
En carta al poeta Rubén Darío, Regino Boti despliega, junto a otros interesantes juicios, algunos que me resultan muy congruentes con el ánimo del conjunto de poemas agrupados bajo el título Lupus, cuaderno con el que Eduard Encina Ramírez arrebatara en buena lid el Premio Hermanos Loynaz, 2015:
Soy un discordante con mi medio y por eso lo desprecio.
Esta frase en especial del poeta guantanamero subraya una postura: la disposición del poeta que escupe contra su entorno, que no se adapta, no se somete. Actitud que ha resultado motivo temático muy fecundo en la literatura moderna, y que, en el caso de Eduard, la encontramos fusionada con el anhelo de movimiento, de transformación rechazada, vigilada, frustrada.
El primer componente seductor en Lupus nos arrebata desde el mismo título, al parecer Eduard acepta el consejo a Umberto Eco de titular siempre sin regimentar las ideas, más bien aprovechando la fecundidad de un golpe de desconcierto. Lupus es palabra latina usada para designar al lobo, y aunque haga recordar aquel celebrado proverbio que rezaba: el hombre es el lobo del hombre, y, además, este sentido se encuentre, sin duda, subyacente en la sustancia de este poemario, no es precisamente el modo semántico exacto en que es usado por el poeta. Lupus Eritematoso Sistémico es una enfermedad. En esencia consiste en la agresión despiadada de los anticuerpos entre sí, la intolerancia radical de unos contra otros, agresión del cuerpo sobre el propio cuerpo, una expresión patológica del sistema como lobo del sistema. Enfermedad que el poeta conoce bien (hace más de diez años que su esposa la padece), pero aun así no es de problemas biológicos sobre los que va a discurrir su texto como comprobará el lector avezado.
Tras la apertura del libro confrontamos tres epígrafes, tres pedestales que prescriben los desplazamientos de la mirada hacia el marco de los contenidos que nos asaltarán en estas páginas. Nietzshe, Gottfried Benn y Raymond Carver, con ellos comienza la aventura poética.
Nietzshe advierte que uno mismo puede ser la anomalía, el elemento perturbador, la agresión.
Dicen que el enfermo soy yo
Así inicia Eduard el segundo poema de este cuaderno, y la enfermedad desde entonces se convierte en estado de subsistencia, un malestar que se experimenta más en la idea que en el organismo biológico, más bien en la carne social que se padece. En ocasiones el escritor nos lleva a comprender que lo patológico se muestra con más fuerza allí donde algo parece automatizado en la propia costumbre de padecer:
…porque en el fondo
– dice el autor
uno es barrote, costumbre de sentir el ojo
en cada palabra.(Mal Augurio, p18)
Es la enfermedad desatada como mecanismo de autovigilancia, de negación del movimiento natural que funda, o como dice en otro poema, la perdida de la posibilidad de iniciar lo perdurable en esa costumbre que se vuelve indiferencia ante la condición que se sufre. (ver pag 14)
El Lupus, hablo ahora de la enfermedad, acumula lentamente daños en los tejidos, acopio de daños no detectados hasta la aparición clínica de los primero síntomas. Los hematomas, las ulceras, las alteraciones musculares, las manchas en la piel, son efectos biológicos manipulados por el escritor para llevarnos a la comprensión de la anomalía dentro de la cosa social inminente. Porque no podemos perder esta medular referencia, el cuerpo que padece es casi siempre el cuerpo de la isla auscultada por el poeta, tomada por el pulso, soñada con la oscura intuición de que algo tiene que hacerse:
Pongo el oído en la tierra
entre bosta de vaca la sístole
la esencia de la patria….
Pongo el oído raso/un hilo de rabia.(Remanganaguas, p41)
¿A qué relecturas del pasado nos convoca el autor? ¿A qué rebeldías en la idea? Si algo confirma estos textos de Encina, es que la literatura es una amenaza a la seguridad simbólica que se impone. La rutina de los días repetidos no impide al poeta vislumbrar las exigencias de unas circunstancias que cada vez son más aplastantes y poéticas a la vez:
Ayer mis hijos dibujaron la noche, el corral
de los puercos endemoniados para engordar
la calma, pedazos de cielo hozando el rumbo
hasta que la acuarela se reviente.(Zonas de fe, p24)
Otro de los epígrafes con el que inicia el cuaderno pertenece a Gottfried Benn:
… mira ese grumo de grasa y humores podridos– dice el alemán- alguna vez fue importante para un hombre y también se llamaba patria y delirio.
Lo enfático aquí es el delirio como situación, lo patogénico circunstancial. En el libro Encina parece gritarnos que nada es más morboso que la indiferencia, ni nada más enfermizo que el delirio cosmético para ocultar el malestar. Indiferencia representada en el autoabandono a las corrientes de la cotidianidad, abandono a las fuerzas que no alteran nada, sino que transitan por la descomposición utilizando prótesis consoladoras: un bloque de concreto para sostener la cama, un jarrito de aluminio para las goteras del techo. Pero abandonarse a la circunstancia, ir solo tras el pan es exponerse a un mecanismo terco, a la misma espontaneidad del destino que deja tras sí a un perro dividido en dos por las mellizas trasera de una camioneta. El verso de Encina es seguro, no desperdicia contenidos, ni datos de su experiencia más íntima y personal con el fin de llamar la atención sobre la estirpe de un padecimiento social que hemos producido y hacemos funcionar nosotros mismos:
La enfermedad es un invento mío
cuando pienso en el ascensor donde
abrió los ojos con el mundo en fuga,
pero yo no era el poeta
sino parte del dolor,
la circunstancia saliendo por la boca, la nariz
el miedo
v o l á t i l
de mi madre.(La Placenta,p 19)
La historia de la isla ha sido un lugar común en toda la obra poética de Eduard Encina, en estos textos como en aquellos, vuelve sobre eventos y personajes fosilizados en los manuales escolares y los utiliza como artificios de belleza: Martí, Remanganaguas y las páginas perdidas del Diario, Céspedes y Bijagual, la Zafra de los Diez Millones, todos reinterpretados en busca de lo que ha sido solapado y que siempre ha estado a la vista, solo había que mirar en la simpleza de las penosas circunstancias:
“Hay libros que dan hasta doscientos
cucuruchos de maní”, dijo el comprador
La librera, diligente, fue por dos tomos
de la historia nacional.
“La mejor manera de aprender la verdad
-susurró- es probar lo que lleva dentro ”(Mercadeo, p 35)
La mayoría de los poemas sostienen la fe en la ambigüedad de la frase bien diseñada como principio, un deseo de significar en la esencia todo lo que resulta sentido necesario. Se trata de definir la fe, de moverla o de comprenderla, no en quedarse en aquellos versos donde el autor confesaba resignado:
He aprendido a vivir sin fe, a mirar con temor
la parte más dulce.(Zonas de fe, p 24)
Lo que el autor señala es una ruta distinta que no espera la descomposición, que arremete a la morbosidad desde la sensibilidad con que lo capacita la belleza, con la astucia de José Manuel Poveda hundiendo el ojo detrás de la montaña para vencer el plomo del día.
Mi cuerpo se ignora y va contra el cuerpo,
se escribe
se borra
se imagina
mi cuerpo no se entiende pero sueña en la porción que vendrá.
En el tercer epígrafe que introduce este cuaderno, Ramond Carverd, advierte:
Y me pregunto por qué un hombre, incluso en un mal sueño, alzaría la propia mano para lastimarse la cara.
Una vez más, el cuerpo agrediendo al propio cuerpo, sistema que arremete contra el propio sistema. Esto es Lupus, un libro sobre la ruina, la agresión sutil y la indiferencia que le sirve de alimento.