Aguardando que me lleves

Al hilván que traza la luna
María Jesús Fuentes
Hiperión. Madrid, 2023

Casi una decena de poemarios componen la obra lírica de María Jesús Fuentes. Desde sus inicios, su verso se ha mantenido al filo de una mirada permanentemente escrutadora, en donde sobresale un imbricado inventario de  anhelos presentes, de conquistas pasadas, de inquietantes símbolos…, que redirigen su voz hacia el mañana.

Ahora, con este hilván que traza la luna y sus palabras, establece una original propuesta de la cual extrae una común indagación de contrarios. De ellas y ello, beben y se alimentan estas páginas, y “es fácil percibir en cada uno de estos textos, en cada historia, todo un apasionado sentir”, tal y como anota en su prefacio Miguel Losada.

Romeo y Julieta, Penélope y Ulises, Oscar Wilde y Alfred, Elizabetha y Drácula, Otelo y Desdémona…, protagonizan, frente a frente, un lírico diálogo en el que ambos despliegan sus crepúsculos, sus recuerdos, sus miedos, sus mundos o sus anhelos. Con un verso tamizado por una significativa delicadeza, María Jesús Fuentes se sabe dadora de una voz ajena, si propia y cómplice, pues sus poemas susurran todo aquello que pueda llegar a cartografiar lo humano. Y, así, se pronuncia Dulcinea: “¿Qué ve en mí, mi señor? (…) A mí, que, sin ninguna primavera bajo las faldas,/ siento ahora que soy una nube en el cielo”. En tanto, Don Quijote responde: “Estoy dispuesto a enamorarme (…) Honraré su nombre en la batalla/ y cuando regrese con la victoria del justo/ encontraré el orgullo en sus ojos”.

Él y Ella, Muñeca y Muñeco, Jane y Tarzán, la Margarita de la Dama de las Camelias y Armand Duval…, van añadiéndose a este compendio de protagonistas cuyos territorios se saben y se sienten cercanos. Porque la autora malacitana celebra con su palabra lo que la batalla del amor y el corazón se torna duración, materia romántica, hebra de gozo y, alguna vez, desdicha.

En suma, un poemario de sobrios acentos, envuelto en el aroma de un decir que clama y reclama el lugar exacto para la luz desnuda, para el oportuno beso, para el motín de la carne: “Me desprendo del liguero, del corpiño,/ desabrocho los corchetes del corsé/ esperándote/ aguardando que me lleves algún día./ Porque sé que puedes”.

Volverás con las nubes

Cuaderno de la lluvia
Carlos Doñamayor
Erato. Poesía. Madrid, 2023


Tras la aparición el pasado año de Soledad sin cielo, ve la luz Cuaderno de la lluvia, de Carlos Doñamayor. Al hilo de su anterior entrega, dejé escrito que sus versos se tornaban clarividentes en su mensaje, sugestivos en su luminosidad, pues sabiamente anudaba la desnudez de su costumbre a un discurso emotivo, doliente y solidario.

Ahora, en este Cuaderno que me ocupa, su voz se reagrupa en torno a la unidad temática de los poemas. Y, así, la creación lírica conjuga con exactitud  con la experiencia humana del conjunto. Porque, al par de estas páginas, se aviva la naturaleza del tiempo, de la muerte, del silencio, de la dicha, del desolvido…, y se renombran la perplejidad del asombro, la coyuntura del amor, el milagro del agua: “Llueve lo preciso para  considerar/ resuelto el dédalo,/ trocados los vestigios y su ornato/ en el escenario de la nada,/ y se abre una fuente benévola/ que acaricia y entibia las voces,/ que renueva el lenguaje y los sonidos”.

Anota el propio autor en su prefacio, que “la lluvia se comporta en poesía como un recordatorio tenaz que se expande e incendia la inquietud de los ojos. Y, desde ese fuego que nace en la mirada y contempla cuanto gira en derredor, van surgiendo luminarias, metáforas, sorprendentes imágenes que remiten a un espacio íntimo, si común para el lector. Cada poema va convirtiéndose en una pequeña ventana desde la que observar la dicha y la desolación, la calma y la tormenta que experimenta el ser humano: “No es la lluvia lo que importa,/ sino el tiempo trepador a este lado de los cristales/ que nunca retrocede”

 Dividido en cinco apartados, “Lluvia en la palabra” “Lluvia ceñida a los umbrales”, “Lluvia al otro lado” “Rituales de lluvia” y “Epílogo”, el volumen convoca la unívoca revelación de una realidad cercana, de una atmósfera reveladora de cuanto custodia el alma. Símbolo de renacimiento y purificación, la lluvia se hace,  aquí y ahora, cómplice en esa dicotomía que surge del vigor y la mansedumbre del verbo. El mismo, con el que Carlos Doñamayor define, corrige y construye la verdad de un decir que cala y empapa el corazón: ”Al final del camino/ la lluvia será sueño,/ sueño tibio y mudo/ en un cielo sordo,/  y tú estarás ahí,/ volverás con las nubes”.

Con dos metros de infierno sobre las palabras

Los que no sueñan más que con la luz
Odalys Interián
Editorial Dos Islas, 2022

El poeta Wallace Stevens dejó unos aforismos sobre la poesía que recomiendo por la cantidad de sugerencias que proponen. Por ejemplo, hay uno que dice: “Cuando se deja de creer en Dios, la poesía es esa esencia que ocupa su lugar para que la vida resulte aceptable”. No diré si estoy de acuerdo o no con eso; esto no va de los aforismos del poeta estadounidense, esto va del último libro de la gran poeta, escritora y editora Odalys Interián, “Los que no sueñan más que con la luz”. Y si lo cito (el aforismo) es porque lo que dice el poemario, y en general toda la poesía de Odalys, colisiona con él de un modo como mínimo curioso.

Si se mira ese conjunto, o sólo el título que digo, se verá que no hay que dejar de creer en Dios, tampoco creer, ni siquiera tiene que haberse creído en él antes, para que la poesía realice esa función: la de hacer “que la vida resulte aceptable”. Pero  puedo ir más lejos y preguntar: Y si es así, a quién le hace la vida más aceptable: ¿al poeta? ¿Al lector? ¿A ambos? Y aún más allá: ¿Siempre la poesía hace “que la vida resulte aceptable”? Para responder, al menos a esto último, basta con pensar en lo que sucedió cuando se publicó la novela de Goethe “Las penas del joven Werther”2.

Es decir, la función de la poesía no es exactamente esa. Personalmente no tengo claro si hay una sola función o un número específico de ellas que se le puedan atribuir. A veces sospecho que depende de la cantidad de buenos lectores. Y que tampoco eso tiene que ver con la que el autor pudo tener en mente cuando escribía. Si es que, por supuesto, puede existir un poeta que “racionalice” a tal extremo su quehacer.

Creo con Wallace Stevens, eso sí, que la poesía es una forma de melancolía. Pero también de alarma, de miedo, de cólera, de amor… de urgencia. En fin (y con esto se explican muchas cosas) de sentimientos. Y es eso (sentimientos) lo que nos transmite Odalys en cada uno de sus libros. En cada uno de sus poemas. En cada uno de sus versos.

Y “Los que no sueñan más que con la luz” no es una excepción, al contrario. Hablamos de un bello libro de unas 107 páginas, en las que en cada una encontramos eso: sentimientos. Sentimientos que se suman a los de sus libros anteriores, a veces repitiéndose, pero al modo del llevado y traído río de Heráclito: nunca se sienten igual. O eso nos hace creer la poeta con su embrujo.

El título parte de los  versos del poeta sirio Adonis “A veces alaban las tinieblas / los que solamente sueñan con la luz”.3 Algo que es otra clave importante para entender lo que vamos a leer y lo que hemos leído ya de la obra de Odalys. Porque una vez más nos introduce (no diré que para alabar, porque no es eso, pero lo hace) en las tinieblas.

Obsérvese si  no que en la primera parte, además del exergo antedicho, sitúa este elocuente y sin duda hermoso subtítulo  “El cadáver que se cierra como un guijarro sobre la luz”. Y el primer verso que sigue dice taxativamente “Hoy la poesía sirve de poco”. Un verso doblemente inquietante cuando precisamente nos disponemos a leer poesía. Un verso que en cierto modo  retrotrae a la idea de Adorno que Primo Levi suscribió en términos muy similares4. Pero enseguida percibimos un interesante matiz: Odalys lo hace de un modo intencionalmente contradictorio: ¡escribiendo poesía! Esto es, introduciendo en la praxis su negación.

Algo así sucede también con el asunto — por llamarlo de algún modo— “de las tinieblas”. La oscuridad que recorre su obra es una oscuridad peculiar; al fondo brilla una especie de horizonte en llamas o, más exactamente, algo parecido a la luz que se refleja en el cielo nocturno cuando, a lo lejos, hay un incendio. Ella lo dice de un modo mucho más hermoso y elocuente: “Detrás de todas las oscuridades / hay girasoles blancos.” Porque la muerte, tan presente en todo lo que escribe (tan presente en esas tinieblas que recorren gran parte de su obra) es, en principio, una muerte derrotada. Esto, sin duda, tiene una explicación, pero el porqué en este caso es un elemento residual, interesante si acaso para otro tipo de estudio, no para la poesía en sí. Si lo enfocamos solo en el sentido del hecho o del producto poético,  entenderemos que ese tratamiento de la muerte tiene una connotación metafórica que desborda el cauce de cualquier concepción extraartística. Y es eso lo que le da un auténtico valor estético y, si se quiere, ético. Veamos un ejemplo:

El millar de muertos girando en el aire / como negros girasoles / apagan el sol. / Como gavillas de trigo en su volatilidad / traspasan el largo hospedaje de las luces /  y entran como un incendio / en el globo del ojo / de Dios.”

Como se puede ver, ahí está la trascendencia. En esas “gavillas de trigo” (obsérvese: los muertos trocados en “gavillas de trigo”) que entran “como un incendio en el  globo del ojo de Dios”. Hablamos pues de la envergadura que, en el plano divino, debe tener esa aberración.

Pero curiosamente en este libro Odalys no insiste en la idea mística de la resurrección como vía reparadora (o, insisto, trascendente) del error que, según esta idea, supone la muerte. No, esta vez la poeta piensa además en una muerte que se produce como consecuencia de la barbarie, algo que enfrenta de un modo que podemos calificar, en el sentido humanista, como “militante” o de “compromiso”. Esto significa que se detiene críticamente en el morir y —para que se entienda— no pasa al otro lado, que sería el de la “reparación”. Incluso llega a decir:

Un crimen vivir / digo / en silencio / esperando como corderos / la hora del degüello.

O:

“No voy a rogar un puñado de paz / Voy a cantar con la boca del muerto / que no sepultaron.”

Y más adelante, manteniendo la coherencia de esta visión, introduce una sabia e inusitada definición (o redefinición) de la muerte, que traigo a colación sobre todo por su valor estético; por su misterio… por el acierto poético, en fin, que supone:

Pero la muerte / son esos tulipanes”.

De modo que en ningún momento abandona, en aras del concepto, la “responsabilidad” estética. Sus imágenes vuelven a ser insuperablemente demoledoras, exactas y sugerentes en (o por) su avasalladora riqueza.

Pero antes de concluir observemos, aunque sea brevemente, la estructura. Es algo que importa, porque hasta ahora hemos hablado de la muerte o de las tinieblas, y eso no es todo el libro ni mucho menos. En la segunda parte, titulada “Lo que digo preservará mi  nombre” se abre a otro aspecto importante para la poeta: el hecho de escribir. Aquí “dialoga” con Gelman, con Emile Dickinson… Y para ello sitúa delante suyo (de la poeta o del personaje poético) un espejo. Y vuelve a ser implacable.

Porque no miro como tú / no ignoro lo que mis ojos tocan.”

“He bailado sobre sus cuchillos. / He parloteado como un loro / toda la demencia de la luz.”

“La poesía plantándose / como el árbol de los buenos frutos. / Vibrando para el hombre. / Como si todo hoy nos emboscara / las plenitudes /los pobres asedios / esa pizca de eternidad que llevan las palabras / ese nudo de mundos que van desovillándose. / El cadáver que se cierra como un guijarro / sobre la luz.”

Y, por último, en el tercer apartado que titula “Sin tu boca cómo digo aire, pero sin ti cómo digo el amor, cómo lo digo”; en este tercer apartado, digo, festeja “!las atroces amarguras del amor”. El amor que “Trae ese viento de libertades.”

“El amor llorado por mí / ahora vive en mi llaga.”

“El mayor de todos los riesgos / es el amor.”

Aquí hallamos una vez más la dura limpieza (el duro candor) de sus imágenes. El amor elevado a su condición inefable. Quiero decir: Su lado físico es —si es que es— sólo un destello; un fugaz y pálido destello.

Y a modo de resumen

Estamos, por tanto, frente a un poemario en tres tiempos impecablemente engarzados: El de la barbarie; el de la escritura y el del amor. Esas tres fases forman una sólida unidad, con poemas sin geografía y sin datos temporales específicos, que producen, además de esa sensación de solidez, una aún más perturbadora de absoluto o  universalidad.

Debo añadir, por último, que leí “Los que no sueñan más que con la luz” en un momento especialmente oportuno. Digamos que lo necesitaba. Entrar en ese mundo brutal (en el buen sentido) me ayudó (supongo que por efecto de una inconsciente técnica de  psicología inversa: la llamada “intención paradójica”) a superarlo. Porque me atrevo a decir que se trata de uno de los libros más logrados de Odalys, si es que algo así puede decirse de una obra tan sostenida y homogénea como la suya. Es —así lo dice José Hugo en el magnífico prólogo—, un libro muy inspirado. Un libro  —añado— que,  más allá de la dureza de sus imágenes, nos transmite “ese discurso del amor / que centellea / para mostrar lo vivo”5, en contraste con esos dos metros de infierno que pesan sobre las palabras6… sobre la vida.

Releer a Vallejo

Los poemarios fantasmas de César Vallejo
Jorge Nájar
Sinco Editores, Lima, 2022

Uno de los problemas (o misterios) filológicos más interesantes de la literatura peruana tiene que ver con la manera en que se nombró y organizó el conjunto de poemas que César Vallejo no alcanzó a ver publicados.

En el mes de julio de 1939, a un año y poco más de la muerte de Vallejo, la viuda del poeta, Georgette Philippart y el historiador Raúl Porras Barrenechea, logran en París la publicación de su poesía póstuma bajo el título de Poemas humanos. Esta edición fundadora contenía también los textos que se conocerían luego como Poemas en prosa, así como los poemas que conformaban España, aparta de mí este cáliz.

El punto es que se ignora de qué manera el poeta habría definido finalmente el orden y la publicación de la mayoría de estos poemas. Desde la edición, ordenamiento y lectura de Georgette y Porras, surgieron otras, que intentaron recomponer las piezas de este rompecabezas. Marco Martos nos ayuda a recordar algunas: Ricardo Silva Santisteban prefirió usar Poemas póstumos; Américo Ferrari los llamó Poemas de París.

Una cuarta posibilidad es la planteada por Juan Larrea –amigo de Vallejo, ambos fundadores de la célebre revista Favorables París Poema–, que divide la producción póstuma de nuestro poeta en dos conjuntos: Nómina huesos y Sermón de la barbarie. Un aspecto interesante de la discusión, siguiendo a Martos, es que el propio Vallejo habría considerado muchos de estos títulos como posibilidad, entre ellos “Libro de poemas humanos” y “Nómina de huesos”.

Dicho esto, estas líneas saludan la aparición de Los poemarios fantasmas de César Vallejo, edición del poeta peruano Jorge Nájar que sigue el planteamiento de Juan Larrea, quien utilizó precisamente la expresión “poemarios fantasmas” para referirse a la producción póstuma de Vallejo.

Volver a Larrea implica releer a Vallejo. Y releer a Vallejo significa enfrentarse a un caleidoscopio, figura que encierra por mérito propio las múltiples direcciones que puede tomar la lectura como acto creativo. Parecería una cuestión de segundo orden discutir si Vallejo decidió o pensó ordenar sus textos de una manera determinada; sin embargo, descorrer ese velo ofrece siempre nuevas posibilidades de sentido.

Nájar describe con puntillosidad el contenido del fantasmal libro vallejiano. Y reflexiona con agudeza: “¿Qué aporta este primer libro fantasma? [se refiere a Nómina de huesos] En primer lugar, la hegemonía en Vallejo de la poesía sobre todas las otras exigencias de la vida. Además de lo que él mismo dejó anotado en una de sus libretas: ´No es poeta el que hoy pasa insensible a la tragedia obrera…´, estamos ante la confirmación de que en su obra plantea una de las poesías más intensas del siglo XX escrita por un bárbaro escapado de una aldea andina para venir a extraviarse en el río de las calles de la ciudad más cosmopolita en los días previos a la Segunda Guerra Mundial” (p.25).

A eso se añade que esta poesía, aunque mantiene lazos con Trilce, apunta a nuevos derroteros: la confrontación de la experiencia urbana, una reescritura de los vínculos maternofiliales, el relativo alivio de su angustia existencial por el entusiasmo que provoca el socialismo en el poeta y por supuesto la sutil construcción de una identidad que mira al universo sin descuidar la presencia andina. Según Wolfang Iser, en el vínculo entre el texto y el lector se halla la única posibilidad de vida del texto y para ello es necesario que el lector tenga una postura proactiva. Esta edición de Vallejo según Larrea y acometida con rigor por Jorge Nájar nos invita, justamente, a reavivar el fuego de la lectura.

Después de tanto afán

Vida salvaje
Juan Ramón Santos
Hiperión. Madrid, 2022

Dos libros de relatos, cinco novelas, varias traducciones al castellano de obras portuguesas, el premio “Edebé” de Literatura Infantil (2021) y dos poemarios, acreditan la versatilidad de géneros en los que se mueve Juan Ramón Santos (1975).

La publicación de Vida salvaje -galardonado con el “Valencia” Institució Alfons el Magnanim”-, reafirma una voz lírica de madurados acentos en donde “… todo parece por hacer,/ en que la claridad es un regalo/ de este raro misterio que es la vida”. Consciente de que la existencia es una quimera, a veces promesa, a veces apariencia, su decir se hace alianza al par de una naturaleza que gira en derredor de su costumbre. Y así, en la primera parte del libro, “Día de campo”, el poeta placentino se cobija “entre los árboles del huerto, / la más sabia lección de resistencia”. Y, además, se deja ganar por los dones infinitos de la tierra para avivar la memoria y la dicha de segar el césped, de contemplar las flores amarillas de septiembre, de prender con las manos los frutos de la higuera, de aprovechar la sombra de los chopos, de hacerse, en suma, animal y alimento de su propio y vívido hábitat: “Que la vida, después de tanto afán,/ en realidad es poco más que eso:/ una siesta, las hojas de una hiedra,/ un remanso de verde y de frescura,/ el placer e sentir que respiramos”.

En su segundo apartado, “El emboscado”, la tenaz incógnita de las estaciones convoca un puñado de inspirados haikus donde se conjugan la esperanza, la lluvia, el alba, el mirlo…, y que se alzan frente al enigma de lo humano: “No reconozco/ al hombre que se asoma/ en el riachuelo”.

Como coda, “Aprendizaje”, memora el definitivo adiós de los seres cercanos y queridos (“Hoy uno lleva demasiadas pérdidas/ a cuestas como para, aún,/ creer en una muerte reversible”) y ahonda en la desposesión, en la soledad y desamparo que sucede a lo finito. Más aferrado de nuevo a la acordanza, a los instantes que fueron ventura, Juan Ramón Santos concluye un poemario intenso, honesto, donde aúna sabiamente lo terrenal y celestial; o lo que es lo mismo, el tiempo y el espacio que nos hace más libres, más humanos: “Hay lágrimas que llegan a destiempo,/ al cabo de los años,/ cuando mientras recoges la cocina/ se te viene a los labios a traición/ la copla que escuchaste tantas veces/ en labios de tu abuela”.

Para el amor o la nada

Los dioses destruidos
Lola Tórtola
Rialp. Col. Adonáis. Madrid, 2023

Distinguido con un accésit del premio “Adonáis”, Los dioses derrotados es el primer poemario de Lola Tórtola (1997). Un bautismo lírico que sorprende por la fuerza expresiva de su verso y la reflexión intrínseca que atesora su discurso.

Dividido en dos apartados, el primero que da título al conjunto y “Un destrozo endiosado”, el volumen converge en una conciencia que late por lo ido y lo futuro, que se busca en las huellas que trazaron una senda y en las pisadas que aún restan por andar. Porque la autora murciana se adentra en una escritura que se hace existencial y empírica, en un decir que aúna sus viajes extranjeros -Italia, Grecia…- y desvisten en sus singladuras la intimidad y el propósito de su ánima: “Voy a encargar un dios nuevo,/ lo haré a nuestra imagen y semejanza:/ pasará/ su bello cuerpo las noches en vela/ y no sabrá nada”.

Lola Tórtola se sabe inmersa en una realidad que pareciera presentar grietas, fallas por donde la vida se desequilibra (“Lo heredamos todo destruido”). Por eso, su anhelo es construir un diálogo común que sea alternativa al diario acontecer, que deje atrás lo artificial, lo vacuo y hable de frente con la naturaleza de lo humano: “He acechado el brillo, y avanzando por la cobertura de la sombra/ he encontrado el pliegue de la luz/ y me lo he puesto entre los dedos”. Y con esa lumbre, precisamente, el yo lírico va iluminando estas páginas donde también caben la memoria y el olvido, la dicha y la tristura, en una suerte de mapa íntimo que cartografía las regiones del corazón: “La única parte mía del caudal de mi vida/ será para el amor/ o la nada”.    

Lo que antaño fuese juventud, fantasía, afán, es ahora incertidumbre, recelo, complejidad. Mas queda esperanza, pues la edad no es ahora una simple ventaja, sino un valioso privilegio desde el que remontar la mirada y fundar un horizonte sin fronteras: “No temas si notas por dentro arder las venas”.

En suma, un libro para entender y entenderse desde lo profundo, para disfrutar de la exuberancia de un verbo honesto, legitimado en “el finito olor de la vida”.

Las palabras precisas

El cielo roto de Shanghái
Estefanía Cabello
Bartleby Editores. Madrid, 2022

Tras la publicación de 13 segundos para escapar (premio de poesía “Gloria Fuertes”, 2017), Estefanía Cabello dio a la luz La teoría de los autómatas (2018), premio “Valencia Nova” de la Institució Alfons el Magnánim. De aquel poemario, dejé anotado que la identidad del ayer y su mudanza se erigían en temática principal. A la escritora cordobesa, no le era posible volver el corazón a lo pretérito ni tampoco dejarse cautivar por la incertidumbre del mañana, pues sus párpados se abrían silentes hacia nuevos horizontes prendidos a la duración de lo vivido: “Crecer no es aprender a despedirse”.

Ella, y su poesía, han crecido en este tiempo y, de ello, da cuenta El cielo roto de Shanghái, un volumen que respira reflexión y lucidez y que se sostiene desde un yo vulnerable, inclinado hacia el estupor y la soledad, hacia los interrogantes que procura el lenguaje: “¿Cómo creer en las palabras precisas,/ cómo saber lo que está dentro de mí…?”.

Esa búsqueda interior deviene en la incertidumbre de una realidad ilimitada que roza lo onírico y se dirige sin premura a los territorios ya hollados. A sabiendas de que cuanto su boca pronuncie será espacio venidero por descubrir, la autora aprehende con mimo toda la semántica de su decir y la ofrece de forma puntual, certera. Y así, entrelazada al tiempo que inunda su circunstancia, alumbra los versos conjugando lo terrenal y lo mítico: “Todos estos caminos me unen a ti/ y el mirar a través de techos/ que se abren al mar. Has venido para mostrarme/ a Eros joven y a Eros adulto”.

Al igual que para Gaston Bachelard la casa natal era no sólo origen sino también, hogar de sueños, de ilusiones y de estabilidad, para Estefanía Cabello la poesía es la morada donde reconducir la patria de la infancia, el refugio donde refundar sus creencias. Y, desde esa sugestiva atalaya, su cántico alcanza su mejor expresión en este libro de madurados y preclaros acentos, pues su verbo se hace semilla y cosecha, piel y cuerpo habitables al son del ayer: “Yo solo hubiera ido hasta el final,/ porque solo se puede ir hacia el final/ y hasta el fondo,/ en lo que dice el ruido/ en mis ojos. Muy lejos de mí/ hay una niña que baila/ frente a un espejo y se pregunta/ si hace frío ahí fuera”.

El oro de ese tiempo

Poemas con patatas y una margarita
Ana María Drack
Torremozas. Madrid, 2023

En 1970, Ana María Drack editó el primero de sus diecisiete discos. Su música y su voz fueron cómplices de una generación de mujeres que encontró en la canción protesta un vehículo de expresión durante el periodo de transición político y social de nuestro país. En 1984, publicó el primero de sus cinco poemarios, Poemas con patatas y una margarita, que reedita ahora Torremozas.

    Dividido en tres apartados cronológicos, “1968 – 1973”, “1973 – 1978”, “1978 – 1983”, el volumen radiografía -en cierta manera- la situación de la mujer española en unas décadas en las que fue progresando hacia la liberación, la autonomía, la igualdad, y, sobre todo, hacia una identidad vital con plenos derechos. 

La autora ilicitana va tornando su verso en clamor y desahogo: “Ya no tengo el horario de agujas y calceta (…) Ya no espero impaciente/ que regreses a casa,/ no tengo que dar cuerda ya/ a ningún reloj./ Ahora escribo/ y soy libre de morir/ cuando quiera”.

Lo cotidiano se alinea con la memoria y se hace realidad concreta en un proceso de despojamiento y desposesión desde el que el sujeto poético consigue deshojar las ataduras e ir despertando desde sus propias virtudes. El verso se hace catarsis (“Me busco en las palabras/ de todo lo que escribo”) y renace con pureza a través de los pensamientos y los actos que van creciendo, que van renombrándose. Porque un velo amatorio, de mutua comprensión, quiere coronarse sobre todo cuanto está sabiendo a esperanza: “Me basta el hombre simple/ que entienda mis poemas/ y me quiera a destiempo/ (cuando no hay Luna Llena)./ Que comparta conmigo/ la cocina y la noche,/ que busque en el océano/ la razón de la vida/ y en la tierra sembremos/ entre los dos un árbol”.

     Lo narrado, lo evocado, lo fabulado, conforman una visión integradora de una conciencia confesional, que quiere reafirmar su dignidad, que anhela ocupar instantes espacios propios y comunes, y cuya aspiración primigenia sea el saberse en un universo justo e igualitario: “Comparto lo que oyes,/ lo que ves, lo que sientes,/ el oro de ese tiempo/ que devoramos juntos./ Comparto la distancia/ que compartes conmigo/ y, como tú, espero/ que encontremos respuestas”.

Lo inefable del asombro

Nada desaparece para siempre
Jorge Villalobos
Pre-Textos. Valencia, 2022

Con el aval del XXXVI premio “Unicaja”, se edita Nada desparece para siempre,de Jorge Villalobos (1995). Es la tercera entrega del escritor marbellí tras La ceniza de tu nombre, premio de la Crítica de Andalucía Opera Prima (2017) y El desgarro, premio “Hiperión” (2018).

Construido con precisión sobre una atmósfera de acentuado lirismo, el volumen recorre la relación del amor y la muerte en una suerte de canto vital y pleno de acordanza. El verbo se torna recapitulación que precede a una íntima toma de conciencia y desde el que se es capaz de reescribir una simbología visionaria, benefactora.

 “Aunque cueste aceptarlo, hoy ya sabes/ que la vida es aquello que dijeron:/ una casa, un trabajo, una familia”, se lee en el poema que sirve de pórtico. Consciente de que “el asombro, la aventura, lo inefable” fueron el anhelo que ahora marca distancias con la edad, el yo lírico busca redimirse de cierta orfandad que dejó en su interior la consumada experiencia de lo acontecido. Porque, como paisano del tiempo y su circunstancia, Jorge Villalobos se expresa sin máscara alguna dando paso a una oralidad de sabios y certeros ritmos, de milimétrica textura, de cromático impresionismo, con la que pretende, además, incidir en lo balsámico de la palabra: “Quiero que mi poesía sea útil/ que salve alguna vidas (…) Que estés a gusto en estas líneas/ como en las buenas camas de hospital/ modernas, que se elevan con un mando/ para que estés tranquilo./ Dedicar mis esfuerzos, que parezca un hotel./ Cada rincón con su metáfora/ y con su ambientador”.

El valor seminal de estos poemas ahonda en el originario esencialismo de un verso depurado, de reflexiva autenticidad, que sirve para dar cuenta de la contumaz búsqueda de lo trascendente. Y, aquí y ahora, el poeta cordobés alza lo mejor de su voz en textos clarividentes, que revitalizan su fidelidad creadora y que hacen de su grito enamorado, humano y lírico compromiso: “Lo más difícil de tu muerte/ no fue verte quieta en el ataúd,/ ni tampoco llevarlo a hombros,/ sentir el peso de la pérdida (…) Lo más duro fue besar una última/ vez tu frente/ helada, rígida, distante”.

En el mar del sentido

Nadie nos cuida en el sueño
Cristóbal Domínguez Durán
Pre-Textos. Valencia, 2022

Tras la edición en 2018 de Secuelas, premio “Arcipestre de Hita”, Cristóbal Domínguez Durán (1993) publica Nadie nos cuida del sueño, premio “Universidad Carlos III de Madrid”.

En uno de los poemas más breves del conjunto, el autor vejeriego concluye: “Quiero vivir/ una imagen nunca antes/ vivida”. Y, desde ese renovado imaginario, el sujeto poético se afana en indagar en otros universos desde los que establecer coordenadas carentes de lo racional e inventariar una cartografía intuitiva, en donde se presientan el eco de los ángeles o los fantasmas del sueño “que vuelven a decir/ palabras como quien acurruca/ en las manos madroños caídos”.

En el decir de Domínguez Durán hay una itinerancia identitaria con argumentos que alientan la ficción, que rozan otros entes capaces de hilvanar geografías atemporales. Claro que, para ello, es inevitable aceptar el devenir de espacios que permitan dirigir la mirada hacia lo mítico, lo utópico, lo alegórico: “Se manifestó un día/ igual que un ectoplasma/ pero su presencia, con el rostro/ lleno de cien ojos o más/ fue tan rápida que no alcancé/ a contárselos./ Sé que en algún momento/ antes de irse me dejó dos de esos suyos/ los dos con los que ahora veo/ observo los nervios secos de las hojas/ que caen y llena de Tierra/ la Tierra”.

Dividido en tres apartados, “Desvivirse”, “Nadie” y “Presencias en el sueño”, el volumen se alinea de manera unitaria en la reformulación de una existencia que siempre es consciencia y, en donde lo cotidiano, pueda ser desprendimiento o abandono, mas a su vez, alimento indisoluble para lo venidero. El poeta gaditano anhela advertir de la pureza que sigue anidando en su pretérito y su mañana, y mediante la tensión versal de su discurso tender puentes para ser cómplice de todo aquello que pueda saber a enigma y a presagio: “Argonautas o leños flotando/ en el mar del sentido (…) Algo tartamudea/ desde el fondo/ del cerebro/ pero quien está ahí/ e intenta expresarse/ terminará por ser/ entendido (…) Para no llegar al colapso/ estar siempre en la búsqueda/ de nuestra propia interpretación/ No preferir nunca/ la ignorancia/ no preferir nunca/ no escribir”.