Breve tiempo del imposible
Joaquín Armando Chacón
Ediciones Cal y Arena. México, 2016
Muy por encima de sus notables y probadas dotes de narrador, Joaquín Armando Chacón (Chihuahua, 1944) es un gran platicador. No sólo todos los que lo tratamos y disfrutamos de su compañía, sino también sus lectores, aunque todavía no lo conozcan en persona, podemos dar fe de ello.
Sus relatos son en sí mismos, conversaciones que sostiene con el siempre pendiente lector, y al recorrer sus renglones enfilados y apretados, más que leerlo, uno lo escucha en una sabrosa, sorprendente y bien hilvanada plática. Él es todo un maestro de la conversación convertida en literatura. Y quizá de este modo y a partir de su muy distintivo estilo, está inaugurando una nueva variante en la narrativa: la platicativa. Hacer de la conversación misma su materia y su canal de expresión, le ganan a pulso un perfil muy definido dentro de la prosa mexicana en la actualidad.
Chacón es un encantador de serpientes: con estos relatos ahora reunidos en un ramo oloroso, logra hipnóticamente atrapar al lector y lo va envolviendo con su magia sugestiva, y alcanza a transportarlo de lugar y de tiempo. Lo mismo lo hace descender en un pueblo del norte de la República ahora devenido en apresurada ciudad y sumergirlo dentro de una plática especiosa entre dos compadres (más bien, de uno solo, pues el otro, como Borges con Arreola, apenas puede “intercalar algunos silencios”); que lo lanza a una empinada callejuela de San Francisco de California (nunca dice el nombre, pero deja pistas para averiguarlo), en un enigmático edificio que es un umbral de descubrimientos y asombros.
Para encontrar algún modelo que le resulte cercano, cronológica y estilísticamente, y así poderlo contemplar dentro de una tradición y una escuela, el nombre que me viene más directamente es el de Carlos Fuentes, el de la primera época, el de “Aura”, el Fuentes más mágico y perdurable y que representa toda una época.
El lazo entre Eros y Tanatos está firmemente anudado en estos relatos a través de todo el volumen. Y quizá por eso mismo aseguran su permanente actualidad y vigencia: nada mueve tanto al hombre como el amor (o su variante extrema, el odio) y la muerte, que son las dos dimensiones con las cuales garantiza la supervivencia y trata de alcanzar una imposible eternidad. Y la literatura mexicana a la cual pertenece medularmente Chacón, ofrece una sostenida presencia de ese contrapunteo de creación-destrucción, desde Luis Sandoval y Zapata.
Si Alexandre Dumas (padre) decía en 1854 en su novela Los mohicanos de París, con su proverbial vehemencia caribeña, cherchez la femme, a principios de la centuria siguiente, el judío checo Sigmund Freud recetó: siempre es el sexo. En ese combate entre pulsiones, de vida y muerte, se mueven los nueve relatos que Chacón ha reunido en su Breve tiempo del imposible, que ahora nos ofrece Cal y Arena, confirmando una consolidada tradición de impulso a la narrativa nacional.
Como suele olvidarse con manifiesta injusticia, me gustaría referirme con detalle a la portada, realizada por Maricarmen Miranda Diosdado. Creo que la ilustradora y diseñadora captó muy agudamente la esencia de las prosas chaconianas, al figurar el difícil equilibrio de un ciclista excéntrico y desafiante, que con las manos sobre el manubrio a su espalda procura mantener una peregrina verticalidad sobre un implacable reloj que no detiene su mortífero andar. Esta portada no dudo en calificarla como el décimo relato del libro, pues admirablemente refleja esa lucha que el autor ha trabado en combate arduo entre el tiempo y la imposibilidad de remontarlo, la impotencia para vencerlo. Es un combate perdido desde antes. Pero igual se asume y enfrenta.
Algo que transita como un aroma sostenido a través de todo el volumen es la atmósfera que ocupa los ambientes narrativos. Cambian los escenarios, pasan las horas y se incorporan nuevos personajes, pero hay un aire de familia perceptible en el transcurso de las 220 páginas del libro. Y esa persistencia es algo muy difícil de lograr, de tal suerte que uno siente, aunque cambie todo, en ese dédalo de espejos por el cual transitamos hay una misma mano que nos conduce, la del escritor, de una página a la otra. Y es un relato sucesivo como aquel espejo que se pasea por el camino descrito por Stendhal para hacer la novela, pero en este caso, cada relato es, en sí mismo, el germen de una novela: son como bocetos de algo que crecerá más tarde hasta alcanzar vida propia, más allá de la voluntad de su creador, quien es apenas el medio de la revelación. Cada uno de estos cuentos es una protonovela, susceptible de ser extendida, pues al terminar cualquiera de ellos el lector espera o supone una historia que continúa y se le pierde en la distancia.
No hay concesiones al lector: cuando éste toma el libro, debe subir a una bicicleta como la de la portada y guardar su equilibrio a través de toda su lectura, pues esta es una aventura de riesgo y esfuerzo. El narrador, más que prescindir de los diálogos, los sustituye por uno solo que él sostiene con el lector, y es prolongado a través de todo el libro.
Chacón, como el personaje de la portada, es un equilibrista y un excéntrico. Se ha movido haciendo malabares para llevar adelante una obra sólida y propia, no afiliado a ningún grupo, corriente ni escuela: no fue “ni de La Onda ni del 68”; en todo caso, si un legado reconoce, es el de William Faulkner. Aunque admite y agradece deberle a muchos, lo mismo Fuentes, que Onetti o Vargas Llosa.
Pero, si hay algo que ha escapado en los pliegues de su biografía a los estudiosos, ha sido su pertenencia al CIDOC, quizá el experimento social utópico más alucinante en el México de los años 60 y 70; él dice que “fue a en Cuernavaca por una semana y se quedó siete años” (1969-1976). Surgido en 1961 como Centro Intercultural de Formación (CIF) por el impulso del visionario Iván Ilich -personaje irrepetible e irrepetido en la geografía cultural mexicana- pronto se transforma y declina su propósito programático inicial de “formación” por “documentación”, para constituir finalmente el CIDOC, que desarrollaría un complejo sistema de prospección entre 1970 y 1976, cuando es disuelto para atomizarse en una constelación de escuelas de idiomas en Cuernavaca.
Con un plan de estudios construido sobre las llamadas “Tesis de Ilich”, empezó por ser una intrigante combinación de neojesuitas, entre voluntarios del Papa y “Cuerpos de Paz” de la ONU, hasta que su promotor fue llamado en 1978 para comparecer en Roma ante un macarthiano interrogatorio de 80 preguntas, citado por la Congregación de la Fe, que disimula bajo esa denominación su nombre original de Santo Oficio de la Inquisición. Ilich regresó “degradado” o “liberado”, según se quiera ver, eximido de su compromiso sacerdotal.
Era un México entonces lleno de experimentos: lo mismo una comunidad idílica conductista, Los Horcones, en Hermosillo, Sonora, fundada en 1971 y que subsiste hasta hoy, que las indagaciones antropológicas de Oscar Lewis en Tepoztlán, y también las peripecias del Instituto Lingüístico de Verano que ya venía desde 1934… Había de todo, como en botica. Y en medio de ese ambiente, brota como escritor Chacón -porque en realidad, inicialmente, él iba para actor- y se consolida como tal, marcando sus rutas posteriores.
El cosmopolitismo trascendente, el antisistemismo cohesionado, la pedagogía experimental y el aprendizaje “por inmersión total” en un medio familiar mexicano, fueron premisas del CIDOC que sin duda impresionaron profundamente a Chacón en esta etapa formativa y condicionaron una visión del mundo que perdura hasta sus más cercanas obras.
Enfrentar cualquiera de los relatos que componen este volumen, que incluye dos limitantes, la del tiempo y la de la realidad, supone sumergirse de inmediato en el encantamiento y subyugación que despliega poderosamente el narrador para atrapar y ya no soltar al lector con sus sortilegios estilísticos.
¿Neorromántico? ¿Gótico? ¿Posmodernista? ¿Vanguardista? Chacón rechaza todas las etiquetas y se erige como un árbol solitario en medio de un desierto, o, para señas más chihuahuenses, como un cactus de candelabro, extendiendo sus ramas hacia los cuatro puntos, pero fijo en su suelo arenoso.