Me siento privilegiado por haber visto nacer a este narrador, a quien hice pedazos sus primeros cuentos durante la estancia que pasé en Cienfuegos, su ciudad natal, durante los años de mi servicio social, de 1990 a 1992. Recuerdo que tanto el escritor Miguel Cañellas como yo, a quienes Marcial confiaba sus textos casi apenas terminada su escritura, decidimos “llevarlo tenso” porque su prosa era entonces descuidada, llena de ripios, pero había en sus historias la genialidad de los elegidos para escribir grandes obras. Nunca le confesamos nuestra estrategia hasta que decidió reunir algunos de aquellos textos (ya mejorados) en su primer libro Enemigo de los ángeles (1991). Recuerdo haber aprovechado nuestra participación en un evento en la ciudad de Santa Clara para decirle (en público, luego de escucharle leer uno de sus textos) que desde el inicio habíamos visto en él una capacidad para construir personajes impresionantemente visibles, vivos, sólidos psicológicamente e historias de una originalidad exquisita, y que por eso nos habíamos «ensañado» en obligarlo a entender que necesitaba concentrarse más en pulir su instrumento como escritor: el idioma. Aunque confieso que en ocasiones fui un poco cruel (como he hecho con otros jóvenes escritores cuando veo su talento, quizás porque otros, en mis inicios, así lo hicieron conmigo y he comprobado que esa receta funciona si eres un verdadero escritor), no me arrepiento de haberlo empujado de algún modo a que lograra esa excelencia narrativa que hoy tienen todos sus libros.
Los años han pasado, los premios literarios le han llovido, el éxito parece ser ya parte de su vida literaria e intelectual, y aunque estuvimos casi 15 años sin vernos (yo me había asentado en Berlín desde el 2006 y él había quedado en Cuba hasta que hace unos pocos años decidió vivir a caballo entre Buenos Aires y Cienfuegos) nuestro encuentro en Alemania me hizo comprobar que Marcial había pegado un enorme estirón (mide 1.80, pero no es ese el salto al que me refiero): ante mí, aunque en el mismo corpachón que yo conocí exactamente 20 años atrás, se encontraba un escritor que, quizás sin darse cuenta, estaba rodeado de la mítica de los grandes, hablaba como los grandes y, lo más importante, seguía sintiendo por la amistad y por sus amigos el mismo respeto reverente; es decir, seguía siendo además humanamente grande. De nuestras charlas mientras yo le mostraba algunos sitios emblemáticos de Berlín nació la idea de esta entrevista en la que Marcial suelta su inmensa capacidad de fabulación y llega incluso a hablar de anécdotas que vivimos juntos como si no fuera yo el que hiciera esta entrevista. Así es él: un fabulador por excelencia.
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A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Marcial Gala? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Marcial Gala, el ser humano y Marcial Gala, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
No sé si llamarlo suerte, pero nací en ese mismo palacio de la Habana Vieja donde siglos antes había muerto Julián del Casal. Claro que cuando yo vine al mundo ya no era una mansión sino un ruidoso solar. Recuerdo aún el patio interior y a los gorriones que iban a picar los granos de arroz que mi mamá le echaba para luego, cuando yo estaba enfermo, atrapar alguno mediante el viejo truco de la cajita de galletas, el palito y el cordel, y soltármelo en la habitación para que mirando el revoloteo del ave yo olvidara la fiebre. En mi niñez tuve fiebre muchas veces y con las fiebres, las pesadilla. Recuerdo aún las arañas: me causaba mucha impresión mirarlas en el techo: En lo que si tuve mucha suerte fue en que mis padres eran grandes contadores de historias y que antes de dormir empezaran a contarnos las cosas más disparatadas a mis hermanos y a mí. Mí mamá, además, se valía de un lenguaje muy mágico, cargado de refranes y de palabras que ella enlazaba unas con otras, de manera que te hacía creer, que te hacía reír mucho y, encima de eso, mi mamá cantaba muy bien, los temas más locos los cantaba mi mamá, canciones que hablaban de un oso carpintero, de Pancho Villa y su vida urgente, y así, creo que esas canciones y esos relatos incentivaron en mí el amor a los libros. Recuerdo la calzada del Prado de ese entonces con sus borrachos que dormían en los bancos de piedra y los niños que correteábamos de un lado a otro, y del Prado íbamos hasta el malecón a bañarnos en las pocetas que se formaban entre los arrecifes. En esa época, yo llevaba un género de vida más acuático que terrestre. Aún hoy, cuando veo fotos del malecón, me recuerdo a mí mismo, saltando al mar. Luego nos mudamos a Cienfuegos y mi vida tomó otros sesgos más despaciosos. Creo que esos años en la Habana de mi infancia fueron los que me hicieron el hombre que soy.
En Cienfuegos conocí a mi primera esposa y nacieron mis hijas, así que qué decir de esa ciudad que, comparada con la Habana Vieja de mis primeros años, era un lugar limpio y bien iluminado. También tuve grandes amigos en esa ciudad y supe que aquello que me gustaba tanto se llamaba «la literatura». En ese entonces los libros eran muy baratos, hasta el punto de que los 30 centavos que me daba mi madre para la merienda de la escuela me alcanzaban para comprar novelas. Así leí de manera caótica, pero con una especie de instinto infalible a Poe, Stevenson, Tolstoi y Dostoievski y Max Frisch estando aún en la secundaria. También leí en los cuadernos escolares de aquellos tiempos fragmentos de novelas como Las cosas se deshacen de Chinua Achebe y de otros autores africanos y latinoamericanos. En esos cuadernos leí también a grandes poetas latinoamericanos como Nicolás Guillén, Neruda, Ballagas y Vallejo, que fue mi preferido de esos años. Empezar a leer a Balzac fue también muy importante para mí. Entre las cosas que traía ese folleto de literatura estaba La metamorfosis de Kafka y tal vez El Guardián. Fue impresionante leer esas obras tan joven. Practicaba mucho deporte en aquellos años; deportes acuáticos, siempre he sido muy acuífero, y a veces prefería ir a la biblioteca a leer que a la escuela, donde sentía que perdía el tiempo. Leía muchos manuales de historia y geografía que aún estaban disponible, libros de antes del 59 que hablaban de una Cuba que casi siempre era la primeras, segunda o tercera de América Latina en muchos rubros. Luego, ya en noveno grado, leí a Cortázar, Sábato y Fernando del Paso, que eran para los jóvenes lectores de aquel tiempo una especie de cofradía de santos mosqueteros que todos leíamos.
Pasé la etapa de preuniversitario en Santiago de Cuba y ahí leí por primera vez a Shakespeare y Hamlet me impresionó tanto que, sin darme cuenta, imitaba al hablar los versos del poeta. Creo que ninguna otra obra me impresionó tanto como el Hamlet, me marcó de verdad junto a La Guerra y la Paz, la Biblia, la Ilíada, La Montaña Mágica, El maestro y Margarita, El Amante, El dios de las pequeñas cosas y algunos cuentos de Poe y, claro, Borges, al que descubrí después, ya estudiando en la Universidad de Santa Clara. Leí mucha poesía también, en mi juventud temprana: Vallejo, T S Eliot, Williams Carlos Williams, Lugones, Ezra Pound, Eliseo Diego, Fina García Marruz y Rafael Alcides.
En fin, soy un hombre de lecturas que, de manera paradójica, durante mucho tiempo quise ser alguien de proezas deportivas, amaba el atletismo y el ajedrez, aunque ninguna de las dos las practiqué con la debida hondura. No sé si esto explique lo que soy, pero así me veo: es difícil saber cómo es uno mismo. Siempre he visto a la literatura, más que como un destino, como una segunda piel, algo que lo define a uno, incluso antes de que escribiera, pensaba ya que vivir fuera de esa arte era un imposible para mí.
Se impone hablar de tus inicios. ¿Cuándo descubriste que querías contar tus propias historias, construir tus propios universos, y en qué entorno ocurrió ese descubrimiento?
Luego de regresar de Santiago de Cuba cayó en mis manos un libro llamado Cercanía a Lezama Lima y recuerdo que en una de sus páginas había algo que Lezama llamaba «El curso délfico», que no era más que una serie de los libros sin los cuales, consideraba el poeta de la Habana Vieja, un hombre no podía ganarse el adjetivo de culto. Con una especie de ingenuidad muy propia de quien proviene del mundo del deporte, me creí aquello a pie juntillas y, un día sí y otro no, tomaba el tren que va de Cienfuegos a la Habana, me llegaba a la Biblioteca Nacional y leía casi hasta reventar, no hay otra palabra. En esas intensas jornadas de lecturas, me volví un experto en el arte de no comer. Desayunaba temprano, recuerdo, tomaba el tren a las cinco de la mañana y a las diez de la mañana ya estaba en la Biblioteca Nacional, luego buscaba el libro que muchas veces no me lo podían prestar por razones ideológicas que yo en mi ingenuidad no ponía en solfa, y entonces solía ir a la biblioteca de Casa de las Américas donde eran más permisivos. Todo eso sin probar bocado o, a veces, con un pedazo de pan que me había traído de Cienfuegos. Es rara la capacidad de aguantar el hambre que tiene uno cuando es joven y le interesa algo de verdad. Maratones de hambre, llamaba yo a esos días de tanto no comer. Luego, una tarde de agosto, leí a Borges por primera vez y no en la Habana, sino en la Biblioteca Provincial de Cienfuegos. Yo había entrado a buscar algún libro de cuentos fantásticos escrito por esos autores de nombre anglosajón que tanto me fascinaban y, de pronto, veo un grueso manual de cubierta verde firmado por alguien de nombre y apellido latino, un tal Jorge Luis Borges. Fui de cuento en cuento, fascinado hasta el punto que preferí perder la posibilidad de seguir leyendo los otros libros antes de devolver este. Me lo llevé hasta la casa y no lo devolví hasta tres años después cuando una comisión de bibliotecarios se apareció en Pastorita, barrio donde yo vivía, y me pidió el libro. Lo devolví, pero las historias ya estaban en mi cabeza y, casi como si fuera un personaje de El hombre ilustrado de Bradbury, podía contarlas, claro que a mi manera. Me fascinó sobre todo «Las ruinas circulares», y aún me fascina la precisión de ese cuento casi quirúrgico, por lo exacto, como algunos cuentos de esos dos autores tan diferentes: Hemingway y Rulfo.
Pedro Páramo también es un libro muy importante para mí, casi fundamental diría. Si le agregamos a cuatro filósofos que conforman mi manera de ver las cosas, creo que el puré está listo para ser servido: Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard y Bataille. He ido arrastrándolos a través de los años como el niño que lleva de la oreja a un osezno de peluche.
Mientras estudiaba arquitectura en la ciudad de Santa Clara, me iba hasta un bar que estaba en los altos de la terminal de trenes, pedía un café y allí, además de escuchar los ruidos de trenes y pasajeros, trataba de seguir mis dos modelos narrativos de aquel tiempo: Borges y Hemingway. Ya en esos años me fascinaban las posibilidades narrativas de lo fantástico; tal vez esa seducción proviene del deseo de escapar a la realidad que era bastante pedestre. Yo era muy joven sin saberlo, creo que siempre me sentí demasiado viejo, hasta ahora que con más de cincuenta años empiezo a sentirme en paz con mi edad. Claro que ya desde antes necesitaba contar, incluso siendo muy niño, mi hermano y yo planeábamos excursiones y yo me sentía obligado a llevar una libreta para asentar lo que íbamos a vivir.
Eso me tornaba un cronista, por demás ingenuo, necesitado de darle un marco mágico a esas aventuras infantiles.
En esos comienzos siempre hay nombres, o rostros, o incluso instituciones que, curiosamente, muchos escritores suelen “olvidar” cuando alcanzan el reconocimiento o consideran que “ya han llegado”, tal vez empeñados en que el mundo valore que su genialidad, además de propia, es de muchos modos mítica, así que fabrican una especie de vitrina oculta para esconder esa galería de personajes esenciales en su formación. ¿Qué rostros o nombres vienen a tu mente cuando te remontas a esos primeros tiempos?
En Cienfuegos en ese momento no había ningún escritor que sirviera de gurú a los jóvenes con inquietudes literarias; de hecho, había muy poca gente publicada en Cuba en esos momentos, sobre todo en las llamadas editoriales nacionales, esas que otorgan visibilidad y publican libros con lomo donde aparece rotulado el nombre del autor. En Cienfuegos, para ser exactos, al menos en la ficción y la poesía, todos jóvenes y viejos éramos una banda de inéditos que andaba con su material bajo el brazo y se reunía en la casa de cultura, donde oficiaba una filóloga de nombre Juanita que, con más voluntad que verdaderas herramientas, trataba de encauzar tanta inclinación literaria. Luego íbamos al Copelia y, entre bola y bola de chocolate, nos ladrábamos uno al otro los poemas, porque en ese momento todos queríamos ser poetas, había una inflación de la poesía en Cuba desde que Castor y Poluk le quitaron el ucase al maestro Lezama y toda su poesía brilló en su esplendor; es decir, toda no, porque la mayoría solo leíamos aquello de «ah que tú escapes» y «una oscura pradera me convida», eso bastaba para hacerte sentir un genio. Recuerdo a una hermosa compañera de la facultad de arquitectura. Juntos leímos ese «ah que tú escapes» más de diez veces. Destacaba en la infinita gama de inéditos cienfuegueros un casi hidalgo cincuentón, alto y de rostro siempre sonriente y de ojos maliciosos y algo turbios llamado Llaguno, Ricardo Llaguno, que era todo un conocedor de la poesía y que había conocido a Lorca cuando estuvo en Cuba. Era algo cascarrabias y muy borracho, pero valía la pena oírlo cuando interrumpía a alguien que tal vez recitaba de memoria poemas de Vallejo con el fin de atribuirse el mérito, y tomaba la palabra, y entonces uno llegaba a creer que estaba en presencia de alguien que poseía toda la facundia de la gran cultura cubana. Era un Eliseo Diego de Cienfuegos este Llaguno, que luego murió de esa manera absurda en que muere la gente de verdadera altura: fue a un pequeño pueblo, al entierro de un poeta, y tuvo un extraño accidente y nos quedamos sin gurú y tal vez eso, en vez de algo negativo, en esencia tuvo su parte buena y es que ninguno de los narradores cienfuegueros de aquellos años se parece al otro. Luego un día aparecieron en la ciudad tres personas que, junto a Miguel Cañellas, joven escritor, que siempre tuvo vocación didáctica y, además, realizaba cuentos de notable calidad, ayudaron a que Cienfuegos dejara de ser la mayor fábrica de realismo socialista que había en el mundo, si exceptuamos la URSS, porque la mayoría de los jóvenes escritores de esos años intentaban la hazaña de compaginar a la graduada de la escuela de formadores de maestros con el tractorista insignia, o algo así, y apenas se hablaba de técnicas narrativas o de algo que fuera más allá del provincianismo pedestre. Tales personajes fueron Armando Valdés Zamora, Rogelio Riverón y Amir Valle. Cada uno aportó algo a mi manera de ver la literatura y cada uno por razones muy diferentes, y lo peculiar es que los tres eran mis contemporáneos y, sin embargo, porque habían empezado su relación con la literatura mucho antes que yo, los veía como si fueran mis maestros, y de cierta manera lo eran. Recuerdo muchas noches pasadas en el apartamento de Amir, leyendo cuentos y hablando de técnicas narrativas, y riendo; otras veces íbamos a lo de Miguel Cañellas y ahí también reíamos y pensábamos que la literatura era otra cosa y no un sencillo catálogo de asuntos sin importancia. Fueron años de mucha cercanía humana y allí, además de los que ya he mencionado, estaban Arturo González Dorado, Krister Álvarez, Juan Francisco Pulido (que se quitaría la vida aún muy joven, en Miami, años después), Armando de Armas, Evelio Capote, Rodolfo Sanzo, José Raúl Rodríguez Rangel, Jesús Candelario Alvarado y Alexis García, entre otros que seguro olvido. Del mismo modo, en la cercana Santa Clara estaban Lorenzo Lunar, Rebeca Murga, Ricardo Riverón y el inolvidable Agustín de Rojas. Tal vez uno de los sucesos más importantes de aquellos primeros tiempos fue haber participado en ese Encuentro Nacional de Talleres Literarios donde conocí a Delfín Prats y escuché a Cesar López hablar de poesía de una manera que me tocó mucho. También conocí a Ena Lucía Portela, apenas una adolescente entonces, y a Ángel Santiesteban, compartimos el triunfo en el género de cuento y, aunque hablamos poco, leí con mucho placer sus historias.
Una de las cosas más tristes para mí fue que cuando gané el premio Sed de Belleza siendo muy joven, me censuraron el libro. Más que censurarlo, lo desaparecieron, pues solo tenía una copia y cuando averigüé con Alpidio Alonso y Rene Coyra, que entonces dirigían esa editorial, me dijeron que se les había perdido. !!!Saben lo que es perder el libro ganador de un concurso!!! Esa mentira no se sostenía ni a cañonazos, de manera que vi cómo aparecían en las vidrieras libros que participaron en ese concurso y no habían sido premiados. Fue duro para mí; también las pasé maduras cuando escribí un cuento que permaneció inédito, pero que leí varias veces. Ese cuento se llamaba «El último rebelde» y trataba de un combatiente que se quedaba encerrado en una cueva mientras la Revolución avanzaba y, cuando salía, lo confundían con el perdido comandante Camilo Cienfuegos, y él veía lo mal que estaba todo. Recuerdo que me citaron a una reunión en la UNEAC de Cienfuegos para que les explicara a varios escritores y “compañeros que me atienden” por qué mi cuento era tan cuento. Fue algo raro.
Influencias, que siempre las hay, y que varían en todas las etapas de la vida profesional de un escritor… Pero algunos siempre permanecen…¿cuáles serían esas influencias en tu caso?
En esos tiempos, el profesor Salvador Redonet andaba por la isla reinvindicando el género del cuento. Casi se puede decir que si los rusos dicen todos salimos del capote de Gogol, tal vez y exagerando un poco se puede decir lo mismo de Redonet, sobre todo por su amabilidad y por creer que valía la pena hacer algo por los demás. Recuerdo que un día mi ex esposa y yo andábamos por la Habana y vimos que había un premio llamado Pinos Nuevos y yo llevaba la única versión de un manojo de cuentos, así que le improvisamos un nombre y lo llevamos al Instituto Cubano del Libro. Meses después supe que había ganado. Lo acoto porque esa ha sido una especie de «sino» en mi vida: lo inesperado, el “a última hora”. Lo mismo me pasó con La Catedral de los negros, novela que escribí con la esperanza de conectarla con la amplia producción de literatura escrita por afrocaribeños y afroestadounidenses y que, luego de terminarla, comprendí que no conocía ninguna editorial a quien mandarla, así que le escribí al fraterno Alberto Guerra y me aconsejó: ¿por qué no la mandas al Carpentier? Ya venció ese concurso, le dije, y él me explicó que habían extendido el plazo, así que imprimí casi corriendo y envié solo dos copias. Luego, la hija de Rene, un gran amigo de Cienfuegos, llevaría la otra. Gané ese premio y entonces me di cuenta de que un libro tiene mucho de pez que va dejando una estela invisible. Y es que como yo me había dado a conocer como el autor de Sentada en su verde limón, muchos lectores querían ver en La Catedral… una especie de continuación y estaban algo desconcertados de lo diferente que era respecto a esta primera obra, que caló hasta el punto de que un día Atilio Caballero, el talentoso escritor cienfueguero, me dice que en Ciego de Ávila había un club de fans de Sentada en su verde limón. Fue raro ir allá y comprobar que así era, y muy estimulador conocer a los muy buenos escritores que tiene esa provincia de Cuba: los hermanos Francis y Félix Sánchez, Obdulio Fenelo, Jhortensia Espineta y la gran poeta que es la esposa de Francis, y claro, Carmen Hernández Peña, cuya novela Zumba la curiganga merece ser mejor conocida.
Fue importante para mí asistir también al Onelio Jorge Cardoso, no porque aprendiera mucho de esas técnicas narrativas que conocía bastante leyendo a Vargas Llosa, a Flaubert, a Faulkner, Hemingway, Rulfo y tantos otros, sino por las conversaciones y el ambiente que se generó en ese lugar y los tantos buenos escritores cubanos que asistieron, muchos de ellos de «la provincia», ese sitio de Cuba tan marginado y que no se sabe qué es, porque algunos somos de Cienfuegos, Holguín, Camagüey, etc., pero para el habanero somos «de la provincia», ese lugar salvaje. Claro, asistí con 33 años y ya había sido Premio de la Ciudad de Cienfuegos, Pinos Nuevos y Sed de belleza, o sea, que ya tenía cierta experiencia. Supongo que para un joven o inédito escritor sería una experiencia mucho más provechosa.
Importante también fue efectuar los seminarios de técnicas narrativas que impartí en la Biblioteca Nacional de Argentina, en el Sistema de Bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires y en el Museo de Bellas artes, no solo por la paga y el indudable reconocimiento que esto significó, sino también, y tan importante, porque me vi obligado a profundizar en lo mejor de la literatura cubana y latinoamericana, y me sirvió mucho luego para la escritura de Rocanrol, Llámenme Casandra y Pies descalzos, novela que estoy por terminar.
“De Cienfuegos… a Buenos Aires…”. En muchos modos me atrevería a decir que, en cuanto al reconocimiento, es como si dijéramos “De la isla… al mundo”… Suelo recordar a nuestros colegas en Cuba que hay que olvidarse de esos provincianismos (muy convenientes para la manipulación cultural y política del talento nacional) que nos inculcan haciéndonos creer que conquistar Cuba basta para un escritor… Les digo que lo que debe conquistarse es ese amplio territorio de nuestra lengua…
Siempre maduro tanto tiempo el tema de un libro que a veces se pudre, ja. Recuerdo que Monasterio, esa novela que es una parodia del policial que en alguna edición publicaré con más de su contenido humorístico, se me ocurrió estando aún en el preuniversitario. Y el disparador de La catedral de los negros viene de un caso real que ocurrió en Camaguey: recuerdo que una tarde me encontré con una amiga de la infancia, chica bastante fresca y pizpireta, y le preguntó dónde había estado porque la veo enropada en un traje militar que no le iba muy bien, le pregunto a qué se debía esa inesperada mutación, y me cuenta que ahora era Criminalísta y que se tenía que marchar a Camaguey porque en esa provincia dos hermanos habían asesinado al padre para quitarse el SIDA. No hablamos más, pero la idea empezó cual matita friolera a germinar en mi magín, quise al principio escribir algo semejante a A Sangre Fría, pero luego pensé que ya estaba escrito y yo quería contar la historia como de soslayo y también hacer un mosaico en la que cupiera todo Cienfuegos, una especie de tapiz de Bayeux tropical, o sea, que una historia se fusionara con la otra creando una estructura reticular. Además, ¿quien que estudio arquitectura no quiere hacer una catedral?
Me enamoré de Buenos Aires a primera vista. Solo me había pasado antes con Baracoa esa ciudad perdida en el oriente cubano, y con la Cienfuegos que vi desde el balcón de casa de mi madre. Y la capital argentina me acogió con un cariño y una atención que yo nunca había sentido en Cuba. Basta ver la cantidad de reseñas, entrevistas en los principales diarios que me han hecho aquí desde el principio, dándome una visibilidad que nunca tuve en Cuba. Las cuatro novelas que publiqué acá en el corto lapso de cinco años tuvieron buena acogida de prensa y sobre todo gozaron de un buen público lector, y las dos editoriales en que he publicado aquí, Corregidor y Alfaguara, realizaron un buen trabajo de edición y de prensa, aparte de que di talleres sobre autores cubanos en lugares tan disimiles como el Museos de Arte Contemporánea, el Sistema de Bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires y la Biblioteca Nacional, donde efectué un ciclo sobre literatura cubana con mucha asistencia de público. Buenos Aires es una ciudad que vibra con un especie de luz cultural que yo no había imaginado y que hace que todas las noches pueda haber una aventura distinta. Es un monstruo que no duerme, se puede decir, para lo bueno y para lo malo. También participé en varios congresos del Caribe que me fueron satisfactorios en extremo porque pude conocer otras maneras de entender la literatura y la narrativa cubana en específico.
He dicho en varias ocasiones, y lo repito aquí, que eres uno de los más sólidos y originales narradores cubanos de las últimas décadas. Por eso me resulta simplificador (aunque no niego que sea necesario para algunos estudios literarios y, también para algunos extremistas) que eres “el mejor escritor cubano de raza negra”. Lo mismo me sucede cuando escucho mencionar a Pedro de Jesús y Jorge Ángel Pérez como “los más destacados escritores gays de las letras cubanas” o a Ena Lucía Portela como “la mejor escritora”. Es un tema espinoso, lo sé, pero, ¿cómo lo vive Marcial Gala?
Recuerdo Amir que cuando fui a la Habana por primera vez, queriendo ser escritor, ingenuo, le di ese manuscrito que luego sería El juego que no cesa a una conocida escritora que en ese entonces trabajaba en letras cubanas y me dijo con todas las letras: «¿Y por qué no te dedicas al deporte?». En ese momento no lo asocié con mi condición de negro, pero días después me di cuenta de que era muy raro que a un joven blanco le pasara lo mismo. Muchos años después, cuando ya sabiéndome finalista del premio Clarín y fui invitado a la premiación en un importante teatro de Buenos Aires, la recepcionista de esas invitaciones, antes de que yo pudiera alegar nada, me dijo mirándome muy seria: “Es por invitación”, se sorprendió mucho cuando le dije que yo era Marcial Gala. Ella seguro pensó que yo era uno de esos vendedores africanos que comercian con relojes y cintos de cuero. No tengo nada contra la editora habanera, ni mucho menos contra la recepcionista porteña; solo lo acoto para señalar que la negritud condiciona mucho la vida de un autor. Lo percibo cuando me preguntan si mi literatura denuncia el racismo, cosa que en realidad siempre ha sido para mí un tema secundario. Siempre me han interesado muchas cosas más, creo que las relaciones de poder, el Eros y Tanatos, y el eterno retorno, son los temas que más he tratado. Aunque vivir la negritud tiene también sus amplias satisfacciones. En ese sentido, me encantó que la novela haya salido en inglés con buenas críticas en New York Times, Paris Review, Newyorker, Kirkus Review, Themillions y otros medios, y con tan buena traducción de la genial Anna Kushner y tan linda edición que le agradezco mucho a Julia Ringo y al grupo MacMilliam, pues es una posibilidad de que esa masa de lectores negros del sur de los Estados Unidos y del Caribe anglófono que me son tan afines, puedan algún día leerme.
De Enemigo de los ángeles, mi primer libro, publicado por la editorial Mecenas, hace un camión de tiempo, como se diría en Cienfuegos, hasta el más reciente publicado Llámenme Casandra e incluso hasta este que aún escribo: Pies Descalzos, hay varios temas que se repiten y son la ausencia o presencia de lo divino y la relación entre el bien y el mal, lo mágico y lo realista. Solo en dos de mis libros no ocurre algo mágico: uno marcado por lo paródico, satírico y policial: Monasterio, y el otro signado por el intento de ser cronista de una época precisa de la historia de Cuba: Rocanrol. En los otros , querido, lector, encontrarás los mismos temas, pero muy distintas técnicas narrativas, y el intento de lograr que los personajes vibren y logren que el lector se cuestione lo que consideraba certezas precisas. Muchos de mis personajes realizan acciones a contrapelo de lo que algunos lectores esperan de esos tipos humanos. Recuerdo que cuando publiqué Sentada en su verde limón, varios radioyentes llamaron a diversas estaciones en Cienfuegos argumentando que Harry Sanzo, el personaje de la novela, no representaba al negro cubano. Eso me pareció muy chusco.
Cuando quienes te conocemos hablamos de ti, llegamos directo a la narrativa: “Marcial novelista… Marcial cuentista”… Pero también hay un Marcial que escribe poesía… Conociendo como conozco la solidez de ese universo propio que has conformado en narrativa, ¿qué pretende alcanzar el Marcial poeta?
Uff, no soy poeta; mi poesía se la debo a mis tiempos de ciclista allá en Cienfuegos y a mis viajes a la Habana a cobrar los derechos de autor de Letras Cubanas. Cuando me subía en la bici, apenas había avanzado varios cientos de metros y algo como una primigenia emoción iba calando y tenía que bajarme, sentarme en la acera y escribir un poema. Luego solía beberme una cerveza a granel, que era más agua que otra cosa, pero como la cerveza era de río, todo el mundo aseguraba que los piperos la tomaban de un riachuelo cercano para aumentar sus ingresos. Esa agua propiciaba mi veta poética, y respecto a lo de Letras Cubanas, un día llegué y me demoró tanto lograr que me dieran el cheque que tuve tiempo para escribir dos de mis más logrados intentos en poesía.
Hay dos premios, muy importantes, en tu vida: el Premio Alejo Carpentier de novela 2012, por La catedral de los negros (cuya edición ganaría también el Premio de la Crítica en Cuba), y el Premio Ñ-Ciudad de Buenos Aires, por Intensos compromisos con la nada (que terminó títulando Llámenme Casandra)… Un premio cubano y un premio argentino… ¿en qué se parecen y en qué se diferencian en cuanto a puertas que fueron capaces de abrir para tu carrera?
Los premios siempre vienen bien, la verdad. Tienen también el hándicap de elevar la expectativa del lector y uno nunca sabe si el libro es capaz de llenar esa expectativa: cuando pasa es una alegría y una sorpresa a la vez. Tuve esa suerte con esos dos libros que mencionas. Ambos tuvieron buenas críticas e incluso lectores desconocidos y escritores que admiro mucho me escribieron a mis redes sociales para elogiarlos y… ¿puede haber algo más satisfactorio para un escritor que te escriba un lector para hacerte saber que la lectura de algo tuyo lo conmovió? Le tengo mucho cariño a ambas obras, sobre todo a Llámenme Casandra, que la escribí hace tan poco que aún está fresca en mi memoria todo lo que sufrí y gocé mientras la escribía. Esa novela tiene algo de reto, pues en Cuba ocurría todo un debate acerca de llevar a referendo la posible aprobación del matrimonio igualitario, cosa que terminó en fiasco, y en Argentina se debaten todos los días temas sobre las nuevas sexualidades. Además, la ensayista Ana Eichenbronner, mi compañera, me hizo notar que nunca había tratado en una novela como personaje central a un personaje que escapara de lo “cis”. También influyó el taller sobre narrativa cubana que efectué en la Biblioteca Nacional de Argentina, pues ese taller me permitió reflexionar mucho sobre lo neoplatónico, la llamada “fijeza lezamiana” y esta novela tiene algo de eso y del eterno retorno, de Nietzsche, o pretende tenerlo. Fue gracioso que, al igual que La catedral de los negros, la envié a última hora al concurso, gracias a Ricardo Roja, un gran amigo argentino, que aunque estaba muy engripado tuvo el gran gesto de imprimirme las casi 300 páginas del libro y, además, anillarlas. Me sorprendió mucho haber ganado ese premio, pues la obra era muy nueva. Luego, el trabajo de Patricia Somoza y Julieta Obedman, editoras de Alfaguara Argentina, fue excelente. Respecto a La catedral de los negros pienso que el trabajo editorial de letras cubanas, sobre todo en la edición del Premio de la Crítica, fue muy buena y la cubierta apaisada de Corregidor con esa foto que tiré yo con una cámara profesional a uno de los más lindos conventos de la Habana Vieja, es espectacular, además de que esa edición cuenta con el excelente prólogo de Celina Manzoni, una de las más brillantes profesoras y estudiosas de literatura latinoamericana de Argentina.
Le tengo mucho cariño a ambas obras, sobre todo a llámenme Casandra que la escribí hace tan poco que aún está fresca en mi memoria todo lo que sufrí y gocé mientras la escribía, esa novela tiene algo de reto pues en Cuba ocurría todo un debate acerca de llevar a referendo la posible aprobación del matrimonio igualitario, cosa que terminó en fiasco y en Argentina se debaten todos los días temas sobre las nuevas sexualidades, además Ana me hizo destacar que nunca había tratado en una novela como personaje central a un personaje que escapara de lo “cis”. También influyó el taller sobre narrativa cubana que efectué en la biblioteca nacional de Argentina, ese taller me permitió reflexionar mucho sobre lo neoplatónico, la llamada “fijeza lezamiana” y esta novela tiene algo de eso y del eterno retorno, de Nietzsche o pretende tenerlo
¿Cómo ha sido tu experiencia con tus obras en otros idiomas? Una isla… un lugar en el mundo
Respecto a las traducciones creo que me ha ido bien, sobre todo con la traducción al inglés y al alemán de La catedral de los negros. Ha sido toda una sorpresa para mí el eco que ha tenido la publicación de la novela en esos idiomas; me ha tomado por sorpresa. Revistas muy prestigiosas la pusieron entre sus libros favoritos incluyendo New Yorker, New York Time, París Review, Ocho columns y Kirkus, que le puso una estrella que la hace participar en el premio de esa revista, uno de los mejor dotados de la literatura norteamericana. Además, la prestigiosa Publishers Weekly’ , en los Angeles Review of Books, de la ciudad del mismo nombre, me incluyó entre los «escritores a observar en la primavera del 2020″ y Thrillist Entertainment consideró a the Black Catedral uno de los mejores libros del año. Me alegró mucho leer esas reseñas. En alemán salieron también reseñas en varias revistas y en la página cultural del Suddeutsche Zeitung de Munich, que también publicó un ensayo mío sobre la caída del muro de Berlín y su repercusión en Cuba. Fue lindo publicar Sentada en su verde limón en italiano bajo el nombre de Verde Limone, es muy bella la cubierta y fue una experiencia muy hermosa trabajar con traductoras tan talentosas como Anna Kushner y Kirsten Brand. También es una experiencia notable trabajar con la traductora al francés Maira Muchnik que está traduciendo La Catedral de los negros al francés, novela que saldrá también en árabe y, por otro lado, en marzo firmé el contrato con el sello Farrar Straus Giroux, el mismo que publicó The black catedral para publicar en inglés Llámenme Casandra. Me ilusiona mucho ver lo que puede lograr Anna Kushner llevando al inglés la mágica manera de hablar del personaje que cuenta la novela.
Cuba, isla controvertida como pocos sitios en este mundo por ese fatalismo histórico que nos asfixia y, curiosamente, nos ha catapultado a “tema de interés” en muchas partes del mundo… ¿qué piensa Marcial Gala, escritor, de Cuba?
Cuba, Cuba, Cuba, podríamos estar hablando tres meses de nuestra patria sin ponernos de acuerdo, pero para mí lo que sí está claro es la necesidad de un cambio que haga más vivible la vida en el país, pues el horno hace mucho rato que no está para galletitas. La naturaleza de ese cambio es lo peliagudo, pues es fácil dar recetas, pero lo difícil es que resulten y si Borges dijo que la India es más compleja que el mundo, Cuba, a pesar de su pequeñez, es más compleja que la India. Es un país que se arma y se desarma, tan cambiante como un palacio de espuma, y tan permanente como una tortuga milenaria. Pero sí se hace urgente darle agua al domino porque eso no aguanta más y los que gobiernan a Cuba ya son ancianos en la mayoría y los herederos proclaman “somos continuidad” dando de esa manera por sentado que esperar algo nuevo es como creer que de un vaso al revés brotará un agua cristalina.
“El desarrollo cultural cubano es un modelo para el mundo”… ¿qué piensas cuando escuchas ese slogan tan repetido en la isla y, también, en otras partes?
El desarrollo cultural cubano es muy notable en muchos sentidos y es que el país desde siempre ha sido una especie de Grecia del Caribe y lo peculiar es que durante mucho tiempo, más allá de los intelectuales y los hombres de acción, los artistas dentro de la isla han estado en la vanguardia en el intento de lograr que las cosas se hagan de otra manera. Basta ver, hablando de lo más actual, lo mucho que hicieron músicos como Los Aldeanos, Porno Para Ricardo y pintores y artistas plásticos como Tania Bruguera, el grupo de Alamar, o escritores como Ángel Santisteban y Jorge Ángel Pérez para cambiar las cosas y darle a la vida civil cubana un sentido de libertad más amplio del que habla el oficialismo. Por otro lado, es notable como muchos escritores cubanos logran ir más allá de la poca difusión de las obras fuera de la isla e intentan tener una proyección internacional más amplia.
Marcial Gala, escritor negro… escritor cienfueguero… escritor cubano… escritor de la marginalidad social cubana…, son etiquetas que se leen cuando se ha publicado sobre tu vida y obra. Pero… ¿cómo te gustaría que te definieran?
Es malo el soldado que no quiere ser general, decía el ajedrecista Garry Kasparov y todo escritor quisiera estar más allá de etiquetas, ser solo un escritor sin adjetivos o etiquetas, cosa difícil en extremo, pero, en fin, uno lo intenta. Claro, si me dan a escoger diría que quisiera que me recordaran como un escritor cubano, pues es lo que soy, y Cuba, de una manera u otra, es el centro de mi literatura por lo general. Las otras etiquetas no me van bien Llámenme Casandra no es una novela marginal y por su temática es fantástica y de asunto gay, hasta el punto de que si vas a Google y buscas «escritores cubanos gay» salgo yo entre otros como Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez, que creo que no somos precisamente gays, hasta ahora.
Si te vieras obligado, desde tu experiencia como escritor, a darle tres consejos a esos colegas tuyos que no han logrado el impacto que ya tiene tu obra fuera de Cuba, ¿qué les dirías?
No sé cómo pasó, no por el hecho de ser publicado y traducido fuera de Cuba, sino incluso por el hecho temprano de que alguien quisiera leer lo que yo escribía, pero aún ahora me asombra la distancia que hay entre algo que uno concibió en la soledad de su hogar y el libro que, puesto en la vidriera de alguna librería, intenta provocar la curiosidad de alguien que no te conoce de nada, de manera que supongo que el único camino es trabajar que si lo desgloso en tres consejos quedaría así: leer todo lo que puedas, escribir y volver sobre la escritura, o sea revisar los textos una y otra vez, y claro, más importante, ser honesto contigo mismo; es decir, volver siempre al oscuro principio cuando no eras más que una pulguita en la cola de un perro que no conocías.





