Confieso que he leído La catedral de los negros de un tirón. He disfrutado esta novela de Marcial Gala, premio Alejo Carpentier 2012, publicada por Letras Cubanas, como pocas veces me ocurre, últimamente, con la escritura de ficción, venga de donde vengan.
Si algún elemento llamó mi atención de inmediato fue encontrar en La Catedral de los negros una novela limpia, escrita con total sinceridad, con poco afeite, sin mucho truco ni trucaje, sin regalarse, sin evidentes costuras, salvo las naturales que dictan los nervios.
Encontré una novela escrita como si su autor hubiera puesto las vísceras al lado de su vieja PC, y se hubiera dicho, Bueno, Marcial, ahora toca escribir durante varios meses una historia con dolor, desde el dolor, pero con responsabilidad.
Semejante premisa nos permite continuar imaginando a un escriba que teclea en la soledad de su cuarto, sin necesidad de apoyos extras, ni de dudosos apuntalamientos de mercado, la historia íntima de su ciudad natal, Cienfuegos, y la de dos de sus barrios opuestos: Punta Gorda y Punta Gotica.
Decía Borges que un buen escritor de ficciones jamás construye historias sobre la felicidad plena, porque ningún humano era capaz de soportarla, ni en vida ni en ficciones, pero los humanos preferimos luchar por su alcance, de ahí que releamos más al Dante de Inferno que al del Paraíso, y algo de esta máxima advertimos en La catedral de los negros.
Su autor prefiere detener su mirada en Punta Gotica más que en Punta Gorda; carga la mano más en el margen que en el centro; más en la miseria que en el relativo bienestar; en la lucha por el cambio y el mejoramiento más que en la aparente normalidad; en los arquetipos negros y mulatos más que en los blancos nacionales.
Corre la sangre en La catedral de los negros, limpia, natural, aterradora, como en pocas novelas cubanas, y la rudeza de la vida solariega se abre paso en sus ciento cincuenta páginas sin que nos parezca falso, pues la esperanza anda mezclada a tono con la infelicidad.
Los personajes de Punta Gotica, como si adquirieran conciencia de su representación, necesitan construir una catedral inmensa y de futuro ahora mismo, tal como nos advirtiera Lezama a todos los cubanos, y lo intentarán guiados por un negro viejo y severo, a pesar de las burlas y de los disímiles obstáculos. Ellos existen aquí y ahora, porque son universales y de barrio, pueden ser nuestros conocidos de cualquier rinconcito del país y pueden estar aptos para desandar las ciento cincuenta páginas del libro con total desparpajo, unidos en Punta Gotica, o dispersos por el mundo, lo mismo en Barcelona que en Roma que en La Habana, que en el corredor de la muerte, o construyendo una catedral inmensa que nunca terminan.
No se advierten guiños al best sellectismo de moda en La catedral de los negros y eso se aplaude. Yo lo aplaudo. Aquí, por suerte, el nervio de la originalidad no cede terreno al nervio del acomodo, ni al tic de la estructura plácida, ni al lugar común, ni al facilismo.
Novela coral que recuerda para bien a William Faulkner en Mientras agonizo, a Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, o a cualquier otra donde se escriba una historia con el escritor afincado en las múltiples subjetividades de sus personajes, para que seamos nosotros quienes hagamos nuestras valoraciones.
Es probable que el escritor Marcial Gala, alejado de espacios coherentes para la necesaria promoción de su Catedral de los negros, no alcance un poco más de lo que merezca por haber escrito algo así. Es posible que permanezca como un escritor más en Cienfuegos, aclamado por sus fieles lectores hasta que se agote, primero en el papel y luego en el recuerdo, como suele ocurrir entre nosotros por falta de oportunas reediciones. Pero La catedral de los negros es una novela escrita con la soltura y la madurez de quien conoce que un libro de ficciones bien contado siempre supera cualquier otra estructura humana. Y eso es innegable.
