Introducción
No por casualidad hemos dejado para el final de la serie de artículos dedicados a la figura del cineasta mexicano Guillermo del Toro (1964), el que fuera el resultado de su primera incursión profesional en la pantalla: Cronos (1993). Y digo no es casual porque tras haber analizado sus películas más recientes, El laberinto del fauno (2006) y La forma del agua (2017) -premiada una de ellas con el Oscar de la Academia de Hollywood-, resulta de interés contrastar la ópera prima de un director que en el pasado estuvo confinado a un estudio de cine mexicano con un modesto presupuesto, al director consagrado del presente que se da el lujo de rechazar los proyectos que le envían los estudios e impone filmar los que son cercanos a su mundo imaginativo, poblado de seres fantásticos, monstruos de la mitología, hadas y fantasmas1.
En el filme Cronos2, con una duración real de 92 minutos, el tiempo ficticio ocupa el lugar central. Adelantamos tres fechas (1536-1937-1990) que deben ser tomadas en cuenta no solo como guía cronológica que permitirá adentrarse en la trama sino también como elementos de interpretación de contenido de los diferentes misterios existentes en la película.
Los primeros quince minutos de Cronos en pantalla son un ejemplo, en lo formal, de alto valor cinematográfico y valen como introducción en el contenido al resto de la historia. De la misteriosa figura de un alquimista de apellido Fulcanelli (actor Mario Iván Martínez) se cuenta, con empleo de voz en off, que escapó de la Inquisición española en el año de 1536 y fue a dar a Veracruz, en el siglo XVI, el principal puerto del Virreinato de Nueva España (México).
Allí siguió dando forma material dentro de un horno alfarero a lo que era la obsesión de su vida: fabricar artesanalmente como relojero que era del Virreinato un artefacto que proporcionara vida eterna a los usuarios.
Hay un salto temporal de 400 años gracias a una perfecta edición, pero que no arroja luz si finalmente el alquimista europeo devenido relojero americano pudo o no crear el artefacto de la eterna juventud3.
Fulcanelli, ahora en 1937, aparece derribado en el suelo, con el rostro de un raro color gris de mármol y la voz en off en pantalla nos informa que se produjo un desplome total en la casona que habitaba tras un terremoto.
Siguen los misterios…
Tampoco ahora se ofrece pista alguna si el cadáver se corresponde exactamente con el de Fulcanelli que, de ser él, habría vivido la friolera de cuatro siglos más.
Ergo, ¿habría encontrado finalmente el empecinado alquimista la ansiada fórmula de vivir por la eternidad?
Y si la encontró, ¿cómo y por qué murió?
Su imagen no es más la de un artesano que labora tranquilo en su taller del siglo XVI sino la de un cadáver cubierto por los escombros y el corazón atravesado por una cuchilla de vidrio en el siglo XX.
La voz en off sigue informando que las autoridades locales sellaron la vivienda y nunca revelaron lo que encontraron en el interior.
Pero las imágenes del interior de la casona en ruinas, limpiamente ejecutadas por medio de un largo y silencioso travelling de la cámara que sube por las escaleras que conducen a los aposentos superiores, son francamente perturbadoras: vasijas llenas de sangre que gotea de un cadáver colgado del techo por los pies y con la cabeza apuntando al suelo.
Primera parte
Al llegar a este punto de la narrativa visual, transcurridos los primeros quince minutos, finaliza junto con los créditos, la introducción del tema de horror y drama del filme. Ha sido elaborado con una gran economía de medios en la que sobresale la composición visual de lentos encuadres de objetos de época como muebles, figuras y pinturas que, unidas a una variedad de tonos azul, ocre y gris en la fotografía y a una música de gongs de templos budistas y campanazos de iglesia cristiana aislados, sumergen a los espectadores en una atmósfera intemporal en la que es factible con la artesanía de la edición, pasar la página en segundos de un siglo a otro.
Sigue a la introducción, la inmersión en el mundo contemporáneo. Otro corte visual, no tan inusitado como el anterior de 400 años, implica un salto temporal de medio siglo y se pasa del cerrado espacio de la casona en ruinas, al espacio abierto de Buenos Aires o México D.F., con interminable flujo de tráfico, señales de tránsito en varios idiomas, humo de chimeneas de industrias y cordón de favelas o villas miserias de la periferia de la capital.
Estamos en los inicios de la década del noventa en que se filmó Cronos, en la antigua casona que se desplomó en 1937, o una similar, sede de un comercio de antigüedades propiedad de Jesús Gris (actor Federico Luppi).
Alertado por un cliente sobre el doble valor -estético y comercial- de un arcángel de madera, Gris decide investigar por su cuenta y descubre que la base de la escultura -hueca a propósito- oculta un extraño objeto metálico enchapado en oro y con forma de escarabajo cuya antigüedad es de siglos.
El descubrimiento tiene como único testigo a una inteligente y simpática niña de nombre Aurora (actriz Tamara Shanath) que pregunta ingenuamente a su abuelo si el extraño objeto contiene en su interior chocolate.
Según se mire la historia posterior del filme, pronto o demasiado tarde, Gris conocerá en carne propia que el bicho laminado en oro que al darle cuerda a una perilla muestra afilados garfios como paticas de insecto, encierra un diabólico engranaje de relojería que se pone en funcionamiento al recibir como combustible la sangre succionada.
A cambio de la sangre, el objeto diabólico compensará al donante con una mejora en la fisonomía, como la que experimenta Gris al día siguiente de su primera dosis. Su piel arrugada se ha estirado, luce fresca y tersa. Antes era un anticuario tan viejo como los objetos del pasado colonial que vendía. Ahora es un hombre maduro con ganas de lucir más joven. Sorprende con insinuaciones eróticas a su esposa Mercedes (actriz Margarita Isabel), asombrada de tener a un amante que la pretende galante en lugar de un soso esposo en fase tardía de menopausia matrimonial4.
Pero, como siempre ocurre al tratar el tema fáustico de la inmortalidad, hay que pagar con un precio elevado la deuda contraída con el diablo por vivir más tiempo5.
Una y otra vez, a solas o delante de su nieta que lo mira entre triste y curiosa, Gris aplicara pro tempore en manos, brazos y pecho la succión vampírica del insecto metálico que al mismo tiempo le da y le quita vida.
Es su droga, es su vicio, es su pasión y no está dispuesto ni a perderla ni a compartirla con otros.
La afinidad por el doble placer y castigo que recibe como recompensa cada vez que el bicho le succiona la sangre y a cambio le da vida extra, es compartida sin que él lo sepa por otra persona que será la figura rival durante la segunda parte del filme.
Segunda parte
Se trata de un misterioso personaje, Dieter de la Guardia (actor Claudio Brook), de presumible ascendencia alemana: un moribundo millonario que viene coleccionando información y evidencias desde hace mucho tiempo sobre el raro bicho metálico que construyera en el pasado un alquimista fugitivo de la Inquisición6.
Su interés no es solo arqueológico, con el bicho en su poder y un viejo pergamino en el que se explica cómo emplearlo, podrá tal vez sanar del cáncer que padece y que lo ha llevado a sufrir varias operaciones que le han mutilado el cuerpo y que exhibe, en pomos llenos de formol, como un museo anatómico, junto a falsas representaciones del arcángel de madera en una nave de su propiedad en las afueras de la ciudad.
Sin que Gris lo sepa, de la Guardia lo ha estado espiando a través de un sobrino llamado Ángel de la Guardia (actor Ron Perlman), que aparenta servidumbre y obediencia ante el tío solo porque espera que pronto muera y herede su fortuna7.
El punto de giro entre la primera y la segunda mitad del filme y el desplazamiento de la dependencia del bicho metálico por parte de Gris hacia la lucha entre él y de la Guardia por poseerlo, ocurre durante la celebración de la fiesta de fin de año de un equipo local de fútbol a la que acude con Mercedes, su esposa y Aurora, la nieta.
Existe un desbalance manifiesto en la calidad del filme entre la primera y la segunda parte.
Si Cronos hubiera seguido desarrollándose entre momentos de tensión y de clímax cómo se venían produciendo en los primeros 50 minutos, el filme hubiera alcanzado más repercusión de la que tuvo como producción cinematográfica pionera del nuevo cine de horror hispanoamericano.
Es en la fiesta de fin de año en la que se hace evidente la decadencia de Gris. Ya no es el feliz propietario de un artefacto mecánico que le da nueva vida sino la víctima del bicho del alquimista que, con sus mordidas letales, satisface su sed de sangre.
En una secuencia de absurdo y horror, el anticuario que siempre viste de traje, camisa y corbata, se inclina sobre un lavabo para sorber sangre como si fuera una línea de cocaína y luego, insaciable, de rodillas sobre el piso, sigue barriendo con la nariz las gotas de sangre.
Es también en la fiesta de fin de año que marca la llegada de un nuevo año y la mitad del filme, que se produce la separación de Gris de las únicas personas (su mujer Mercedes y Aurora su nieta) que podrían salvarlo de la caída final.
Gris es golpeado, secuestrado y lanzado a un abismo dentro de un coche que estalla en llamas por Ángel de la Guarda, el sobrino de Dieter de la Guardia.
Aunque sobrevive -qué duda cabe ya- es de veras inmortal, debe vivir como Drácula, oculto de noche y desaparecido de día, con el rostro desfigurado.
De nuevo es apresado y golpeado por Ángel de la Guardia. Lo da por muerto y prepara un ritual funerario que incluye la cremación del cuerpo. Logra escapar y se sumerge en la clandestinidad, solo identificado por Aurora, la nietecita adorada que le abre la puerta de la casa bajo la lluvia al abuelo querido de rostro desfigurado y, tras sentarlo en la cama con sus juguetes de peluche, le proporciona un ataúd (¡alegoría vampírica!) para que pase las noches en vela a su lado.
De la mano de Aurora como Lazarillo, Gris lanza su ofensiva final. Se enfrenta en persona a Dieter de la Guardia. Ambos se machacan a golpes. En el momento final de la pelea, cuando de la Guardia está a punto de matar a Gris, de un bastonazo en la cabeza, la niña Aurora lo liquida.
Al intentar escapar, Ángel de la Guardia los persigue, si se quiere ahora con más celo pues, al saber al tío Dieter muerto, ve aún más cerca el momento de quedar sin testigos como único dueño de la fortuna familiar.
Los dos hombres se enfrascan en un duelo encima de los techos de la fábrica. Les sirve de pantalla un gigantesco letrero lumínico que centellea en la noche y proyecta entre las sombras el apellido De La Guardia. Gris lleva las de perder: Ángel lo apachurra a golpes a la vista de la niña Aurora. Gris se yergue bajo la lluvia de golpes que recibe y pronuncia un conjuro: tú pierdes más que yo y arrastra en su caída al vacío a Ángel de la Guardia.
Final
Por supuesto, Gris, como inmortal que es, sobrevive, aunque esté cada vez más viejo, gris y desfigurado.
Para seguir con vida, necesita sangre que no encuentra por ningún lado y solo podría proporcionársela el cuello o las manitas de la nietecita adorada al lado de él.
Se produce otro momento melodramático de telenovela cuando Gris, ante la duda de convertir a su nieta en objeto de succión para que el bicho siga con vida, lo destroza a golpes con una enorme piedra.
Ergo: Jesús Gris al final renunció a la inmortalidad por la que tanta sangre dio en aras de morir rodeado por Mercedes su esposa y sobre todo por Aurora, la nietecita adorada que en el último momento decidió el destino en su contra al negarse Gris a chupar su sangre inocente y seguir con vida, o cerrar los ojos para siempre.
Resumen
Cronos es, sin dudas, un filme de contrastes evidentes entre una primera mitad elaborada, pausada, reflexiva y artísticamente lograda y una segunda mitad que, por comercialismo, melodrama, mal uso de los efectos especiales sobre todo de la máscara que cubre el rostro milenario de Gris y atropellamiento de las sucesivas escenas de violencia, adolece de los encantos y atributos mencionados en la primera parte8.
Pero, no por ello deja de tener valor, sobre todo si se mira a Cronos de forma retro y se analiza desde la posición cimera que tiene hoy el director del Toro y se comprende que el cine de horror es uno de los géneros, junto a los thrillers, los filmes de sci-fiction y los westerns, en los que más cuenta la realización del cine como espectáculo y a veces incluso de gran espectáculo de superproducciones mega millonarias en contraste con el bajo presupuesto de dos millones que tuvo Cronos para echar a andar el rodaje tras ocho años de estar el guion dormido dentro de la gaveta del escritorio del director.
Si el filme Cronos hubiera mantenido en pantalla todo el tiempo la prestancia de los primeros cincuenta minutos, me atrevería a afirmar que, en consonancia con la índole sicológica del personaje de Jesús Gris, podríamos hablar ahora de una feliz conjunción, aunque por senderos diferentes, entre Cronos como filme de introspección sicológica y la novela El jugador de Fiodor Dostoievsky como relato de introspección sicológica.
