Narrativa afrocubana del nuevo siglo (fragmento)

Sobre la novela La catedral de los negros

Carlos Uxo

Mayor fortuna tuvo Marcial Gala (La Habana, 1963), quien con La Catedral de los Negros (2012), se alzó con los premios Alejo Carpentier y de la Crítica Cubana, dos más que merecidos galardones con lo que hasta este momento es sin duda la más lograda novela del autor. Texto poliédrico de múltiples aristas en ocasiones contradictorias, está basado en un entendimiento relativista y polifónico de una realidad en la que la verdad no existe. A través de breves textos (de entre unas pocas líneas a tres páginas), relatados por testigos y participantes en los hechos, en la novela se narra el problemático e inconcluso intento, a lo largo de veinte años, de construcción de un templo de la Iglesia Sacramental de Cristo Redivivo en Punta Gotica, “un barrio de negros olvidados y blancos desamparados” (44) en Camagüey. Los textos se entrelazan con maestría hasta conducirnos a los trágicos acontecimientos con que, de manera casi inevitable, culmina la novela. Los narradores, mayoritariamente afrocubanos, refieren de manera recurrente el deseo mayoritario (y la extrema dificultad) de escapar de un suburbio más allá del cual el mundo apenas puede imaginarse como un vergel ausente de las tensiones, los conflictos y la violencia endémicas en el barrio. Sólo unos pocos afortunados lo consiguen, y en uno de los párrafos más fríos y sobrecogedores de la novela, el director del centro de enseñanza secundaria del barrio hace un recuento de los numerosos fracasos: la cárcel, la muerte prematura o el extranjero ha sido el destino de casi todos los que una vez fueron sus jóvenes estudiantes, a los que bautiza como “la generación de la Catedral de los Negros” (132).  En la lucha diaria por la supervivencia en Punta Gotica los narradores mencionan y comentan casi obsesivamente la condición racial de cada uno de los personajes, todos los cuales manejan un código propio de conducta que invariablemente lleva al conflicto. El texto, o los textos, muestran sin tapujos la existencia de un evidente conflicto racial en Cuba, un conflicto omnipresente e inevitable del cual todos son conscientes y con el cual conviven, sea cual sea su visión de la vida. Las alusiones al tema de la raza resultan ubicuas hasta tal punto que resulta difícil encontrar un párrafo en el que esté completamente ausente; los personajes se autodefinen en relación con sus rasgos fenotípicos, y es a partir de ellos como se relacionan con los demás, replicando por lo general la jerarquía que posiciona las más claras tonalidades de la piel en posiciones privilegiadas. Cada uno de ellos, no obstante, introduce interesantes matices que permiten a esta novela ofrecer un abarcador panorama de las múltiples miradas a las relaciones raciales en Cuba: al Tripa le gusta que en Barcelona le llamen negro, mientras que en Cuba siempre defendía su “condición de mulato”(149); varios personajes afrocubanos muestran su preferencia por mujeres blancas, pero una mujer negra que tenga el mismo deseo es una “piola” (25); los rasgos de otra persona parecen no desempeñar papel importante en algunas relaciones, hasta que un confrontación devela la realidad soterrada (Gordo Gris llama a Arturo “negro mono” en una riña (131); el Gringo le recuerda a Lechón que es mulato cada vez que tienen una discusión). Todos ellos desde luego, tienen conciencia clara de un conflicto racial tantas veces negado por las autoridades revolucionarias y que no obstante marca sus vidas. Como metonimia de esta tensión racial (no acotada a Punta Gotica, sino extensible a sus relaciones con el privilegiado barrio de Punta Gorda), la iglesia en construcción pasa un día a ser conocida como la Catedral de los Negros y, conforme avanza la novela, es la segunda parte del binomio la que se convierte en la más relevante: “Comprendí que el templo estaba maldito, corrupto, que era un canto, no al mero concepto de las personas con mucha melanina en la piel, sino que se llamaba la Catedral de los Negros por aquellos que tienen odio en el corazón y nada pudo hacerme desistir de esa certeza” (82, cursiva en el original). Predestinada de tal modo a un fracaso que se confirma en las últimas páginas de la novela, la catedral acaba abandonada, esperando que pase el tiempo para ser olvidada por completo.

Novela de múltiples capas y visiones en conflicto, capta sin duda la inhóspita realidad de tantos barrios marginales sin futuro, evitando al mismo tiempo buscar un culpable y condenarlo, o incluso proponer una solución a tanto desatino. Si es que la hay, nada que lo parezca se deja siquiera entrever en esta monumental novela. Cabe preguntarse, como conclusión interrogativa a este artículo, si novelas como La Catedral de los Negros, habrían resultado posibles si el contexto literario y discursivo cubano no se encontrara inmerso en un proceso de transformación iniciado ya hace al menos dos décadas y en el que la afrodescendencia se ha convertido cada vez más en foco de debate. Por otra parte, cabe preguntarse también hasta cuándo habrán de aparecer novelas que reiteren la perpetuación del posicionamiento subalterno de los afrocubanos y cuánto de lo dicho en ellas impacta en su vida diaria. Por lo visto en los textos comentados, uno diría que bien poco.