Memento 1 (señales sobre escrituras)

Sobre la novela Sentada en su verde limón

Alberto Garrandés



De pronto, una mañana en la que —para no variar— hay avisos de huracanes sobre la isla, el crítico se levanta y revisa la caja de los libros aplazados. Esa operación, revisar y escoger, le toma tan sólo un minuto, o dos. Tiempo atrás había tenido que sentarse y examinar, con mucho aplomo y total concentración, y además en medio de la prisa, un buen número de textos que cayeron en el olvido momentáneo. En su olvido, que es una especie de dilación. Libros diferidos por la inmediatez y sus remolinos. Precisamente los textos que se amontonan en la caja con la infinita paciencia de los objetos, pero también con la sesgada inquietud de las cosas que poseen una singular animación. El crítico va al comedor, se sienta, desayuna con tranquilidad y posa los ojos encima de esos libros. Piensa en el estado actual de las cosas —lo suyo es los libros, la literatura— y comprende que no hay nada más enfáticamente tramposo, ni tan lleno de embustes, que la historia literaria. Reflexiona un poco, por ejemplo, acerca de esos estridentes panoramas de las letras nacionales, en los que se sigue la pista a cuatro o cinco tendencias literarias, y donde al cabo se exhiben preciosos esquemas que lo explican todo —¡qué tranquilidad!, ¡ya no hay misterios!— con lujo de argumentos. El sabor del café es para el crítico un fenómeno distintivo de la mañana, de la jornada de trabajo, y, no sin entusiasmo —un entusiasmo que tiene dos o tres granitos de coquetería—, pone los libros uno junto a otro, en fila, las cubiertas mostrándose sobre la cama. No cree en las cronografías de los historiadores (a pesar de que él mismo es un ejecutor de cronografías), pero sí cree en los estados de articulación compleja que suelen fundarse cuando varios libros se reúnen y llaman la atención. ¿Estados de articulación compleja? Sí. En efecto, con semejante denominación parecería que se quiere aludir a un asunto de la química, o de la física cuántica, o de la exogeología. Pero no. El crítico se refiere a la literatura, está pensando específicamente en ficciones narrativas separadas, relativamente solitarias con respecto a la mainstream —realismo más testificación—, aunque sabe que hablar de esa manera —estados de articulación compleja— no lo libra del sambenito terminológico. Junto a la cama, bebe el último sorbo de su café y se dispone a releer. Aparta la taza, palpa los libros, empieza a hojearlos. Reconoce párrafos enteros. Se reconcilia con ellos. Con los tonos de enunciación que ellos marcan. Es grande la tentación de un buen título, un título que exprese con claridad su propósito: “La narrativa cubana a la hora en punto”, dirá. Pero por ese camino puede llegarse al aburrimiento mortal. Y, desde luego, no es lo mismo eso, la sincronía panorámica, que las señales visibles en esos estados de articulación compleja. Lo que el crítico anhela es subrayar lo invisible. Detrás de ese manojo de libros hay un parloteo esencial y es necesario —a él le parece que sí— dar cuenta de semejantes murmuraciones. La literatura es también eso, murmullos, susurros incitantes en la oscuridad.

Ensayemos esta metáfora: Entras en un espacio oscuro donde se encienden, a intervalos muy irregulares, unas luces brillantes, o desvaídas, o llenas de colores. Ignoras, pues, cuándo esas luces van a encenderse. Tampoco sabes dónde van a encenderse. Estás ahí dentro, mirándolo todo, y el paisaje podría terminar desconcertándote. Si te dijeran que ese ámbito de grandes y pequeños destellos en la oscuridad, ese espacio repetido a lo largo del tiempo, es, o puede ser, la historia literaria, su conducta externa, sus fenómenos, quizás podrías llegar a aceptarlo. Además, tienes ya suficiente experiencia como para prever. Un crítico adulto debería saber prever. Y entonces empiezas a suponer dónde y cuándo aparecerán los destellos. A veces aciertas. A veces no. Murmullos en la oscuridad, frases, interlocuciones que podrían desvanecerse como fantasmas transitorios, aquejados de una ligereza que alimentan la desidia y/o la falta de curiosidad.

Quiero referirme al estado de articulación compleja —susurros inadvertidos— que conforman la novela Sentada en su verde limón, de Marcial Gala, y los libros de relatos La casa del herrero, de Abel González Melo; Mi mujer manchada de rojo, de Rogelio Riverón; Mujeres en la cervecera, de María Liliana Celorrio, y Luna Poo y el paraíso, de Lázaro Zamora Jo. Libros contiguos y simultáneos. Dialogantes. Una pequeña red de sentidos.

En principio habría que decir que estos libros comparten un aparentemente tranquilo ensimismamiento, condición esta que da origen, creo, a una escritura cuyos distintivos mayores son:

1) su manso (y contumaz y reservado) impulso hacia la confidencia como representación insuficiente del yo,

y 2) la necesidad de “recortar” a los sujetos no sobre un espacio histórico o social, sino más bien sobre el trasfondo profundo (interior) que ellos mismos “producen”.

En dos palabras: el registro del yo desde la voz del yo —voz llena de una suerte de insuficiencia heroica para reconfigurar lo inapresable de la identidad—, y la elaboración de un medio donde la realidad real se virtualiza tan sólo en las esencias del yo. Sentada en su verde limón es una novela no sólo sobre tres personajes inhóspitos con respecto a ellos mismos, sino también sobre un tipo de escritura de irritada franqueza. La acción transcurre, del ron a la marihuana y de la marihuana al ron, en Cienfuegos, y toma cuerpo en tres vidas: Kirenia, chica perdida dentro de sí misma, amante de Ricardo primero y del saxofonista Harris después; Ricardo, un pintor aposentado en los márgenes —no simplemente fenoménicos, sino esenciales— del sexo, la droga y el alcohol; y Harris, un viejo saxofonista de culto, con una oscura existencia de músico en Nueva York, dependiente del whisky y la violencia. Kirenia desea una estabilidad incierta, quiere escribir poemas y ser conmovida de una manera radical y lírica; Ricardo desea y ama a su modo a Kirenia, pero está demasiado ocupado con sus pensamientos y suele tener sexo en grupo, con Kirenia y la hija del saxofonista, una muchacha que siente una especial predilección por la aprendiza de poeta; el contradictorio saxofonista, por su parte, se rebela contra la vejez, odia su frustración y desprecia la admiración que los demás sienten por él. Es un intérprete muy notable que ha compartido escenario con los grandes del jazz y que ha cruzado correspondencia con John Lennon.

¿Cómo ha sido escrita Sentada en su verde limón? Marcial Gala refunde algunas tipologías de la narrativa de la beat generation y convierte a Harris, por ejemplo, en uno de los beatniks. La prosa de Gala, que se deja intervenir por la lengua de los personajes, toma de Kerouac pero también de Salinger, y entonces, sumergida en una coloquialidad muy cubana, y en medio de la desesperación (sin alardes dramáticos, por cierto) que ensombrece o ilumina a esos tres sujetos en suspenso, se transforma en un magma que resuella y resuena más allá del texto, pues la escuchamos constantemente, o la sentimos paso a paso, como se siente una atmósfera cuando se enquista en el espacio vital y lo permea. Si me permiten decirlo así, Sentada en su verde limón es un libro que ha sido escrito con una inteligencia y una sensibilidad endiabladas, y sobra aclarar que se constituye en una excepción genuina dentro de las prácticas estilísticas de la narrativa cubana de ahora mismo. Pero lo mejor que tiene la novela es que deja presumir, tras su hechura, un proceso de escribanía aparentemente ramplón, como si las palabras hubieran ido acomodándose a pesar de (¿o gracias a?) un dolor mitigado por esos alcoholes peleones, esa marihuana esclarecedora. Un dolor que escapa hacia el mar de Cienfuegos y se adentra en las olas. Una rabia escriturada con un mínimo de cordura, esa cordura dispersa que es vecina de ese dolor —un dolor suave, llano— fluidificado en virtud de cierto automatismo hipnótico y vigilante. Los personajes que Gala construye son tan suficientes como individuos que alcanzan a encarnar la genealogía del sujeto (auto)agredido y también a expresar la del sujeto socialmente agresor con respecto a un medio que ellos borran de sus mentes. Al vivir en pedazos y dentro de ellos mismos, o dentro del sistema de articulaciones que ellos crean con otros sujetos separados —básicamente acogidos al mundo de la noche y de los actos furtivos—, tienen la posibilidad de elaborar un contexto lleno de claves y referentes propios. Esos son los centros de significación de Sentada en su verde limón, una novela cuyo hacerse continuo —la productividad de su texto irresoluto— es una analogía de la interrogación continua acerca del significado de la existencia, el peso del deseo por el otro, la eficacia de los sueños y el valor de la amistad, más allá —muchísimo más— de las pinceladas circunstanciales que el sexo y la violencia aportan.

Cuando digo que Sentada en su verde limón es un texto irresoluto, no deseo indicar que se trata de una escritura irresuelta, sino que su fijación final, ante los lectores y la crítica, debería, al menos desde la perspectiva de la lógica de una recepción inteligente y compleja, desbordarse hacia otros horizontes. Esta observación tiene una causa muy precisa: el discurrir de la novela hacia su presumible final, poco después del suicidio de Kirenia, no comulga con las convenciones acerca del relato-que-está-llegando-a-su-fin. Marcial Gala sabe lo que hace. Y como lo sabe, interrumpe el fluir de las acciones antes de que ellas empiecen a oxidarse. Interrumpe el libro en un punto que no es ni tópico ni aceptable. La novela se acaba en una breve reflexión sobre la verdad, o sobre la incompetencia del lenguaje para expresarla. Y aunque Gala rebasa las normas, el punto final es hijo de una mezcla —hoy rara— de decencia y discreción.