Con el jefe (Mayo del 89)

Fragmento de la novela El Corso me decían

Félix J. Fojo

Felix-J-Fojo-Narrativa-OtroLunes43-2Félix J. Fojo. La Habana, Cuba, 1946. Es Médico, divulgador científico y un apasionado de la historia. Exprofesor de la Cátedra de Cirugía de la Universidad de La Habana.

Desde hace muchos años reside entre Florida, EE.UU. y Puerto Rico. Colabora en la Revista Galenus, importante revista para los médicos de Puerto Rico. Ha publicado artículos de opinión y divulgación en diferentes medios periódísticos de EE.UU.  y Europa. Entre sus libros publicados: Caos, leyes raras y otras historias de la Ciencia (Editorial Palibrio, 2013), Una breve historia de la obesidad (Editorial Palibrio, 2013), No Preguntes por Ellos (Editorial Palibrio, 2013), (Editorial Palibrio, 2014). El Corso me decían es su más reciente novela, publicada por la editorial Unos y Otros en 2016.

 

–***–

Con el jefe (Mayo del 89)

Felix-J-Fojo-Narrativa-OtroLunes43-1—Piensen. Piensen —les dice, y se toca con los dedos índice y medio de la mano derecha la sien del mismo lado—. ¡Usen el cerebro, coño!

El Jefe, con su corpulencia natural y la que le presta el pesado uniforme verde oliva de tela gruesa y de muy buena calidad, costosa, brillante a la luz fría, se pasea de un lado al otro. Se comenta que debajo de la guerrera y por encima de la camiseta, hay un chaleco antibalas de última generación, pero nadie, salvo el jefe de su escolta, lo sabe a ciencia cierta. Y continúa paseándose, despacio, caviloso, por sobre la pulcra moqueta de tonos beige del desahogado despacho, bastante sobrio por cierto. Paso a paso, yendo y viniendo, con sus largas y lentas zancadas de estupendo caminante montañero, que fue en otros lugares y otros tiempos.

Su figura, una de las imágenes icónicas de la segunda parte del siglo veinte —aquí podría venir ahora una lista comparativa de Marylines con la falda al aire, Maos estrábicos y Ches acatarrados con el zipper de la cazadora subido hasta el cuello, o melenudos Beatles en fila india cruzando una esquina de Abbey Road—, luce casi fuera de lugar, incongruente allí, en un espacio tan privado, sosegado y desprovisto de baterías de micrófonos, cámaras de televisión, compactas tribunas y ruidosas y coléricas —y muy disciplinadas— o felices masas humanas cargadas de fervor revolucionario y vociferante antiimperialismo.

Para un hombre que se ha ganado a la fuerza —la fuerza bruta y sobre todo la otra, la de la inteligencia, y un pasmoso sentido de las oportunidades y los límites— un lugar muy visible en la historia de su país y del planeta, su despacho personal, ubicado en un impreciso rincón del vasto edificio de piedra de cantería blanca que le sirve de palacio —a la Revolución, no a él, que quede eso claro— es, sin dudas, espartano: al centro, un escritorio no demasiado llamativo, ni tan siquiera grande, construido con oscuras maderas duras cubanas; sobre ese mismo buró dos o tres teléfonos y una papelera casi vacía de documentos —para eso está la caja fuerte y los secretarios y ayudantes… ah, y la memoria fotográfica, ¿no? —; una silla giratoria de piel legítima negra, acolchada, con brazos y respaldar alto; una estantería, también de madera laqueada, casi llena de libros que se aprecian muy poco usados, la mayoría nuevos —lo que no quiere decir, ojo, que el propietario no lea, nada de eso, lee muchísimo, vorazmente, y no solo documentos de gobierno e informes confidenciales de sus agencias de inteligencia— cubriendo completa la pared posterior. Rompen la monotonía un retrato de José Martí con la mano en el pecho, una especie de Cristo republicano que el Comandante se ha apropiado al extremo de convertirlo en su padre putativo y leal cómplice, y otra estampa litografiada de Vladimir Lenin mirando al infinito —Stalin, en la época de la foto, aún no se lo había embolsillado—, ambos enmarcados y cubiertos con un fino vidrio, colgados juntos y a escuadra en una pared lateral. Resalta una bandera cubana, la de la estrella solitaria, en un asta de pedestal justo a un lado y un poco por detrás del escritorio, también una palma barrigona —al Jefe no le gustan, por vulgares, las arecas— sembrada en una maceta de barro cocido coloreado de azafrán; dos sillas de madera barnizada y fondos de rejillas, ambas con brazos, y entre las dos una pequeña mesa redonda, a juego, baja, y con rueditas en las patas para desplazarla a uno u otro lado, sobre la que descansa un servicio de café, de esos que se venden como artesanía vernácula cubana a precios bastante módicos. Y por supuesto, como el hombre es un obseso de la información internacional, un televisor de gran tamaño y de una buena marca japonesa, funcionando pero con el sonido en off, descansa sobre una consola metálica, negra mate y muy moderna, algo surrealista, en un ángulo de la oficina.

Nada más, ni títulos, ni premios, ni diplomas, ni medallas, ni llaves de ciudades visitadas, ni condecoraciones otorgadas por naciones amigas —que las tiene y muchas—, ni fotografías de políticos y personalidades internacionales amablemente dedicadas, ni adornos lujosos, ni sables, arcabuces, catanas u otras armas antiguas o modernas. Por lo menos, nada más visible al visitante.

—Razonen…, enjuicien bien lo que queremos lograr del arrestado —se detiene, hace un alto para que sus palabras surtan el efecto deseado en sus atentos oyentes—, ¡y actúen, carajo, actúen en consecuencia!

No habla alto ni hay rastros de crispación en su monólogo —las interjecciones fuertes, por demás muy cubanas y castizas, son parte integrante de su conversación natural—, ahora sus palabras son pronunciadas casi como un susurro, como si hablara consigo mismo, para convencerse de la importancia de lo que expresa y de paso convencer a los que escuchan, con buenas maneras, suave y sabiamente.

El silencio es largo, quizá espera ahora una respuesta.

Y la obtiene.

—Lo hacemos, Comandante, está muy claro para nosotros qué queremos lograr que diga el detenido —el general, generales del ejército son los dos hombres de pie frente al Jefe, saben qué se exige de ellos, pero necesitan orientaciones sobre los métodos y la manera de lograrlo. Están realmente en una disyuntiva, ¿por las buenas, por las malas, cómo?, y el tiempo, que pasa a toda velocidad, se vuelve contra ellos. Por esa razón el que lleva la voz cantante dice con un dejo de vehemencia, quizá un poco atropelladamente—: Necesitamos un resultado y lo obtendremos, no tenga usted dudas de eso, Comandante, pero le pedimos que nos aclare los métodos.

La figura imponente, ahora con los brazos tras la espalda, la cabeza un poco ladeada hacia la derecha, va y viene, muy despacio, va y viene. El otro hombre, el otro general, calla, no ha abierto la boca durante toda la entrevista, pero se nota tenso, rígido, y cualquiera diría que angustiado y deseoso de recibir una orden, la que sea, para salir a escape de aquel recinto paradójico, donde muchos aspiran a ser, y al mismo tiempo no ser, convocados. Es una de esas dicotomías que ocasiona el poder y solo la entienden plenamente quienes la han vivido y padecido.

—Me parece que se están desesperando y eso no es bueno —se ha vuelto hacia ellos y los mira escrutadoramente—. Tengan un poco de paciencia, aún hay tiempo —ha detenido su ir y venir, ese paseo que crispa un poco—. Ya les comunicaré, si es necesario, el momento de apurar las cosas, pero ese momento no ha llegado aún —pone una mano sobre el hombro del que habló—. ¿Me comprenden?

Los dos oficiales asienten contenidamente.

El ícono se mira las botas de reluciente cabritilla negra, levanta la cabeza canosa descubierta y hace una mueca que puede confundirse con una sonrisa, pero no lo es. Erguido frente a los dos hombres de impecables uniformes verde olivo y sobrio y rígido porte militar, hace uso, quizá impensadamente —¿quién puede saberlo?—, de la mítica capacidad de persuasión que amigos y enemigos siempre le han atribuido. Los mira, primero a uno, luego al otro, entonces al techo. Juega con el tiempo y de repente se acerca un poco más a ellos, como haría un viejo conspirador anarquista con los devotos copartícipes de su trama secreta.

—Escúchenme —lo dice serio, paternal y persuasivo, como si aquellos dos hombres tuvieran otra opción que no fuera obedecer a rajatabla sus órdenes—, El Corso es, fue… —titubea imperceptiblemente al decirlo—, un soldado y ustedes lo saben igual que yo, un buen soldado… —suspira y entrecierra los ojos—, y los soldados son impacientes, directos, no soportan el chapalear en la mierda por mucho tiempo. Sobre todo si se apela a su hombría, a sus valores… —solo el silencio reinante permite que se le escuche, de tan bajo que habla—, y si se les trata con decencia…, y se les muestra el camino a recorrer con inteligencia… —parece hablar, una vez más, consigo mismo—, colaboran, ¡no digo yo si colaboran, coño!

Los dos altos oficiales asienten con cronométricos movimientos de sus cabezas.

—Muéstrenle a ese viejo compañero, al Corso —lo expresa con un evidente sentimiento de dolor contenido y al verlo, los dos generales piensan, sin querer, si ¿será cierto?—, el camino que debe recorrer, sin violencia y con inteligencia —los mira alternativamente—. ¿Me hago entender?

—¡Sí, sííí, claro que sí, mi Comandante! —contestan al unísono los dos generales.

Les palmea entonces, muy ligeramente, casi como una caricia, el hombro derecho de uno y el izquierdo del otro. Los acerca, con levedad pero persistentemente, uno al otro, ambos a él, como esos jugadores de futbol que hacen una rueda para diseñar una jugada ganadora, evitando así que los rivales se enteren de sus planes.

—Ya lo verán —habla otra vez muy bajo, casi cuchichea, y se extiende en un monólogo explicativo sobre por qué el detenido contará lo que tenga que contar de esa carta que tanto ha dado qué hablar. Aunque su expresión y sus labios fruncidos expresan reticencia sobre la existencia del susodicho documento. Los dos hombres le siguen sus razonamientos con una atención que raya en la idolatría, mientras el Comandante hace un alto en sus disquisiciones, se rasca la barba no muy tupida y en algunos lugares rala, grisácea o blanca en partes, consustancial al mito, y dice entonces—: Y al final, declarará en el tribunal de honor lo que es necesario que exprese, ya lo verán —hace una vez más un alto y los mira alternativamente, elevando la voz a su tono normal—. Y se sentirá aliviado, agradecido, ¡no digo yo! —la presión de sus finos y manicurados dedos sobre los hombros de los dos generales se hace más fuerte, más contundente y áspera cuando les recuerda que el preso no solo reconocerá la generosidad de los que fueron sus compañeros y hermanos de lucha, sino también la de la Revolución—. ¡Y reconocerá también la magnanimidad del pueblo al que nos debemos todos! ¡No digo yo, ya lo verán! —la sonoridad de sus últimas palabras duele, aunque el tono sigue siendo bajo.

Entonces, en un ademán rapidísimo los suelta y les hace, acto seguido, un gesto circular de despedida con la mano. Los dos generales asienten agradecidos, como si esa mímica fuera todo lo que se espera de ellos —en efecto, por el momento es así—. Saludan militarmente, se dan la vuelta y van hacia la puerta sin aspavientos. Convencidos.

El jefe de la escolta, un hombre de aspecto rudo, bajo de estatura, macizo como un armario centenario de caoba, de cara neutra para nada lombrosiana y que nos faltó describir junto al mobiliario, se aparta de su rincón y cierra la blindada puerta con gestos amables, incluso se diría que con ensayada gentileza. Los cambiantes reflejos luminosos de la silenciosa pero viva pantalla del enorme televisor siguen mostrando, monótonamente, imágenes de hambrunas africanas, oleajes y vientos tremebundos, y pedreas y manguerazos en el Medio Oriente. Nada nuevo ni verdaderamente preocupante. Entonces, el jefe de la escolta mira al Comandante, cerciorándose que no hay órdenes, por el momento, y vuelve calladamente a su habitual rincón. Desvaneciéndose miméticamente en el paisaje.

El Ícono no dice nada, lo que hacía falta decir ya fue dicho. Abstraído otra vez, continúa con pasos largos pero lentos, su taciturno paseo de un lado al otro del despacho. Concentrado, en cabal silencio, en sus recónditos y, quizá, complicados pensamientos que nadie más que él conoce.

Ahí, bien adentro de esa poderosa cabeza de perfil macedónico —Alejandro, por el Magno, fue el nombre de guerra que escogió desde muchacho—, yace vigilante y afilada su abrumadora fuerza.