Tres en una taza

Tomado de la novela homónima
Tres en una taza, Ilíada Ediciones, 2023

Froilán Escobar (San Antonio de los Baños, Cuba, 1944) Escritor, periodista, investigador. Licenciado en Periodismo y Máster en Comunicación Política. Multipremiado autor de periodismo, crónicas, ensayos y literatura, entre sus obras publicadas destacan: La vieja que vuela (Cuba, 1993; Argentina, 1997), El año que estuvimos en ninguna parte (1994, con ediciones en México, Francia, España, Argentina, Italia, Portugal, Brasil, Alemania, Japón y Turquía); Martí a flor de labios (Cuba, 199; Costa Rica, 2008), El patio donde quedaba el Mundo (Colombia, 1997), Largo viaje de ceniza (España, 2001; México, 2007); Ella estaba donde no se sabía (Costa Rica, 2006), La última adivinanza del mundo (Costa Rica, 2009), Tres en una taza (Costa Rica, 2016, novela finalista del premio Herralde) y Borges, el hombre que no sabe morir (Argentina, 2021).


Ocurre.

Ahora.

La ciudad se me va. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar para cerciorarme de lo que está ocurriendo. Los abro para perseguir el angustiado aleteo de un ave migratoria a la que se le está acabando el cielo, porque también el cielo se cae a pedazos en este inesperado crepúsculo. Y los cierro para que en su escape continúe vuelo dentro de mi cabeza. Hubiera querido, como Tu Fu con el río Wu-sung, recortar con un par de afiladas tijeras un pedazo de la ciudad para llevármela conmigo. Pero a pesar de lo inaudito del contacto, no logro impedir que las cosas se me vayan. El ave migratoria se me va, los pasos que doy, las caricias, las casas, las calles, los amigos, los parques con sus árboles redondos, las palabras, incluso, con las cuales comparto esta precaria existencia, se marchan de mí sin que pueda detenerlas.

—Coño, esto se está quedando vacío, grito en voz baja, para que no me oigan.

Era solo el comienzo. Solo el comienzo. Aún faltaba mucho para que llegara el mañana prometido, el futuro que se presuponía, pero ya la gente estaba yéndose. A diario. En avalancha. ¿Tú también te vas?, me preguntó visiblemente angustiado un amigo con el que me encontré cuando atravesaba el Parque Central. No, ¿y tú? Era la pregunta obligada. Porque, poco a poco, todos se iban. Abandonaban la ciudad. Se valían de cualquier medio de transporte. Una lancha, una balsa, un salto de garrocha, un ataúd incluso. Tenía la sensación de que la gente y los edificios que uno todavía podía ver o que me pasaban por el lado, no eran más que las últimas representaciones configuradas por las propias palabras de los que se despedían. Me estaba quedando solo en La Habana. 

Sentí desesperación. Desasosiego. Sentí que mis pies también querían zarpar de mis zapatos. Y, en medio del tropel, sentí la ambulancia que ya había salido a buscar a Lezama, allá en la calle Trocadero 162, donde él, sentado en su sillón, alargaba el rostro como si pronunciara una conclusión final: Ya estamos en el orden de la revelación. El mandato que se oye es de marcharse o de quedarse solo. Sus palabras gongoriaban, sonaban con sonoras soledades. La realidad en que estábamos se estaba yendo a pedacitos. Pero me negaba a aceptar que se fuera. Me dolía. No quería. Era, tengo que decirlo, un poderoso resplandor. Antes de que llegara este tiempo, yo solo había podido soñar con ser mensajero de botica. Un sueño, para un hijo de carpintero, constituía un trámite imposible. Pero no había otra salida entonces. Inventarse esas clarividencias era la única posibilidad. Mi padre también lo había hecho así desde su infancia. La vida estaba en otra parte. Lejos, supongo. Teníamos los pies puestos sobre una neblina. El sueño era la dimensión esencial de los que estábamos obligados a estar fuera del mundo.  Detrás de ese querer no había nada. Y sin ese querer yo no era nada. Solo un niño que pretendía llegar a ser mensajero de botica o, de lo contrario, seguir siendo un rumiador de lo que no teníamos, porque ya no teníamos de donde agarrarnos, cuando la realidad llegó grande a manifestarse. Fue una experiencia anonadante que nos dejó balbuciendo claridades. Por primera vez éramos propietarios de lo que estaba delante de la mirada de los ojos. A golpes de alegría fabricábamos hechos y significaciones. El alibi no era otro lugar, como se suponía, sino este lugar, el mejor lugar. Nos sirvieron la vida en plato grande y con muchas cucharas para todos. Tenía sabor a sueños de manjares. Oía el tintinear dulce de las palabras como ilusionaba que debió oírlas Cervantes cuando escribía el Quijote. Por eso ahora corría de un lado para otro tratando de aguantar lo que se iba. No, no puede ser, me decía. No puede acabarse. El viento no puede llevárselo todo. Antes no había mundo para mí. No tenía pie puesto siquiera sobre uno de sus pretiles. Ahora que he visto el mundo, no sé cómo decirles a mis ojos que busquen otra manera de mirar, me decía. Pero ya los peros se juntaron con los sin embargos. Aquí llegamos, aquí no veníamos. Se va y se va, y no vuelve más, cantaba un alguien, una mujer, creo, poeta, polaca, creo, allá a lo lejos. Uh.

Así empezaba aquel aciclonado alejarse de todo. Poco a poco lo cercano se me iba. Lo mismo que le ocurría a Lezama, en su breve recorrido entre la sala y el cuarto, para escapar a la aplastante fuerza gravitatoria de la soledad, que lo mantenía adherido al sillón, me ocurría a mí: entré en una especie de extraño naufragio. A Lezama lo ayudaban a levantarse. Le ponían, según él, el piso de la sala bajo los pies para que, bamboleándose, caminara hasta el cuarto donde, al parecer, podía situarse fuera del tiempo o donde, según él, darse sillón era la manera perfecta de la espera, porque solo así podía alcanzar su Paradiso. Pero en mi caso, nada. Ni un tin ni un birilín. Ni un ni siquiera. Me estaba quedando huérfano de todo totalmente. Me ocurría lo que al hombre, que lo creían loco porque, parado en la punta de los pies, bajaba las manos y se las llevaba a la cabeza repetidamente, como si con la extraña pantomima intentara agarrarse de la nada. Pero en verdad era para que el viento desaforado de la calle no le arrebatara lo único que era de él: el sombrero.

Ese era mi caso. Un viento inaudito se estaba llevando la ciudad. Y me estaba arrebatando lo único que entonces me quedaba: aquel desmedido afán de aferrarme a la ilusión, de aferrarme al creer que la vida seguía con saltante júbilo. Pero de nada valía esa ilusión, ese creer. El sueño que nos había despertado a todos se desbarataba. Podía palparlo. En mi diario y desconcertante viaje hasta la terminal de ómnibus de La Habana, un pedazo de mi alrededor desaparecía. Donde antes estaba un edificio, ahora había un hueco, un basurero, una ruina. Donde antes tenía un amigo, ahora, al tocar a la puerta, nadie respondía o, sencillamente, ya se lo estaba llevando la balsa, el avión, la ambulancia o el carro fúnebre.  O peor aún: donde antes había estado B, ahora…

Ahora sentía el absurdo terror de quedarme ciego. No porque mis ojos no vieran, sino porque no hubiese ya nada que pudieran ver, nada que pudiera tenerse en la mirada. La ciudad entera se iba. O tal vez mi desasosiego de náufrago la hacía desaparecer. Sentía que la ponían de revés como un bolsillo y la vaciaban poco a poco. Sentía ese vértigo de cuando la realidad, todavía sueño, se confunde de dirección al cruzar sus múltiples fronteras y, sin que nos demos cuenta, en vez de llevarnos para el existir que nos toca, empezara a salirse de su territorio, porque de pronto advertimos que algo que estaba donde siempre había estado, se ha movido de lugar: que las calles, los edificios, la gente que caminaba, ya no estaban: habían sido sacados, sustituidos, como si en ese momento acabara de llegar el futuro y borrara todo lo de atrás. O como si en ese irse estuviera el virus, la evidencia irrefutable de que estábamos contaminados de irrealidad.

La soledad, al tomar la guagua en la parada de Reina y Belascoaín, me arañó la frente. O fui yo con las uñas, en aquel desesperado afán de subir y bajar las manos para sujetar lo poco que me quedaba. Paranoico ya con la idea de quedarme sin nada, me dispuse a escapar bajando por la puerta trasera del ómnibus, pero Elegguá, con un gesto, con el mismo que sacó a Orula de al pie de la ceiba donde permanecía enterrado, me enamoró del camino y, con otro… Te avisó a ti, Yo, que te­nías que regresar enseguida… Alguien, desde el otro extremo del viaje, te llamaba. Alguien, B, supongo, que, como estaba tan impaciente y angustiada por el inaudito trasiego del viento, produjo ese sorprendente giro.

El universo contrajo su luz, dicen los cabalistas. El mar hizo sacrificio y volvió a su hueco, dicen los viejos yorubas. ¿O era el tiempo que también saltaba el muro del Malecón y se iba, porque no soportaba más el marasmo de su transcurrir? ¿El Wu-sung, que no quería seguir siendo el mismo río en el verso de Tu Fu?  Algo. Alguien. Un huracán que arrasaba. Un adiós que, en el momento de soltarse de las manos, se resistía a ser arrastrado por el viento y se negaba a despedirse. Si tan solo pudiera dejar de preguntarme: ¿Es a la realidad o a las palabras a lo que me aferro? Me sacan de lo que creía, me vuelven un excedente de la vida y sigo aferrándome con más fuerza a ese creer. Estoy parado, tiritando de desazón y, a la vez, camino en un ir alegre con mis pies. No puedo entender cómo aún el viento huracanado, que se lo lleva todo, no me lleva a mí. ¿Es porque me aferro al deseo de quedarme? ¿Es por salvar este pasado que elegí? ¿Es porque sigo pensando que hay que ver las cosas bonitas para que se pongan bonitas? ¿Es porque no quiero que este montón de escombros me separe de B? Por más que: Dije. Dije. Dije. Dije. Dije… No sé cuántas cosas dije para que se detuviera aquel implacable remolino, para que asomara una respuesta y ningún pedacito de la realidad se me fuera…

Qué jodienda, coño. Un enredo. Parecía un enredo cósmico creado por Stephen Hawking. Era este Tú el que estaba viviendo en verdad la fuga de lo cotidiano, pero como era Yo el que escribía la novela, me lo cambiaba. Se ponía él en el presente para que pareciera que era él quien me había elegido a mí como su pasado. Es decir, este Tú no existía. Nos parecíamos en muchas cosas: por el mismo desmesurado sentir por una mujer, por la manera de peinarnos el pelo para atrás y hasta en que los dos, incluso, intentábamos leer Finnegans wake. Pero él, Yo, era real, y este Tú no era más que una invención. El verdadero era él. A este Tú solo le dejaba el papel de narrador de la novela como historia alternativa para que me creyera que la vivía, pero lo cierto es que este Tú era el narrador porque Yo no aguantaba más ser Yo. Aunque se empeñaba en seguir en el simulacro, no quería que supieran que la historia que escribía, aunque verdadera, como la realidad se estaba escapando, no le quedaba otra que inventarla. La escribía a través de mí. Él, Yo, era el autor, la persona física, según decía y por tanto, el acto, según su decir; este Tú era solo un gesto, una impostura barata. Es decir, quería condenarme a ser únicamente una representación, un alguien hecho de palabras, de sonidos fervorosos, para que me creyera un alguien resucitado en la escritura, no un personaje de carne y hueso como él, que escribía la novela. Qué clase de cabrón eres, Yo.  Qué jugada tan sucia la tuya. Aunque en el fondo, había otra verdad oculta: él quería aparentar que todo estaba en orden: que permanecía en su sitio, sin problemas. Que el mundo seguía seguro para los historiadores. El suyo era un acto doloroso porque, aunque ya no tenía la ilusión, se empeñaba en representar que la tenía. Se replegaba sobre sí mismo. Así se escabullía discretamente de la locura en la que estábamos inmersos. Sin embargo, ninguno de los dos podía, por más arrebato que pusiéramos en el impulso, hacer que el lenguaje nos sobrepasara y alcanzara en sus inauguraciones a reformar la realidad, porque quedaba encerrado en la novela. Y la novela no era más que una pobre alucinación, un desesperado intento de conciencia en el que no sabía si, ciertamente, el mundo se manifestaba. Un intento con el que Yo jugaba a sus representaciones, cuando a este Tú lo estrujaban las circunstancias. Porque era a este Tú al que excluían, el que estaba cubierto por la duda y la desazón. Pero tú, Yo, como solo la escribías, te quitabas tales inconvenientes de encima con la misma facilidad con que se le quita la cáscara a un plátano maduro. Y para ocultar semejante duplicidad, me cuchicheabas socarronamente: Todo queda entre Tú y Yo, no tienes que molestarte por eso. Ja, como si entre vivir y contar la historia no mediara el dolor. Pero te equivocas si crees que, que vas a quitarme a B creando tal confusión. Ella para ti es una imagen, una idealización,una mujer construida, según tu creer, de “irresistibles lujurias”… verbales, por supuesto.  Para este Tú es la existencia misma, ¿entiendes? Por mucho que quieras atribuírtela, de un lado o del otro, no vas a conseguir nada. Para mí es la vida; para ti, un delirio, un ícono, una abstracción sin identidad real. No te sigas torturando. No te empecines más en inventarla, en sacarla de contexto para tenerla sola solo para ti. Mi locura ocurre porque abrazo su cuerpo; la tuya ocurre porque crees que abrazas su cuerpo, sin percatarte de que estás abrazando un espejismo. No te desgarres más. No insistas más en decir que es tuya. En creer que somos tres en una taza.  Solo palabras tienes. Solo palabras que la nombran. Pero que no logran significarla, que no saben llenar el vacío, por tu pésima manera de relacionarte con la realidad. No sigas creyendo que ella viene en ese descarrilado olor que a veces te llega para traerte lo que la vida tiene de distante. No sigas creyendo, por tus lecturas locas de Joyce, que ella es el telépata emisor de tu novela. Cállate ya, Tú. Aquí yo soy el sujeto. Tú no eres más que una percepción.

¿Una percepción? ¿El mundo que se iba, la gente que se iba y que todavía podías ver por la ventanilla de la guagua, eran la representación de un gesto o de un acto? ¿Eso es lo que tú aportas: percepciones de una realidad trivial, sin historia, subyacente, cuyo único relieve es el absurdo? El aire soplaba con más fuerza y el hombre en medio de la calle seguía erguido en la punta de los pies, alargando sus enormes manos desesperadamente para agarrarse de aquello que era de él. Lo miraste con desgano. Como si también fuese un simulacro. Como si ya no te importara su feroz batalla. Entonces el aire aciclonado arreció. Arremetió con tal fuerza que el hombre perdió el equilibrio, trastabilló y pareció, por un momento, que iba a perder su sombrero. Saltaste con la intención de decirle: ¡Agárrelo! ¡No lo suelte! Pero el aire te decapitó el grito y se lo llevó lejos de tu boca.

Ahí fue cuando entraste de cabeza en la alucinación. Era la primera vez que te faltaba la realidad. Ahí fue cuando el chofer, en vez de detenerse en la parada donde siempre te bajabas, con brusca maniobra del timón hizo que la guagua empezara a dar un giro a toda velocidad, pero no frente a la terminal —como solía ocurrir tiempo atrás, cuando este Tú transitaba lo real—, sino ¡por dentro del salón!, ¡por el interior del edificio abarrotado de gente! Entonces te diste cuenta. El día en ese momento marchaba apurado por la calle Belascoaín, en dirección al Centro Masónico; la noche, unas diez cuadras más allá, venía por el Malecón, sin llegar todavía a Infanta. Alzando los ojos pudiste ver el cielo constreñido en la distancia, al final de la doble hilera de edificios. Cada persona cargaba con su esquizofrenia; cada calle cargaba con su crepúsculo. La interferencia de estos dos movimientos opuestos te hizo comprender enseguida que estabas entre dos tensas lejanías. Entre dos existencias, presentes y ausentes a la vez, pero que en ninguna de las dos existías suficientemente.

Por suerte, B se alargó frente a mí. Y tú, Yo, la percibiste desde lejos. ¿Quieres ver a un hombre en cueros?, le dije. Ella enarcó los labios para dejarlos sonreír y empezó a quitarse la blusa y los ajustadores. Asomaron, tímidas, unas teticas de perra. No tengo casi, pronunció ella, y volvió a sonreír. Entonces empezó el entonces: como una crisálida en su metamorfosis, se desabrochó la saya y se quitó de un tirón el blúmer, que rodó rodillas abajo. Temblé: una mariposa negra emergió entre sus largas piernas. Ahí, abriéndose, subió ella. Quiero decir, subió sobre mi cuerpo. Se salió del sueño para extenderse de cuerpo entero sobre mí. Miró largamente como si hubiera estado mucho tiempo fuera del mundo. Como si necesitara saciarse. Jadeó, ah, abriéndose más. Sus labios se movieron, despacio, siguiendo aquella suerte de transcurso hermoso de su sonrisa. Era un gesto tibio que se continuaba en sus ojos.

Ahí me di cuenta: de los dos, aunque Yo era el real, el de carne y hueso, este Tú era el único que podía morir, porque era el único que existía realmente al lado de ella. Tú, Yo, en cambio, ni siquiera suspiraste, apenas sentiste un devaneo pasajero. Ahí fue cuando B, siguiendo el curso hermoso de su sonrisa, se fue alejando de ti. En un último intento por acariciar su cuerpo, tus enormes manos se alargaron desesperadamente, pero no lograste alcanzarla. Por más que extendieras un abrazo, el abrazo se desmoronaba sin tocarla, porque tus enormes manos se alargaban hacia ella en el presente, y B solo existía en el pasado. Un abismo de tiempo te separaba de ella. B no era para ti más que un fulgor verbal en un tiempo que parecía distante, borrado.