"El poema es bumerang, no flecha"

Conversación con el escritor cubano Eduard Encina

Por Onel Pérez Izaguirre


Nunca imagine poder ser parte del Grupo Literario Café Bonaparte, un grupo de amigos piensan la literatura como forma de vida, una generación formada en la resistencia cultural, al pulso del machete, de las palabras y el vivir en una zona de la Isla tan alejada de las circuitos provinciales. Menos imagine que llegaría a conocer al poeta e intelectual Eduard Encina, ya con una obra muy destacable dentro y fuera del país para entonces. Pero ocurrió, gracias a la poesía y al destino.

Pude fraguarme en el horno poético del Café Bonaparte, un ring donde el combate por la buena literatura se vuelve un reto exquisito y, claro, recibí buenas trompadas críticas de los escritores del grupo, pero ahí está la cuestión, aceptarlas con humildad y siendo autocríticos, como nos enseñó el mambí.  Poco a poco me fui introduciendo en esa especie de Curso Délfico donde me entregaban libros y luego me hacían preguntas para ver cómo había canalizado la lectura. Recuerdo que dentro de los intercambios siempre se hacía hincapié en el hecho de que lo más importante no es libro en sí, más bien se trata de la lectura, “la influencia que este modo de relación con el libro tenga en ti”. Todo se volvía un acontecer lezamiano en esta cofradía de amigos e intelectuales. En ese descursar, comencé a participar de Jornadas literarias como el Orígenes y el Tierra Adentro donde siempre Eduard me presentaba como joven escritor, y fue así que conocí a excelentes escritores y amigos.   Después con el tiempo y las lecturas se me ocurrió poner un reto al Grupo Literario, elaboré un cuestionario que cada uno debía responder. Las respuestas del mambí dejaron una impresión profunda en mí descubrí una cosmovisión poética muy bien definida, todo un tratado sobre el poema y el poeta. Aquí les dejo esta pequeña entrevista.

–***–

¿Cómo concibes al poema? ¿El poeta hace el poema o el poema al poeta?

El poema es un proceso, una conversación que debe destruir un lenguaje para crear otro. No hay poema sin destrucción. Escribir es destruir.

El poeta, como Dios se está haciendo (“God is Making”, Bernad Show). Solo hay poeta cuando hay poema, el poema, incluso, desoculta al poeta. Le da un sentido en el otro y en lo otro.

 

¿A quién debe dirigirse el poema? ¿Por qué?

El poeta no puede dirigir su poema en otro sentido que hacia sí mismo. El poeta escribe para sí, para el lector que en él se ha creado. Es ese lector quien escoge y legitima, quien propone el sentido y la lectura. El poeta es un diálogo, y por tanto no habla solo, sino que habla con el poema, ¿lo leí?: el poema habla. De ahí que el lector se forma en su relación con el poema, y eso, a su vez, le exige al poeta estar pendiente de esa conversación.

El poema es bumerang, no flecha.

 

¿El Lector para usted es  importante? ¿Por qué?

El poeta es su primer lector, he ahí una exigencia. Un lector creativo e incómodo que destruye toda realidad que le parezca aburrida. El lector para el que escribo se parece a mí, tiene mis ojos, mi espíritu y mi mente, pero todavía no ve, ni siente, ni encuentra el sentido de la escritura. Lee en ella para encontrarse a sí mismo. A menudo uno de esos lectores que son también ”yo”, me comentan sobre cosas que no he dicho y que están escritas, pero no las dije ”yo”, sino el lector que somos. Consiste en que el lector me interesa en la medida que pueda “leer” la realidad y la escritura. Si eliminamos al lector, el poeta pierde el diálogo y se volvería un escribidor, o algo así.

 

¿Desde tu aprendizaje cómo concibes la influencia?

La creación es la influencia de la Palabra sobre las cosas. Hemos sido nombrados, influenciados desde el principio. Somos imagen y semejanza. Quien vio al Hijo ha visto al Padre. Quien dijo polvo ha dicho piedra. Hay influencia que se hereda, pero hay influencia conquistada. El poeta descifra un enigma, el pensamiento congelado, enciende un nuevo pensamiento. La influencia ha de ser autodestructiva, la influencia congelada anula, ha de ser fuego que tiemple el “Yo”, lo desoculte, concha que al abrirse pierda el sentido ante el relumbre de la perla.

 

¿Cómo está la salud de la poesía en Cuba?

La que anda mal es la salud de los poetas. Podríamos decir que la salud de un poeta (no del ser, sino del ente) tiene que ver con su capacidad de mantenerse vivo. Hay demasiados poetas muertos, y hay también a quienes les disgustan estos términos, pudiéramos decir “dormidos”, “congelados”, pero el sentido de no participar sería el mismo. Hay una porción muy activa de la poesía que se ha escrito en Cuba: Martí, Casal, Lezama, Eliseo, Virgilio, Novás, Escobar… ¿Son poetas muertos?… Manzano, Reina María, Carlos A. Alfonso?.

Lo que no se ve es movimiento. Todo va y viene desde la palabra, pero ella no se mueve, no se descongela y rompe el dique para volverse agua que lo arrastre todo. Me pongo metatrancoso cuando hablo de la poesía, pero hay ahora mismo una zona que me interesa. Siempre he compartido el criterio de que la poesía cubana ha sido demasiado seria, demasiado linda. No sé si es el verde de la campiña o el mar que nos marea separándonos siempre de la realidad. Lezama en Trocadero tejía el tiempo dorado sobre el Nilo, mientras Virgilio se iba al muelle a escribir La gran puta. Hemos conservado la palabra demasiado tiempo en la vitrina, nos cuesta mucho encontrar el sentido de la tierra. Un poeta cubano es un tipo enfermo, adolorido y últimamente descentrado.

Tal vez Nogueras podría reencarnar.

¿La salud de la poesía?

Bien ¿y tú?.

¿Qué rasgos que deben formar a un buen poeta?
  1. Leer bien.
  2. Escribir bien.
  3. Contenerse.
  4. Autodestruirse.
  5. Resucitarse.