Citizen Kane se fue a la guerra
Alfredo Antonio Fernández
Ilíada Ediciones, 2021
En varios libros de memorias o ensayos sobre cine se nos recuerda los últimos años de la vida del gran director de cine Orson Welles. Treinta años después del éxito de crítica (no tanto de público) de su mítica Citizen Kane, deambulaba por las calles europeas buscando financiación para realizar nuevos proyectos que nunca empezaban, terminaban de forma abrupta o se estrenaban con muy poca suerte, y que finalmente daban con los huesos del director en New York o Los Ángeles, arruinado e implorando algún tipo de ayuda económica.
Es sugestivo que, de ambos momentos, el encumbramiento y caída del genio, tengamos imágenes como testimonios. La primera, descendiendo de un taxi frente a los estudios de la RKO en 1941, joven y con bríos; la segunda, muy avejentado y canoso en Arizona, cuando el peso de ser aquel emperador Welles-Kane, le ha doblado la cerviz.
Estas dos imágenes ejemplifican lo que nos propone el novelista Alfredo Antonio Fernández en su novela Citizen Kane se fue a la guerra, si bien su narración va más allá. Fernández nos propone un título subversivo. Lo provocador no es aquí identificar al ficticio Charles Foster Kane con el real William Randolph Hearst, que no tiene misterio ni secreto, sino con la agudeza de crear una elipsis ficcional con la idea de que Kane-Hearst se va a varias guerras que no existen, o que existen a medias, o que cuentan como si no existieran, o incluso hacer ficción de guerras que son verdaderas, pero parecen novelas.
Este trabalenguas se explica cuando leemos que en Citizen se fue a la guerra la guerra se “ficcionaliza” en tres parábolas. Asistimos al conflicto de Estados Unidos contra México en el surrealista relato de convertirlo en una alabanza a Pancho Villa y la no menos rocambolesca búsqueda posterior de su cabeza desaparecida; somos testigos incómodos de la guerra Hispano-cubano-norteamericana (el término molesta a algunos historiadores porque le otorga una preminencia a los Estados de Unidos de Norteamérica que ellos no aprecian) por la irregular idea del propio Hearst de convertirla en algo más grande de lo que era; y a la no menos surrealista idea de reescribir la historia de la Revolución (guerra) de Rusia entremezclando a apóstoles con apóstatas, y a apóstoles que en el proceso devinieron apóstatas. Estos tres conflictos se narran con el punto de vista del novelista, con el desparpajo y la ironía propios de una ficción surrealista que no se aleja demasiado de aquellos conque llegó a sus contemporáneos a través de la prensa.
En las páginas de Citizen Kane se fue a la guerra, asistimos desde esos años finales de Welles, hasta las citadas guerras en Cuba y México; conflagraciones que nos llegan por trozos, de manera intempestiva y fragmentaria, pero iguales de seductoras. Porque aquí no importan tanto los enfrentamientos como la cáustica forma en que el público la recibe, y también nosotros, los lectores. Porque quizás existe un cuestionamiento útil sobre el papel de la prensa, los argumentos que se usan a veces para decidir si lo importante es informar la realidad o vender diarios.
La estructura de la novela que propone el autor, con capítulos que conversan entre sí como vasos comunicantes, es de exigente lectura. Los años que van desde finales del siglo XIX, en las citadas guerras, hasta mediados del siglo XX, con la caída del genio cinematográfico, pasando por los primeros años de la república cubana y las vicisitudes de un Pancho Villa que intenta presidir sin tener idea de gobierno, los vivimos en esa suerte de diálogo entre los capítulos que nos obliga a estar alertas.
Especial atención merecen los exquisitos cortes narrativos que intercala el autor en la historia sobre la labor cinematográfica de Welles, desde un punto de vista neutro o “ambiguo” por su resbaladiza identificación espacial ficcional; funcionan como una conciencia casi inquisitorial de poder sobre el pasado, presente y futuro de la vida creativa del cineasta. Estos recuadros parecen funcionar como caricaturas, trozos de irónico repaso de la labor profesional del genio que sube, anda y se derrumba con la misma fuerza conque leemos estos fragmentos.
Como creador, yo mismo, imagino al autor haciéndose unas preguntas que, a nosotros sus lectores, se nos van ocurriendo durante la lectura: ¿Cómo vivió Orson Welles su ascenso? ¿Y cómo su caída? ¿De qué forma vivieron los diferentes implicados de ambos bandos la guerra hispano-cubano-norteamericana? ¿Por qué la obsesión de dos actores humorísticos norteamericanos Stan Laurel (El flaco) y Oliver Hardy (El gordo) con el general mexicano Pancho Villa? ¿Cómo habrá vivido un testigo la adaptación radial de La guerra de los mundos?
Las preguntas están respondidas, o cuando menos reflexionadas, en esta novela de Alfredo Antonio Fernández con una magia que solo puede la ficción porque la voz que nos cuenta esta novela, no es la del novelista, sino las voces y los puntos de vista de sus alter egos el político comunista Ignazio Silone, el periodista Louis Fischer, Pancho Villa, los presidentes de la naciente república cubana, los escritores Frank Brady, André Gide, Arthur Koestler, Ambrose Bierce, Mark Twain, y hasta Oliver Hardy y Stan Laurel, entre otros personajes que nos llegan en esta increíble brujería que es la ficción de Citizen Kane se fue a la guerra.