Alfredo Antonio Fernández (Cuba, 1945 ). Profesor Asociado Prairie View A&M University. Autor de una amplia trayectoria de novelas y ensayos en Cuba, México, Estados Unidos, Francia, España y Alemania, cuyo primer título fue El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978). Sus obras más recientes son Bye, camaradas (novela, 2012), A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayos, 2013), Aló, marciano (novela, 2015) y Buñuel In memoriam (ensayos, 2016), todos por la Editorial El Barco Ebrio, de España. Dominó de Dictadores forma parte de una trilogía inédita de novelas junto a Citizen Kane se fue a la guerra (Iliada Ediciones, 2021) y El condotiero, la domadora y el escritor, aún inédita.
Categoría: OtroLunes conversa
El escritor Jorge Guasp inventa mundos en los cuales intenta salvarle la vida al Jorge Guasp ser humano
Jorge Guasp nació en Buenos Aires. Es Técnico Forestal (Argentina) y Máster en Gestión Ambiental (España), y ha trabajado en gestión de bosques y conservación de la naturaleza. Realizó cursos sobre escritura creativa, y ha editado en España los libros ¿Dónde está mi Felicidad? (2012), El Huemul (2015), Sabiduría Natural (2016), y Ni Blanco, ni Negro (2021), en los que aborda aspectos sociales bajo la perspectiva de la relación del hombre con la naturaleza.
Mi filosofía es un acuerdo entre lo consciente y lo inconsciente, entre la vida experiencial, los libros y la imaginación
A Manuel Gayol Mecías, el ser humano, lo conocía por las historias que sobre él me había hecho nuestro común amigo, también escritor, Guillermo Vidal, ya que ambos (Gayol y yo) confesamos el privilegio de haber estado muy cerca de ese enorme escritor que fue nuestro «Guille Vidal», sin dudas, una de las voces más originales en la historia de la narrativa cubana. Al Gayol escritor lo conocí a través de uno de sus cuentos que, si no recuerdo mal, se publicó en un Anuario de Narrativa de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, a mediados de la década del 90. Que luego de muchos años nos reencontráramos, se debió también a Guillermo Vidal, pero tristemente fue una temprana enfermedad, mientras el Guille adolecía en mi casa en La Habana: Gayol estuvo siempre al tanto de aquel maldito cáncer que se llevó a nuestro hermano espiritual muy tempranamente, en plena madurez literaria, a los 52 años. Años después Gayol y yo nos reencontraríamos en Estados Unidos, pernocté en su casa en las afueras de Los Ángeles como si siempre hubiera sido de aquella, su familia, y me llevó al inmenso edificio donde se encontraba su trabajo: el periódico La Opinión de Los Ángeles, cuya impresionante vista a esa ciudad aún me impacta… y así empezó una andadura en la hermandad que dura ya unos cuantos años. Esta entrevista, entonces, nace de esa amistad, pero sobre todo de la admiración que siento por su obra ensayística y narrativa: como narrador comparte con nuestro inolvidable Guillermo Vidal el sello de la originalidad, algo muy raro en las letras cubanas de las últimas décadas (todos los escritores, sin que importe la generación a la que pertenecen, parecen copiarse unos a otros) y como ensayista considero que ha escrito uno de los libros esenciales si se desea responder la pregunta ¿qué es Cuba?: 1959: Cuba, el ser diverso y la isla imaginada.
En apretadísimo resumen, su biografía podría leerse así: Escritor y periodista cubano. Director y editor de la revista y editorial Palabra Abierta. Desde que ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1992, ha consolidado una reconocida trayectoria literaria y publicado una veintena de libros, entre los que destacan su ensayo 1959. Cuba, el ser diverso y la isla imaginada (2018) y su saga narrativa titulada Crónicas Marjianas, integrada por La noche del Gran Godo (cuentos, 2012), Ojos de Godo rojo (novela, 2012), Marja y el ojo del Hacedor (novela, 2013), Los artificios del fuego (cuentos, 2015), y a la cual pertenece también la novela La otra historia de Joel Merlín, que acabamos de publicar en Ilíada Ediciones.
Así, de Los Ángeles a Berlín, transcurre esta charla.
Creo firmemente en la libertad personal, siempre con responsabilidad, con civismo, con respeto a los demás
Cada persona lleva en sí misma muchas facetas que la multiplican. Eso, precisamente, es lo que nos permite conocerlas mejor o, como suele suceder mayormente, no comprenderla, si nos aferramos a una sola de esas multiplicidades. La complejidad humana, y he aquí un gran reto, se hace aún más intrincada en las sociedades que habitamos, donde la simulación, el doble discurso, la doble moral, la preeminencia de los intereses de la supervivencia por encima de los sentimientos humanos se convierten en el más habitual mecanismo de la existencia de nuestra «especie superior».
A Lidia Señarís la conozco desde que, con 19 años, en 1986, llegué a la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, luego de haber cursado dos años en esa misma especialidad en la Universidad de Oriente. El guajirito que yo era entonces recibió de todo en aquellos días: el abrazo solidario de «los machos» del grupo (Valesy, Terry. San Miguel, Hugo, Mario, Ulises, Baxter, Ortelio), las miradas burlonas de unas cuantas de las hembras por mi peinado cheo y mis ropitas pobres, y la admiración de algunas profesoras porque ya a esa edad yo portaba uno de los premios literarios más importantes del país y tenía ganada cierta fama en el terreno de la literatura. Sin embargo, y creo que no lo he dicho otras veces, la mano más abierta, sensible, cómplice y comprensiva que recibí entonces (hoy, mirando atrás, confieso que sus palabras y su afecto fueron esenciales para mi adaptación a la gran Habana) fue la que recibí de Lidia. No faltó en nuestra fórmula de hermandad el influjo venenoso de ciertas víboras (convertidas hoy en amanuenses oportunistas del poder político que perpetra el poder en nuestro país) que en algún momento nos distanciaron. Pero ambos (lo hemos conversado) siempre supimos que había algo más allá de nosotros mismos, en lo espiritual, que nos mantendría (y nos mantuvo siempre) unidos por encima de todas esas miserias externas. Desde entonces, y aunque la vida nos llevaría luego de graduarnos por derroteros muy distantes y distintos, no veo a Lidia como una colega periodista, ni como una compañera en este difícil mundo de la literatura, ni simplemente como alguien con la que comparto intereses, sueños y, en algunos momentos, proyectos comunes. Lidia es, para mí, para mi familia y para mis hijos, esa hermana que, por añadidura, está casada con otro hermano, español, Carlos Villalba, uno de los hombres que más admiro y respeto.
Publicarle su poemario En una calle sin mar, en la editorial que fundé y dirijo, Ilíada Ediciones, ha sido un privilegio y un gozo. Privilegio, por la calidad de ese poemario, reconocida por alguien como el poeta y periodista Manuel Vázquez Portal (que en cuestiones de medir la excelencia poética siempre anda con un cuchillo afilado entre sus ya afilados dientes), y un gozo porque es un libro que siento como mío, como no podía ser de otro modo: son pedazos del alma noble y sincera de mi hermana. Cuando en el 2021 casi la obligué a prometer que se sentaría a reunir su poesía para publicársela (el calor y la cerveza compartida en la terraza de un apartamento en la playa, en Guardamar del Segura o en otro sitio similar, son buenos ingredientes para lograr ciertas confabulaciones), también le anuncié que, como corresponde en este tipo de eventos editoriales, también la entrevistaría. Así nació esta charla que ahora les comparto.



