Una vez más en este pedacito de la casa -extensión o culpa- coinciden las caídas, las canciones, la pared de algún amigo (…), advierte Eduard Encina Ramírez (Santiago de Cuba, 1973); y a mí, siempre en aprendizaje, búsqueda y terquedad, se me antoja que esta podría ser la definición del acto poético: la coincidencia de las extensiones, de las culpabilidades, de las oquedades otorgadas en heredad; pero también de las asunciones, del retorno que sostiene la propia actitud del cimarronaje y su emplazamiento.
Toda respuesta es vanidad, pretensión en la huída. Toda permanencia es oxidación en la luz, riesgo de no saber el oficio de la pregunta, la acechanza de los convidados en otredad. No obstante, lo cierto es que los textos/discursos convocados en el libro de Encina, «Golpes bajos» -premio «Calendario 2003»- comportan y sostienen, desde su individuación, lo que pudiera nombrarse la tesitura definitiva de la poesía. Todo recurso expresivo, allí consolidado, se confabula hacia el rompimiento de una conceptualización sobre la cual, el poeta, erige un signo que obliga a pensar(nos) la existencia y la poesía desde otros límites:
(…) no estuve en sitio alguno antes de ganar
este cuerpo
no he sido pez no he sido alga siquiera
toda medida comienza donde estoy harto
y los ungüentos de la hierba amenazan el tarot
hay algo en mí que desconoce cuán necesario
es amar el obelisco de la discordia
la escasa libertad
si caer parece el definitivo diálogo
que va a desmentirme (…)
El poeta lo sabe, pero no hace de ello su alarde. No coquetea… no se ofrece al maquillaje, a los estados imprecisos del alma. Desborda su acto escritural más allá de una lógica poética (literaria) y se extiende, sin forzamientos ni torceduras, a las propiedades visuales de los maestros impresionistas, para crear la autenticidad de sus óleos otros, para lograr la inclinación, el cuerpo verificado:
Se conoce que hay una suspensión ¿voluntaria? Otro miedo a lo que puede ser (in)comunicar fijarse al cuerpo resbaladizo a la cara por donde ya no se levante polvo que nuble los almácigos ¿De qué brebaje te reconstruyes? Sacudirse tomar cuerpo que pueda aliviarse el desgaste del agua. Parecer un cuadro de Kandinski perrito ventilador que empuja la historia la histeria y la amontona fiel en esta orilla del dolor donde el aire y la escritura se desploman.
«Golpes bajos», más que libro, es potestad. Allí merodea una resignificación del oficio, una hechura hacia la inconformidad. Tal vez, ese anunciamiento que subvierte, incluso, el orden de las estadías, la forma de lectura/relectura que hasta ayer fueron utilidades e impuestos de nuestro feudo. «Golpes bajos», más que herejía/exploración-experimentación/paradigma, es la candileja que amanece la zona del mayor silencio que es un costado sutil de la isla. Libro/Potestad/Herejía que Eduard Encina esgrime con la misma humildad de una virgen cuando da el consentimiento o la penitencia.
(…) Será difícil entender que no hay/ caminos/ ni verdades
que nos consuelen
Vuelve en redondo el albatros
va a dejarnos señales
Encontrará su golpe en la impotencia
sin temor a que mañana se nos derrumbe el hilo
que va alargándonos la sombra
Qué importa amanecer detrás de esa puerta
si nada hay que no sea repetido
Será difícil abandonar el cuerpo de la tarde. Me abandono
Renuncio a salvarme todavía
He venido a contemplar cómo me hundo en la contraluz
donde el límite se pierde para siempre.
En fin, en «Golpes bajos» es posible tocar fondo, pero, esta inmersión no será sencilla, no será complaciente, exige la templanza de saber que nos sostiene por dentro cuando afuera todo se derrumba. Es el registro áspero/otro que el ojo milenario comete con la misma exactitud de un acróbata, con la certeza del mendigo que nos ofrece fuego a cambio de escuchar sus emboscadas. Eduard Encina es poeta, y sólo este libro bastaría para aseverarlo, trascenderlo, condenarlo… sólo bastarían estos, sus «Golpes bajos»… su acto de amor homicida.
Uno piensa el perfil de las palabras
cree que es dueño. Dispone la mesa. El equilibrio
confunde las orillas. El cuerpo. La derrota
Madre escogió un 29 de enero para morir
entonces los pájaros sentían la sed de Dios
un revolotear por las paredes anunciaba el polvo senil
de la impotencia
Mejor que decir es arrojarnos noche adentro. Diluirse
en el soplo agrio de los trenes
en el ojo interior que sobresalta
Hago la música. Mi voz contra mi voz
juguete de la historia/ poema/ verdad que purifica
Se está rompiendo la nieve de esta casa
Escribo para lograr la inclinación. El trance
Cuba es un espejo. Uno piensa el perfil de las palabras
dice ISLA INALTERABLE y saltan los árboles hacia
el mayor silencio
hacia la imagen invertida de los búcaros en su mansedumbre
Voy a tocar fondo. La zarza cundirá la pupila
Olvidaré los pájaros que se arrojan con las palabras
No hay utopías ni puertas para vulnerar el conocimiento
Hago la casa. La empujo. Digo país y la isla se queda
en el aire/ diminuta.
