
Dos excelentes poetas: Eduard Encina y Carlos Esquivel Guerra.
Si en representación de Eduard Encina (1973–2017) tomáramos uno de sus íconos más trabajados, podríamos esbozar un camino de ida hacia un lugar sin regreso, pero también encontraríamos ciertas claves que quizás nos ayudarían a comprender no solo algunas zonas evolutivas de su obra, sino además ciertos signos de un carácter. Ese ícono, que no aparece desbordantemente en su escritura, aunque sí en su pintura (esa otra forma que su poesía asume para manifestarse), es el Gallo, y lo pongo con mayúscula porque en su escritura no aparece la palabra gallo más que un par de veces, pero está el espíritu, gallo travestido en mambí, mambí-gallo de pelea.
Según el Diccionario de símbolos, el gallo es emblema del orgullo. Universalmente es conocido como un símbolo solar porque su canto anuncia el amanecer. En la India, por ejemplo, es el atributo de Skanda, que personifica la energía solar. En Japón su papel es igualmente importante, su canto, asociado al de los dioses, hizo salir a Amaterazu, diosa del Sol, de la caverna donde se escondía. Por esta razón, en los recintos de los grandes templos sintoístas, gallos magníficos circulan en libertad. En otros países del Extremo Oriente, el gallo posee un papel benéfico, «ki», carácter que lo designa en chino, es homófono del que significa «de buen augurio», también porque su apostura general y su comportamiento lo hacen apto para simbolizar las cinco virtudes:
- Las virtudes civiles, al tener cresta posee aspecto de mandarín.
- Las virtudes militares, porque lleva espuelas.
iii. El valor, por su comportamiento en el combate.
- La bondad, porque comparte su alimento con las gallinas.
- La confianza, por la seguridad con que anuncia el alba.
En las naciones nórdicas, el gallo es además símbolo de vigilancia guerrera. En algunas tradiciones cristianas es emblema de Cristo, como el águila y el cordero. El gallo pone particularmente de relieve su simbolismo solar: muerte y resurrección, y suele reconocerse como símbolo del alma.
Cada uno de estos valores simbólicos puede rastrearse en la poesía de Eduard Encina, como también a lo largo de su viaje hacia una madurez que fue expresándose mediante múltiples formas. Y el viaje evolutivo de su escritura poética no es si no expresión de un viaje interior que lo lleva de una poesía iniciática testimonial de carácter intimista hacia una poesía guerrera, patriótica sin ser patriotera, provista de una civilidad cuyo valor fundamental radica tal vez en la salvaguarda de una ética particular, donde el valor, la preocupación por lo civil, la responsabilidad y un carácter de gran fuerza que invita a una actividad constante de construcción de la patria, expresan una madurez consciente pocas veces alcanzada. Podríamos decir que el viaje de su poesía es también el viaje de un gallo de pelea, que va de pollo cantón a gallo espuelón. Gallo experimentado, gallo pasado por todas las vallas, es decir, las aguas.
b)
Si en De ángel y perverso, su lenguaje aparece provisto de una abundancia que, paradójicamente, no le resulta suficiente, en Manigua tiene lugar una concreción que muestra la suficiencia alcanzada por un lenguaje que ya no es profuso. Muchos de los poemas que aparecen en De ángel y perverso muestran imágenes que no logran
alcanzar la verdadera definición, como si las palabras se negaran a hablar. Podría parecer que se trata de una búsqueda asentada en la imagen renovadora, o surrealista. Sin embargo, nos queda la sensación de que hemos asistido a una pelea entre poeta y lenguaje. Abundan en él textos donde la palabra se desborda en una voluntad de búsqueda, en una mesurada profusión de palabras, donde se aprecia todavía cierta vaguedad del lenguaje elegido. Los poemas se mueven mayormente dentro de su universo vivencial, para entregar una poesía de la experiencia, con algunas disidencias hacia temas como lo social o lo civil, aspectos que luego abrirán nuevas líneas temáticas en su universo poético. No faltan en este libro tópicos usuales de la poesía cubana de ese momento como dolor, ausencia, soledad, muerte, suicidio y un extraño sentimiento de indefensión. De ángel y perverso, aunque se trata de un libro atendible, es el escarceo de un poeta con un lenguaje y con una tradición.
En su siguiente libro El perdón del agua, vuelve sobre algunos tópicos e incorpora otros también del campo vivencial como la madre, la familia, la casa, el padre. Aunque tiene un sabor más autobiográfico que el anterior, el lenguaje se vuelve a la vez menos profuso y más suficiente. En El perdón… el poeta alcanza momentos de gran intensidad y vemos asomar una sabiduría que roza la frase epigramática o el epitafio, como estos dos versos del poema que cierra el libro: Un hombre se va a morir de ser el mismo. Nada/ es tan natural como morirse. Este libro es una pieza importante en el camino poético transitado por Eduard Encina, por su carácter liberador y el espíritu de cancelación que posee. En él se cierra un pacto con un lenguaje.
c)
Su siguiente libro será una ruptura con sus dos poemarios anteriores. Incorporará otros horizontes, tanto lingüísticos como temáticos, y conceptos como patria, país, libertad, justicia, que aparecían tímidamente en los textos precedentes, empezarán a abrirse camino hacia la madurez y la realización final que alcanzan en el libro que para mí es su punto más alto, Lupus, que más adelante abordaré.
Ese libro rompedor es Golpes bajos. Aquí Eduard se fuga de su discurso, el verso musical se quiebra e incorpora formas más experimentales y vanguardistas; aunque la lucha con el lenguaje sigue viva, aquí el poeta encuentra la suficiencia, cada texto expresa con un mínimo de palabras aquello que el poeta se ha propuesto. En él aparecen prosas que se alejan del lirismo habitual y se vuelven ríspidas, quebradas, violentas. Hay en él una identidad de carácter, es decir, cada texto es autosuficiente y vasto, y logra expresar al poeta en su dimensión tanto humana como ideológica. Este es un elemento que se va abriendo camino en la poesía de Eduard Encina, hay un tránsito de una poética intimista y testimonial a una poesía del pensamiento, reflexiva, incisiva, crítica y portadora de una conciencia característica. No hay isla solo un palabrear y un caer que ya no reconocen, dice en el poema “Instalación o breves apuntes para la entrada triunfal”. Es un libro que rompe con todo tipo de opresión, y lo dice claramente en el primer poema: “Esa frondosidad que nos oprime”. Ese verso puede ser leído como un intento de negación de la propia frondosidad en virtud de un lenguaje sobrio, certero.
Golpes bajos es un libro dinámico, donde el movimiento es importante porque él mismo representa un movimiento en el camino, un salto cualitativo, un punto de giro determinante. Es el libro de alguien que sabe adónde quiere llegar y provee al discurso de visión, análisis, concreción y rupturas rítmicas. Hace abordajes que hasta ese momento no se había planteado, intenta definir su propio lenguaje, se devora y se da a luz.
A partir de Golpes bajos Eduard es otro poeta, cuyas preocupaciones, aunque retornen en otros libros suyos, van a protagonizar un retorno diferente, es decir, nuevo, más consciente y crítico. Este libro es la primera pelea a espuela limpia del pollo cantón; antes solo había topado, ahora se trata de dejar rastros de sangre y reorientar el combate. Utilizo esta expresión con la misma conciencia que al inicio hablé de los valores simbólicos de esta figura. Aquí se perfila su carácter, su guapería, su combatividad y su valor; la capacidad de decir por lo claro, de levantar el machete y abatir al más pinto fulgor de la poesía. Golpes bajos es una disidencia y a la vez un descubrimiento, el descubrimiento de una voz, y esto es importante, porque a partir de aquí ya nada será como antes.
d)
Aunque la poesía de Eduard Encina se nutre de su biografía, lecturas, movimientos interiores, rezagos de un pasado vivido a contrapelo y a pellejo limpio, no se trata ya de testimoniar de una manera desnuda ni de cantar ni de embellecer un discurso. Se trata ahora de golpear, agredir, violentar y crear una conciencia: lo demás solo serán vehículos.
Un elemento al que no he hecho mención es a la presencia de Dios en su obra. Si en su primer libro podemos hablar de una ausencia y una especie de ajuste de cuentas, en El perdón del agua aparecerá como esperanza, pero en Golpes bajos esa presencia se hace velada, por momentos se oculta del todo, no es posible hallarle más allá de ciertos principios y de algunas referencias.
Sin embargo, en Lecturas de Patmos la referencia se abre por completo hasta el punto mismo en que el libro es ya una invitación a ese tipo de lectura. Los tópicos temáticos se mantienen, las referencias biográficas, las búsquedas estilísticas se depuran y se remansan volviéndose naturales, se siente menos la pelea con el lenguaje. Ya no parece necesario perderse en la búsqueda de algo que se domina, se reorienta la búsqueda hacia algo que está más allá. Dios es una presencia constante y su mayor influencia es la Biblia. En él se establece un diálogo constante y enriquecedor entre herencia y modernidad, tradición y presente, vacío y salvación. Lecturas… reconcilia a Eduard con su dolor, humanizándolo y dándole la justa proporción. La mirada que se tiene del mundo material es una mirada de acuerdo con la visión cristiana: el hombre como ser terrible, muerto, que solo se salva en el amor de Dios. …te juro que no hay nada de este lado del paisaje. Dice en el poema Fuera de foco. No hay ajuste de cuenta, sino reconciliación. No hay vacío, sino promesa de salvación.
Desde Golpes bajos, Eduard había incorporado a su lenguaje términos del habla marginal, más que palabras, incorporó tonos, el del guapo, de ahí que su poesía destile ese espíritu guaposo de mambisaje, de pleiterías y gestas. En Lecturas de Patmos, el gallo se pone a meditar y coge calma, todo lo somete a reflexión, pasándolo por el filtro de la experiencia y las muchas lecturas. En ese afán guerrero, busca salvaguardar un profundo sentido de la justicia.
e)
Cuatro años después a la publicación de Lecturas de Patmos gana el premio Hermanos Loynaz 2015 con Lupus, libro doloroso, donde su voz alcanza una intensidad cercana a lo terrible, libro visionario, profético si se quiere, medular en su obra, cuya dramaturgia se nutre de su biografía, pero sin ser vulgarmente autobiográfico. Lupus reconcilia los dos momentos de su poesía y se convierte en su testimonio poético, el punto de mayor altura en su carrera. Además de ser un libro de poesía, es también un cosmos, retrato de una familia, pero también la biografía de un país. Uno de sus principales hallazgos radica en crear una identidad entre G, la mujer enferma, y Cuba, la patria enferma. Lo que padece una lo padece la otra. A medida en que es un testimonio incuestionable de la existencia, de una lucha por la vida y por la dignidad, es también una lectura crítica del país, un fresco social de una época. Lupus es un cuaderno de un solo cuerpo, sin secciones, que se adentra en temáticas medulares como pueden serlo el propio cuerpo, la familia y la patria, yendo de zonas existenciales hasta una poesía de la experiencia, que trabaja lo cotidiano, a veces desde una mirada vivencial interior, otras desde una mirada social que no abandona nunca al individuo, donde la biografía y la imaginación se unen, y la segunda sublima a la primera. En él podemos encontrar el poema de corte simbolista, como “El ventrílocuo”, hasta textos existenciales que ponen en juego la experiencia. Con un gran despliegue discursivo donde el lenguaje se torna desprejuiciado y de gran fluidez, asume imágenes de un tono grotesco, quizás debería decir más bien «goyesco», como es el caso de estos versos iniciales del poema que da título al libro: Dicen que el enfermo soy yo./ Lo pronuncio y un perro mea.
Todo el poemario está atravesado por un tono nostálgico, pero extrañamente esa nostalgia no aparece como simple evocación sino como añoranza reflexiva, asume un tono retador, no exento de una silenciosa agresividad. Constantemente pueden leerse expresiones que aluden a la historia. Lupus tiene un pie en la historia, no en la más reciente, sino en las gestas del XIX, con hombres a caballo y machetes afilados moviéndose en el viento. Un llamado a la acción, un grito al mambisaje. Aquí el discurso asume una forma intimista, se hace desde la experiencia, de manera que no parezca ya poesía social, más no se trata de una evasión, pues si hacemos una lectura honda de todo el poemario llegaremos a la conclusión de que el libro no es otra cosa que poesía social. Al ocuparse de dos temas tan lejanos entre sí como la poesía y la cría de puercos, en el poema titulado “Mercado ideal”, además de reivindicar los oficios, deja clara una marca social contemporánea: el rechazo burgués y superficial tanto a uno como a otro grupo social.
En Lupus asistimos a un poeta que sabe ante todo lo que quiere decir, sus poemas son justamente exactos, no dan cabida a la confusión ni asumen formas barrocas; el libro está atravesado por una sencilla claridad de la escritura, una aparente espontaneidad, muestra de que el poeta ha alcanzado la identidad entre el sentir y el decir poético. Su lenguaje, que no es en ningún momento mendigo, le es suficiente a la idea en cada poema; la naturaleza de su idioma está precisamente en que él expresa la completez de un discurso acomodado a la intensión. Por tanto, no le es necesario el extravío en jergas impostadas ni el ocultamiento con el que se defienden poetas que no alcanzan jamás ni la fuerza ni la definición verdaderas. La primera palabra que me viene a la mente a la hora de describir Lupus es carácter.
f)
Quizás todo poema no haga otra cosa que ser expresión y asiento de un carácter. En la medida en que ese carácter se define, se definen también los rasgos del poema y, con ello, los de un modo de abordar el texto, que es al fin eso que llamamos poética. Si algo es posible rastrear en Lupus, es precisamente esa definición característica, esa huella indeleble, esa mancha que es un signo de identidad de un individuo real. Así como la lengua retrata a un poeta, también retrata a una familia y a un país. El poeta es el marcado. La familia es protagonista. G, la esposa, es también una forma corpórea de la patria. Si G enferma, la otra enferma. Si G está marcada con manchas que se trasladan al rostro del poeta, hombre, individuo anónimo, lector que lee el poema, la patria que somos todos, que vive en todos, está, también, enferma. Su enfermedad nos contamina, y nuestros rostros no hacen más que expresar el signo enfermo de la patria. Su dolor es nuestro dolor. El país (la patria), se mete en la familia, del mismo modo en que una enfermedad, lupus eritematoso sistémico, lo hace. La enfermedad trabaja en silencio, roe en silencio, marca en silencio, y el enfermo grita, se revela, coge el machete y sale a combatir en un terreno donde son pocas las posibilidades; pero, aun así, levantar el machete, más que una respuesta, es un acto de dignidad. Pelear es la única salida.
Lupus es un libro escrito entre la atroz desgarradura y la razón más perspicaz. Cada mirada, por cotidiana, por anecdótica que pueda parecernos, acaba siempre en honda reflexión. Desde la emigración, como en el doloroso poema El álbum, hasta textos como Lírica y bicicleta, relato de una anécdota filial de donde sale una bellísima y honda conclusión. Caer y levantarse, he aquí el sino del hombre grande, del poeta, del niño, y por qué no, también necesariamente, del país. Como todo poeta que tiene un amplio expediente como lector, que conoce diferentes universos, el libro no está exento del uso de referentes y de intertextualidades. Aunque es necesario hacer la salvedad, nunca el poema se pierde en referentes ni se esconde en la cita ni en la historia, simplemente está ahí, de forma natural, como debe ser para que no haya ruido en el universo cerrado que es todo poema, suficiente en su pequeño o gran universo. Ni siquiera la entrada de la cotidianidad en el poema es capaz de alterar ese círculo cerrado. En un poema como “Hurto y sacrificio”, el poeta alude a fenómenos puramente humanos:
Con el dinero de un premio literario
compré un caballo para mi padre.
(…)
No iba a entender que el dinero
lo gané con mis poemas,
ni que un poeta tiempla el nervio nacional.
El hecho originario tiene lugar en lo espiritual y, al ser denigrado por el otro, provoca un acto de rebeldía. La traición primera, falta de poesía, de comprensión para la poesía, conduce a una segunda traición, y todo a la barbarie, al deseo de traicionar. He aquí una buena metáfora de la patria, de los muchos caminos de la patria. Así, siempre con gran sutileza y un magistral manejo de los planos discursivos, Eduard logra que no podamos leerle con cristal de un solo color. Ciertamente, se trata de un libro doloroso, un libro desgarrado, y desgarrador, que brota de una región profunda del hombre que lo escribe, pero que pasa de ese hombre a nosotros con gran soltura. Y a pesar del dolor, hay un verso que va y viene en el libro: La enfermedad es un bien. El acto de obligar a la conciencia, a la mirada interior, a la autoexplicación y a la autorevelación, hace que nos sea útil. Si podemos mirar el país y descubrirle sus muchas heridas, si podemos mirar un cuerpo y señalar sus llagas, sus dolores, es posible que todo no esté perdido. Un poeta viene a ser semejante a un médico, si puede señalar las manchas, si puede mostrarnos los síntomas, si puede revelarnos la enfermedad, si puede devolvernos la conciencia, entonces sí: un poeta tiempla el nervio nacional.
Este verso me parece fundamental, marca el siguiente derrotero que habría de seguir la obra de Eduard, señala el grado de madurez y de compromiso que había alcanzado.
g)
A Lupus habría de seguir un libro guerrillero, anclado en la historia, en la tradición viva de las gestas mambisas. Y representa otro momento de ruptura, un descenso a la microhistoria, con raíces afincadas en los caballos y los machetes mambises. Ese libro se llama Manigua, ganador del Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba 2017, que tan justa y merecidamente lo llevara a Medellín.
Manigua es un libro aparentemente sencillo, escrito con la razón, sin desdeñar los elementos que humanizan el arte. Aquí reflexiona sobre el pasado, pero sobre todo aborda el presente a través del telón de fondo de un pasado vivo, y desde ese anclaje relee a la vez que reescribe las historias, porque la historia nunca es una y, mucho menos, la misma.
Si el ícono por excelencia de su obra pictórica es el gallo, el de su obra poética es el mambí. La espuela y el machete son imágenes que rondan la imagen que tenemos de Eduard Encina, brillo y gallardía, orgullo y justicia. Su poesía expresa al hombre que conocimos, no hay divergencia entre el ser y el expresar. Lo que ves es lo que es. Su sentido de ser es un sentido ético. Eduard no es un poeta de pose como no es un hombre de poses. Para él cabría citar un verso de Fernando Pessoa, donde el poeta lusitano dice: yo no escribo en portugués/ escribo en mí mismo.
Con Manigua se adentra en una de sus obsesiones más hondas, la historia como motor del país. Adentrarse en las zonas oscuras que todavía rondan las vidas de los Padres Fundadores, sacar de allí no la desnudez e indefensión del hombre, sino una lectura hacia el presente. Su búsqueda va hacia la raíz de oriente, tomando cierta distancia de la búsqueda llevada a cabo por poetas como Óscar Cruz, José R. Sánchez, Javier L. Mora y Jorge L. Legrá, cuyas temáticas trabajan elementos como lo civil y lo legal.
Manigua es un poemario atravesado por una voz fuerte y reconocible, que incorpora nuevos intereses, pero que mantiene su identidad, alcanzada con libros como Lecturas… y Lupus, donde lo íntimo se teje con lo histórico, y lo anecdótico con lo trascendente, de esta manera carga la reflexión de un sobrio tono confesional, y la confesión adquiere un significado que se ubica más allá de la experiencia emotiva. En este sentido, resulta destacable un poema como Bijagual, 1873:
Cada verano vengo a este sitio
a pescar con mis hijos.
Sobre una balsa hecha con cámaras de tractor
les cuento:
aunque las carpas del fondo brillen
bajo estas aguas yace
un lugar oscuro de la patria.
En Manigua se pone de manifiesto el profundo proceso de meditación al que un poeta como él sometía, no ya el poema sino todo su proyecto de escritura. El libro se erige en una especie de manifiesto ético, una postura ante los cambios de la sentimentalidad de nuestro tiempo, no un manifiesto nostálgico, sino profundamente irónico. La hidalguía de los héroes ante la banalización de la sentimentalidad y de la vida. De ahí que, en el primer texto, precisamente el que nos es presentado como una especie de arte poética que regirá el poemario, pueda leerse esta declaración: La manigua es un tiempo/ que nos llama.
Tal vez sea preciso aclarar que es justamente este libro de apenas treinta y tantas páginas el más orgánico, equilibrado y patriótico de cuantos él escribiera. Con Manigua nos será fácil identificarnos, tanto por su autenticidad como por su cubanidad. Si con Golpes bajos Eduard se construye un discurso propio, es en este otro donde ese discurso se derrama de forma indiscutiblemente suya. No hay una forma de leerlo sin imaginar a su autor. Está ligado a él, a su carácter y a sus preocupaciones de manera inseparable. Tanto el tono fuerte, provocador, dominante como un vestigio confesional, expresan al hombre y a su postura ante la vida.
El poeta venezolano Gustavo Pereira escribió: “La poesía no es, como algunos afirman, palabra. La poesía es voz. Del poeta queda no su palabra, que es gregaria, indeterminable, sino su voz, personal y única”. Esta frase expresa perfectamente lo que significa un poemario como Manigua en la obra de Eduard Encina y en la poesía cubana de hoy. Leyéndolo podríamos especular acerca del futuro brillante que debía esperarle a este gran hombre, pero sería injusto con una obra que, si bien es cierto que hubiera ido mucho más lejos, es lo suficientemente suya y sólida para salvarle.