





























Una mirada de Margarita Fresco a su gente en Cuba.

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Asley L Mármol? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Asley L Mármol, el ser humano y Asley L Mármol, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
Me resulta difícil separar estos dos “egos” que mencionas pues son un mismo hueso en mi existencia; pero acepto tu reto y lo voy a intentar… Asley el ser humano vive obsesionado esencialmente por dos cosas, mi familia y mi fe. Mi esposa y yo hemos vivido juntos casi treinta años. Nos casamos en la universidad y salimos de Cuba exiliándonos en Holanda; hemos dado tantas vueltas, sufrido y logrado tanto que es como si fuésemos un mismo ser. Nuestras dos hijas nacieron en Los Estados Unidos y son seres increíbles, muy exitosas, ambas en la universidad en estos momentos. Son nuestro mayor logro y hemos sacrificado todo por darles la vida que no tuvimos y creo lo hemos logrado en gran medida. Sobre mi fe pudiéramos discurrir toda una noche y parte de la mañana, pero al menos he de decir que soy un hombre con una sed espiritual enorme. El Asley escritor lucha por exprimir la vida minando tiempo para hilvanar obras que posean aliento para existir por sí mismas y sean dignas de llegar a alguna parte. Busca maneras de vivir escribiendo y no meramente escribir cuando se pueda. Vive constantemente elucubrando poemas fallidos, historias pretenciosas y tramas imposibles que probablemente terminará desechando; pero que acaso en momentos de elevación seráfica se conjuran frente a mí y toman la forma textual que se les antoja.
Aunque seguramente alguno se molestará con esta afirmación: la Cuba en la que creciste, incluida esa Habana periférica donde entraste al mundo de la cultura, era un entorno muy rico y lleno de posibilidades para desarrollar el talento creativo, especialmente los nuevos creadores. ¿Qué recuerdas de esos primeros momentos en tu vida como escritor?
Permíteme ofrecer un poco de color a tu afirmación. Mis años germinales como escritor en Cuba fueron breves pero intensos; estamos hablando de los últimos cinco años de la década de los noventa. Admito que horizontalmente el entorno literario e intelectual era bastante diverso, pero recuerdo padecía de poca profundidad y originalidad en muchos casos además de estar plagado de limitaciones. Para los escritores más jóvenes podía tornarse asfixiante. Los escritores consagrados dominaban los escasos medios que existían y los espacios para los novicios o carecían de autenticidad y relevancia o requerían de una integración política hacia las instituciones oficiales que instintivamente detestaba. No obstante, a pesar de mi juventud tuve el privilegio de conocer y codearme con grandes escritores y artistas que me marcaron como intelectual. Figuras como Pablo Armando Fernández, Eduardo Heras León, Lina de Feria, artistas plásticos como Roberto Diago, entre muchos otros abrieron sus puertas y ofrecieron su experiencia a aquel joven obstinado en conquistar la perfección estética. Ya había logrado aparecer en publicaciones oficiales como El Caimán Barbudo, Unión, Alma Mater y otras revistas de corte independiente como Jácara, DeLiras, Verbum. También formé parte de la antología Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo que incluyó a los autores más jóvenes del momento, publicada por Letras Cubanas en el año 2000. El medio como tal, aunque parecía empezaba a reconocerme, se tornaba para mí cada vez más en un anillo ofídico con el que rompería definitivamente a finales del año 1999. De haber permanecido en Cuba habría de sucumbir irremediablemente ante la oficialidad para poder acceder a los principales medios de publicación y fuentes de empleo en el campo de las letras. No obstante, fueron años que atesoro en la memoria. Uno de los momentos que me marcó para toda la vida fue en uno de aquellos talleres literarios a nivel municipal o provincial, no recuerdo bien, creo que tendría no más de quince años, presenté lo que creía era un relato titulado “Testimonio de una oreja.” Uno de los miembros del jurado, tras haberme explicado que semejante texto carecía de una trama por lo que no calificaba como cuento, me aseguró que yo era plausiblemente un escritor y me exhortó a continuar escribiendo, otorgándome además una mención especial. Aquel miembro del jurado eras tú, Amir. Otro momento fundamental fue haber participado en el primer taller de narrativa Onelio Jorge Cardoso fundado por Eduardo Heras León y Francisco López Sacha donde se aglutinaron los principales narradores jóvenes del momento, donde también estuviste, Amir. Tuvimos el privilegio de estudiar con escritores de la talla de Senel Paz y Leonardo Padura entre muchos otros. Fue un momento crucial en mi formación. Como es lógico tras abandonar el país y comenzar a publicar en los medios del exilio, solo unos pocos estaban dispuestos a continuar asociándose conmigo; precio que estaba dispuesto a pagar a cambio de la libertad.
Hay una experiencia en tu vida de la que me gustaría hablar: fuiste uno de los “cabecillas” de uno de los proyectos más originales que he conocido en la historia de las revistas cubanas… Jácara, una revista de manuscritos, si no me equivoco, conjuntamente con el también escritor Luis Rafael Hernández. ¿Cómo fue esa experiencia?
Jácara fue el arca y el diluvio a la vez. Arca en cuanto a ofrecernos un medio confiable para distanciarnos de la mediocridad imperante y trazar nuestra propia ruta. Conocer a Luis Rafael, con quien he mantenido una muy buena amistad durante todos estos años, fue trascendental en mi vida. Hombre muy culto y con un profundo sentido de nuestra futuridad, vio en mí quizás lo que ni yo mismo era capaz de discernir. No solo me presentó a Jácara, me invitó además a subdirigirla y crecerla. Diluvio pues acaparamos la energía de los autores menos reconocidos que nos negábamos a embadurnarnos con la politiquería oficial o con el extremo opuesto de un discurso contestatario muy de moda en aquellos años en que el gobierno quería aparentar una apertura cultural. Queríamos hacer literatura y punto. Nos remontamos a la estética del grupo Orígenes y propusimos una revista insólita en la historia de las letras cubanas: publicaríamos los textos manuscritos de puño y letra de los autores. Muchos de los escritores de marras se rieron en nuestras caras, pero más nos reímos nosotros cuando nombres como Cintio Vitier, Fina Garcia Marruz, Jose Kozer, Excilia Saldaña, Rafaela Chacón Nardi, Dora Alonso, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, Lina de Feria, Eduardo Heras, Waldo Leyva y muchos más, se tomaron el tiempo de sentarse a escribir en la mejor caligrafía que les era posible sus colaboraciones. Por supuesto que en sus páginas figuran también decenas de escritores jóvenes, muchos subvalorados, compartiendo el espacio con figuras consagradas, propósito principal de la revista. También comenzamos a incorporar a pintores de calibre con ilustraciones originales: Zaida del Rio, Eduardo Fabelo, Roberto Diago, Nelson Domínguez, Pedro Pablo Oliva, Alfredo Sosabravo, ilustraron las páginas de Jácara. Tuvimos, gracias al apoyo de Fefé de Diego, quien nos abrió los archivos de su padre el gran poeta Eliseo Diego, el increíble honor de publicar un poema manuscrito inédito de Jose Lezama Lima, además de textos manuscritos de Eliseo Diego y Gastón Baquero. En fin, gracias a su audacia y autenticidad, Jácara fue un fenómeno literario de esos que te llevan sin quererlo a formar parte de la historia.
Cuba, un día queda detrás y apuestas por el exilio, como otros millones de cubanos, con todo el trauma del desarraigo que eso suele representar para la mayoría. Y mientras en Cuba publicaste apenas un poemario, ya fuera de la isla desarrollas una carrera literaria más sólida y que, además, se extiende a otros géneros, el cuento, la novela. ¿Qué te ha dado y que te ha quitado el exilio?
Huir de tu país natal en busca de la sanidad mental y la libertad que te eran negados es un proceso tan duro como un trasplante de alma. El exilio no solo te desarraiga, sacude el basamento de tu devenir, de tu carrera. Tuvimos que dejarlo todo atrás, un futuro que conducía a la servidumbre, pero que aun así era el nuestro, labrado con ansias y sacrificios. Al cabo del tiempo te acostumbras, las heridas cauterizan y el pasado se vuelve un punto cada vez más lejano en el tiempo. Con los años se difuminan los nombres de las calles, las caras de la gente, pero nunca alcanzas a borrar las huellas y la presencia de esa patria sufrida. Luego, mientras más te sumerges en tu nueva vida las sombras, esta vez coloridas y danzantes, reaparecen haciéndote sucumbir en la nostalgia. Quienes emigran por razones meramente económicas no pueden entender lo que sufren los inmigrantes cubanos; es como el dolor de un hijo que pierde a la madre. Pero no todo son penas; el exilio es el mundo, ese mundo que nos ocultaban cuando vivíamos inmersos en el experimento político castrista. Y sed de mundo tenía. Mas allá de lo material, el acceso a la cultura, la información, la diversidad política fue impactante para mí. Ver el mundo con mis propios ojos y poder construir una familia, un modesto legado que, aunque no valga mucho es auténticamente mío sin tener que agradecerle a político o gobernante alguno. Algo muy especial que nos da la condición de exiliados es que nos une de una manera especial como pueblo, como grupo étnico. En cualquier punto geográfico donde encontramos a otro cubano o cubana, al menos a mí me sucede, sentimos una conexión inmediata y la necesidad de ayudarnos mutuamente. A este País en el que vivo y a las generaciones de cubanos que nos precedieron les debemos mucho y vivo satisfecho más que nada por haber podido darles a mis hijas un futuro en el mundo libre; pero tal vez hubiese preferido mil veces una vida menos lujosa en una Cuba libre y democrática.
Hablemos de tus dos novelas: Magister dixit y The Watchers. ¿Te animarías a resumirle a un hipotético lector qué va a encontrar en esas dos obras?
Magister Dixit (latín que significa ‘el designio del maestro’ o ‘el maestro ha dicho’) ocurre en las nefastas escuelas en el campo durante el llamado período especial en la primera mitad de la década de los noventa. Los protagonistas son una pareja de estudiantes, Jesús del Monte y Magdalena Casals (Magda) quienes son acosados mental y físicamente por su profesor de matemáticas, Fausto, un hombre de vasta cultura, una suerte de genio frustrado, cabalista y esoterista quien logra envolver a Jesús, valiéndose de la sed por aprender del estudiante, con su aura mística con el fin de sacarlo de su camino para poseer a Magda. El trasfondo de miseria, asfixia existencial, adoctrinamiento político en que viven los personajes ensombrece más aun el entramado dramático de la historia que inevitablemente termina de manera trágica para fatídico triángulo amoroso.
The Watchers (Los vigilantes, novela en inglés) es la historia de dos hermanos cubanos judíos, descendientes del linaje sacerdotal Aarónico, quienes viven en mundos antagónicos. El mayor, Daniel Coen, no quería regresar a Cuba. Desde las alturas de su éxito empresarial en Miami, su familia y la isla de su infancia eran un recuerdo borroso en su vida perfecta. A noventa millas más al sur, el genio creativo de Emanuel, el hermano menor, no paraba de meterlo en problemas con la oficialidad en su querida Habana. El caos se adueña de sus vidas cuando una misteriosa y poderosa familia que afirmaba ser descendiente de Los Vigilantes, los ángeles caídos de antaño quienes sucumbieron a la tentación y se mezclaron con las mujeres dejando un linaje monstruoso según afirma el libro de Genesis, habían hecho una fortuna ayudando a dictadores alrededor del mundo a permanecer en el poder. Daniel se ve obligado a regresar a la isla una vez que Los Vigilantes lograron tener a Emanuel bajo su control, valiéndose de medios sutiles con el objetivo de atraer al hermano mayor de regreso a Cuba, donde tienen su base de operaciones. Daniel debe hacer su parte para facilitar la extracción de la isla de un objeto antiguo y extremadamente valioso que supuestamente aseguró la longevidad en el poder de su poseedor temporal, Fidel Castro. La prioridad para Daniel es recuperar a su hermano y sesgar la influencia de Los Vigilantes de sus vidas. En el proceso, se ven inmersos en un mundo de sórdidas redes de poder que los colocarán en medio de situaciones increíbles en algunos de los lugares más fantásticos del mundo.
¿En qué se diferencia el poeta Asley L Mármol de ese cuentista Asley L Mármol que escribió El interior de la montaña
Al poeta no le queda más remedio que dilucidar el misterio que es la colisión entre la imagen y el verbo teniendo lugar constantemente en el alma. La poesía fluye cuando alcanzo la paz interna y me rodeo de las cosas que me empujan a crear. Estas pueden ser de naturaleza disímil como puede verse en mi libro El esplendor, una especie de compendio de varias facetas creativas y momentos evolutivos como orfebre de la palabra. Períodos de extrema tensión me cierran el ojo interno que ve dentro de esa dimensión impredecible e inexplicable. El narrador vive constantemente absorbiendo el fluir del mundo, los acontecimientos, intentando visualizar el eje de una historia antes de escribirla, al menos el rictus de lo que será. Como te decía más arriba, dejo que mi espíritu guíe a mi mente que como ave cetrera sale a encontrar conflictos humanos que tengan el potencial de devenir en algo digno de narrarse. Tengo varias historias visualizadas y estructuradas en mi mente aguardando el momento preciso para volcarse en el papel.
No te vinculas a ninguno de los usuales grupos literarios o movimientos que existen en la diáspora cubana en Estados Unidos; de hecho, vives como una especie de lobo solitario en esos ámbitos. ¿A qué se debe esa lejanía?
La verdad es que, tras haber vivido por casi por dos años en el limbo legal de un proceso de asilo político en Holanda, al llegar a Los Estados Unidos las circunstancias me obligaron a concentrarme en mi familia y la faena que pone el pan en la mesa. No me quedó más remedio que desconectarme del mundo intelectual por unos años. Nunca dejé de escribir y continué publicando en alguno que otro medio, mayormente poesía y artículos periodísticos. Terminé de escribir mi primera novela que había comenzado en la universidad antes de irme de Cuba en 1999. Inicié un proyecto editorial alrededor del año 2008, Editorial Sigla, donde publiqué tres obras: Lis desea de Luis Rafael Hernández, una reedición de tu novela Muchacha azul bajo la lluvia y mi primera novela, Magister Dixit. Tenía ya muchos textos de autores notables en revisión, pero no fui capaz de sobrellevar las presiones de mis obligaciones cotidianas y no quería defraudar la confianza de los autores por lo que decidí cerrarlo por completo. Debo confesar que estar al margen no es algo necesariamente negativo. Me permitió escribir The Watchers, el cual fue un proyecto muy riesgoso mayormente por ser mi primera novela directamente al inglés -libro que Eduardo Casanova Ealo diseñó y publicó en el año 2020 en su fantástica Editorial Primigenios en Miami-, y trabajar en mi tercera que espero terminar este 2023 titulada Poemas de sangre, una historia de amor en medio de los conflictos entre grupos mafiosos que operaban en Ybor City y cuya trama fluctúa en el tiempo desde principios del siglo pasado hasta la actualidad.
Siento en la proyección que haces de tu obra publicada un deseo latente de integración al universo angloparlante de la cultura. Incluso tu segunda novela fue publicada en inglés y no existe una edición en español. ¿Deseas alejarte de “lo cubano”? ¿No te preocupa que eso te coloque lejos de los análisis que, en algún momento, pueda hacerse de tu obra, especialmente sabiendo que la cultura en la que vives no ha sido para nada inclusiva con los escritores de nuestro idioma?
Lo que está ocurriendo en el mundo literario y editorial en Los Estados Unidos es algo sumamente interesante. La cantidad de libros que se publican y autopublican es increíble, en los miles de títulos al año. Se escribe mucha literatura de pacotilla, pero hay un auténtico público lector que consume diversos tipos de literatura. También la demanda de los diversos canales de streaming y Hollywood por contenido fomenta la creación literaria. No te miento que me interesa mucho penetrar ese mercado y llegar a dicho público, lo cual es bastante difícil en mi experiencia; me refiero a trabajar con editoriales y agentes literarios. Es un mundo muy competitivo debido el alto volumen de obras y autores; son muy específicos en lo que buscan y muchas editoriales pequeñas no tienen la capacidad de publicar muchos libros al año. Permíteme especificar que como dice el refrán ‘lo cortés no quita lo valiente.’ El ser cubano no se separa de mis letras. Mi novela en inglés The Watchers te lo demuestra. A pesar de que intenta atraer a un público más amplio e incluso insinuarse como adaptable para la pantalla (de hecho, la adapté recientemente como guion de cine), el conflicto político y social cubano es la columna vertebral de la historia. Es un thriller bona fide que abunda en la historia bíblica, conflictos políticos internacionales y se mueve en parajes exóticos, históricos y ricos desde el punto de vista cultural. Mi tercera novela, esta vez escrita en español, ocurre también dentro y fuera de Cuba y la mayoría de los protagonistas son cubanos o cubano americanos. Me es imposible aislarme de mi esencia, aunque sí intento universalizarla, salirme de esquemas preestablecidos pues después de todo el exilio nos ha dado la posibilidad de escribir desde un prisma más universal. Me siento un poco como un Alejo Carpentier (perdóname la comparación) en el sentido de que era un hombre que había visto el mundo y podía escribir desde parajes foráneos pero su esencial cubanía sale a relucir directa o indirectamente.
Cuba… ¿qué significa hoy para Asley L Mármol?
Un anhelo al que no puedo renunciar. Un dolor profundo al ver la desolación de la gente y la depauperación física y espiritual del país. Sueño con regresar cuando un cambio democrático trascendental suceda a ayudar a reconstruir la democracia y las instituciones sociales, políticas y culturales que por décadas han fungido como instrumentos de opresión o adoctrinamiento comunista. Soy optimista de que Cuba pueda recuperar el tiempo perdido y detener la regresión económica en unos pocos años y que los millones que estamos fuera -junto al talento y sed de progreso de los que viven dentro- pondremos lo que hemos aprendido y los recursos e influencias que podamos aunar en función de reestablecer el país y convertirlo en una nación moderna, exitosa y próspera.
Finalmente, hablemos de tu más reciente libro: El reflejo, que en edición bilingüe acaba de publicar Ilíada Ediciones. ¿Qué encontrará el lector de novedad en este libro, en el contexto de tu poética?
No hay nada nuevo bajo el sol, pero sí creo que El reflejo nos pone delante de uno de los conflictos humanos más cruciales de la historia desde una perspectiva inusual: los hijos como negación de los padres en medio de un mundo dominado por las redes sociales y corrientes ideológicas de extremos. Es una visión poética del conflicto filosófico intergeneracional visto desde ambos puntos de vista. La sección ‘Ellos’, pretende definir el ethos de las nuevas generaciones, sus puntos débiles, pero también su brillantez como seres humanos en una gesta por corregir lo que suponen fueron errores cometidos por la generación anterior. ‘Nosotros’, es un desgarrador compendio del trauma existencial de los padres al enfrentarse a las distintas etapas y reacciones en el desarrollo espiritual e intelectual de sus hijos. El conflicto es inevitable, más la complementación en ese proceso de negación dialéctica será la conclusión; el entendimiento de que cada generación deconstruirá a la anterior para luego tomar de ella los rasgos que enriquecerán su novedosa configuración. Creo que este libro hace el intento por comunicar conceptos bien definidos con la mayor claridad posible dentro del lenguaje poético, sin renunciar al lirismo ni caer en burdo coloquialismo. También se aleja de amaneramientos estéticos innecesarios, purgando la maleza exuberante que suele abundar en la mente del poeta. Creo en un discurso poético que sugiera y eleve a la vez. Espero haberlo logrado en El reflejo.
Con Manuel Neto Dos Santos – Portugal

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Manuel Neto Dos Santos? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Manuel Neto Dos Santos, el ser humano y Manuel Neto Dos Santos, el poeta, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
De verdad, el hecho de que desde niño haya sentido la voz poética en mí me ha hecho convertirme en la persona que soy actualmente: soy todo fruto de la poesía y de mi fascinación por mi lengua materna, por su musicalidad, su cadencia y su destino. Toda mi vida ha tenido, tiene y tendrá sentido sólo bajo la égida de las palabras.
¿Cuándo sentiste por primera vez ese deseo de escribir que, como se ve por tu amplia obra, cambiaría el sentido de tu vida? ¿Cómo fueron esos inicios?
Hijo de campesinos analfabetos, fue la musicalidad de la voz de mi padre recitando de memoria versos de poesía popular lo que despertó en mí esta fascinación por la rima, las palabras y las «historias» contadas en verso. Tardes de las interminables noches de verano, una calle llena de vecinos de una sencilla aldea algarvia escuchando leyendas de moras encantadas, canciones sobre la naturaleza, el trabajo en la tierra, sueños de amor… todo entonces se quedó indeleblemente impreso en mi alma de niño, en el timbre de mis oídos. Al unísono, la voz melódica de mi madre contestándole a mi padre en fados clásicos… no es de extrañar que ya a los 7 u 8 años empezara a escribir mis primeras «rimas».
Si te preguntaran por el origen de tu mirada poética… ¿de dónde se nutre Manuel Neto Dos Santos para escribir poesía?
Cuando se sufre la ausencia del primer amor… a los 15 años, la poesía fue mi forma de desahogo confesional. El hombro amigo sobre el que sobrevivir. Soy el eterno poeta de la infancia, del amor, de la naturaleza… Más tarde, la influencia arábigo-andaluza en la lengua portuguesa y en mi esencia como algarvio, la mitología greco-latina, la lectura compulsiva de clásicos, un poco de todo el mundo… y la escritura como diario ritual, aun más.
En el mercado del libro y la literatura es un verdadero reto insistir en la poesía, ya que es un género que pocas editoriales quieren publicar. Sin embargo, tú insistes en hacer poesía y en traducir al portugués a otros poetas. ¿Cómo se percibe ahora mismo en Portugal a los poetas?
A nivel general y universal, estos días son días en que las editoriales andan en la búsqueda del beneficio a toda costa. Portugal no es una excepción. Las editoriales portuguesas vienen sufriendo este paradigma de los poderes editoriales que sostienen la «edición en masa». Hay autores «famosos» (a los que nadie lee) con ediciones de miles de ejemplares en cada edición, cuyos libros luego son destruidos; los «aprendices de editores» prestan su sello editorial cuando, en realidad, es el propio poeta quien paga la edición. En mi caso personal, al principio de mi vida «editada» ya lo hacía pero… con más dignidad: iba pidiendo puerta a puerta a mis amigos el compromiso de que compraran ejemplares y sólo entonces acudía a la imprenta. Hoy en día… pocas son las editoriales que consideran a los creadores literarios como un eslabón esencial en la preservación de la cultura portuguesa.
¿Qué razones crees que influyen en que la literatura de Portugal, salvo los casos muy conocidos de Pesoa y Saramago, no sea tan mencionada en el escenario de la literatura internacional?
Tanto Pessoa como Saramago tomaron la dirección de la universalidad de la escritura. Hay otros autores mucho más importantes que ellos, pero no están «de moda». Pessoa, con su tragedia personal, eligió «desdoblarse» en heterónimos para sobrevivir al vacío de una existencia abrumadora de desasosiego. Su obra ha sido requisada en innumerables «estudios» de corta y pega por eruditos que jamás han escrito un simple poema… buscando sólo créditos para sus pavoneantes egos curriculares… ¿Saramago?… se embarcó en la irreverencia de la escritura provocadora de la no puntuación. Irreverencia en una “carcel mental” te convierte en un heroe. Ganó puntos en su registro, ganó un Nobel…, ganó casi todo; escribió como quien habla, en un «exilio» de su elección… fuera de Portugal. Lanzarote fue su «centro del universo». Los cientos de grandes poetas restantes… son poco «vendibles», demasiado portugueses debido a la profundidad y sinceridad de sus almas genuinas, más que producto comercial son esencia, por eso escapan al gusto común.
Uno de los poetas que has traducido al portugués es el cubano Rafael Vilches Proenza, que forma parte del Consejo Editorial de OtroLunes. Cuéntanos cómo descubres la poesía de Vilches Proenza y cómo fue la experiencia de traducir a uno de los más importantes poetas cubanos de la actualidad.
No creo en las coincidencias. Un día, paseando por Facebook, me topé con un poeta de quien nunca había oído hablar: Rafael Vilches Proenza. En un impulso traduje uno de sus poemas y lo compartí. Me respondió, contento. No sabía yo que estaba delante de uno de los más grandes poetas que conozco. Así llegó a mi vida y así tuve, más tarde, el honor de traducirlo. Más… Un magnifico POETA, con sangre lusa en sus orígenes: «Proenças». Desde el primer momento, el compromiso ante mí mismo (como siempre hice con los 23 poetas que le precedieron): leer y releer en voz alta, sentir que sólo prestaba mi voz lírica, mi linguaje, a un hermano de esencia. De los muchos cientos de poemas, elegí unos setenta, le di la idea de una «antología» y, poema a poema, con los que más me identificaba, De la isla-carcel a la flor de la libertad poco a poco aparecía. Meses y meses, verso a verso, poema a poema, en un acto de respeto y humildad ante un Enorme Poeta. Espero, de todo corazón, haberle rendido el debido homenaje.
Si tuvieras que explicar la poesía que va a encontrar un hipotético lector en tu poemario “Abundatia Cordis”, publicado recientemente en Ilíada Ediciones, ¿qué le dirías a ese lector?
Sin sombra de duda, Abundantia Cordis es el libro de mi madurez como poeta, una bandera, desplegada, meciéndose a manos de las brisas de quien, de hecho, soy. Concebido, escrito, en una estructura de casa que por mis propias manos se levantó, más que una compilación de poemas es mi retrato más perfecto: lírico, homosexual, místico, agnóstico, sensual, nostálgico, panteísta, amante incondicional de la Lengua Portuguesa. Un hombre de esperanza en la desesperación. El eterno niño que pide pan, limosna, ropa en un país bajo el yugo fascista. Un poeta que lo sea de verdad tiene que desnudarse en la plaza pública. La poesía, en su registro dictatorial, no admite máscaras. Mucho mejor el rostro acariciado por los aplausos, arrugado por los sueños que aún espero que se hagan realidad.
Sabemos que eres un escritor incansable… ¿en qué proyectos de escritura andas ahora mismo?
De momento ando en la traducción de varios poetas y, al mismo tiempo, reviso textos de edición (bilingües o sólo en portugués) de los siguientes títulos: El libro de Demeter, Vita Brevis, Opus Numero Cero y El libro de los retornos.

Prólogo al libro «Habana profunda. 100 Historias para 100 imágenes», de Amir Valle (textos) y Enmanuel Castells Carrión (fotografías).
Una ciudad en ruinas, dice el escritor cubano Antonio José Ponte en nuestro último encuentro en el Instituto Iberoamericano de Cultura, en Berlín.
“La Habana inolvidable”, en palabras del escritor mexicano Ignacio Padilla, que la conoció cuando lo invitaron de jurado al Premio Casa de las Américas.
“Una ciudad lejana, pero viva en mí por la memoria de mis padres”, asegura el narrador cubano-español José Carlos Somoza, sentado desde una de las mesas donde compartimos una larga charla en esa fiesta de la novela policíaca que es la Semana Negra de Gijón.
“Esa Habana que va conmigo”, me escribe desde Nueva York el músico cubano Paquito D’Rivera, una de las glorias de la música cubana de todos los tiempos, para quien ganar premios Grammys ya es costumbre.
“Mi segunda ciudad”, la llama Gabriel García Márquez y mira a la noche que cae sobre la Escuela Internacional de Cine de La Habana, donde imparte el Taller de Guión.
“Mi padre, como yo, adoraba esta ciudad, aunque fuera desde lejos”, me confiesa Geraldine Chaplin, hija del genial Charles Chaplin, en La Habana de fines del 90.
“Ciudad de gente feliz”: el primer cosmonauta ruso Yuri Gagarin.
“La caliente Habana”: la grandiosa artista española Lola Flores.
“La única ciudad de América donde el tiempo se detuvo para embellecerla”: el actor francés Alain Delon.
“Una ciudad de calles que ríen”: el actor mexicano Mario Moreno, “Cantinflas”.
“Capital fascinante y sorpresiva”: el expresidente norteamericano James Carter.
“La Habana es una ciudad invicta hasta en la cara de sus gentes”: el premio Nobel nigeriano Wole Soyinka.
“Es mi Habana, no me la han quitado”: la sonera cubana Celia Cruz.
“Una ciudad pequeña de innegable grandeza histórica”: el expresidente ruso Mijaíl Gorbachov.
“La más musical y rítmica de las ciudades del mundo”: el escritor cubano, premio Cervantes de Literatura, Guillermo Cabrera Infante.
“Una ciudad que nos haría mucha falta para conquistar América”: el multimillonario David Rockefeller.
“La Habana es sensualidad y luz”: la actriz mexicana María Félix, “María Bonita”.
“La Habana, hoy, es Fidel”: el cineasta norteamericano Oliver Stone.
“Una ciudad viva como pocas”: el cantante inglés Sting.
La lista sería interminable. Pero los que hemos vivido esa ciudad bien lo sabemos: La Habana es un lugar de donde no te vas nunca, aunque te alejes; es un sitio que te persigue como un fantasma donde quiera que vayas.
Habitada hoy por más de dos millones de cubanos, La Habana es una ciudad que palpita, coqueta, bajo las oleadas de una historia acumulada en sus calles, parques, plazas y antiquísimos edificios: fue en los siglos de la conquista el puente hacia las nuevas tierras descubiertas; en el período del comercio naval entre el Nuevo Mundo y la vieja Europa sirvió de punto obligatorio de escala a las flotillas que atravesaban el Atlántico; ocupó un lugar tristemente célebre en la ruta de los traficantes de esclavos desde el África recóndita hasta las colonias en América; el desarrollo de su burguesía y su estratégica posición geográfica posibilitó ser elegida como centro de experimentación de muchas de las industrias, inventos científicos y técnicos más adelantados que surgieron luego de la Revolución Industrial en Inglaterra; fue cuna y casa de la mayoría de los grandes movimientos culturales, sociales y políticos de los siglos XVIII y XIX en este lado del mundo; inauguró el siglo XX a la cabeza del desarrollo de la industria, el comercio y la cultura latinoamericana; y conmovió al planeta Tierra con una Revolución social que todavía hoy para unos es “la última dictadura socialista” y para otros, un “ejemplo único de resistencia ante la hegemonía de los Estados Unidos de Norteamérica”.
Cuentan que uno de los más grandes escritores cubanos del siglo XX, Reinaldo Arenas, días antes de suicidarse en Nueva York, enfermo de SIDA, estuvo hablando con un amigo de esas noches populosas que había vivido en Coppelia; que Ernest Hemingway no olvidó jamás las puestas del sol sobre el horizonte marino que se ve desde cualquier sitio del litoral habanero; que el escritor inglés Graham Greene recordaría públicamente el contagioso ritmo de los habitantes de las calles de Centro Habana; que Meyer Lansky murió anhelando un regreso a lo que llamó “esa seducción rara que cae sobre La Habana cuando llega la noche”; que el narrador cubano Justo Vasco, voz esencial de la novela negra latinoamericana, andaba en Gijón echando de menos la paz de sus paseos vespertinos por las calles arboladas de El Vedado; que el cantante norteamericano Nat King Cole llevaría a los Estados Unidos un respeto casi fanático por el arte popular que escuchó en Tropicana y en los cabarets nocturnos donde estuvo durante su estancia en La Habana; que el actor Marlon Brando contó muchas veces a sus amigos la extraña impresión de que La Habana era una ciudad donde se concentraba toda la luz y todo el calor del Trópico, en ese recuerdo que se llevó desde el hotel Victoria en El Vedado; que la Madre Teresa de Calcuta elogió hasta días antes de su muerte el espíritu abierto, conversador y fraternal de esos habaneros de pueblo con los que compartió en sus dos viajes a La Habana; que Winston Churchill, después que compró en La Habana algunos puros, jamás se desprendió de la costumbre de fumar el tabaco hecho en las fábricas de aquella ciudad que contempló por igual desde su suite en el Hotel Nacional y desde las calles; que el premio Nobel portugués José Saramago siguió hasta su muerte elogiando la vasta cultura que se respira en las calles, las plazas y los sitios públicos, en una ciudad que consideraba cultísima y siempre ávida de lectura como, ciertamente, se puede comprobar en esos festivales internacionales del libro donde un pueblo que apenas tiene para comer gasta casi todos sus ingresos del mes en comprar libros; y que el escritor español Manuel Vázquez Montalbán regresó a España hablando a todos de lo que le pareció un detalle tipificador de La Habana: el rugiente paso de los “camellos”1 por las calles de la ciudad, el cadencioso crepitar de los “almendrones”2 y el sudoroso rostro de los primeros “bicitaxistas”3 que poco después llegarían a ser centenares.
Uno de los más reconocidos arquitectos cubanos, José Antonio Choy, ante una pregunta que se hacen todos los habaneros: “¿Cómo te gustaría que fuera La Habana dentro de 50 años?”, responde: “Pues me gustaría que fuese una ciudad para los habaneros, para los cubanos. Que mantuviera sus virtudes, como el hecho de ser una ciudad abierta al intercambio y la comunicación con Europa, con el resto de América, con el Norte, con el Sur. Esa es una vocación que ahora está un poco oculta, pero que la ciudad siempre ha tenido y se reforzará, porque es su destino. No me gustaría que fuese una ciudad folclorista, acondicionada para un turismo banal, sino que sea una ciudad cosmopolita visitada por personas de todo el mundo, interesadas por su memoria histórica, su arquitectura, su música, su danza, sus pintores, sus intelectuales, su cultura en general y, sobre todo, su gente. Me la imagino como un centro cultural importante a nivel mundial, a partir de aquello que ha hecho grande de nuestra cultura, que es integrar y saber apropiarse de lo mejor que está pasando en cada momento.
Y La Habana es así, una ciudad de vanguardia, alimentada con lo más sobresaliente del urbanismo de todo el mundo, que debe mostrar lo que fue, pero que también mostrará lo que será capaz de hacer. La Habana es y será una ciudad para vivirla intensamente, una ciudad lúdica, diseñada para la diversión, para enamorarse, pasearla y caminarla. Por eso, sus calles pertenecen a sus ciudadanos, a los cubanos que se apropian como nadie de su espacio urbano, y también a sus visitantes, principalmente, a todos aquellos que la aman”4.
Con Sonia Díaz Corrales – Cuba

Sonia Díaz Corrales es una de las poetas más originales que conozco. De muchos modos ha sido siempre una nómada de la poesía (la ha cargado pacientemente en su alma allí adonde la ha llevado la vida, sin contaminarse con las muchas tendencias y modas con las que se ha codeado). Es una de las más exigentes editoras que he conocido en mi vida como escritor (de hecho, acaba de leer una de mis primeras novelas negras y ha hecho una serie de señalamientos que no habían visto los muchos editores que ha tenido esa obra, en sus más de diez ediciones). De una sinceridad admirable, y una nobleza humana subyugante, se ha ganado el cariño y el respeto de quienes la hemos conocido y disfrutado de su alegre presencia, de sus consejos de vida siempre certeros, y de esa calmada sabiduría que se desprende de su voz y de sus palabras cuando lee sus exquisitos poemas.
Esta entrevista, que pudo haberse realizado en nuestro más reciente encuentro, cuando me invitaron a presentar mis novelas negras en el Festival Internacional Tenerife Noir 2023, en esa isla canaria donde Sonia vive desde 2001, se vio postergada por nuestras charlas, más humanas y menos profesionales, como suele suceder cuando dos grandes amigos se encuentran. Ahora se concreta gracias a esa costumbre que viene siendo hace bastante la internet.
A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Sonia Díaz Corrales? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito quiero que respondas por separado: Sonia Díaz Corrales, el ser humano, y Sonia Díaz Corrales, la escritora, teniendo en cuenta en que sentido se contraponen y complementan estas dos áreas de tu vida.
SDC se quisiera librar con alguna peripecia de esta pregunta, pero como sé que es precisa y reduce la evasión a cero, empezaré por el ser humano. Es difícil definirse, y esto suena rancio, manido, pero es así, además me parece de poca utilidad ya que cada uno tendrá una idea propia sobre quién soy, lo cual está bien, y no me preocupa nada, pero te diré unas cosas sobre lo que sé de mí: defiendo la individualidad a muerte, abomino los colectivismos, nadie sabe mejor que yo lo que es bueno para que me vaya bien —aun si me fuera mal sigo pensando así—, puedo pasar por alto una descortesía hacia el ser humano que soy o la escritura propia, nunca la deslealtad, o el abandono por beneficios de cualquier tipo, incluso hacia los otros. Desprecio, —aunque me esfuerzo en evitarlo— el servilismo y la arrogancia. La escritora discute con frecuencia con el ser humano, le recuerda en qué cosas tiene que ser más flexible o indiferente (¿a ti que te va de todo esto?, le dice, como Jesús le contestó a Pedro cuando quiso saber cómo le iría a Juan), en fin, esas dos discuten y yo las escucho, porque sé que el final seré yo quien dirá la penúltima palabra, la última siempre la dirá Dios. La escritora es intransigente con lo escrito, revisa, pule, reescribe, relee hasta la saciedad, se pregunta una y otra vez: ¿ya está?, y casi nunca la respuesta es sí. El ser humano quisiera poder cambiar algunas improntas de su propia vida. La escritora se toma vacaciones cada vez más a menudo, el ser humano ha aprendido a detenerse en la belleza que descubre en las cosas, en otros seres. Ellas se aprecian, y solo se perdonan haberse tenido que ceder espacio una a la otra porque juntas han vivido lo mejor de mi vida.
Aunque sea raro para muchos, creo que haber crecido en el entorno de ese pueblo del centro de la isla llamado Cabaiguán, fue el mejor caldo de cultivo para que te decidieras por la escritura… ¿Me equivoco?
Si y no. Necesito extenderme un poco para explicar esto que es muy diferente a lo que les ocurrió a otros escritores que estudiaron carreras relacionadas con la literatura, o que fueron formados desde muy jóvenes en ella. Yo provengo de una familia de gente de campo, que cuando en la isla la mayoría dejó el campo se mudaron a Cabaiguán y se convirtieron en obreros. En mi casa no había libros, ni libros infantiles siquiera, no recibíamos el periódico como empezó a ser frecuente en muchas familias después del año 59 —era casi una obligación saber lo que decían los que podían hablar—; por no haber, en mi casa no había ni una Biblia, nada… Los primeros libros que recuerdo haber leído los encontré en el cuarto de regueros de la casa de mi abuela materna y seguro que tenían una finalidad más prosaica que la lectura, fueron Los miserables, y una edición muy fea de ¿Por quién doblan las campanas?, que me dejó llena de preguntas a los diez u once años, estaba segura de que a aquel libro le faltaban páginas al final, no podía ser que acabara así, y quedé convencida de que yo podía escribir una historia con un final más final, y lo hice. Está de más decir que no tenía ni idea de quienes eran Víctor Hugo o Hemingway, y si lo hubiera sabido tampoco hubiera cambiado nada: tengo roto el divinómetro de siempre. En esa época ya me había mudado a un sitio dentro de mí, frágil aun, pero cálido y protector: Cabaiguán era un exterior a veces muy violento para lo que mi ingenuidad esperaba del mundo, o eso creo. La ingenuidad no espera nada, la mayor parte de las veces da por sentado que lo correcto ocurrirá. Eso por una parte, y por otra, nunca decidí escribir, fue algo que ocurrió. Primero escribí cuentitos con finales muy claros, y luego algo se desbocó y empecé a escribir ideas, tristezas o alegrías, locuras, pensaba yo, porque se empezaban a parecer a historias sin finales claros, y que no tenían la finalidad de ser compartidos o leídos por otros. Un día alguien los encontró por casualidad y me dijo que eran poemas, de más está decir que ya tenía dieciocho y me entró la risa. Me metieron a empujones en una casa donde se reunían los literatos del pueblo, el Taller Literario Rubén Martínez Villena —no tenía muy claro ni quién era Villena—, la primera sorpresa fue encontrarme a Gume Pacheco, un vecino que asociaba con cualquier cosa menos con cuentos y poemas —todavía no le decía literatura—, allí me dijeron no solo que escribía poemas, sino que esto, esto y esto otro estaba mal. Imagínate si me dio risa saber que escribía poemas, el ataque que me dio saber que lo hacía mal. Contando con que eran los primeros años de los ochenta y yo tenía mi primer trabajo en un policlínico, era Psicometrista, y ocurrían cosas en todas partes con las que estaba en desacuerdo y era lo suficientemente torpe como para expresarlo sin filtros, se entenderá que escribir mal unos poemas no fue un trauma para mí. El trauma vino cuando me pasaron “unos libros” que debía leer sin falta: Francisca y la muerte, de Onelio Jorge Cardoso, y un poeta que había nacido en Guayos, Fayad Jamis, y una novela de Turguéniev, Aguas primaverales, y otros más. Dejé de reírme y empecé a leer como loca. Hay que decir que Cabaiguán tenía una Biblioteca Pública relativamente bien surtida y que la librería recibía bastantes libros en esa época, y que venían al taller Eric Conde y Edel Morales, que recién llegaba de La Habana y escribía poesía y me llevó a la lectura de los poetas de la capital y de los sitios que empezaron a desplazar de La Habana la mejor poesía que se escribía entonces, cosa que si bien no me perturbó, me enseñó el abismo al que te asomas cuando lees poetas como Heriberto Hernández, Frank Abel Dopico, o Alberto Rodríguez Tosca, cuando lees a Borges y a Baquero, cuando lees El Albatros una y otra vez, o Mujer con Alcuza, de Dámaso Alonso, y no lo sabes con certeza, pero intuyes que hay mucho mucho más, lees y discutes sobre si Mi vida con la ola, de Octavio Paz, es un cuento o un poema escrito en prosa. Y cada vez te abismas más, porque tienes miedo de no poder llegar nunca al estado en se escriben obras como esas. Cabaiguán abrió esa puerta para mí, aunque el taller ya no era en una casa sino en la Casa de Cultura, porque algunos nos habíamos vuelto un poco molestos para la oficialidad, más con la llegada de Alberto Sicilia y la tertulia del Mono Roza. Creo que si hubiera vivido en cualquier otro sitio hubiera escrito igual, y creo que estar en Cabaiguán a donde llegaban muchos escritores nacionales y se hacían eventos de literatura a menudo ayudó a que me lo tomara en serio.
De ese lugar de Cuba salieron nombres hoy imprescindibles de las letras cubanas. Lo curioso es que, siendo un grupo tan unido y aunque existan influencias compartidas, cada uno de esos nombres tiene un estilo bien diferenciado. Si te vieras obligada a explicarle a alguien tu poética, ¿qué dirías?
La diferencia hace valioso lo escrito, porque lo convierte en original, puede que único, todos los de ese grupo, los del inicio al menos, somos absolutamente diferentes.
Vicente Aleixandre decía que La poesía es conocimiento implacable. Y Yevtushenko que La autobiografía de un poeta es su poesía. Todo lo demás es solo una nota a pie de página.
Para mi la poesía es un acto de fe, un abismo donde consigues que el lector tolere lanzarse contigo. Y digo tolere, y no consienta, porque nadie consiente lanzarse a un abismo contigo si no le convences de que será una experiencia única, y eso se consigue verso a verso, idea tras idea, puede que locura tras locura.
Si volvemos al ámbito de la diferencia o la originalidad, que en la poesía actual parece inalcanzable, lo que yo intento es que, si alguien lee un verso mío, un poema mío, lo recuerde sin ninguna ambigüedad en relación con otros textos, aunque olvide quién lo escribió, y sepa que está escrito para él en ese momento. A lo peor esto es muy pretencioso, por lo que consuela pensar que apenas será una nota a pie de página.
Cuba, en nuestra generación, en aquellos años, era un hervidero creativo de talentos. Algunos dieron el salto y decidieron abandonar Cabaiguán, pero tú permaneciste allí hasta que saliste a Costa Rica. ¿Qué retos te supuso mantenerte alejada de los focos promocionales que siempre ha monopolizado La Habana?
Estas cosas suelen ser en las que yo no pienso mucho. No me fui de Cabaiguán porque los focos promocionales de los que hablas eran intranscendentes para mí. Quizás no me lo creas, pero me gustaba Cabaiguán, cuando salías de las barriadas, las zanjas de detritus y las cañadas infectas, los perros callejeros ladrando a toda hora, la vecina que ponía a todo volumen el programa de los mejicanos a las 6 de la tarde, la presidenta del CDR chivateando todo el día, la mierda de caballos volando por todas partes, cuando salías de eso, afuera, todo era muy verde, las vegas de tabaco tenían ese aspecto simétrico que te genera equilibrio, y el aire era casi limpio. A veces he pensado, confieso que muy brevemente y hace años, en cómo sería Cabaiguán si no nos hubiéramos ido todos nosotros y los que se han ido después: los ingenieros, los médicos, los músicos, pero también los campesinos, los que inventaron la piruleta de azúcar prieta sin más, porque no había nada de nada con que darle sabor, los que arreglaban sombrillas, no lo sé, quizás de además de un pueblo con suerte como dicen algunos que es, sería más próspero, más limpio, más libre, más un pueblo donde yo hubiera vivido toda la vida, sin querer irme a ninguna parte. También porque ya me había ido al mejor sitio del mundo. Camilo Venegas me preguntó una vez si por no haberme ido de Cabaiguán me consideraba una escritora de provincia, y no sabes la alegría que me generó pensar en esa provincia dentro de mí donde vivo casi desde que era una niña… Joaquín Badajoz lo había dicho antes, con otras palabras, SDC se fue al sitio más cercano de Cabaiguán que encontró: las Islas Canarias, porque Costa Rica fue solo un sitio de paso. Hace veinte años que no voy a Cuba, asumo que moriré sin volver, y no tengo ninguna nostalgia, ningún pesar, ningún patriotismo rancio que me provoque sensación de “fuera” cuando aquel adentro siempre me dejaba en un fuera atroz. El estar lejos de los focos nunca fue un reto, porque apenas eran, son, la ilusión de que estás el centro de algo tan nimio y volátil como una generación, o un grupo, del que al final, ya lo hemos visto con las generaciones anteriores, solo quedan las voces más puras, las menos “generacionables”, las que lograron separarse del grupo tanto como para sobrevivir sin él, a pesar de él, por lo que son únicas.
¿Qué razones te impulsaron a escribir El hombre del vitral e incursionar en la novela?
Antes que El hombre del vitral había escrito El puente de los elefantes, que empecé a escribir en Cuba y terminé en Costa Rica, y que se publicó porque Capiro le hizo sitio. Mi gratitud a los que se hicieron cargo de ella en esa querida editorial de Santa Clara y a los que luego la leyeron con generosidad. Tengo que decir que ha tenido más detractores que nada que yo haya escrito nunca. El puente de los elefantes recibió el Primer Premio a Novelas Editas 2016, del Premio Letterario Internazionale Indipendente de Promoción a artistas extranjeros. Fue una sorpresa, porque escribí esa primera novela para quitarme de encima un mundo que no cabía en toda su amplitud en la poesía, que necesitaba más detalles, más rabia, y yo iba sobrada de eso en aquel tiempo. Yo hice mi parte, después le tocó al texto defenderse solo.
El hombre del vitral, lo escribí viviendo ya en Canarias, y fue un ejercicio consciente, una prueba de que podía escribir narrativa, y alejarme tanto de Cuba y de los temas cubanos como quisiera, podía escribir casi de cualquier cosa, literariamente hablando y como se dice allá: “Me había dado baja de eso de contar de Cuba”. Con El puente… había agotado el tema y la rabia, entré en una etapa de serenidad que aún me dura, Dios me ayudó, y ahora no tengo apremio alguno, solo quiero escribir sin límites, también narrativa. Creo además que no tengo energía para seguir leyendo lo que redunda y se retroalimenta en aquella miseria infinita —real y moral—, es como si leyeras una y otra vez el mismo libro, estoy agotada de esa clase de lectura, y no creo que vuelva a escribir sobre eso.
Como una cortesía a los hipotéticos lectores, ¿podrías resumir brevemente el mundo de esas dos novelas: El hombre del vitral y El puente de los elefantes?
El puente de los elefantes es difícil de resumir:
Dos hermanas gemelas, nacidas en un pueblo de campo de la región central de Cuba en el año 1964, buscan diferenciarse en su enorme parecido físico; una se tiñe el pelo de negro y la otra de rubio, una estudia Económicas y la otra Literatura, una se casa con su vecino y se queda a vivir en el pueblo y la otra… se convierte en protagonista de la historia. A pesar de estar separadas por muchas cosas, algo más fuerte que los detalles externos une a las dos hermanas.
La gemela que se queda en el pueblo, narrador/personaje, en una circunstancia muy particular (que el lector descubrirá pasados los primeros capítulos), cuenta la historia, que empieza cuando, a mediados de los años 80, su hermana se casa con el habanero y se va a vivir a La Habana. La vida se tuerce por muchas causas: el habanero se va del país y se olvida de su familia, y mi hermana tiene que dejar su trabajo en un Contingente, cuya jornada de doce horas diarias le impide atender a su hijo. El contrabando acaba siendo la solución para ganar lo necesario para vivir; mi hermana y mi sobrino llevan y traen (de La Habana al pueblo y viceversa), comida, tabaco, zapatos o lo que se presente, pidiendo botella o pagando, a los choferes que viajan por la Autopista Nacional, pero el dinero que ganan apenas alcanza para comprar lo básico. El reducido espacio donde se mueve el narrador, el calor insoportable sobre el asfalto de la autopista y la espera debajo de cada puente, generan una sensación de opresión y falta de esperanza, donde a pesar de todo una mujer y un niño vencen, contra todos los pronósticos, hasta a la misma muerte.
Como trasfondo, la vida real de la sociedad cubana de finales de los años 80 y principio de los 90 y 300 km de autopista entre El puente de Neiva y El puente de los anillos. Cada capítulo de la novela tiene el nombre de un puente de los que están en ese tramo de la autopista, y solo uno de los puentes tiene nombre propio: El puente de los elefantes, un puente especial, mágico, a donde mi hermana y mi sobrino escapan cuando la policía registra los autos donde van, y por donde pasan inevitablemente cuando encuentran una manera para irse de Cuba.
El hombre del vitral es la historia de Sandra, una joven y talentosa arquitecta que está inmersa en la construcción de un vitral impresionante, ocho vidrieras donde la emblemática figura de un hombre que debería ser perfecto acabará pareciéndose de forma asombrosa a lo que tenemos por un individuo común. Desde niña había perseguido los colores de un vitral de sueños que a la vez fuera poesía, y donde pudiera mostrar la grandeza y la insignificancia del ser humano. Su amiga Ángela también persigue al hombre perfecto, lo hace en el laberinto de una página de contactos. Las dos saben que buscan lo imposible, pero no se detienen, retoman una y otra vez la vida a partir de una filosofía: todo lo que inventas existe, aunque no lo hayas encontrado todavía.
Convergen ambas al final de su búsqueda: la silueta que aparece en el vitral de Sandra es, quizás, lo más cercano a la perfección que Ángela pretende hallar en los hombres con los que se encuentra en la realidad.
Como verás hay dos mujeres en ambas novelas, pero también dos mundos alejados entre si por infinitas posibilidades. Espero que nada de un texto haga que el lector piense siquiera en el otro.
De Cabaiguán a Costa Rica y de allí a Tenerife… Visto ahora desde la distancia… ¿qué aprendió, qué perdió o qué ganó Sonia Díaz Corrales de cada país en ese sendero al exilio?
Seguro perdí y gané cosas que ya ni recuerdo, para eso escribí Los días del olvido, que son más bien los días infinitos de la memoria, muchos poemas que aparecen en el libro y muchísimos más que no estarán en ningún libro. Dios y la poesía me han salvado de casi todo lo que hubiera podido matarme: el miedo, la soledad, la sensación de que el tiempo no pasa cuando los que están lejos van a seguir así por mucho tiempo, el amor, el amor siempre pudo matarme. A pesar de eso, Costa Rica me enseñó a quitar el dedo con el que tapamos el sol, me reveló el verdadero sabor de cosas que había soñado diferentes, y me dejó buenísimos amigos, personas generosas en las que pienso a menudo, hablo con ellas en una especie de ensoñación, donde me disculpo por haber dicho alguna palabra de más, o de menos, me mostró que el mundo era tan grande… y nos acogió a mí y a mi hijo sin pedir nada a cambio. Los sabores de Costa Rica son inolvidables. La lluvia constante y el barro quizás son un recuerdo que cada vez pesa menos en esa vivencia.
Tenerife ha sido el retorno a la familia, toda la familia, el aire transparente de las islas, el clima inmejorable, la dulzura en el habla, el lugar definitivo para darle una casa a mi hijo. Mi insilio aquí es solo una licencia que me permito porque puedo, sigue siendo esa provincia de mí que crece en la medida en que aprendo, y me instalo en esa serenidad que he alcanzado.
¿Qué he aprendido? Quizás que no hay exilio que no acabe. Que nada de lo que dejé atrás es irremplazable. Qué me agoté inútilmente, deseando cambiar lo que no era importante. Que mi hijo y yo misma merecíamos ver más que lo que hubiéramos visto allá. Gracias a Dios estoy aquí y me alegro por ello.
Cuba… ¿qué significa hoy para Sonia Díaz Corrales?
Puede que mi respuesta decepcione a algunos, que otros me encuentren falta de patriotismo. Nunca he sido patriota, ni me siento obligada a patria alguna. No tengo recuerdos de La Habana o del Malecón que me quiten el sueño. Fui a La Habana por causas de fuerza mayor unas pocas veces: operaciones, eventos, trámites… Cabaiguán se despidió de mi la última vez que estuve en Cuba sin mucha esperanza, fue mutuo, tengo que reconocerlo.
Cuba hoy es solo un sitio donde viven mi amiga la poeta Rosa María y mi tío Mario, algunas otras personas que recuerdo con cariño. Me emociona más ver el Acantilado de los gigantes en el sur de Tenerife, que una imagen de Varadero. Solo pude ir a Varadero una vez cuando vivía en Cuba, y tengo un recuerdo confuso sobre unas carreras para colarnos en un hotel… cosas así.
La Cuba terrible, la de la opresión, la de los golpes y la prisión de mi padre, la de los actos de repudio y la humillación, las conversaciones de advertencia, la miseria pura y la falta de aire, ya hace mucho tiempo no puede alcanzarme, ni a los que amo. Solo me cansa un poco la indolencia y la hipocresía de los que tratan de justificar y enmendar esa Cuba con falsas hermandades, con razones falsas, que nunca existieron, apelando a que hubo unos tiempos mejores, ¿mejores para quién? Por suerte yo he pagado mi libertad como cualquier esclavo, con trabajo, con dinero, con tiempo, con dolor, con algunas pérdidas que cada día importan menos, sobre todo con valor. Nadie pretenda que también pague por la suya, hay una profunda equivocación en esa idea de que el mundo les debe algo a los cubanos, a Cuba, que yo les debo algo. Esta fue una de las falacias mejor vendidas y engañosas que asumió la sociedad cubana como un mantra cuando la miseria se volvió el espanto que es hoy. Por suerte, Cuba es un lugar muy lejos, donde vive alguna gente que quiero, y mucha gente que no me interesa en absoluto. El victimismo, la cobardía y el churre suelen crecer donde la gente endiosa tiranos y enarbola mentiras haciendo como si fueran la patria. No participé nunca en eso cuando vivía allí, muchísimo menos ahora.
Sé bien que demoras mucho en sacar un libro a la luz, pero también sé que no dejas de escribir… ¿en qué proyectos andas ahora mismo?
Hay una novela coral, amplia en el tiempo que aborda y puede que en la extensión, en la que llevo más de diez años trabajando; otra novela corta que quiero dejar fina antes de darla incluso a leer a los pocos amigos, lectores agudos y sinceros, que suelo molestar para estas cosas; hay varios libros de poesía, poemas dispersos por todas partes que a veces creo me van a aplastar, y suelen acabar en el cesto de la basura; hay un libro de cuentos que alguien se ha leído dejando de manifiesto su horror por mi falta de pericia como cuentista; un libro de décimas que igualmente los decimistas bregados me recomiendan discretamente desaparecer, al punto de que alguno ni siquiera ha dado opinión cuando se lo he mandado —quiero pensar que es pura envidia de verso libre, está claro que me estoy riendo ahora, como en aquel lejanísimo tiempo de mi juventud cuando me dijeron que escribía poemas—, pero nada me apremia. Me espanta colmar la generosidad de los lectores con poemas a medias, no suficientemente trabajados, o historias vacías, que cuentan mal y no estremecen, o se parecen a otras historias de otros. Me siento libre y serena para impartir justicia entre mis escritos. Soy una mujer mayor que solo tiene compromiso con su fe en Cristo y con la dignidad que entiendo se necesita para vivir como un ser humano normal.
Gracias, Amir, por manifestar interés en estas cosas de mí.

Aunque estudió abogacía, Fernando López es más conocido nacional e internacionalmente por sus aportes literarios, esencialmente en el terreno del género negro. Su mirada dentro de esa tendencia narrativa aprovecha la conflictiva realidad de su país, Argentina, y momentos históricos muy específicos (la dictadura, por ejemplo) para hurgar en los conflictos, las miserias y las esperanzas humanas de su gente en medio de ese tipo de situaciones límites. Ello le convierte en uno de los más lúcidos cronistas de la realidad argentina. Ya sea a través de su exitosa saga novelada del detective Philip Lecoq, o en novelas de corte más social como Arde aún sobre los años, con la que obtuvo en 1985 el prestigioso Premio Casa de las Américas, López se inscribe como uno de los narradores imprescindibles a la hora de configurar cualquier estudio sobre las letras argentinas.
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Gloria Margarita Fresco Crespo, conocida en el mundo de la fotografía cubana como Margarita Fresco, nació en Cuba, en 1948. Es considerada una de las representantes más destacadas del arte fotográfico en la isla y muchos consideran su mirada como la incisión más profunda y honesta sobre la realidad de la vida cotidiana de los cubanos en La Habana.
Estudios realizados:
Ha realizado las siguientes exposiciones:

Margarita Fresco es, sin dudas, una de las profesionales más destacadas en el panorama del arte fotográfico en Cuba. En una isla pródiga de talentos en este oficio, e igual de pródiga en escenarios sorprendentes para ser atrapados en imágenes, su mirada incisiva al detalle de lo humano, y del impacto de lo humano en la realidad cotidiana, destaca por su naturalidad plástica y el poder de comunicación que logra en cada imagen.
Con una amplísima obra que retrata muchos de los más importantes ámbitos de la sociedad cubana de las últimas décadas, hay en su mirada una búsqueda de esencias que es al mismo tiempo histórica, antropológica, ideológica…, pero básicamente humanística y crítica: incluso aquellas imágenes que ella atrapa de la realidad donde la presencia humana no aparece, resultan un juego de espejos que matiza en disímiles detalles la existencia de ese ser humano, su impacto en la definición de esa cubanía también vital para entender el cuerpo de una nación.
Aparentemente sencillas, esas imágenes que ella arranca al poliédrico tapiz que es la vida política, social, económica, íntima y cotidiana de su gente, son de una conmovedora sensibilidad: en sus calles, sus rincones, sus parques, aparecen trozos del descalabro público, íntimo y espiritual de un proyecto llamado a lograr todo lo contrario a esa cara triste de la destrucción arquitectónica, urbanística, geográfica; en el rostro y la gestualidad de los protagonistas de sus fotografías se vislumbra esa dicotomía que muchos dicen es parte del espíritu cubano: la alegría natural de una raza mestiza mezclada o aplastada o escondida o sepultada en la desesperanza.
No se trata, entonces, de alguien que tira fotos al azar, aprovechando un entorno complejo y convulso que es caldo de cultivo para las grandes fotografías; se trata de un oteo inteligente a los ámbitos que ha habitado y que conoce profundamente, en busca de ese matiz definitorio que solamente una verdadera artista del lente como ella es capaz de atrapar.
Margarita Fresco, entonces, es una de esas y esos excelentes profesionales de la fotografía que han ido definiendo, año tras año, foto a foto, ese amplísimo mural de imágenes mediante el cual el mundo, y también nosotros, los cubanos, podemos entender la inmensa complejidad de nuestra pequeña pero entrañable Cuba.
Amir Valle
Director General – OtroLunes

Es la tercera vez que puedo entrevistar al escritor argentino Fernando López. Una de esas conversaciones fue en video para el canal de Youtube «Amir Valle – A título Personal» y la segunda, para esta misma revista, bajo el título «Mi deseo es algún día poder escribir poesía«, publicada en febrero de 2021, a raíz de la reedición en Ilíada Ediciones de la novela La sombra del agua. Es especial, entonces, esta charla virtual que aquí reproduzco, porque se trata profundizar en aspectos de la vida y la obra de Fernando López que considero de interés para todo aquel que desee entender el mundo creativo de este importante narrador.
A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Fernando López? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Fernando López, el ser humano y Fernando López, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
Ojalá pudiera decir de mí todo lo bueno que quisiera. Me llevo bastante bien con mi conciencia, con mis cuatro hijas e hijo, mi nuera y yernos y con mis nueve nietos, a pesar de todos los reclamos que me hicieron a lo largo de la vida y me siguen haciendo. Tengo un lote de muy buenos amigos y amigas. En lo profesional he sido muy respetado porque como abogado penalista me jugué por cada uno de los seres humanos que acudieron a mí por haber delinquido, y como juez he sido aplicado y rechacé con firmeza todas las presiones que recibí. Tanto fue así que renuncié a la magistratura harto de las presiones constantes por parte de los abogados, de la prensa y del poder ejecutivo. Y verás que “ambos” no se contraponen sino más bien se complementan. Como escritor, bueno, en cualquiera y en todos mis libros hay huellas indelebles del Fernando López ser humano. En mi primera novela, “El mejor enemigo”, aparezco como personaje con mi nombre y apellido. Creo que todos los escritores/as elaboramos ficciones relacionadas con aspectos de la vida personal, o con sucesos que nos conmueven o con temas que sobrevuelan sobre las sociedades como deudas pendientes: la salud física y mental de los niños, la madre tierra, el compromiso personal, la guerra, las trampas de la política, por citar algunos. Siempre me he comprometido con mis ideas y en ese punto coinciden el humano y el escritor. Ahora mismo estoy trabajando en una novela (desde hace veinte días) que sorpresivamente se ha ido entramando con cuestiones que no tenemos en cuenta como si no nos concernieran. Y me fascina la idea de que el argumento se desarrolle en varios sentidos y tenga un final sorpresivo.
Quiero que tires la mente al pasado y me cuentes cuándo sentiste por primera vez esa conmoción que es decirse: yo quiero escribir… ¿qué salió de allí?… Y en fin… ¿qué recuerdas de esos inicios?
Recuerdo con mucha ternura mis inicios. En sexto grado de la escuela primaria la maestra nos hacía inventar “cuartetas” alrededor de algún acontecimiento ocurrido en el día, del que se hablaba primero y después unos pocos minutos para trabajar. Ese poema breve se publicaba en un diario mural que se renovaba todos los días. Me entusiasmó la idea a tal punto que a lo largo del año la mayoría de las cuartetas, por decirlo de algún modo un 70 %, las escribí yo. A mediados de ese año mi padrino me regaló para mi cumpleaños un libro de poemas que me fascinó: “Rimas” de Gustavo Adolfo Becquer. Descubrí que la organización de las palabras en la poesía eran muy diferentes a las coloquiales y que se podía conmover y conmoverse con esas maravillas del trabajo intelectual. Desde ese día me convertí en un niño lector con una voracidad complacida por mi abuela materna, que me compraba toneladas de libros todos los meses con su magra jubilación. Y cuando me pareció que ya había leído todo me dije que era el momento de escribir mis propias historias.
También en esos inicios hay un lugar importante: San Francisco, ¿el origen de todo el Fernando López, el abogado y el escritor? ¿Y Córdoba? ¿Qué le ha aportado esa ciudad, en la que vives desde 2004, al Fernando López escritor?
Nací en San Francisco (que en algunas de mis novelas aparece como San Tito) y al terminar la primaria (a los 12 años) por decisión de mi padre seguí los estudios secundarios en el Liceo Militar General Paz de la ciudad de Córdoba. Egresé con 17 en 1965 y ya me quedé en esta ciudad para estudiar derecho. Me recibí en 1973 aunque en realidad cursé en cuatro años, porque “me distraje” con una militancia gremial como empleado del Poder Judicial, intenté hacer teatro, me anoté en la Escuela de cine de la Universidad Nacional, me casé, tuve hijos, después me recibí, ejercí durante tres años como abogado penalista, a los tres años de ejercer la profesión recibí una oferta para cubrir una vacante de secretario en el fuero penal de San Francisco que nadie quería. Como yo era nativo y mi deseo era darle más tiempo a la escritura, acepté y en 1978, veintitrés años después, regresé a mi ciudad natal, donde viví con mi esposa y mis cuatro hijos hasta 2004, que regresé a vivir a Córdoba, veintiséis años después de mi insilio voluntario. Entre setiembre y diciembre 2004 aceptaron mi renuncia como juez de control, vendimos la casa, compramos en Córdoba, nos mudamos con la que fue mi esposa y nos separamos con un divorcio traumático que duró cuatro años. En cuanto a lo literario, como ya lo dije, mi maestra de 6° grado me incentivó a la escritura y simultáneamente a la lectura. Sin ese aporte no creo que me hubiera dedicado a escribir. Y Córdoba me aportó la experiencia de una juventud revolucionaria que me sirvió para escribir, en San Francisco, gran parte de mi obra, desde “El mejor enemigo”, “Arde aún sobre los años” y “Odisea del cangrejo”, pasando por mis tres libros de cuentos y “(Con) La sombra del agua”. En córdoba escribí toda la saga de Philip Lecoq, el detective de los pobres.
¿Cómo se llevan el abogado y el escritor? ¿Existiría la saga de novelas negras protagonizadas por Philip Lecoq sin el Fernando López abogado?
Me río porque alguna vez me dijeron que escribía como un juez. No sabía si tomarlo como un elogio o un disvalor. Nos llevamos bien aunque el escritor mantiene en el pasado toda la experiencia con el derecho y no le permite regresar al abogado, salvo una sola vez como personaje en “El mejor enemigo”. Y por cierto que esa saga no existiría si yo no hubiese sido juez. Un día, en Córdoba, en una reunión política, me enteré por un médico que existía una cooperativa de ex convictos, todos viejos ladrones de armas llevar de los años 70 que asaltaban bancos y se tiroteaban con la policía, que habían decidido abandonar el delito y educar a sus hijos/as y nietos/as para que no fueran delincuentes como ellos. Esa cooperativa se llamaba “Esperanza sin Muros” y constaba de una carpintería, una panadería, un criadero de pollos y una fábrica de muñecas para que las hijas/nietas no tuvieran que caer en la prostitución. Pedí conocerlos y varios días después me invitaron a una reunión que comenzó con un silencio profundo y terminó con una gran algarabía: yo les pedí permiso para incluirlos como personajes en mis novelas. Así nació la saga de Philip Lecoq. Con el tiempo la cooperativa se disolvió: hubo varios problemas internos y sus integrantes fueron muriendo, todos con más de 80 años. Incluso fueron contratados por la editorial que me publicó la saga para que contaran sus propias historias, todas deliciosas, en un libro titulado “No robarás”.
Hablemos de la tradición. Escribir en un país de enormes genios como Quiroga (era uruguayo, lo sé, pero hizo su obra en Misiones y se dio a conocer desde Argentina), Roberto Arlt, Bioy Casares, Sábato, Borges, Abelardo Castillo… es casi que una temeridad… ¿En qué sentidos crees que, en tu caso particular, esos ilustres precedentes se convierten en lastre o en impulso?
De hecho Borges y Roberto Arlt fueron personajes de algunos de mis cuentos y novelas (“Tormenta en Ginebra, “Duendes al alba” y “(Con) la sombra del agua. Quiroga, Borges y Cortázar me enseñaron las estrategias de esa batalla con las palabras precisas para contar sin desperdiciar ni una letra. Roberto Arlt me impactó desde “El juguete rabioso” en adelante, con sus personajes marginales y su escritura sin concesiones. Abelardo Castillo me fascinó con el arte de algunos de sus cuentos y hay otros que también me aportaron, como Sábato, Hebe Uhart, Juan Sasturain, Juan Filloy, Héctor Tizón, Jorge Barón Biza y muchísimos otros que harían una lista interminable. Siempre me río de la defensa del plagio que hacía Borges, con esa media sonrisa que desconcertaba.
Escribir “El mejor enemigo”, tu primera novela, en medio de la dictadura argentina, desde mi punto de vista fue una especie de rebelión contra el silenciamiento forzado mediante el terror en que se vivió en esos años. Háblame de ese proceso, de cómo fue escribir en esos años.
Terrible. Como creíamos que esa dictadura iba a durar para siempre, yo quise dejar un modesto testimonio de esa época contando “la previa”, las matanzas de bandas parapoliciales y paramilitares que asolaban el país desde 1975 bajo el nombre de AAA (Alianza Anticomunista Argentina) y el Comando Libertadores de América, su filial cordobesa. Yo era militante y escribía a mano, escondiendo las hojas en lugares donde no pudieran ser encontradas si allanaban mi casa. Me llevó siete años escribirla, entre 1978 y 1982 y antes de presentarla a las editoriales en 1973 la releí, y me dí cuenta de que estaba escrita con muchos eufemismos, me di cuenta sin quererlo que la autocensura había hecho conmigo lo que no quería. Me tomé un año más y la escribí toda de nuevo. Así quedó, para siempre. Y desde ese momento prometí no censurarme nunca más. Cuando me entregaron ejemplares de la primera edición del libro leí un anuncio minúsculo en un periódico de Córdoba que anunciaba el premio Colima. Había que enviar cuatro ejemplares por correo, hice un paquetito, los envié y pocos días después llegó la buena noticia.
Poco después, precisamente el Premio Latinoamericano de novela Colima 1984, que se otorga a primera novela publicada y que ganas con El mejor enemigo te sirve de impulso para escribir Arde aún sobre los años, novela con la que ganas el Premio Casa de las Américas en 1985. ¿Qué te decide mandar esa novela precisamente a ese premio? ¿Qué recuerdas de todo ese proceso que vivimos siempre los lectores: preparar el libro, enviarlo, esperar con ilusión y… con suerte como en tu caso, recibir la noticia de que fuiste el ganador?
“Arde aún…” la escribí prácticamente de una sentada en 1984, con todo el material recopilado durante la guerra de Malvinas, mientras esperaba el resultado del concurso Colima que se resolvió en noviembre o diciembre de ese año. Casa de las Américas se resolvía en enero del 85. Era el premio más importante de habla hispana y una tentación enorme para cualquier jovenzuelo pretencioso. Tenía confianza en la novela y aunque no la premiaran el solo hecho de participar ya era una osada propuesta. Se dieron varias circunstancias para que pudiera obtener el premio. Uno de los jurados en Colima era el mexicano José Agustín, quien también lo fue en La Habana. Él me contó después que al llegar a Cuba pidió ver la lista de los participantes y encontró mi nombre. Pidió la novela para leerla y junto con el argentino Mempo Giardinelli decidieron proponerla para el premio. Después adhirieron el genial Augusto Monterroso y el cubano Senel Paz. Te imaginas que no cabía en mí de alegría con dos premios en un par de meses, con apenas dos novelas y solo 36 años. Fue gracioso cuando llegó el telegrama con el anuncio. En aquellos tiempos no se usaba la ñ en los telegramas, no existía. El telegrama con el anuncio decía que la novela “Arde aún sobre los anos” había sido premiada. Ese mismo día comenzó a circular en San Francisco la noticia de que había ganado con la novela “Anos ardientes”.
Sé que esta es una pregunta complicada, pero no puedo resistir la tentación de hacerla justamente porque decidiste en aquellos años mandar al premio Casa de Las Américas. Casa de las Américas (y estoy citando aquí palabras de la fundadora y directora por muchos años de esa institución, Haydée Santamaría) forma parte de la plataforma de propaganda internacional del programa cultural de la Revolución Cubana, un proceso social inclusivo y democrático que perdió su esencia desde las censuras contra la prensa, el cine y la literatura independiente en los mismos primeros años, las represiones contra los artistas y escritores homosexuales en los sesentas, el escándalo internacional conocido como Caso Padilla en 1971 que provocó el divorcio con la Revolución de miles de intelectuales del mundo que la habían apoyado hasta ese triste suceso de represión… Focalizándonos en eso, desde tu perspectiva como escritor, como intelectual latinoamericano y como progresista, ¿crees que el timonazo de ese proceso social hacia el totalitarismo, la represión gubernamental contra libertades básicas del cubano que critica al sistema, ha afectado la importancia, la fuerza y el papel de promotor de la cultura latinoamericana que llegó a tener en Latinoamérica y el resto del mundo la cultura cubana en general y, en particular, instituciones como Casa de las Américas?
Lamentablemente todos los procesos revolucionarios que en el mundo han sido derivaron hacia la concentración total del poder para conservarlo y mantenerlo ante los ataques constantes de una derecha que no descansa en recuperar lo perdido. Especialmente los bienes materiales, muebles (como el dinero) e inmuebles, y el poder para manejar la economía. En mis visitas a Cuba he notado que la población protesta pero se las arregla para vivir en una economía que no entiendo, que han tratado de explicarme pero no termino de entender, con grandes carencias que se van agudizando con el tiempo y una burocracia que entorpece todos los proyectos que no nacen como programa de gobierno. Me he maravillado con la cultura del pueblo cubano, con su amabilidad, su alegría, su amor por la música, y reflexiono que si no se produjo ningún movimiento masivo en contra del “régimen” no es solo por la represión sino también por falta de convicción. Si no me equivoco la gran mayoría de los cubanos han nacido después de la revolución, han disfrutado de sus mieles y desechos, hay una mística fuerte como hecho casi único en el mundo y no impresiona que las cosas vayan a cambiar en el corto plazo. Esa es mi impresión. Y no sé si habiendo conocido otros sistemas yo podría vivir en Cuba, soportando las carencias y dificultades, aunque en mi país también hay muchas carencias y dificultades ligadas a la realidad de un país sometido al saqueo de sus bienes naturales con la complacencia de sus autoridades.
Profundizando más en ese tema por el amor que siempre ha existido en el pueblo argentino hacia el proceso social cubano desde 1959. ¿Sigue siendo Cuba un referente como proceso social?
En Argentina nunca hemos tenido un sistema de partido único y muchos no lo aceptarían por una cuestión cultural. Pero además la presión de EE.UU es enorme y eso condiciona esa aceptación, a pesar de que, raspando un poquito la pintura de los cascos, personalmente creo que los partidos demócrata y republicano son muy parecidos en sus programas. O sea, hay un bi partidismo que no es tal ni para adentro ni para afuera. Ambos han propiciado siempre las guerras y el saqueo al resto del mundo, y parte de su población tiene también, como en todo el mundo, enormes dificultades para la subsistencia. Ahora, que Cuba siga siendo un referente, es muy difícil de responder.
A los escritores siempre nos enfrentan al dilema intelectual/político que terminó rompiendo la amistad de Camus y Sartre en los 50 del siglo pasado: el compromiso del escritor con su realidad social. ¿Qué piensas sobre ese dilema?
Mi experiencia personal cambió radicalmente desde el momento en que al egresar del Liceo Militar (1965) descubrí que había vivido en la mentira, que había aceptado como ciertas todas las enseñanzas: fue cuando descubrí los grafitis contra la guerra de Vietnam en las paredes de las mismas calles por las que había transitado durante los últimos cinco años sin haberlas visto nunca. Se dieron una serie de hechos políticos que a los 17 años me empujaron a abdicar de las convicciones que de pronto se volvieron obsoletas: fui por primera vez a una marcha estudiantil contra del golpe de Estado del general Onganía al presidente Illia, en la que fui detenido. Me dio mucha bronca haber aprendido en el Liceo que el anciano presidente era un inútil cuando entendí que, por el contrario, era un hombre de convicciones firmes, que había sido derrocado por no dar el brazo a torcer ante las exigencias de una sociedad enferma que ya presagiaba lo que ocurriría una década después: el último golpe militar que desembocó en la peor dictadura que vivimos, la que se cobró 30.000 desaparecidos, miles de exiliados y terminó desafiando a los ingleses con la aventura de Malvinas. Treinta años después de la revolución cubana los alemanes decidieron terminar con el muro del escarnio (1989) y de pronto descubrí que Solyenitsyn no había mentido al hablar de los campos de concentración en la Siberia, que Stalin había sometido a una hambruna criminal al pueblo de Ucrania, que la KGB vigilaba y sancionaba las desviaciones burguesas de los rusos, mientras yo seguía defendiendo la lucha de los pueblos por su soberanía política, la justicia social y la solidaridad como principios de vida de una sociedad. Me fui alejando de la izquierda imperceptiblemente al principio y a dudar de sus dogmas con las sucesivas defecciones de otras revoluciones, pero confirmando mis convicciones antiimperialistas contra los centros mundiales del poder que saquean a los pueblos del mundo y los someten a la muerte en vida que significa no tener futuro. En el Liceo el profesor de filosofía me preguntó si yo era dogmático y le dije que sí, ahora digo que no y sufro por las cavilaciones de mi gobierno peronista que se deja presionar y retrocede ante cada una de sus promesas electorales. Me pregunto qué diría Sartre hoy, qué diría Camus ante estas nuevas realidades mundiales. Sospecho que Sartre seguiría siendo dogmático y Camus no. No sé si he respondido a tu pregunta. Ojalá que sí.
Muchas novelas, pocos cuentos… es tu balance como narrador. Pero empezaste escribiendo cuentos y tu último libro “Lo implacable” es de cuentos… ¿Por qué ese desbalance? Y lo pregunto porque en Argentina los cuentistas son muy respetados, como escritores de un “genero mayor”, en mi opinión mucho más respetados que los novelistas.
Mi proceso de crecimiento fue poesía, luego cuento, finalmente novela. Mi género preferido es el cuento (tengo más de treinta publicados en libros propios, antologías, revistas y blogs en varios países) pero la novela me tentó para poder encarar historias complejas que no caben en un texto breve. “Lo implacable” es una muestra de cuentos de distintas épocas reunidos con el fin de recuperarlos y propiciar la publicación de varios más que están encarpetados y en revisión.
Córdoba Mata… cuéntale a nuestros lectores qué hay detrás de ese nombre, qué han hecho, ¿continúa el evento?
La respuesta está en el primer texto inédito que agregué a este dossier.
Si yo digo “Philip Lecoq ha muerto”… ¿qué dices?
En el primer episodio la Yesi, compañera de vida de Philip, alumbra su décimo hijo. Ella queda embarazada después de cada caso resuelto con éxito. Entonces faltan todavía cuatro episodios, de los cuales hay uno escrito y otros que están rondando en mis vigilias. El corte en la continuidad se debió a que la editorial entró en una crisis que aparentemente no logra resolver. Me dio mucho trabajo convencer al director de Raíz de Dos de que aceptara publicar las diez historias de la saga, después de haberlo ofrecido a editoriales de Córdoba y de Buenos Aires que no aceptaron correr el riesgo ante un posible riesgo económico.
Si yo digo “Fernando López, a sus 75 años, sigue creando mundo, así que con seguridad podemos esperar nuevos libros”… ¿me equivoco? Y si no me equivoco, ¿en qué proyectos de escritura andas ahora mismo?
Sigo diciéndole a quien quiera escucharlo que tengo planes para treinta años más. Es cierto que estoy muy atrasado con las lecturas, pero la razón es que vivo en una realidad diferente, rodeado de personajes y de historias que van y vienen y me impiden abandonar el oficio. Te cuento una historia (real, como les gusta decir a los guionistas norteamericanos). Hace unos años tuve alucinaciones. Muy fuertes, realmente estremecedoras al punto de que tuve que consultar a un psiquiatra. Me explicó que son sueños que se producen en el momento en que estamos despertando y por eso parecen tan reales. La cuestión es que había una historia muy fuerte que había leído en esos días, muy fuerte, terrible, que contó un ex comisario y que había ocurrido en un centro clandestino de detención de la última dictadura que tuvimos. Lo cuenta en un libro estremecedor dedicado a la investigación del asesinato de su padre, también comisario.
Lo voy a hacer breve. Resulta que cuando cae la dictadura comenzaron a remodelar todos los centros de detención para evitar que fueran identificados por algún sobreviviente. Uno de ellos el nefasto D2, que había quedado bajo la custodia de UN detenido y UN policía, ambos armados, porque sucedían cosas raras inexplicables en ese lugar. Un día golpearon la puerta de calle con suma violencia y era un comando de la guardia de infantería, armados con artillería pesada, que habían concurrido porque desde la calle se veía que en el primer piso había una fiesta con música y muchas personas de ambos sexos. Lo raro era que abajo no se sentía el más mínimo ruido. Subieron la escalera, derribaron la puerta… y no encontraron nada raro. No había nadie, ninguna persona, solo los armarios donde estaban guardados los prontuarios de quienes habían sido detenidos y desaparecidos. Los dos custodios quedaron muy impresionados y siguieron ocurriendo cosas raras como ruidos, sombras y movimientos de muebles. Justo en esos días Ángel de la Calle me había pedido una historia para el periódico de la Semana Negra de Gijón. Escribí esa historia y automáticamente desaparecieron las alucinaciones. Creer o reventar.