
Eduard Encina (1973 – 2017).
Eduard Encina es una de esas personas que quisiéramos tener siempre a nuestro lado, ante cualquier circunstancia. Y por suerte, la cercanía entre Jiguaní y Baire facilitaba que nos convocáramos y nos encontráramos con bastante frecuencia, no solo para los eventos literarios, a los que Eduard nunca faltaba. No podía faltar: él se sentía, y lo era, parte de nosotros. Tanto como a la literatura, así amaba también la historia, y él en todos los sentidos sentía que a estos dos pueblos los une algo más que esa carretera central, que ambos son parte de un mismo nervio, uno y otro se complementan, pertenecen a un mismo cuerpo geográfico-espiritual, donde el peso de la historia y la cultura es insoslayable.
Eduard repetía continuamente que en Jiguaní éramos gregarios, sin embargo, él ha sido la persona con el mayor espíritu gregario que he conocido. Tenía un poder de convocatoria admirable. Era difícil no verlo acompañado por otros artistas, que podían ser poetas, trovadores, pintores, artesanos, etc. A los más jóvenes, los estimulaba, los aconsejaba, los corregía, a veces con rectitud, cuando alguno lo merecía. Era franco, por eso fue tan querido.
Nosotros fuimos amigos aún antes de conocernos personalmente, gracias a su coterránea Yulexis Ciudad Sierra, que entonces estudiaba en Jiguaní. A Yulexis me la presentaron, e hicimos una gran amistad, por el interés mutuo de la literatura, y ella me hablaba con entusiasmo de Eduard. Incluso, a través de ella, llegamos a intercambiar cartas y creaciones nuestras. La oportunidad de conocernos la tuvimos en Camagüey, en el año 2000, cuando ambos participamos en el Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios, él en representación de Santiago, en el género poesía, y yo de Granma, en cuento.
Luego comenzamos a visitarnos, una que otra vez yo participaba en los encuentros del Café Bonaparte, que se hacían en su casa. Al inicio, él vivía con los padres. Su mamá era muy atenta, la recuerdo sonriendo, parada en la puerta, entre la cocina y la sala. Es la imagen que guardo de ella. Al padre, noble, había que ir a saludarlo afuera; no creo que le disgustaran las visitas, sino que por timidez prefería la distancia.
Una carta de Eduard, con fecha 3 de marzo del 2001, comienza:
¿Qué tal de resonancias, mal amigo?
Apenas tengo noticias tuyas. ¿Acaso tú también te dejarás atrapar por la lombricilla del funcionarismo? ¿Qué lees? ¿Qué escribes? De cierto tengo miedo de que te quedes con los “ojos del municipio”. No te dejes vencer por los aires de la vida. Uno es Sísifo para siempre, la roca también estará ahí, esperando a que des el último paso que será en realidad el primero.
¿Por qué no te sacas un paseíto por acá? A lo mejor no la pasamos tan mal…
De Eduard conservo varias cartas de esos primeros tiempos, cartas que nos intercambiábamos por correo postal o nos hacíamos llegar, primero a través de Yulexis y, luego, de Mercedes, una profesora de Jiguaní que daba clases en la secundaria de Baire, donde él también trabajaba. En esas cartas, corroboro ahora, Eduard siempre mostraba su preocupación por la literatura, por el crecimiento intelectual, por la familia.
Para los primeros años de este siglo, coincidimos por esta zona muchos jóvenes que dábamos nuestros primeros pasos en el mundo de las letras, comenzaban a aparecer nuestros primeros libros. Eran los años iniciales del Onelio, y había mucho entusiasmo. Para el evento Luis Díaz Oduardo, en agosto, venía a Jiguaní una buena delegación, fundamentalmente de Baire y de Bayamo. Venían, casi siempre, Rafael Vilches, desde Vado del Yeso, Sarays Guerrero, de Masó, Eduardo Sánchez, de Guisa; de Bayamo: Domingo Cuza, Ernesto Morales, Alexander Machado, Erwin Caro, Edgardo Inginio, Evelio Traba; de Baire, Eduard, Jorge Labañino, Yulexis Ciudad, Osmel Valdés, Domingo González.
El Luis Díaz era un evento donde se gozaba enormemente, todo el tiempo nos hacíamos maldades unos a otros y, entre los más jodedores, siempre estaba Eduard. A Silvia Castellanos, La Profe, como le decíamos a nuestra querida directora municipal de cultura, más de una vez la presión se le disparó, con tantas maldades y locuras. En una ocasión el administrador de la casa de la cultura me cayó atrás, muy alarmado, porque se habían robado un búcaro de la mesa del restaurant donde almorzamos, y era que se lo habían echado en la mochila a Yunier Riquenes. Entre Eduard, Vilches y Cuza estaba el culpable. Cuando Eduard no daba la puñalada, ponle el cuño que era porque le estaba sujetando la pata a la vaca. Una vez, a punto de dar la premiación del concurso, a Vilches (¡tan bueno él, pobrecito!), se le habían perdido la mochila y el cinto, para sufrimiento de la directora, a la que esa vez sí por poco le da el soponcio. Al final era Eduard quien los había escondido. Eduard no paraba, no se cansaba, cuando de estar haciendo maldades se trataba.
El grupo Hacedor lo creamos en 1998. Eduard, junto a Labañino y Eduardo Sánchez, eran los tres miembros del grupo que no vivían en Jiguaní. Mensualmente realizábamos una peña literaria, donde presentábamos un boletín que con mucho trabajo, pero con enorme voluntad, hacíamos entre todos. Eduar y Labañino nunca faltaban, y eran tiempos en que no existía la Resolución 35, donde todo se hacía realmente a pulmón, pero con verdadero amor.
Compartíamos en Jiguaní, compartíamos en Baire. Recuerdo que una vez fuimos Rafael Rodríguez, Alexey Mendoza y yo, a Baire, en bicicleta. En El Granizo recogimos a Yunier Riquenes, y seguimos. En otra ocasión, se acercaba el fin de año, y planificamos compartir un almuerzo en familia. Y esa vez lo hicimos diferente: ni en Baire ni en Jiguaní, a mitad de camino entre los dos pueblos, en El Granizo, en la casa de Yunier: todo el mundo a montar bicicleta.
Cuando la etapa de la enfermedad de mi primera esposa, que murió de cáncer de mama, Eduard fue una de las personas más preocupadas y ocupadas ante esa situación. Todas las semanas venía, con Labañino, y lo que no había, lo prohibido incluso, ellos lo gestionaban y lo traían para ella. En esa etapa me convencí de que Eduard era un ser excepcional, más que un colega, un amigo, era un hermano.
Para mis últimos años como miembro de la AHS tuve una peña literaria, que realizaba con una frecuencia mensual. Me la ofrecieron, para que la realizara en Jiguaní, algo realmente raro porque las instituciones que representan a los escritores en mi provincia se enfocan casi exclusivamente en la capital provincial. Que aquel gesto tan generoso saliera de la institución, era realmente algo rarísimo. Muchos años después supe que había sido Eduard, que además era uno de los vicepresidentes nacionales de la AHS, el que había gestionado para mí el patrocinio de aquella peña.
Durante los dos años que estuve en Venezuela, del 2014 al 2016, Eduard estuvo entre las tres personas con las que mantuve la más sistemática comunicación. Los otros dos fueron mi entrañable amigo Reynaldo García Blanco y, naturalmente, mi esposa.
Nosotros recordamos con cierta jocosidad uno de los últimos encuentros debates de talleres literarios infantiles, donde él participó de jurado. Entre los exponentes, había una adolescente, Bertha Báez, que actualmente estudia medicina. Es una muchacha muy talentosa, y presentó un cuento sobre la antigüedad, sobre los faraones, que a Eduard le impresionó mucho. La anécdota la cuenta Héctor Luis Leyva Cedeño, dice que al terminar esa sesión de lecturas, Eduard vino rápido para donde él estaba sentado, en las primeras fila, y le dijo: “Oye, Héctor, te tengo que decir una cosa”. “Dime”, le respondió Héctor, pensando que lo iba a regañar. “Oye, tú ves esa muchachita… pues esa les va a caer a patá por el culo a ti, a Alexey, a Delis y a todo el mundo, ¿oíste?”
Cuando regresó del Festival Mundial de Poesía de Colombia, supe que estaba mal de salud, y fui a verlo. Estaba en cama. No me dejó salir sin almorzar, y ahí junto a su cama hablamos varias horas. Hablamos de su salud, me hizo partícipe de su entusiasmo con la recepción de la poesía del público colombiano; hablamos de nuestras familias, de sus hijos, que uno de ellos estaba escribiendo y tenía talento; de literatura y de nuestros mutuos proyectos, por su puesto. En algún momento le entró al teléfono un sms del trovador Polito Ibáñez. Tenía sobre la cama El cadáver ideal, libro de poesías de Labañino que en esos días se publicaría por Oriente, al cual le estaba dando un último vistazo. Y leyó algún poema, y subrayó algo, y me dijo: “Ahora El Puro se me molesta, no le va a gustar mi señalamiento, pero que sufra, ya se le pasará”. Era como si le estuviera haciendo una maldad al Puro, y lo disfrutara por anticipado. De la cama solo se levantó para almorzar. Y luego me fui, sin imaginar que sería esa la última vez que vería con vida a una de las personas más maravillosas que he conocido en mi vida, una de esas personas que quisiéramos tener siempre a nuestro lado, ante cualquier circunstancia.