas organizadas de narcotráfico locales, pequeños capos que ganaban poco a poco poder en convenios con altos mandos de la policía que, curiosamente, eran quienes alimentaban el mercado negro y de la droga, como conté en mi novela Entre el miedo y las sombras, también basada en un expediente policiaco real…, la tercera novela de mi serie negra “El descenso a los infiernos”… Y como muchos cubanos sabemos, existían conexiones muy organizadas de tráfico humano hacia la Florida.

Como se ve… la violencia social en Cuba es algo que me toca muy de cerca porque lo viví y porque convertí esas historias reales en temas y escenarios de mi periodismo y de mis novelas. Y que conste, las convertí en novelas porque siempre que, como periodista, iba con esos temas a los órganos de prensa donde trabajé allá en Cuba: la televisión cubana, la radio o la prensa… jamás logré que se publicaran mis reportajes sobre esas problemáticas… y aún recuerdo una reunión en la UPEC con ese buen amigo que fue Julio García Luis, que entonces presidía la Unión de Periodistas de Cuba, en la cual me dijo que le habían dicho “de arriba” que tenía que pararme en seco para que no siguiera metiendo las narices donde no debía… Fue, por poner un ejemplo, Julio García Luis uno de los primeros en leer el manuscrito inédito de mi libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba, pues le llevé el libro para que se entendiera que mi intención era alertar sanamente sobre un fenómeno que en aquella Cuba de finales de la década del 90 se le estaba yendo de las manos a la sociedad y que podía convertirse en un flagelo irreversible. Las palabras de mi profesor Julio García Luis fueron inolvidables: “ahora sí te tostaste, muchacho, voy a hacer como que no he leído nada de esto que me has dado a leer… porque como te conozco bien y sé que tú seguirás insistiendo con publicar este libro, sé que en su momento me ordenarán cortarte las patas… y tú sabes que tendré que hacerlo”.

Hace unas semanas, preocupado por el hecho de ver en internet cientos de fotos de una Habana de calles tristemente vacías cuando cae la noche… algo que me conmocionó porque para mí la viveza y luminosidad populosa  de la noche ha sido siempre uno de los asombros más hermosos de La Habana, pregunté a ese vecino que, en la Cuba de los 90, gracias a que trabajaba en uno de los departamentos de la policía, me ayudó a conseguir los expedientes de casos policiales que utilice para escribir mis novelas negras. Sigue trabajando en eso, ahora más cerca de ciertos niveles de jefatura…  Y lo que acaba de decirme, aunque no me asombra porque ya lo suponíamos, tampoco deja de indignarme: la violencia no entra en la lista de prioridades de la Policía: la prioridad es combatir toda forma de manifestación pública contra la Revolución…; de hecho, se considera a la violencia un aliado del gobierno para mantener a la gente tranquila en sus casas, y circula incluso un chiste  que asegura que los delincuentes son los más aguerridos soldados de la Revolución porque asustan al pueblo para que no salga a las calles por miedo a ser asaltados. Y aunque mi amigo no está seguro de que sea una política oficial, sí asegura que en los últimos meses se les ha dado libertad a muchos delincuentes que viven, CASUALMENTE, en esas zonas donde se han dado casos de violencia que terminan en robos escandalosos o asesinato…, zonas que, CASUALMENTE, son las mismas donde la gente se manifestó con más fuerza en las calles en las manifestaciones de julio de 2021.

A ellos, esa mafia de obesos oportunistas que dirigen el país, no les importa que la gente esté descontenta y los haga responsables de generar la violencia con su incapacidad manifiesta en llevar al país por cauces económicos que rindan frutos reales en la vida del cubano de a pie. Se sienten intocables, ahora apoyados por Rusia , defendidos por partidos y gobiernos de izquierda que achacan todo el mal a Estados Unidos y al famoso «bloqueo», y saben que nadie cargará contra ellos a nivel internacional porque la comunidad internacional observa, con indolencia, todo el desastre económico, político y social que ese mal gobierno ha generado… Y lo cierto es que el único que se beneficia, y mucho, con la violencia que asola ahora mismo a Cuba y a los cubanos  es el gobierno de Díaz Canel…