Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(XII y último capítulo)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que termina hoy y nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como han podido comprobar nuestros lectores desde el primer fragmento, ha sido uno de los platos exquisitos de nuestra revista.

Redacción de OtroLunes

Tras una serie de encuentros terapéutico-amorosos en los que el Doctor Amóribus alcanzaba curaciones bastante en entredicho, enamoramientos perniciosos y poca ganancia monetaria, nuestro paradójico héroe se enfrenta a un caso difícil, como todos, diría Borges: el de la polaca Korolenko, fanática de Chopin. 

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¿Que cómo terminó el asunto con la Korolenko? Decir que fue en fracaso sería generoso. Pero de todo fracaso queda algo, un rincón de humedad, la memoria de una piel, la frescura de un instante. En general hay algo que Amado, el Doctor Amórbus,  no soporta: que lo traten con superioridad, que lo hagan sentir pequeñito y tonto. Y precisamente esas sensaciones fueron las que acompañaron al amoroso durante su asedio al jardín perfumado de la Korolenko. Ella parecía estar siempre actuando, discurría por su diminuto apartamento como si fuera el gran escenario de la Opera de Viena. Desnuda o vestida, la Koro era la misma. En ningún momento asumía el papel de una mujer natural.  No se quitaba la máscara ni siquiera para dormir. Sus glaciales ojos azules, tras los cuales se adivinaba a una urraca acechando, en pocas ocasiones asumían brillo humano.

Todo ello, y la torturante costumbre de fingirse abandonada cuando el profesional del amor no la visitaba durante una semana y el cacarear que estaba abrumada de trabajo cuando el asediante la visitaba  –mientras hablaba con Amado no dejaba de lanzar miradas relampagueantes a su violín, como si sintiera remordimiento por no estar cultivando su callo violinístico– hacían que Amado se prometiera a sí mismo olvidar a la malhadada polaca para dedicarse a asuntos de más provecho y deliete. Pero pasaba el tiempo, no aparecía trabajo alguno, la musa bigotona y calva seguía merodeando sin atreverse a visitar del todo al compositor  –meses y meses sin escribir una línea, esperando que una armonía celestial lo sorprendiera en cualquier recodo de la existencia–, el gran violín, digno de un Vivaldi estaba en el taller de laudería (había abierto la jeta el pasmoso Amati, como bostezando por la falta de acción y el maestro laudero había dictaminado un mes en restauración y miles de pesos a cambio de retornarlo con el mejor sonido del mundo), el interpretar canciones ramplonas en el Parque Juárez con su viejo Strad checo se hacía degradante y poco rentable…¿Resultado? Que otra vez estaba el amoroso a la puerta de la Koro, dispuesto a cobrarle las consultas previas y a darle el tratamiento definitivo. ¿Por falta de autoestima o dinero, por carencia de espíritu ascético, por exceso de líquido perlático, o por añoranza de los hermosos pezones que había adivinado en la primera noche? Amado de los Santos Dionisio Luna se inclina a creer que la última alternativa es la más propicia y consoladora, aunque no desprecia la idea de que la soledad fuese la que lo llevase a aquel jardín aromado, o de que el carácter exótico de aquella criatura le atrajera más que el cultivo de una hipotética posteridad. También, ¿por qué negarlo?, se hallaba el pequeño detalle de que la Korolenko era  una de las pocas mujeres inteligentes que se le habían cruzado en el camino («En general –escribió–, las mujeres no necesitan ser muy inteligenes: les basta con la gracia. A veces la gracia excluye la inteligencia y casi siempre la inteligencia es el resultado de una serie de frustraciones que terminan por castrar a las mujeres”) y la conversación con ella era una esgrima, con ingredientes de reto, humor, ironía, sarcasmo, que excluían la posibilidad del amor. Y es que Amado, aunque siempre terminara en la cama con sus mujeres, no despreciaba la posibilidad de un buen amor.

La Korolenko nunca quiso interpretar la vieja música que Amado compuso en los años previos al tiempo del desierto. Ay, qué aburrimiento, decía, ¿tú crees que después de Bach, Teleman y Tartini yo pueda ponerme a rasquetear en mi Pugnani lo que escribió un tal Amado de los Santos Dionisio  Luna? Ten compasión de mí. Tus composiciones se ven lindas, un poco extremistas y desarticuladas, pero sugerentes, en el papel pautado. Déjalas allí. No las eches a perder pidiéndome que las interprete. Es fascinante vivir con la ilusión de que un macaco latinoamericano como tú pueda sentarse a la mesa con los genios de la música. Para mí tú eres apenas un cuerpo, unos brazos, apoyo físico en tiempos de penuria. Digamos que eres como un rótulo borroso que veo a la distancia en un camino solitario y desolado.

¿Cómo terminó el asunto con la Korolenko? Mal, hay que confesarlo. Cuando por fin ella decidió rendir las armas y desnudó soezmente los frutos de su pecho frente a los ojos y los labios resecos del amoroso, Amado no supo qué hacer: se abalanzó torpe, goloso, voraz, despiadadamente sobre los mas hermosos pezones que hombre alguno hubiera visto jamás, y con una imprudencia digna de azote, comenzó a magullarlos. Comportamiento a todas luces equivocado y contrario a las normas de la cortesía y el placer. Si una mujer se desnuda, no es para ser magullada sin preámbulos, sino para suscitar contemplación y reverencia. Pero Amado no tenía cabeza para meditar sus actos: tanta espera lo había hecho perder la noción de los grados necesarios, de modo que entre gozo, gula y atraganto, en suponiendo, a esta chica la voy a hacer papilla de maicena, le lanzó una mano a la puerta trasera y por allí forzó que ella rindiera su pantaleta y allí, de pie, le hizo una somera introducción, oh oh oh, sin darse cuenta de que la Koro estaba muda, tiesa, sorprendida, en rigor mortis, incapaz de reaccionar ante tal desacato y cuando Amado lanzó un jadeo de perro faldero al tiempo que expulsaba su humor negro y alzó la cara para hacer eye contact con la que suponía feliz dama, encontró que ella le clavaba los ojos de gélido acero y le decía con una media sonrisa: «¿Eso fue todo?» Y, luego, sin pausa ni piedad: «Toma tu ropa y no regreses jamás si no quieres que difunda tu miseria espiritual, tu bestialidad, tu carácter prosaico sin comparación».

Gervasio lo recibió con ojo interrogante. El ascetismo y la soledad, la reclusión en su pecera de 50 centímetros cúbicos, el régimen de tortilla desmenuzada, habían desarrollado en él una enorme capacidad para comprender a su amo.

–Uno tiene sus errores. Y tal vez el más grande de ellos sea creer que cualquier fracaso es definitivo.

Gervasio permaneció inmóvil, expectante.

¿Por qué no buscas a Renata o a Margarita?

–Porque entonces podría incurrir en el único fracaso definitivo: el amor.

Gervasio lanzó un coletazo y dio la espalda. Diminutas olas crecieron en torno suyo. ¿Qué quiso decir el pez amado? El agua de su pecera se enturbió y Amado ya no pudo ver claro. Con los ojos clavados en las ondas permaneció largo tiempo hasta que tuvo una sensación inefable. Era como una idea que se entreverase con ciertos sonidos y certezas, ciertas sospechas, entre las que se colaban como obsesiones una serie de escalas musicales. Las mujeres, sus mujeres, las que tuvo, imaginó o quiso, parecían columpiarse en un pentagrama y producir, mecidas por la brisa nocturna, una melodía de belleza imperfecta pero conmovedora. Tomó una pluma y comenzó a escribir. Seis horas más tarde dio por terminado el trabajo. Tomó su viejo y querido Strad. Lo afinó con la certeza del francotirador. Y comenzó a tocar lo que, estaba seguro, no era una obra de arte, pero sí el germen de lo que podría llegar a serlo. Así sus mujeres.

Xalapa, 10 de septiembre de 2016

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.