Las calles de Berlín
Amira Armenta
Ilíada Ediciones, 2021
Sin duda Berlín es una maravillosa metrópoli llena de contrastes, de históricos palacios y espectaculares monumentos, de irreverentes grafitis, grandiosos museos, de calles y plazas donde se esconde tradición y modernidad, una vida activa sin lugar para el sueño, pero que de alguna forma la pandemia del coronavirus ha truncado. Muchos artistas y escritores han encontrado allí su residencia al ritmo de esa canción cervecera y pegagosa, Berlin, du bist so wunderbar, Berlin, Berlin, Berlin… de Kaiserbase, seudónimo del músico berlinés Robert Phillip. Y como no podía ser de otra manera, Amira Armenta, escritora colombiana, le declara su amor a la capital germana con su más reciente novela, Las calles de Berlín.
Conforme nos adentramos en sus páginas nos damos cuenta de que Amira Armenta fue escribiendo al ritmo de sus pasos por la Friedrichstrasse o Unter den Linden, por la tan mentada Neuköll o la Kopenhagenerstrasse, por la Kollwitzplatz, y descansando en las terrazas de los cafés de la Gendarmenmarkt. Su memoria ha grabado los barrios alrededor de la zona hípster del Prenzlauer Berg y la Alexanderplatz poblados por migrantes con sus pintorescos bares, y observando a la gente que se desplazaba por la explanada del Humboldt Forum. Si bien la autora nos hace recorrer algunas calles y plazas de Berlín, la clínica materno-infantil de la emblemática clínica Charité, no se trata de una novela donde los migrantes dan rienda suelta a su admiración por la ciudad, el título nos conduce a una inicial confusión, pero al abrir el libro, el primer capítulo fechado en 2075 nos desdibuja esa creencia, a pesar de que una mujer de apellido asiático empieza contando sus avatares. Y es que Las calles de Berlín es una novela de ciencia ficción, futurista, lo que en el argot literario se llamaría una novela distópica, es también una mezcla policial o Krimi teniendo como referentes geográficos la gran urbe, pasajes emparentados con el eco del jazz. La autora, al igual que Murakami, es una fanática de esta subyugante música; están presentes los guetos que bien podrían ser los barrios de la capital bogotana con sicarios y pandillas de Fernando Vallejo y Ricardo Colmenares; el terrorismo de algunas décadas pasadas en Latinoamérica; el control de los ciudadanos a través del Gran Ordenamiento Social (GOS) que a propósito de la pandemia del coronavirus han puesto de moda los fanáticos de teorías conspirativas; el deterioro del medio ambiente y la manipulación genética de los alimentos para destruir a la población provocando enfermedades incurables, cuya víctima sería la población más vulnerable del tejido social: niños y ancianos.
Temas que están en boga, aunque nos parezca aún lejano el 2075, a través de las páginas de Las calles de Berlín transitamos por las veredas de una sórdida guerra tecno-biológica imparable y manejada por lobbys de los laboratorios en manos de corporaciones transnacionales de productos alimenticios con la anuencia de gobiernos corruptos. Este es pues el escenario en 2075 cuando el biólogo Axel Hoffman es asesinado por fuerzas desconocidas al haber descubierto una alteración en la cadena molecular de los alimentos que producen, la cual podría provocar cáncer y otras enfermedades no predecibles. Es en torno a dos crímenes que se va gestando una epopeya por conocer la verdad a pesar del estricto control que ejerce el GOS a través de chips implantados en cada uno de los ciudadanos. Los medios monocordes que no les interesa la verdad, salvo un pequeño periódico como la TAZ que nos hace recordar a la “taz”, diario de la izquierda berlinesa.
La muerte de Galla es atribuida a una fracción radical de uno de los movimientos ecologistas más importantes de la época, la Deep Blue Resistance (BDR), liderado presumiblemente por Oswald Klein, seudónimo que ocultaría el nombre de un exitoso empresario de la BVT que desaparece en 2050 para dar paso a la FABS, una poderosa empresa farmacéutica. A lo largo de la novela, emparentada con El rebaño ciego de John Brunner, vamos conociendo los entretelones del posible asesinato de los protagonistas, los instintos egoístas y perversos de ciertos empresarios, el ambiente desde amical hasta hostil que prima en el ambiente científico, las relaciones familiares tóxicas. Desde un inicio la historia contaba por una tercera persona con un lenguaje sugestivo y emotivo, es intensa; el suspenso y la curiosidad captan el interés de los lectores que devoran, literalmente, el libro página a página con la finalidad de descubrir quién o quiénes serían los asesinos de Galla y Axel, hasta llegar a un final sorpresivo, no esperado, que nos hará reparar que el mal, adherido a ciertos intereses de poder, pareciera que no tiene fin.
Les invito a leer Las calles de Berlín en el año 2075 cuando “la temperatura del planeta Tierra es tres grados y medio más caliente de lo que era a comienzos del siglo”, y a lo mejor alguno de ustedes resuelve el enigma de la muerte de Galla y Axel en un Berlín apocalíptico y cibervigilado.
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