La décima es poesía, o es nada. Si no llega al poema, si no besa la falda insomne de la poesía, es nada. Puede ser una nada bella, o una nada graciosa, pero si no le toma los diez dedos a la poesía y los besa ungidamente, no entra en tierra sagrada, no se realiza el milagro de tocar al cielo con sus octosilábicas yemas. No se toca el cielo con palabras: sólo se puede con la mirada. La imagen es la palanca mayor para la representación artística de lo humano. Es la vía celeste. La palabra sirve para estructurar el silencio. La palabra es una estructura, pero la imagen es el silencio mismo, la simultaneidad de lo que puede ser visto únicamente con una mirada, la manera en que los poetas verdaderos trazan sus signos en el cielo.
Categoría: Unos escriben
Santiago vs. industriales: finalísima. play off
Santiago vs. industriales:
finalísima. play off
para Eduard Encina cuarto bate
yo no tengo sangre turbamulta que me aplasta y sigo la escritura es un don for-
tuito una manzana puente sobre mano temblorosa la vida se convierte en el acto
de cerrar los ojos o de gritar más fuerte que abandonen el terreno el miedo te
ronda en el camino de santiago o las veredas oscuras para llegar al cerro y pedir
vayan a otro lado el egoísmo es levar el puente brazos fusiles palas picos defensa
nacional levar los brazos tirar
sin miedo a la cabeza
al corazón sin miedo
paisanos
matanza colectiva
Lecturas de Patmos: Estar en el espíritu
De la cultura judía, milenarios y misteriosos, sobresalen aquellos a los que Dios otorgaba una portentosa capacidad para discernir los tiempos. Siempre insertados en el devenir, sus imágenes inspiradas llegaron mucho más lejos de lo que la visión natural consiguió. Eran conocidos como profetas de Dios, y el potencial que portaban se le adhería con belicosa responsabilidad frente al espacio social que le era contemporáneo. Juan, el apóstol, es el último profeta que cierra con sus iluminaciones el último libro de Las Sagradas Escrituras, aunque no solo es recordado por esto, también por haber sido condenado a realizar penosos trabajos en la isla griega de Patmos por orden del emperador Domiciano. Allí, pese a la prisión y la violencia que deprimía su carne envejecida, el profeta se gozaba en su único acto sublime y liberador: “estar en el espíritu” que lo adentra en sí, y del mismo modo, fuera de su radio corporal, hacia aquello que desconoce.
Eduard, el que huye de la muerte y la soledad

I
El lector -el verdadero- siempre anhela compartir el texto que le rapta hacia un crecimiento que ha experimentado delicioso; lee y al terminar de leer busca en derredor a alguien digno de ser ministrado por el soplo de las páginas consumidas. Detrás de este impulso pervive el asomo fiel del evangelista que busca con fervor a aquellos que quieran descender al fondo de un texto, con la promesa de que en el ascenso se habrá arribado a otro nacimiento. Bajo este instinto irresistible nos abandonamos a la fértil y peligrosa tarea de prestar nuestros libros con la amenaza concurrente de que muchos no regresen nunca más a nuestros anaqueles. Leer más…
Lupus: el lobo y el sistema

En carta al poeta Rubén Darío, Regino Boti despliega, junto a otros interesantes juicios, algunos que me resultan muy congruentes con el ánimo del conjunto de poemas agrupados bajo el título Lupus, cuaderno con el que Eduard Encina Ramírez arrebatara en buena lid el Premio Hermanos Loynaz, 2015:
Soy un discordante con mi medio y por eso lo desprecio.
Esta frase en especial del poeta guantanamero subraya una postura: la disposición del poeta que escupe contra su entorno, que no se adapta, no se somete. Actitud que ha resultado motivo temático muy fecundo en la literatura moderna, y que, en el caso de Eduard, la encontramos fusionada con el anhelo de movimiento, de transformación rechazada, vigilada, frustrada.
Golpes bajos y otras emboscadas
Una vez más en este pedacito de la casa -extensión o culpa- coinciden las caídas, las canciones, la pared de algún amigo (…), advierte Eduard Encina Ramírez (Santiago de Cuba, 1973); y a mí, siempre en aprendizaje, búsqueda y terquedad, se me antoja que esta podría ser la definición del acto poético: la coincidencia de las extensiones, de las culpabilidades, de las oquedades otorgadas en heredad; pero también de las asunciones, del retorno que sostiene la propia actitud del cimarronaje y su emplazamiento.
De silencios, peces y otras pertenencias
Escribir para los niños es, sin duda alguna, tarea ardua. José Martí así lo intuiría, y nos dejaría como legado aquellos cuatro números de una revista que, más que un propósito es un evangelio. Allí, en aquellas páginas donde el poeta intentara llegar a la hondura que encierra el alma de un niño, definiría con humildad su fe por ellos: los niños saben más de lo que parece, y si les dijésemos que escribieran todo lo que saben, muy buenas cosas que escribirían.
La espuela y el machete: prólogo al poemario Manigua

Dos excelentes poetas: Eduard Encina y Carlos Esquivel Guerra.
Si en representación de Eduard Encina (1973–2017) tomáramos uno de sus íconos más trabajados, podríamos esbozar un camino de ida hacia un lugar sin regreso, pero también encontraríamos ciertas claves que quizás nos ayudarían a comprender no solo algunas zonas evolutivas de su obra, sino además ciertos signos de un carácter. Ese ícono, que no aparece desbordantemente en su escritura, aunque sí en su pintura (esa otra forma que su poesía asume para manifestarse), es el Gallo, y lo pongo con mayúscula porque en su escritura no aparece la palabra gallo más que un par de veces, pero está el espíritu, gallo travestido en mambí, mambí-gallo de pelea.
Eduard Encina en el palenque de sucesivas epifanías

En el principio era la Espuma. Infinitas burbujas se expandieron y dieron lugar a un sinfín de universos diferentes, cada uno de ellos con su complejo de propiedades físicas. Nosotros existimos en aquel cuyas propiedades admiten la existencia de la vida. Existimos porque el Universo, objetivamente de nosotros y de nuestra razón, posee ciertas propiedades. La pompa que conocemos no pudo ser más que la que es. El poeta es testigo de cierto tipo de procesos en su espacio porque los procesos de otro tipo (en otras burbujas) transcurren sin testigos. Vivimos en una de esas cómodas pompas admirándonos del sentido de precariedad de los procesos que han creado la vida, la unidad de todas las cosas y la variedad de las formas vivientes. Cuán poco ha faltado, ha escrito Ítalo Calvino, para que el hombre no fuese hombre, y la vida la vida, y el mundo un mundo. Esta burbuja bien pudo tener otra dinámica, otros vasos comunicantes, sin la tendencia universal a la equivalencia de todo con todo. Sin la vida, sin poetas.
Eduard, siempre a nuestro lado

Eduard Encina (1973 – 2017).
Eduard Encina es una de esas personas que quisiéramos tener siempre a nuestro lado, ante cualquier circunstancia. Y por suerte, la cercanía entre Jiguaní y Baire facilitaba que nos convocáramos y nos encontráramos con bastante frecuencia, no solo para los eventos literarios, a los que Eduard nunca faltaba. No podía faltar: él se sentía, y lo era, parte de nosotros. Tanto como a la literatura, así amaba también la historia, y él en todos los sentidos sentía que a estos dos pueblos los une algo más que esa carretera central, que ambos son parte de un mismo nervio, uno y otro se complementan, pertenecen a un mismo cuerpo geográfico-espiritual, donde el peso de la historia y la cultura es insoslayable.
Eduard repetía continuamente que en Jiguaní éramos gregarios, sin embargo, él ha sido la persona con el mayor espíritu gregario que he conocido. Tenía un poder de convocatoria admirable. Era difícil no verlo acompañado por otros artistas, que podían ser poetas, trovadores, pintores, artesanos, etc. A los más jóvenes, los estimulaba, los aconsejaba, los corregía, a veces con rectitud, cuando alguno lo merecía. Era franco, por eso fue tan querido.



